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Lit

Entre versos, ojeras y fresas frescas

El sol de la tarde se filtraba de manera perezosa por las ventanas de la biblioteca, pero Yuji Itadori no estaba allí para consultar ningún tratado de cardiología. De hecho, apenas podía concentrarse en el dibujo del ventrículo izquierdo que tenía frente a él. Su mente, traicionera y persistente, no dejaba de reproducir la imagen de Megumi Fushiguro cerrando un libro con esos dedos largos y pálidos, o la forma en que sus pestañas proyectaban sombras sobre sus pómulos cuando bajaba la mirada.

Había pasado una semana desde la sesión de estudio en el cuarto de Tsumiki. Una semana en la que Yuji, contra todo pronóstico, había sacado un nueve en el parcial de anatomía. No solo había salvado el curso, sino que se había ganado el derecho —técnicamente— de invitar a Megumi a ese café. Pero Yuji no quería simplemente cumplir un trato; quería ver a Megumi en su propio elemento.

—¿Otra vez suspirando por el hermano de Fushiguro? —La voz de Nobara Kugisaki, cargada de sarcasmo, lo devolvió a la realidad. Ella estaba sentada frente a él, limándose las uñas con una indiferencia absoluta hacia los libros que los rodeaban.

—¡No estoy suspirando! —protestó Yuji, aunque el tono de su voz subió una octava—. Solo estoy... planificando mi estrategia de estudio.

—Tu estrategia de estudio consiste en comprar dulces y caminar tres edificios más allá de donde te corresponde —replicó ella, señalando una pequeña bolsa de papel que descansaba sobre la mesa—. ¿Qué es eso ahora?

—Mochi de fresa —murmuró Yuji, sintiendo el calor subirle a las mejillas—. Tsumiki me dijo que a Megumi no le gustan las cosas demasiado dulces, pero que estas le parecen aceptables.

Nobara rodó los ojos y se puso de pie, recogiendo sus cosas.

—Eres un caso perdido, Itadori. Ve de una vez antes de que te comas el regalo tú mismo por los nervios.

Yuji no necesitó que se lo dijera dos veces. Guardó sus cosas a toda prisa, se despidió de Nobara con un gesto rápido y salió disparado hacia el edificio de la facultad de Humanidades.

El dormitorio de Megumi estaba ubicado en el Edificio B, una construcción más antigua y silenciosa que la de Medicina. Mientras que el edificio de Yuji siempre vibraba con música, risas y el caos de los estudiantes de primer año, el territorio de Megumi olía a madera vieja y a incienso. Era un lugar que exigía respeto, o al menos, una disminución considerable del volumen de voz.

Yuji subió las escaleras de dos en dos hasta llegar al tercer piso. Se detuvo frente a la puerta 312 y tomó aire. Se ajustó la chaqueta del club de atletismo y comprobó que el mochi seguía intacto.

—Vale, Yuji. Solo es un chico que lee mucho y tiene ojos bonitos. Tú puedes —se susurró a sí mismo antes de golpear la madera.

*Toc, toc, toc.*

No hubo respuesta inmediata. Yuji esperó, balanceándose sobre los talones. Volvió a llamar, esta vez un poco más fuerte.

—¿Megumi? Soy yo, Itadori.

Dentro de la habitación, el silencio fue reemplazado por el sonido de algo cayendo al suelo y un gruñido ahogado. Unos pasos lentos y pesados se acercaron a la puerta. Cuando esta se abrió, Yuji sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Megumi Fushiguro no parecía el joven etéreo y compuesto de la semana pasada. Tenía el cabello negro más revuelto que de costumbre, disparado en todas direcciones como si hubiera estado peleando con la almohada. Llevaba un pijama de seda azul oscuro que le quedaba un poco grande, revelando la línea de su clavícula, y sus ojos verdes estaban nublados por el sueño, entrecerrados contra la luz del pasillo.

—¿Itadori? —La voz de Megumi era un rastro ronco y profundo que hizo que a Yuji se le erizara la piel—. ¿Qué hora es?

—Son las cinco de la tarde, Megumi —respondió Yuji, tratando de no sonar demasiado entusiasmado ante la visión del pelinegro recién despertado—. ¿Estabas durmiendo?

Megumi se frotó un ojo con el dorso de la mano, un gesto tan inesperadamente tierno que Yuji tuvo que apretar la bolsa de mochi para no soltar un suspiro sonoro.

—No tengo clases los jueves por la tarde —explicó Megumi, apoyando el hombro contra el marco de la puerta—. Estaba leyendo y... me quedé traspuesto. ¿Pasa algo? ¿Tsumiki está bien?

—¡Ah, sí! Ella está perfecta. Está en el laboratorio —Yuji extendió la bolsa de papel como si fuera una ofrenda sagrada—. Solo quería... bueno, saqué un nueve en el examen de anatomía.

Megumi parpadeó un par de veces, procesando la información. Poco a poco, la neblina del sueño se fue disipando y una pequeña chispa de reconocimiento brilló en sus ojos.

—Un nueve —repitió Megumi, y una comisura de sus labios se elevó casi imperceptiblemente—. Supongo que los huesos no eran tan opcionales después de todo.

—Para nada. Me aprendí hasta el último ligamento —dijo Yuji con orgullo—. Y como prometí que si aprobaba te invitaría a algo... bueno, sé que el café ahora mismo te sentaría mal si quieres seguir durmiendo, así que te traje esto. Es mochi de fresa de la tienda de la esquina. Tsumiki dice que no empalagan.

Megumi miró la bolsa y luego volvió a mirar a Yuji. Había algo en la expresión del pelinegro, una mezcla de sorpresa y una timidez que intentaba ocultar tras su habitual máscara de indiferencia.

—No tenías que venir hasta aquí, Itadori. Mi edificio está lejos del tuyo.

—No está tan lejos si corres —respondió Yuji con una sonrisa radiante—. Además, quería verte.

Esa franqueza brutal, tan propia de Itadori, golpeó a Megumi como una ráfaga de viento. El pelinegro desvió la mirada hacia el pasillo vacío, sintiendo que el calor empezaba a extenderse por su cuello.

—Pasa —dijo Megumi finalmente, haciéndose a un lado—. No te quedes ahí parado como un pasmarote. Los de mantenimiento se quejan si hay gente bloqueando el paso.

Yuji entró con el corazón latiendo a mil por hora. La habitación de Megumi era exactamente como se la había imaginado: ordenada, llena de libros apilados con precisión quirúrgica y con un ligero aroma a té verde. Había un escritorio junto a la ventana donde un ejemplar de "La Divina Comedia" descansaba abierto.

—Perdona el desorden —murmuró Megumi, aunque la habitación estaba impecable para los estándares de cualquier universitario normal. Se sentó en la orilla de su cama, todavía un poco aturdido por el sueño—. Puedes dejar eso en la mesa.

Yuji dejó los dulces y se quedó de pie, observando los pósteres de películas clásicas y los bocetos a lápiz que adornaban una de las paredes.

—¿Tú dibujas esto? —preguntó Yuji, acercándose a un dibujo de un perro negro que parecía casi real.

—A veces. Ayuda a despejar la mente cuando la literatura se vuelve demasiado densa —respondió Megumi, observando la espalda ancha de Yuji.

El contraste entre ambos no podía ser más evidente. Yuji, con su cabello rosa chillón, su chaqueta deportiva y esa aura de energía inagotable, parecía una explosión de color en la habitación monocromática de Megumi. Sin embargo, no se sentía fuera de lugar. Era como si el espacio hubiera estado esperando un poco de ese caos.

—Es increíble —dijo Yuji, dándose la vuelta para mirarlo—. Tienes mucho talento, Megumi. Entre la lectura, el dibujo y... bueno, ser tú, debes estar muy ocupado.

Megumi soltó un bufido suave.

—No soy tan interesante, Itadori. Solo gestiono bien mi tiempo. A diferencia de otros que dejan la anatomía para el último día.

—¡Oye! Ya me redimí con ese nueve —se quejó Yuji, riendo. Se acercó un poco más, rompiendo la barrera de la distancia personal—. Entonces... ¿el café sigue en pie para cuando no estés en pijama?

Megumi bajó la vista hacia sus manos. El pijama de seda, aunque cómodo, lo hacía sentir extrañamente expuesto ante la mirada vibrante de Yuji.

—Hecho es hecho —respondió Megumi en voz baja—. Un trato es un trato.

Yuji se sentó en la silla del escritorio, girándola para quedar frente a Megumi.

—Me alegra oír eso. Nobara ya me estaba llamando acosador por querer venir a verte.

—Kugisaki tiene buen instinto —comentó Megumi, aunque no había veneno en sus palabras.

—¡Qué malo eres! Solo soy un amigo atento —Yuji apoyó los codos en sus rodillas, observando a Megumi con una intensidad que hizo que el pelinegro se tensara—. Tsumiki me cuenta cosas de ti, ¿sabes? Dice que eres muy selectivo con la gente. Que no dejas que cualquiera entre en tu habitación.

Megumi guardó silencio. Era cierto. Su dormitorio era su santuario, el único lugar donde no tenía que fingir que le importaban las interacciones sociales vacías. Y ahí estaba Itadori, ocupando su silla, llenando el aire con su presencia ruidosa y su olor a aire libre y jabón cítrico. Y lo más extraño de todo era que a Megumi no le importaba.

—Tsumiki habla demasiado —dijo Megumi finalmente—. Pero supongo que tú no eres "cualquiera". Eres el único lo suficientemente persistente como para sobornarme con dulces a domicilio.

Yuji soltó una carcajada que resonó en las paredes de la habitación.

—¡Anotado! El camino al corazón de Megumi Fushiguro está empedrado de mochis de fresa.

—No he dicho que hayas llegado a mi corazón, Itadori. Solo que te he dejado pasar de la puerta.

—Es un comienzo —dijo Yuji con un guiño—. Y soy muy bueno en las carreras de larga distancia.

Megumi sintió que el corazón le daba un vuelco extraño. No estaba acostumbrado a este tipo de juego, a esta ligereza que escondía una intención tan clara. Se levantó de la cama, tratando de recuperar algo de su compostura.

—Deberías irte. Tengo que terminar de leer un capítulo antes de que anochezca.

Yuji se levantó también, asintiendo con la cabeza. Sabía que no debía presionar demasiado. Megumi era como esos gatos de los que habían hablado: si intentabas atraparlos a la fuerza, huían. Tenías que dejar que ellos se acercaran a su propio ritmo.

—Está bien, te dejo con tus libros —dijo Yuji, caminando hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a Megumi por encima del hombro—. Gracias por dejarme entrar, Megumi. De verdad.

Megumi lo acompañó hasta el umbral. El pasillo estaba ahora más oscuro, las sombras alargándose bajo las lámparas de pared.

—Gracias por las fresas, Yuji.

Fue la primera vez que usó su nombre de pila. Yuji sintió que podría haber salido volando por la ventana del pasillo en ese mismo instante. La sonrisa que le dedicó fue tan amplia que Megumi tuvo que apartar la vista para no quedar deslumbrado.

—¡Nos vemos mañana en la cafetería! ¡No acepto un no por respuesta! —gritó Yuji mientras empezaba a alejarse por el pasillo.

—¡No grites, es un dormitorio! —le siseó Megumi, aunque ya era tarde.

Cerró la puerta y se apoyó contra ella, exhalando un suspiro que había estado reteniendo. Miró la bolsa de mochis sobre la mesa y luego el espacio donde Yuji había estado sentado. La habitación se sentía de repente demasiado silenciosa, demasiado vacía.

Se acercó a la mesa, tomó uno de los dulces y le dio un mordisco. No estaba demasiado dulce. Era perfecto.

Mientras tanto, Yuji bajaba las escaleras del Edificio B con un salto en cada paso. No le importaba el examen de la próxima semana, ni las bromas que Nobara le haría cuando regresara. Solo podía pensar en que Megumi Fushiguro, el chico de los ojos verdes y el alma de poeta, lo había dejado entrar en su mundo.

Y que, por un segundo, antes de cerrar la puerta, Megumi no lo había mirado como a un mueble molesto, sino como a alguien que, tal vez, quería que volviera pronto.

Al llegar a la planta baja, Yuji sacó su teléfono y le envió un mensaje rápido a Tsumiki.

*“Tenías razón, le gustan las fresas. Y su pijama es azul. Creo que me voy a morir de amor, Tsumiki.”*

La respuesta no tardó en llegar.

*“No te mueras todavía, Itadori. Apenas estás empezando a conocerlo. Por cierto, saca un diez en el próximo examen si quieres que te dé su número de teléfono. ¡Ánimo!”*

Yuji guardó el teléfono con una determinación renovada. Si la medicina era el camino para llegar a Megumi, se convertiría en el mejor médico que el mundo hubiera visto jamás. Porque aquel chico de cabello negro era mucho más fascinante que cualquier diagrama de anatomía, y Yuji estaba dispuesto a estudiar cada capítulo de su vida, palabra por palabra, hasta aprenderse su corazón de memoria.