Levi ackerman
El susurro de la vida
El aire, antes cargado con el hedor a sangre y polvo de titán, ahora solo traía el frío metálico de la desesperación. El Titán Fundador yacía desmoronándose, una montaña de escombros orgánicos que se desintegraba lentamente bajo el cielo que se teñía de un crepúsculo incierto. La victoria era palpable, un sabor amargo en la boca de los supervivientes. Habían ganado, pero a qué costo.
Levi se arrodilló junto a Astrid, el pulso acelerado. Las manos que habían cortado a innumerables titanes con una precisión inhumana, ahora temblaban mientras intentaban evaluar la magnitud de la herida. La sangre seguía manando, un río escarlata que teñía la tela de su uniforme. Mikasa, con su pragmatismo habitual, había rasgado su propia camisa para improvisar un vendaje más grueso, pero era inútil. Necesitaban ayuda, y la necesitaban ahora.
– ¿Cómo te sientes? – preguntó Levi, su voz un susurro ronco que apenas logró superar el temblor de su propia garganta. No era una pregunta sobre su estado general, sino una súplica, una esperanza de que ella respondiera con su habitual descaro.
Astrid, con los ojos entreabiertos, le ofreció una sonrisa forzada. – Como si me hubiera atropellado un camión de fruta… y luego un titán se hubiera comido el camión.
La broma, aunque débil, fue un bálsamo para el alma de Levi. Era ella. A pesar del dolor, a pesar de la debilidad, su espíritu indomable seguía intacto.
– No es momento para tus chistes – replicó Levi, intentando sonar severo, pero la preocupación en sus ojos lo traicionaba. – Solo... aguanta.
Connie se acercó, su rostro demacrado pero con una chispa de alivio. – Capitán, encontramos un lugar más estable en una de las plataformas de hueso. Podemos moverla allí y esperar a que lleguen los refuerzos.
Levi asintió, su mente ya calculando los riesgos. – Jean, Pieck, aseguren la zona. Armin, ¿puedes contactar a Hange? Necesitamos evacuación médica de inmediato.
Armin, agotado pero con la mente clara, asintió y se alejó para intentar establecer comunicación con el resto de las fuerzas, que seguramente ya estarían en camino, alertadas por el cese del Retumbar.
Levantar a Astrid fue una tarea delicada. Cada movimiento provocaba un gemido de dolor, cada exhalación era un suspiro de agonía. Levi la sostuvo con una ternura que rara vez mostraba, sus brazos fuertes y protectores. La llevó como si fuera el objeto más frágil y preciado del universo, sus ojos fijos en su rostro pálido, buscando cualquier signo de deterioro.
La plataforma de hueso era un lugar desolado, pero ofrecía un respiro del caos. La colocaron con sumo cuidado, su cabeza apoyada en el regazo de Mikasa, quien continuaba aplicando presión en la herida, sus ojos fijos en Astrid con una determinación silenciosa.
Levi se sentó a su lado, tomando su mano. Sentía el frío de su piel, el pulso débil y errático. El tiempo se estiraba, cada segundo una tortura.
– ¿Recuerdas esa vez en la expedición... – comenzó Astrid, su voz un hilo apenas audible, – ...cuando te caíste en el barro y te quejaste durante una hora?
Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Levi. – Tuve que limpiar mi uniforme con agua de lluvia. Era inaceptable.
– Y yo me reí tanto que casi me caigo del caballo – continuó Astrid, una risa ahogada escapó de sus labios, provocando una punzada de dolor que la hizo morderse el labio.
– No te esfuerces – dijo Levi, su voz más suave que de costumbre.
– Solo... quiero recordar cosas buenas – susurró Astrid, sus ojos buscando los suyos. – Contigo.
El corazón de Levi se encogió. La crudeza de sus palabras, la implicación de que estos podrían ser sus últimos momentos, lo golpeó con una fuerza abrumadora. Las emociones que siempre mantenía a raya, que ocultaba detrás de su fachada de soldado, amenazaban con desbordarse.
– Habrá más recuerdos – dijo Levi con firmeza, apretando su mano. – Muchos más.
Astrid sonrió, una sonrisa pequeña pero llena de esperanza. – Promételo.
– Lo prometo – respondió Levi, y por primera vez en mucho tiempo, no había ninguna mentira en sus palabras.
El tiempo pasó lentamente, marcado solo por el gemido del viento y el lejano crujido de los escombros del Fundador. La ansiedad se apoderaba de Levi. Cada minuto que pasaba, la vida de Astrid se desvanecía un poco más.
De repente, un punto en el cielo. Un zumbido lejano que se hizo más fuerte con cada segundo. – ¡Es un dirigible! – gritó Connie, su voz llena de alivio. – ¡Son ellos!
Nunca antes un dirigible había sido una visión tan bienvenida. La silueta de la aeronave se hizo más grande, descendiendo lentamente hacia ellos. Las luces de la cabina brillaban en la oscuridad incipiente.
Un equipo médico, liderado por la propia Hange, descendió por una cuerda. Hange, con su habitual energía, se apresuró hacia Astrid, sus ojos llenos de preocupación.
– ¡Astrid! – exclamó Hange, arrodillándose a su lado. – ¡Tranquila, ya estamos aquí!
Los médicos se pusieron a trabajar de inmediato, sus movimientos rápidos y precisos. Levi se apartó a regañadientes, observando cada movimiento, su corazón latiendo con una mezcla de esperanza y terror.
– La herida es profunda – dijo uno de los médicos, su voz grave. – Necesitamos estabilizarla y llevarla al hospital de campaña lo antes posible.
Hange se volvió hacia Levi, su expresión seria. – Levi, necesitamos tu ayuda para moverla con cuidado.
Con la ayuda de Levi y Mikasa, Astrid fue trasladada a una camilla especial, diseñada para minimizar el movimiento. Cada paso era agonizante, pero Astrid se aferraba a la mano de Levi, su mirada fija en la suya, buscando consuelo y fuerza.
Una vez en el dirigible, la cabina se transformó en una improvisada sala de operaciones. Los médicos trabajaron con frenesí, susurrando términos médicos incomprensibles para Levi. Él se mantuvo a un lado, su rostro una máscara de estoicismo, pero sus ojos no se apartaban de Astrid.
Hange se acercó a él, su mano en su hombro. – Harán todo lo posible, Levi. Ella es fuerte.
Levi asintió, incapaz de hablar. La garganta se le había cerrado.
Las horas se arrastraron. El dirigible volaba a toda velocidad hacia el hospital de campaña, una base improvisada que se había establecido lejos de los restos del Fundador. El viaje fue un torbellino de emociones para Levi, una montaña rusa de esperanza y desesperación.
Finalmente, el dirigible aterrizó. Astrid fue trasladada de inmediato a la sala de operaciones. Antes de que las puertas se cerraran, sus ojos se encontraron con los de Levi. Una débil sonrisa, un susurro silencioso de "te amo", que solo él pudo escuchar.
Levi se quedó en la sala de espera, el silencio era ensordecedor. Jean, Connie, Mikasa y Armin se unieron a él, sus rostros reflejando la misma preocupación. Habían luchado juntos, habían sobrevivido, y ahora esperaban, unidos por la misma esperanza.
Hange salió de la sala de operaciones, su rostro cansado pero con una pequeña sonrisa. – La estabilizaron. Ha perdido mucha sangre, pero la cirugía fue un éxito. Tiene una larga recuperación por delante, pero... vivirá.
Las palabras de Hange fueron como un bálsamo para el alma de Levi. Un suspiro de alivio colectivo se escapó de los presentes. Las lágrimas, contenidas durante tanto tiempo, comenzaron a brotar de los ojos de Mikasa. Connie y Jean se abrazaron, sus rostros empapados de alivio.
Levi, sin decir una palabra, se dirigió a la puerta de la sala de operaciones. Hange le detuvo. – No puedes pasar todavía, Levi. Necesita descansar.
Levi asintió. No necesitaba verla, no todavía. Solo necesitaba saber que estaba viva.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría, cerrando los ojos. El cansancio de la batalla, la tensión de las últimas horas, todo lo golpeó a la vez. Pero en medio de la fatiga, una sensación de paz, de alivio, se extendió por su cuerpo.
Horas después, cuando el sol comenzaba a asomarse por el horizonte, Hange le permitió entrar. Astrid estaba dormida, su rostro pálido pero sereno. Las máquinas a su alrededor zumbaban suavemente, monitoreando su pulso, su respiración.
Levi se sentó en una silla junto a su cama, tomando su mano. Estaba fría, pero viva. Se inclinó y besó suavemente su frente, un gesto que rara vez se permitía.
– Eres una tonta – susurró, su voz cargada de emoción. – Pero eres mi tonta.
Astrid se movió ligeramente, sus ojos se abrieron lentamente. Su mirada se encontró con la de Levi. Una sonrisa débil se dibujó en sus labios.
– ¿Lo logramos? – preguntó, su voz un susurro.
– Lo logramos – respondió Levi, apretando su mano. – Tú lo lograste.
Astrid sonrió, sus ojos brillando con lágrimas de alivio. – Te lo dije. Soy más dura de lo que parezco.
Levi sonrió a su vez, una sonrisa pequeña y rara, pero genuina. – Lo sé. Y por eso te amo.
Las palabras, pronunciadas en voz alta, resonaron en la habitación. Eran un testimonio de su amor, de su vínculo inquebrantable, forjado en la adversidad y la sangre.
Astrid apretó su mano, sus ojos fijos en los suyos. – Yo también te amo, Levi. Más de lo que las palabras pueden decir.
El mundo exterior, con sus batallas y sus horrores, se desvaneció. Solo existían ellos dos, en ese pequeño espacio, unidos por el amor y la promesa de un futuro que, por fin, parecía posible.
Los días siguientes fueron una lenta pero constante recuperación. Astrid, con su espíritu indomable, luchó con cada fibra de su ser. Levi no se separó de su lado, su presencia constante una fuente de fuerza y consuelo. Le leía, le contaba historias, incluso le cantaba canciones, aunque su voz no fuera la más melódica.
El resto del escuadrón los visitaba a menudo, trayendo noticias del mundo exterior, de cómo se estaba reconstruyendo la civilización, de cómo la humanidad estaba aprendiendo a vivir sin el miedo constante de los titanes.
Un día, Astrid, ya más fuerte, le preguntó a Levi: – ¿Qué haremos ahora?
Levi la miró, sus ojos llenos de una calidez que rara vez mostraba. – Reconstruiremos. Viviremos. Y estaremos juntos.
Astrid sonrió, sus ojos llenos de esperanza. – Me parece un buen plan, Capitán.
Y así, en medio de las ruinas de un mundo que había sido salvado, Levi y Astrid comenzaron a construir su propio futuro, ladrillo a ladrillo, momento a momento, su amor un faro de esperanza en un nuevo amanecer. La guerra había terminado, pero la historia de su amor, la historia de su resiliencia y su devoción mutua, apenas comenzaba a escribirse.