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Lol

Secretos entre encajes y armaduras

La semana posterior al incidente de la bufanda no fue más sencilla para Darling Charming. Al contrario, sentía que su vida se había convertido en un campo de entrenamiento de alto riesgo donde el enemigo no era un dragón, sino su propio pulso acelerado cada vez que Apple White entraba en su campo de visión.

Darling se encontraba en su habitación, compartida con Rosabella Beauty. Se suponía que debía estar puliendo sus grebas, pero en lugar de eso, tenía la puerta del armario entreabierta, asegurándose de que Rosabella estuviera lo suficientemente distraída con sus libros sobre los derechos de las criaturas mágicas. Con un movimiento rápido, Darling metió la mano en el fondo de su cajón secreto y sacó la camiseta de seda roja de Apple.

La acercó a su rostro y cerró los ojos. El aroma a manzanas frescas y un toque de perfume de rosas seguía allí, impregnado en las fibras. Se sintió ridícula, como un cachorro que guarda un calcetín de su dueño, pero esa prenda era su ancla. Cuando el peso de ser una "damisela perfecta" ante los ojos de sus padres se volvía insoportable, o cuando el miedo a que Apple se arrepintiera de haber elegido a una chica en lugar de a un príncipe la asaltaba, simplemente tocaba la seda y recordaba el calor de la piel de Apple contra la suya.

—Darling, ¿estás bien? Llevas cinco minutos mirando tu cajón de los calcetines como si fuera a revelarte el sentido de la vida —dijo Rosabella, sin levantar la vista de su tomo.

Darling dio un respingo, cerrando el cajón de un golpe seco que resonó en toda la habitación.

—¡Sí! ¡Perfectamente! Solo... contaba cuántos calcetines me quedan sin agujeros. El entrenamiento de caballería es... duro para la ropa —balbuceó, sintiendo que el calor subía por su cuello.

—Ya veo. Por cierto, Apple te estaba buscando —comentó Rosabella con una sonrisa cómplice—. Dijo que necesitaba ayuda con "estrategias de defensa". Me pareció curioso, considerando que Apple suele preferir la diplomacia.

Darling no esperó a que Rosabella terminara la frase. Se ajustó el chaleco y salió de la habitación a paso ligero, casi trotando. Su corazón ya estaba dando saltos.

Mientras tanto, en la habitación de las futuras Reinas, Apple White estaba pasando por su propia crisis, aunque de una naturaleza mucho más organizada. Tenía cinco libros abiertos sobre su cama, pero sus ojos no leían ni una sola palabra. Sus dedos jugueteaban con el encaje de su falda.

—Apple, si sigues arrugando ese vestido, vas a necesitar un hechizo de planchado de nivel avanzado —dijo Raven Queen, que estaba sentada en su escritorio mezclando tintas para sus tareas de Gestión de Maldiciones.

—No puedo evitarlo, Raven. Darling es tan... tan... —Apple buscó la palabra adecuada, gesticulando con las manos en el aire—. Es tan paciente. Demasiado paciente. A veces siento que tengo que ser yo la que la empuje a todo, y me preocupa que se sienta invadida. Sabes que no le gusta que la gente se acerque demasiado.

Raven dejó la pluma y se giró para mirar a su compañera.

—Apple, Darling te rescató de un sueño eterno. No creo que se sienta "invadida" si le das la mano. Lo que pasa es que ella es un desastre de nervios porque nunca ha hecho esto antes. Y tú... bueno, tú eres Apple White. Eres un ideal andante. Ella tiene miedo de romperte.

—¡Pero yo no quiero ser un ideal para ella! —exclamó Apple, levantándose de un salto—. Quiero ser su... su lo que sea que seamos.

En ese momento, un golpe rítmico y algo torpe sonó en la puerta. Apple corrió a abrir, encontrándose con Darling, que parecía haber corrido un maratón. Tenía un mechón de pelo platino pegado a la frente y la respiración algo agitada.

—Hola —dijo Darling, y acto seguido, al ver la mirada intensa de Apple, soltó un pequeño "¡hip!" de puro nerviosismo.

—Hola, Darling. Pasa, por favor —Apple la tomó de la mano y la arrastró hacia el interior, ignorando la risita de Raven, que decidió que era un excelente momento para ir a la biblioteca.

Una vez solas, el silencio se volvió denso, pero no incómodo. Darling se quedó de pie en medio de la habitación, con los brazos rígidos a los costados. Se sentía fuera de lugar en aquel entorno tan femenino y perfecto, a pesar de que ella misma llevaba vestidos por obligación.

—¿Cómo estás? —preguntó Apple, acercándose con esa gracia natural que hacía que Darling se sintiera como un pato mareado.

—Bien. Entrenando. Mucho. Los escudos son... pesados —dijo Darling, mirando a cualquier parte menos a los ojos azules de Apple.

—Darling, mírame.

Darling obedeció, bajando la vista hacia la reina. Apple extendió una mano y acarició la mejilla de la guerrera. Darling cerró los ojos ante el contacto, inclinando la cabeza hacia la palma de Apple de una forma casi instintiva, como un animalito que busca afecto después de un largo día de soledad.

—Te echo de menos incluso cuando estamos en la misma clase —susurró Apple, acortando la distancia—. Me pone celosa ver cómo Chase te habla de tácticas y cómo tus hermanos te acaparan. Quiero que el mundo sepa que eres mía, pero a la vez quiero guardarte solo para mí.

—Yo... nadie me había dicho algo así —murmuró Darling, su voz perdiendo toda la firmeza—. Con los pretendientes que mi madre me enviaba, siempre sentía que querían un trofeo. Me tocaban sin preguntar, me invadían... —Se estremeció levemente—. Contigo es diferente. Pero a veces me asusto. Me asusto de lo mucho que me gusta que me toques.

Apple sintió una punzada de dolor en el pecho al recordar las malas experiencias de Darling con aquellos príncipes arrogantes. Se prometió a sí misma ser el refugio de Darling, no su captora.

—No tienes que asustarte. Aquí tú tienes el control —dijo Apple, aunque sus ojos brillaban con un deseo que contradecía su tono calmado.

Apple guio a Darling hacia la cama. Se sentaron juntas, y Darling, en un arrebato de valentía, rodeó la cintura de Apple con un brazo, pegándola a su costado. Apple soltó un suspiro de satisfacción y apoyó la cabeza en el hombro de la chica de armadura oculta.

—¿Sabes? —dijo Apple, juguetando con los dedos de Darling—. Me falta una camiseta. Una de seda roja.

Darling se quedó petrificada. Si antes estaba nerviosa, ahora sentía que su sistema inmunológico estaba a punto de colapsar.

—¿Ah, sí? Qué... qué extraño. Las lavanderas de Ever After High a veces son muy despistadas —dijo Darling, haciendo su mejor imitación de "persona que no sabe nada".

—Es mi favorita. Tenía un valor sentimental —continuó Apple, con una sonrisa maliciosa jugando en sus labios—. Pero creo que sé quién la tiene. Creo que hay un caballero muy valiente que la usa como amuleto.

—¡Me desmayo! —anunció Darling de repente, cerrando los ojos con fuerza.

—No, no lo vas a hacer —rio Apple, atrapándola por el cuello y obligándola a tumbarse sobre los cojines—. No te vas a escapar esta vez, Darling Charming.

Apple se posicionó sobre ella, sus faldas rojas extendiéndose sobre las piernas de Darling. La diferencia de temperamentos era evidente: Apple era fuego envuelto en seda, decidida y apasionada; Darling era hielo que se derretía, vulnerable y devota.

—¿Puedo? —preguntó Apple, rozando con sus labios la mandíbula de Darling.

Darling solo pudo asentir, soltando un gemido ahogado cuando Apple comenzó a besar su cuello. La sensación de los labios de Apple era embriagadora. Darling sintió que sus defensas caían una a una. Sus manos, que normalmente no sabían dónde ponerse, encontraron su lugar en la espalda de Apple, apretándola contra sí con una urgencia que la sorprendió.

—Apple... por favor —suplicó Darling, aunque no sabía exactamente qué estaba pidiendo.

Apple no fue lenta esta vez. Había pasado días pensando en este momento, en la forma en que Darling reaccionaba a cada caricia. Quería dejar claro que, aunque Darling fuera el caballero, ella era la reina que gobernaba su corazón. Sus manos bajaron por los costados de Darling, buscando la piel bajo la ropa.

—Eres tan hermosa —susurró Apple entre besos—. Y eres tan mía.

Darling se sentía flotar. Cada vez que Apple la tocaba, el mundo exterior desaparecía. No había destinos escritos, no había hermanos que proteger, no había expectativas reales. Solo estaban ellas. Darling se permitió ser "la pequeña", dejándose llevar por la intensidad de Apple. Se sentía como un cachorro que por fin había encontrado un hogar cálido donde no tenía que estar en guardia.

El calor en la habitación aumentó. Los besos se volvieron más profundos, más necesitados. Apple, con una audacia que solo mostraba en la intimidad, comenzó a desabotonar la camisa de Darling. Cuando su piel finalmente se encontró, Darling soltó un suspiro tembloroso.

—Apple, espera —dijo Darling, con la voz quebrada.

Apple se detuvo al instante, mirándola con preocupación.

—¿Pasa algo? ¿He ido muy rápido?

—No, no es eso —Darling se tapó la cara con las manos, avergonzada—. Es que... soy muy torpe. No quiero estropearlo. No sé qué hacer con mis manos, me siento como si fuera a romperte.

Apple soltó una carcajada suave y llena de amor. Se inclinó y besó las manos de Darling, apartándolas de su rostro.

—No puedes romperme, Darling. Soy mucho más fuerte de lo que parezco. Solo siente. No pienses en protocolos, ni en manuales de caballería. Solo siénteme a mí.

Esa invitación fue todo lo que Darling necesitó. Con una lentitud nacida del respeto y una pasión nacida de meses de anhelo, Darling comenzó a explorar el cuerpo de Apple. Sus dedos trazaban curvas con una delicadeza que hacía que Apple arqueara la espalda. Cada vez que Apple soltaba un suspiro o pronunciaba su nombre, Darling sentía una descarga de adrenalina superior a cualquier victoria en un torneo.

—Te quiero —susurró Darling contra el pecho de Apple, un secreto confesado en la penumbra de la tarde.

Apple se quedó sin aliento. Era la primera vez que Darling lo decía con tanta claridad. No fue un acto heroico, ni un rescate mágico; fue una declaración humana, sencilla y profunda.

—Y yo a ti, mi caballero —respondió Apple, rodeando el cuello de Darling con sus brazos y atrayéndola para un beso que sabía a promesa.

Horas más tarde, cuando la luna ya brillaba sobre las torres de Ever After High, ambas compartían una manta en la cama de Apple. Darling estaba medio dormida, con la cabeza apoyada en el abdomen de Apple, mientras esta última le acariciaba el cabello platino.

—Vas a tener que devolverme la camiseta, ¿sabes? —dijo Apple en tono de broma.

Darling se removió, frotando su mejilla contra la piel de Apple de forma cariñosa, casi como un perrito perezoso.

—No. Es mía ahora. Es mi tesoro.

—¿Y qué me darás a cambio? —preguntó Apple con curiosidad.

Darling se incorporó un poco, su mirada volviéndose seria por un momento. Se llevó la mano al cuello, donde una nueva marca violácea, cortesía de Apple, destacaba bajo la luz de la luna.

—Te doy todo lo que soy. Mi espada, mi escudo y... esto —Darling señaló su corazón—. Aunque creo que ya lo tenías desde que me viste por primera vez en el Bosque Oscuro.

Apple sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Se inclinó y besó la nariz de Darling.

—Trato hecho. Pero mañana, en el desayuno, vas a tener que sentarte conmigo otra vez. Y nada de desmayos.

—No prometo nada —murmuró Darling, volviendo a esconderse en el cuello de Apple—. Eres muy abrumadora, Apple White.

—Y tú eres demasiado adorable para ser una guerrera legendaria.

Se quedaron dormidas así, entrelazadas, desafiando las leyes de los cuentos de hadas. Al día siguiente, las crisis sobre el destino volverían. Apple tendría que enfrentarse a la presión de ser la futura Reina Blanca y Darling tendría que seguir ocultando su identidad bajo la armadura del Caballero Blanco. Pero en esa habitación, bajo el aroma a manzanas y seda, no había roles que cumplir. Solo había dos chicas que habían decidido que su "felices para siempre" no necesitaba un príncipe, sino la valentía de quererse tal como eran.

A la mañana siguiente, Darling se escabulló de la habitación antes de que los pasillos se llenaran de estudiantes. Llevaba la bufanda bien apretada, a pesar de que el sol empezaba a calentar. Al llegar a su cuarto, Rosabella ya se había ido. Darling se dejó caer en su cama y, con un suspiro de pura felicidad, sacó la camiseta roja de su escondite. Esta vez no la olió con nostalgia, sino con la seguridad de que el original la estaba esperando para el almuerzo.

—Definitivamente —susurró Darling para sí misma, guardando su tesoro—, ser un caballero no es tan bueno como ser de Apple White.