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Lirios

La Danza de las Sombras en el Trono de Oro

El Campamento Mestizo bullía con un nerviosismo eléctrico que ni siquiera las cenas en el pabellón lograban disipar. Quirón, con la mirada cargada de una fatiga milenaria, había escoltado a Isabella hacia una de las habitaciones privadas de la Casa Grande, lejos de las literas de la cabaña de Hermes y de las miradas inquisitivas de los novatos.

—Isabella, por favor —había dicho el centauro, señalando un cuarto de baño privado que olía a sales de eucalipto—. Llevas el polvo de caminos que no figuran en nuestros mapas. Báñate, cámbiate. Te he dejado ropa limpia. Intentaré ganar tiempo con el Olimpo.

Isabella no discutió. Sus músculos gritaban de agotamiento, una fatiga que se hundía hasta la médula de sus huesos, producto de haber caminado por el vacío donde el tiempo no existe. Se encerró en el baño, dejando que el vapor inundara el espacio. Se despojó de la sudadera roja, de la blusa negra de manga larga y de los pantalones beige. Al mirarse en el espejo empañado, vio las marcas de su viaje: no solo la cicatriz en su labio, sino finas líneas blancas en sus hombros y costillas, recuerdos de cuando la realidad misma intentó deshilacharla.

El agua caliente fue un bálsamo. Se lavó el cabello castaño, dejando que los nudos se deshicieran bajo la presión de la ducha. Por un momento, cerró los ojos y se permitió olvidar que era una "Variable No Deseada". Se sentía casi humana.

Al salir, envuelta en una toalla blanca, se dirigió a la cama donde Quirón había dejado una muda: unos vaqueros negros ajustados y una camisa de seda verde oscuro, curiosamente elegante para los estándares del campamento. Isabella se dejó caer en el colchón, suspirando. Se puso los pantalones con calma y comenzó a abotonarse la camisa. Tenía los tres botones inferiores cerrados y estaba lidiando con el cuarto, con la tela aún abierta revelando la curva de su abdomen tonificado y el inicio de sus pechos, cuando el aire a su alrededor se volvió denso y frío.

—Oh, no me digas que... —masculló Isabella.

Antes de que pudiera terminar la frase, el suelo de madera de la Casa Grande desapareció. En un parpadeo, el aroma a eucalipto fue reemplazado por el olor a ozono, incienso caro y ambrosía.

Isabella tropezó, sus Converse negros —que milagrosamente habían aparecido a sus pies por magia divina— chirriaron contra el suelo de mármol pulido. Se encontró en el centro de la sala del trono del Olimpo.

Frente a ella, los doce dioses olímpicos estaban sentados en sus tronos gigantescos, rodeados de una neblina dorada. A los lados, de pie y con expresiones que iban desde el horror hasta la fascinación absoluta, estaban los héroes: Percy, Annabeth, Jason, Piper, Leo, Hazel, Frank, Silena y Beckendorf. Todos habían sido transportados allí de golpe.

Isabella se quedó quieta. Su camisa estaba completamente abierta desde la mitad del pecho hacia arriba, revelando una cantidad considerable de piel almendrada, hombros definidos y la clavícula marcada. Sus manos aún estaban en el cuarto botón.

—Vaya... —soltó Isabella, alzando una ceja y mirando directamente a Zeus, quien sostenía su rayo maestro con una fuerza que hacía crujir el aire—. ¿Qué pasa, Rey de los Dioses? ¿Tanto me extrañabas que no pudiste esperar a que terminara de vestirme? ¿O es que el Olimpo se ha quedado sin entretenimiento y ahora os dedicáis al voyeurismo?

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Percy se tapó los ojos con una mano, aunque dejó un pequeño hueco entre los dedos. Jason se puso rojo como un tomate y miró al techo con una intensidad arquitectónica. Leo, por su parte, dejó escapar un silbido bajo que fue rápidamente silenciado por un codazo de Piper.

Pero lo más interesante fue la reacción de las mujeres. Piper McLean sintió que el aire se le escapaba de los pulmones; la visión de Isabella, con el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros y la camisa entreabierta, era una provocación que su herencia de Afrodita encontraba irresistible. Hazel se quedó petrificada, con las mejillas ardiendo, incapaz de apartar la vista de la cicatriz que bajaba por el abdomen de Isabella. Incluso Annabeth, que debería estar pensando en una estrategia de defensa, sintió un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el miedo.

Y las diosas... Atenea observaba a Isabella con una mezcla de odio y una curiosidad clínica, pero sus ojos se desviaron más de una vez hacia la línea de su cuello. Artemisa, en su forma de adolescente, frunció el ceño, aunque había un respeto reacio en su mirada por la forma física de la chica. Afrodita, sentada en su trono, simplemente sonreía con una malicia encantada, como si acabara de encontrar su juguete favorito del siglo.

—¡Insolente! —rugió Zeus, aunque su voz sonó un poco menos autoritaria de lo normal mientras desviaba la vista—. ¡Cúbrete en presencia de los inmortales!

—Tú me trajiste aquí, barbas de nube —replicó Isabella, terminando de abotonarse la camisa con una parsimonia exasperante, sin quitarle la vista de encima—. Si querías un desfile de modas, haber enviado una invitación con antelación. No es culpa mía que los dioses no tengan modales.

—Isabella, por favor, cállate —susurró Annabeth desde el lateral, con el rostro encendido de vergüenza y algo más que no quería admitir.

Isabella terminó de abotonarse, se alisó la camisa de seda y cruzó los brazos, plantándose en medio del círculo divino como si ella fuera la dueña del lugar.

—Bien —dijo ella, ignorando el ruego de Annabeth—. Aquí estoy. Habéis interrumpido mi ducha, habéis asustado a vuestros héroes favoritos y habéis gastado una cantidad innecesaria de energía mágica. ¿Para qué? ¿Para decidir si me lanzáis al Tártaro de nuevo? Ahorraos el drama. Ya he estado en lugares peores que vuestro sótano de monstruos.

Hera, sentada con una elegancia gélida, se inclinó hacia adelante.

—Isabella Moretti. La niña que nunca debió nacer. La que fue borrada por decreto del Consejo.

—Y aquí estoy, Hera —respondió Isabella con una sonrisa lobuna—. Parece que vuestros decretos tienen la misma durabilidad que vuestros matrimonios.

Poseidón soltó una carcajada que sonó como el romper de las olas, lo que le valió una mirada asesina de su hermano Zeus.

—Tiene agallas, hay que reconocerlo —dijo el dios del mar—. No cualquiera le dice eso a la Reina del Cielo mientras se termina de vestir.

—No estamos aquí para discutir su falta de modestia —intervino Atenea, su voz como el acero—. Estamos aquí porque su regreso es una señal de que las leyes de la realidad se están colapsando. Ella es una paradoja. Un ser que no debería tener memoria, ni alma, ni cuerpo.

—Pues mírame bien, Atenea —dijo Isabella, dando un paso hacia el trono de la diosa de la sabiduría—. Tengo memoria, y recuerdo cada vez que me diste la espalda cuando era una niña. Tengo alma, y está más entera que la tuya, que está fragmentada en mil planes de guerra. Y en cuanto a mi cuerpo... bueno, parece que vuestra audiencia ha disfrutado de la vista, así que supongo que es bastante real.

Annabeth sintió un pinchazo de celos ante el comentario, algo que la horrorizó. "Céntrate, Chase", se dijo a sí misma. Pero era difícil centrarse cuando Isabella emanaba esa energía cruda y magnética.

—Las Parcas han hablado —continuó Zeus, tratando de recuperar la dignidad—. Dicen que tú eres la clave de una nueva profecía. Una que habla del fin del reinado de los dioses, no por manos de gigantes o titanes, sino por la verdad.

—La verdad es una perra, ¿verdad, Zeus? —Isabella se paseó por la sala, ignorando las armas que algunos dioses empezaban a invocar—. La verdad es que me odiáis porque soy el recordatorio de vuestros fracasos. De todos los niños que no reclamasteis, de todos los pactos que rompisteis. No soy una villana. Soy la factura que ha venido a cobrarse.

—¡Podríamos destruirte aquí mismo! —exclamó Ares, jugueteando con su cuchillo.

Isabella se detuvo frente al dios de la guerra. Ella era alta, pero Ares era un gigante. Aun así, ella no pestañeó.

—Inténtalo, bocazas. Pero recuerda que vengo del Olvido. Si me matas, simplemente volveré allí, y esta vez me llevaré un trozo de tu esencia conmigo. ¿Estás dispuesto a descubrir qué parte de ti puedo borrar para siempre?

Ares vaciló. Había algo en los ojos negros de Isabella, una vacuidad tan profunda que incluso el dios de la guerra sintió un escalofrío.

—Basta de amenazas —dijo Percy, dando un paso al frente hacia el círculo central—. Ella es una de nosotros. O al menos, lo fue. No podéis juzgarla por existir.

—¡Percy! —Annabeth lo llamó, pero se unió a él—. Él tiene razón. Si hay una profecía, Isabella es necesaria. No podéis eliminar una pieza del tablero antes de que empiece el juego.

Isabella miró a Annabeth. Sus ojos se suavizaron apenas una fracción de segundo, lo suficiente para que la hija de Atenea sintiera que se le derretía el suelo bajo los pies.

—Qué noble, Annabeth —susurró Isabella, lo suficientemente alto para que los dioses lo oyeran—. Defendiéndome frente a tu madre. ¿Es por deber, o es porque todavía te sientes culpable por haberme dejado sola en aquella colina hace diez años?

—Es porque es lo correcto —respondió Annabeth, aunque su voz tembló un poco.

Afrodita soltó una risita melodiosa.

—Oh, Atenea, tu hija tiene un gusto exquisito. Esa tensión... es deliciosa. Podría alimentar a mi paloma durante un año solo con el deseo contenido en esta habitación.

—¡Afrodita, cállate! —gritaron Atenea y Zeus al unísono.

—¿Qué quieres de nosotros, Isabella? —preguntó Quirón, quien había aparecido en un rincón de la sala, en su forma humana sobre la silla de ruedas.

Isabella se giró hacia su antiguo mentor.

—No quiero vuestro perdón. No quiero vuestra aceptación. Quiero que me dejéis hacer mi trabajo. Las Parcas me enviaron de vuelta porque hay algo que viene, algo que incluso vosotros teméis. Algo que nació en el vacío mientras vosotros celebrabais vuestras fiestas en el Olimpo.

—¿Qué es? —preguntó Jason, serio.

—Se llama El Eco —dijo Isabella, y el nombre pareció absorber la luz de las antorchas del Olimpo—. Es el sonido de todo lo que habéis silenciado. Y viene a reclamar su lugar.

Zeus se puso en pie, su rayo chispeando con furia.

—No permitiremos que una mortal, o lo que seas, nos dicte las reglas. Te quedarás en el campamento bajo vigilancia estricta. Annabeth Chase, tú serás la responsable de ella. Si intenta algo, si el "Eco" se manifiesta a través de ella, tienes órdenes de ejecutarla.

Annabeth palideció. Miró a su madre, buscando alguna señal de disconformidad, pero Atenea asintió con frialdad.

—Acepto —dijo Annabeth, su voz firme a pesar del nudo en su estómago.

Isabella se rió, una risa que sonó como cristales rotos.

—Mi carcelera y mi antigua mejor amiga. Qué poético. ¿Vas a ponerme esposas, Annabeth? ¿O vas a usar métodos más... persuasivos?

Isabella le guiñó un ojo, y Annabeth sintió que la cara le ardía tanto que podría haber iluminado todo Manhattan. Percy, a su lado, frunció el ceño, sintiéndose extrañamente excluido de una conversación que no se decía con palabras.

—La audiencia ha terminado —declaró Zeus—. ¡Fuera de mi vista!

Con un chasquido de dedos divino, el grupo fue transportado de vuelta a la Colina Mestiza. El aire fresco de la noche de Long Island fue un alivio tras la opresión del Olimpo.

Los héroes se quedaron en silencio cerca del pino de Thalia. Leo fue el primero en hablar.

—Vale... eso ha sido... intenso. Especialmente la parte de "Isabella contra los Dioses de la Moda". En serio, ¿dónde aprendiste a hablarle así a Zeus? Tengo que tomar notas.

Isabella, que ya tenía la camisa perfectamente abotonada y el cabello empezando a secarse en ondas oscuras, lo miró con desdén.

—Se aprende mucho cuando no tienes nada que perder, Valdez. Cuando te das cuenta de que los dioses son solo niños con juguetes demasiado grandes, dejan de dar miedo.

Piper se acercó a ella, tratando de recuperar su compostura de hija de Afrodita.

—Lo que dijiste en el Olimpo... sobre el Eco. ¿Es verdad? ¿O solo querías asustarlos?

Isabella miró a Piper. Sus ojos negros recorrieron el rostro de la chica, deteniéndose en sus labios por un segundo más de lo estrictamente necesario. Piper sintió que sus rodillas flaqueaban.

—Es tan verdad como que tu madre no puede dejar de mirarse al espejo, McLean —dijo Isabella con una voz que era como terciopelo raspado—. Algo viene. Y vuestras espaditas de bronce no van a servir de nada contra el olvido.

—Yo me encargaré de ella —dijo Annabeth, poniéndose entre Isabella y el resto del grupo—. Percy, lleva a los demás al pabellón. Explicadles a los campistas que Isabella está bajo mi custodia.

—Annabeth, ¿estás segura? —preguntó Percy, tomándola del brazo—. Ella es... peligrosa. No solo por lo que dice, sino por cómo es.

Annabeth miró a Percy, el chico que amaba, el chico que era su ancla. Pero luego miró a Isabella, que la observaba con una sonrisa desafiante y una chispa de algo antiguo y salvaje en los ojos.

—Estoy segura, Percy. Ve.

Cuando el grupo se alejó, dejando a las dos solas bajo la luz de la luna, el silencio se volvió denso.

—Así que... —dijo Isabella, dando un paso hacia Annabeth—. Custodia estricta, ¿eh? ¿Eso significa que vas a dormir en mi habitación? ¿O vas a vigilarme desde la puerta como un buen soldadito del Olimpo?

Annabeth apretó los dientes.

—No juegues conmigo, Isabella. Los dioses quieren tu cabeza. Si te estoy protegiendo es porque creo que eres necesaria para la profecía, no por otra cosa.

Isabella se acercó más, invadiendo el espacio personal de Annabeth. Podía oler de nuevo ese aroma a tierra y misterio. Isabella levantó una mano y, con un dedo, trazó la línea de la mandíbula de Annabeth.

—Mientes, Sabionda. Te tiembla el pulso cuando me miras. Te mueres de curiosidad por saber qué me pasó. Y quizás... te mueres de ganas de saber si la niña que conociste sigue ahí debajo de toda esta oscuridad.

Annabeth le apartó la mano bruscamente, aunque su corazón latía a mil por hora.

—La niña que conocí murió cuando Quirón la sacó del campamento. Solo queda una extraña que disfruta provocando a los dioses.

—Oh, la niña sigue aquí —susurró Isabella, inclinándose hacia el oído de Annabeth, su aliento cálido rozando su piel—. Pero ha aprendido trucos nuevos. Trucos que harían que tu madre se sonrojara.

Isabella se alejó con una risita y empezó a caminar hacia la Casa Grande con una confianza insultante.

—¡Isabella! —gritó Annabeth.

La chica se detuvo y la miró por encima del hombro.

—¿Sí, mi querida carcelera?

—¿Por qué regresaste realmente? No me trago eso de que las Parcas te escupieron. Podrías haberte quedado oculta. Podrías haber tenido una vida.

La expresión de Isabella cambió por completo. La máscara de sarcasmo cayó, dejando ver una amargura tan profunda que Annabeth sintió un escalofrío.

—Porque el Olvido es solitario, Annabeth. Y si el mundo va a acabarse, quiero estar en primera fila para ver cómo arde el lugar que me borró. Y quería ver... —hizo una pausa, sus ojos negros clavándose en los grises de Annabeth— si todavía tenías esa cicatriz que te hice.

Annabeth se tocó instintivamente una pequeña marca casi invisible en su antebrazo, un recuerdo de un juego que salió mal hace una década.

—Todavía la tengo —susurró Annabeth.

—Bien —dijo Isabella—. Porque yo todavía tengo la mía. Y las cicatrices son lo único que no se puede borrar, ni siquiera en el Olvido.

Isabella siguió caminando, dejando a Annabeth sola bajo la sombra del pino de Thalia. La hija de Atenea miró hacia el campamento, donde las luces de las cabañas brillaban con una falsa sensación de seguridad. Sabía que Percy la esperaba, sabía que su vida era perfecta, que habían ganado. Pero mientras observaba la silueta alta y elegante de Isabella desaparecer en la Casa Grande, Annabeth Chase supo que su mundo de cristal acababa de recibir el primer golpe. Y lo peor de todo era que una parte de ella, una parte oscura y hambrienta de conocimiento y pasión, estaba deseando que el cristal se rompiera por completo.

La guerra contra los Titanes había sido por el poder. La guerra contra Gea había sido por la supervivencia. Pero esta nueva guerra, la que traía Isabella Moretti en sus ojos negros y su sonrisa cínica, iba a ser por la verdad. Y en esa lucha, Annabeth no estaba segura de si quería ser la heroína que salvara el día, o la mujer que se perdiera en la sombra de la Variable No Deseada.

Mientras tanto, en el Olimpo, Afrodita seguía sonriendo frente a su espejo, viendo la imagen de Annabeth y Isabella.

—Esto —susurró la diosa de la belleza— va a ser mucho mejor que cualquier tragedia de Eurípides. Que empiece el caos.