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lois griffin SSBBW

La Cumbre de la Complacencia

El suelo de la planta superior de los Griffin ya no crujía; ahora emitía un quejido profundo, una protesta estructural que acompañaba cada movimiento de la actual Lois Griffin. Siete meses habían transformado la casa de la calle Spooner en un santuario dedicado a su expansión. La cifra en la báscula industrial que Peter había instalado en el garaje —y que ahora residía permanentemente al pie de la cama— marcaba unos increíbles 673 kilos.

Lois estaba sentada en su trono: un sofá reforzado con vigas de acero y cojines de espuma de alta densidad que ocupaba casi toda la pared del salón. Su figura era una cascada de curvas suaves y monumentales, una cordillera de piel sonrosada que se desbordaba sobre el armazón del mueble. La bata verde de seda de antaño había sido reemplazada por una vasta túnica hecha a medida con sábanas de satén, la única tela que no la irritaba.

—¡Peter! —llamó Lois. Su voz, antes aguda y vibrante, ahora era un murmullo denso, aterciopelado por las capas de satisfacción que envolvían su garganta—. Peter, cielo, creo que el control remoto se ha perdido en algún pliegue otra vez.

Peter apareció desde la cocina en cuestión de segundos, llevando una bandeja que requería el uso de ambas manos. Sobre ella descansaba un tazón de porcelana del tamaño de una ensaladera, lleno hasta el borde con helado de crema de cacahuete, cubierto con jarabe de chocolate caliente y trozos de brownie.

—No te preocupes por el control, nena —dijo Peter con una sonrisa que desbordaba orgullo—. Ya he puesto el canal de cocina para ti. Mira este helado, lo he batido a mano para que esté extra cremoso.

Peter se arrodilló junto al sofá, o al menos lo intentó, ya que el volumen de su esposa ocupaba gran parte del espacio vital. Con una cuchara de plata, comenzó a alimentar a Lois. Ella abrió la boca con naturalidad, cerrando los ojos mientras el frío dulce se deslizaba por su garganta.

—Oh, Peter... —suspiró ella, mientras una mancha de chocolate decoraba la comisura de su labio—. Está delicioso. Siento que me estoy hundiendo en el sofá, pero de la mejor manera posible.

—Estás perfecta, Lois. Absolutamente perfecta —murmuró Peter, limpiando la gota de chocolate con su pulgar antes de darle otra cucharada—. ¿Sabes qué dicen en las noticias? Que hay una ola de calor, pero aquí estamos frescos, protegidos por tu propia magnificencia.

Brian entró en la habitación, caminando con cuidado para no tropezar con las bandejas vacías que Peter aún no había recogido. El perro se detuvo y miró a Lois, cuya masa corporal parecía haber reclamado el salón como territorio soberano.

—Peter, esto es una locura estadística —dijo Brian, ajustándose el collar—. Lois pesa más que un piano de cola y un coche pequeño juntos. Literalmente no puede pasar por el pasillo. ¿Cómo pretendes que vayamos al veterinario si ella bloquea la salida de emergencia?

Lois soltó una risita que hizo que su abdomen se ondulara como un mar en calma.

—No seas tan dramático, Brian —dijo ella, aceptando otra cucharada de helado—. Peter ha ensanchado las puertas principales, ¿verdad, cariño?

—Así es —confirmó Peter, lanzando una mirada triunfal al perro—. Y he reforzado los cimientos del sótano. Lois no está bloqueando nada, Brian. Ella es el centro de gravedad de esta familia. Todo lo demás orbita a su alrededor.

—Es una metáfora física muy precisa, considerando que tiene su propio campo gravitatorio —masculló Brian, retirándose hacia la cocina para buscar un martini que le ayudara a procesar la escena.

Stewie pasó por allí, montado en un pequeño vehículo motorizado que había construido para desplazarse por la casa ahora que el espacio era limitado. Se detuvo frente a su madre, observando cómo Peter le ofrecía ahora una caja de donuts glaseados como "acompañamiento" al helado.

—Es fascinante —comentó Stewie, apoyando la barbilla en su mano—. Has pasado de ser una ama de casa de Nueva Inglaterra a una deidad de la fertilidad de la era paleolítica. Madre, ¿eres consciente de que tu barbilla ahora tiene su propio código postal?

—Stewie, sé amable con tu madre —lo reprendió Peter sin mucha fuerza, mientras abría un donut y lo rellenaba con más crema—. Ella está haciendo un gran esfuerzo por ser feliz.

—¡Oh, estoy seguro de que el esfuerzo es hercúleo! —exclamó el bebé—. Mover un dedo debe requerir la energía de una central nuclear. Pero debo admitir, la piel le brilla. Es como si estuviera hecha de mantequilla fina.

Lois no se sintió ofendida. En este estado de constante saciedad, las críticas resbalaban sobre ella como el jarabe sobre el helado. Se sentía protegida, amada y, sobre todo, increíblemente cómoda. El estrés de las apariencias, de competir con Bonnie o de impresionar a sus padres, se había disuelto en miles de calorías diarias.

—Me siento tan ligera mentalmente, Peter —dijo Lois, mientras su esposo le acomodaba los cojines bajo sus brazos masivos—. Es como si toda la ansiedad del mundo se hubiera quedado fuera de esta capa de suavidad que me rodea.

—Ese es el plan, nena —respondió Peter, sentándose en un taburete cerca de sus pies—. El mundo es un lugar que te exige ser delgada, rápida y eficiente. Pero yo solo quiero que seas tú. Y resulta que hay mucho más de "ti" para amar ahora.

—¿Crees que debería intentar levantarme para cenar en la mesa? —preguntó ella, aunque la idea de moverse le parecía una tarea monumental.

—¿Para qué? —Peter negó con la cabeza—. Traeré la mesa aquí. O mejor aún, he comprado una de esas mesas de hospital que se deslizan sobre la cama, pero versión industrial. Cenaremos aquí mismo. He preparado costillas a la barbacoa, de esas que se deshacen solas, y puré de patatas con tanta mantequilla que podrías usarlo como lubricante para motores.

Lois soltó una carcajada profunda.

—Eres un hombre terrible, Peter Griffin. Me vas a convertir en una montaña.

—Ya eres mi montaña, Lois. Mi montaña de azúcar.

El resto de la tarde transcurrió en una bruma de placer gastronómico. Peter no se separaba de ella más que para ir a la cocina a buscar más suministros. Cada vez que Lois terminaba un plato, él aparecía con algo nuevo: galletas calientes, trozos de queso brie, batidos de chocolate espeso.

Chris entró en el salón más tarde, cargando una consola de videojuegos, pero se detuvo al ver a su madre.

—Cielos, mamá. Cada vez que entro en la habitación pareces un poco más grande. ¿Es un superpoder? —preguntó el chico con genuina curiosidad.

—Es el poder del amor de tu padre, Chris —respondió Lois, mientras Peter le daba un masaje en los hombros, o al menos en la parte superior de la vasta extensión que eran sus hombros.

—Papá, ¿podemos usar a mamá como puff para jugar? —preguntó Chris—. Se ve muy cómoda.

—¡Chris! —exclamó Lois, aunque terminó riendo—. Bueno, si tienes cuidado y no me quitas mis snacks, supongo que puedes apoyarte en mi costado.

Chris se sentó en el suelo, apoyando su espalda contra la suave ladera que era la cadera de Lois. Ella suspiró, sintiendo el calor de su familia a su alrededor. A pesar de su inmovilidad casi total, nunca se había sentido más conectada con su hogar.

Cuando cayó la noche, la casa se sumergió en una calma pesada. Peter terminó de alimentar a Lois con la última porción de pastel de queso de la jornada. Ella estaba exhausta, no por el esfuerzo físico, sino por la pura densidad de su existencia.

—Peter —susurró ella, mientras sus párpados pesaban—. ¿Me quieres de verdad así? ¿Incluso si mañana peso un kilo más?

Peter le tomó la mano, que ahora era un pequeño cojín de dedos suaves, y la besó con una ternura que no solía mostrar en otras facetas de su vida.

—Lois, cada gramo que ganas es un regalo para mí. Cuando te veo así, tan grande, tan tranquila, sé que he hecho bien mi trabajo. Eres mi obra maestra. No quiero que vuelvas a sentir hambre, ni frío, ni soledad.

—A veces tengo miedo de que esto sea un sueño —dijo ella, acomodando su cabeza contra el respaldo del sofá.

—Si es un sueño, he llenado la nevera para que no tengamos que despertar —respondió Peter con una risita—. Ahora descansa, mi reina. Mañana es el día de los gofres. He comprado una plancha nueva que hace gofres de medio metro.

Lois cerró los ojos, esbozando una sonrisa de pura anticipación. Mientras se quedaba dormida, podía oír a Peter en la cocina, preparando la masa para el desayuno, el sonido rítmico del batidor contra el bol funcionando como una canción de cuna.

En la oscuridad del salón, Lois Griffin, con sus 673 kilos de devoción y carbohidratos, se sentía la mujer más afortunada del mundo. No importaba que el mundo exterior fuera pequeño y estrecho; en la calle Spooner, ella era un universo en expansión, y Peter era el astronauta feliz de explorar cada nuevo centímetro de su gloria.

Brian, desde el rincón, observó a la pareja antes de apagar la luz.

—Bueno —susurró el perro para sí mismo—, al menos no tendremos que preocuparnos de que se escape con el instructor de yoga.

Y con el eco de un último suspiro satisfecho de Lois, la casa quedó en silencio, aguardando el festín del nuevo amanecer.

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