Volver al resumen

Lol

Ecos de un Volcán Dormido

El calor en la habitación de Kazuke no era solo una cuestión de termostatos y tecnología de Xylos-4 adaptada para un nativo de Yvos-9. Era una atmósfera, una extensión de su propia biología. Mientras el sistema de calefacción zumbaba suavemente, manteniendo esos 28°C que para Kasuto eran un desafío y para Kazuke un bálsamo, el joven de piel verde brillante se hundía en las profundidades de un sueño que no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.

En el mundo onírico de Kazuke, las fronteras entre la realidad física y el deseo se desdibujaban. No estaba en su habitación, ni en el colegio, ni siquiera en los gélidos paisajes de Xylos-4. Se encontraba en un lugar que su mente había construido mezclando los recuerdos borrosos de su infancia en Yvos-9 con la presencia constante de la persona que se había convertido en su eje central: Kasuto.

El sueño comenzó con un resplandor dorado. Kazuke caminaba por las dunas de arena roja de su planeta natal, pero no sentía la soledad que solía acompañar sus recuerdos de aquel lugar. El aire era denso y ardiente, casi líquido, y cada vez que inhalaba, sentía que sus pulmones se llenaban de una energía vibrante. Sus antenas, libres de cualquier inhibición, se agitaban con alegría, captando las corrientes térmicas que bailaban sobre el suelo.

Entonces, lo vio.

En medio del desierto de Yvos-9, bajo el sol implacable, estaba Kasuto. Pero no era el Kasuto que conocía, el chico que siempre llevaba ropa ordenada y mantenía una fachada de sarcasmo y calma. Este Kasuto estaba rodeado de un aura de frescura, como un oasis en medio del caos térmico. Su piel verde claro parecía brillar con una luz propia, y sus ojos castaños, generalmente analíticos, estaban cargados de una promesa que hizo que las rodillas de Kazuke flaquearan.

—Ven aquí, Kazuke —dijo la imagen de Kasuto en su sueño. Su voz no era un susurro, sino una vibración que resonaba directamente en sus huesos.

Kazuke corrió hacia él. Sus pies se hundían en la arena caliente, pero no le importaba. Cuando finalmente llegó a su altura, el contraste fue inmediato. Al tocar la mano de Kasuto, una descarga de frío delicioso recorrió su brazo, equilibrando el fuego que sentía por dentro. Era el equilibrio perfecto. El calor extremo de su origen y el frío protector de su amante se fusionaban en una sensación de plenitud absoluta.

—Kass... —susurró el Kazuke dormido en la realidad, mientras en su sueño se lanzaba a los brazos del otro Velde.

En la visión, Kasuto lo rodeaba con sus brazos atléticos, apretándolo contra su pecho. La forma de triángulo invertido de su cuerpo encajaba con la complexión delgada de Kazuke de una manera que parecía predestinada por la misma evolución. Kazuke hundió el rostro en el cuello de Kasuto, aspirando un aroma que olía a tierra mojada y a las plantas que Kasuto tanto amaba cuidar.

—Te tengo —murmuró el Kasuto onírico—. Siempre te tengo.

El sueño dio un giro hacia algo más intenso. La arena roja bajo sus pies se convirtió en una cama de pétalos de flores exóticas, de esas que solo crecían en los invernaderos más profundos de Yvos-9. El calor ambiental subió un grado más, pero ya no era el sol, sino la cercanía de sus cuerpos.

Kazuke sentía que cada centímetro de su piel estaba hipersensibilizado. Las manos de Kasuto comenzaron a recorrer su espalda, bajando desde la nuca, donde sus antenas se entrelazaban con los dedos del otro, hasta la base de su columna. Cada caricia dejaba un rastro de hormigueo eléctrico. En su mente, Kazuke se sentía vulnerable, pero de una forma que lo hacía sentir poderoso. Estaba entregando su control al único ser en el universo que sabía exactamente qué hacer con él.

—Eres tan hermoso cuando dejas de pensar tanto —le decía Kasuto en el sueño, mientras sus labios rozaban la punta de una de las antenas de Kazuke.

El contacto provocó que un gemido real escapara de la garganta de Kazuke en la habitación de Xylos-4. En su mente, la escena se volvía más explícita, más carnal. Veía a Kasuto despojándose de su camiseta, revelando esos músculos definidos que Kazuke tanto admiraba en secreto durante los entrenamientos o cuando lo veía dibujar en silencio.

La piel de Kasuto se sentía como seda fría contra la suya, que ardía. En el sueño, Kazuke se encontraba sentado sobre el regazo de Kasuto, sintiendo la dureza de los muslos del otro bajo él. La fricción era constante, un ritmo que dictaba el latido de su corazón. Cada vez que Kasuto lo besaba, Kazuke sentía que se desintegraba y se reconstruía en una sola pieza.

—Más... por favor, Kass... —suplicaba en la oscuridad de su inconsciente.

Lo que Kazuke experimentaba era una amalgama de sensaciones. Sentía el peso de Kasuto sobre él, el calor de su aliento, el sabor metálico y dulce de sus besos. Pero lo más vívido era la sensación de ser observado. Incluso en su sueño, podía sentir la mirada analítica de Kasuto, esa forma en que lo estudiaba para encontrar sus puntos débiles y convertirlos en fuentes de placer. Esa atención meticulosa era lo que más amaba de él; el hecho de que Kasuto no solo lo amaba, sino que lo entendía a un nivel biológico y emocional profundo.

De repente, el entorno cambió de nuevo. Ya no estaban en el desierto ni en las flores. Estaban sumergidos en un agua termal, una piscina de líquido esmeralda que recordaba a los antiguos baños de los nobles en Yvos-9. El agua estaba a la temperatura exacta para que los pulmones de Kazuke no sufrieran, permitiéndole respirar con una libertad que rara vez sentía en el aire seco de Xylos-4.

Bajo el agua, las manos de Kasuto eran omnipresentes. Lo tocaban, lo exploraban, lo reclamaban. Kazuke sentía una presión creciente en su vientre, una tensión que buscaba una salida desesperada. En el sueño, Kasuto lo miraba con una sonrisa ladina, esa expresión burlona que solía usar para ocultar su afecto, pero que aquí, en la privacidad de la mente de Kazuke, era puramente depredadora y amorosa a la vez.

—¿Sientes esto, Kazuke? —preguntaba el Kasuto imaginario, guiando la mano de Kazuke hacia abajo, hacia el centro de su deseo compartido.

La sensación de plenitud era abrumadora. En su sueño, Kazuke llegaba al clímax en medio de una explosión de colores verdes y rojos, una sinfonía térmica que hacía vibrar cada célula de su cuerpo. Era un éxtasis que trascendía lo físico; era la confirmación de que, a pesar de venir de mundos diferentes, de que uno fuera hecho para el fuego y el otro para el hielo, juntos creaban un ecosistema perfecto.

Cuando la intensidad del sueño comenzó a desvanecerse, Kazuke no se despertó de inmediato. Se quedó flotando en una neblina de satisfacción post-orgásmica, sintiendo un calor real envolviéndolo. En ese estado de semi-consciencia, la mano que lo tocaba en su sueño se fundió con la mano real de Kasuto que, en la habitación de 28°C, estaba terminando de ayudarlo.

—Eso es... suéltalo todo para mí —oyó Kazuke, una voz que no venía del desierto ni del agua termal, sino del espacio real a su lado.

Esa frase se filtró en lo último de su visión onírica, anclándolo de nuevo a la realidad. En su mente, vio la imagen de Kasuto grabándolo, observándolo con esa mezcla de burla y adoración que solo él poseía. Pero lejos de sentirse violado o avergonzado en el sueño, Kazuke sintió una oleada de alivio. Incluso en la profundidad de su inconsciente, sabía que estaba a salvo. Sabía que Kasuto cuidaría de él, incluso de las partes de sí mismo que Kazuke aún no se atrevía a mostrar a la luz del día.

El sueño terminó con una sensación de descenso suave. Los soles de Yvos-9 se ocultaban, dejando paso a la noche fresca de Xylos-4, y Kazuke se dejaba caer en los brazos de su protector. El último pensamiento antes de entrar en un sueño sin imágenes fue una certeza absoluta: no importaba qué tan drásticos fueran los cambios térmicos de la vida, mientras la mano de Kasuto estuviera sobre la suya, él nunca volvería a sentir frío.

Cuando finalmente despertó a la mañana siguiente, con la luz del primer sol filtrándose por las cortinas, Kazuke se sintió extrañamente renovado. El peso en su pecho había desaparecido, reemplazado por una ligereza que lo hacía querer sonreír sin motivo aparente.

—Buenos días, dormilón —dijo Kasuto, con esa voz ronca que Kazuke ahora asociaba tanto con la realidad como con sus fantasías más profundas.

Kazuke parpadeó, tratando de sacudirse los restos de la arena roja y el agua esmeralda de sus ojos. Miró a Kasuto, que lo observaba con una intensidad que casi le hacía sospechar que su novio había estado dentro de su cabeza toda la noche.

—Buenos días... —respondió Kazuke, sintiendo cómo sus antenas se erguían por instinto.

Al recordar el sueño, un calor muy real subió por su cuello. No era la calefacción. Era el recuerdo de las manos de Kasuto, de su voz mandona y dulce, y de la forma en que lo había hecho sentir en ese desierto imaginario.

—He dormido increíblemente bien. He tenido un sueño... raro, pero agradable —admitió, sin saber que estaba dándole a Kasuto la confirmación que necesitaba para empezar su habitual juego de burlas.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber de qué trataba ese sueño tan agradable? —preguntó Kasuto, y Kazuke pudo ver el brillo de picardía en sus ojos verdes claros.

—No... no me acuerdo bien. Solo que hacía mucho calor y tú estabas allí.

Kazuke se encogió de hombros, tratando de parecer indiferente, pero sus antenas lo traicionaron, curvándose hacia Kasuto de una manera que gritaba afecto y sumisión.

—Bueno, si alguna vez olvidas los detalles, no te preocupes —susurró Kasuto, acercándose tanto que Kazuke pudo sentir el calor corporal que su novio producía en exceso—. Tengo una excelente memoria... y algunos registros muy interesantes que podrían refrescarte la mente.

El corazón de Kazuke dio un vuelco. ¿Registros? ¿A qué se refería? Un destello de pánico mezclado con una extraña excitación lo recorrió. Miró a Kasuto alejarse hacia la puerta, admirando una vez más su figura atlética, la seguridad con la que se movía por la habitación.

—¡Kasuto! ¿Qué significa eso? —gritó, aunque en el fondo, una parte de él ya lo sabía.

Sabía que Kasuto lo había observado. Sabía que Kasuto lo había cuidado. Y, sobre todo, sabía que su sueño no había sido del todo una fantasía. En la intersección de sus dos mundos, en esa casa adaptada para el calor en un planeta de hielo, Kazuke Arahara había encontrado algo más que un novio: había encontrado un hogar donde sus sueños más ardientes podían volverse realidad bajo la mirada atenta del único Velde que realmente importaba.

Se quedó allí, sentado en la cama desordenada, sintiendo el eco del volcán que había despertado en su interior. Miró sus propias manos, todavía sintiendo el fantasma del contacto de Kasuto. Una sonrisa lenta y genuina apareció en su rostro verde brillante.

—Eres un idiota, Kasuto Saito —susurró para sí mismo, mientras se levantaba para seguirlo—. Pero eres mi idiota.

Kazuke se puso su pijama de Hello Kitty —el que Kasuto tanto mencionaba— y caminó hacia la cocina. El olor a desayuno ya empezaba a llenar el pasillo, mezclándose con el calor constante de la casa. Sabía que el día estaría lleno de sarcasmo, de notas en cuadernos y de burlas sobre su resistencia al frío, pero también sabía que, al llegar la noche, volvería a estar en esos brazos. Y quizás, solo quizás, el próximo sueño sería aún más intenso, sabiendo que Kasuto estaría allí para grabarlo, para vivirlo y, sobre todo, para amarlo en cada grado de temperatura posible.