~love in paradise
El Banquete de las Cadenas de Glaseado
El tiempo en el reino de Eternal Sugar Cookie era una sustancia caprichosa, una melaza espesa que no se medía en segundos ni en horas, sino en la acumulación de capas de azúcar sobre el alma. Había pasado un año desde que Hollyberry Cookie cruzara el umbral de aquel paraíso de cristal, y el cambio en su entorno era tan sutil como aterrador. Lo que antes era un campo de batalla donde ella rugía desafíos, se había transformado en un salón de baile infinito, donde el aire sabía a vainilla y el cansancio era una leyenda olvidada.
Hollyberry ya no vestía su armadura de batalla. En su lugar, llevaba un vestido de gala confeccionado con láminas de caramelo flexible de un color carmesí profundo, que resaltaba su figura fuerte y sus hombros anchos. Sus dos coletas rosas, antes desordenadas por el fragor de la lucha, ahora estaban perfectamente peinadas y adornadas con perlas de azúcar que brillaban con una luz artificial. Sus ojos, aunque conservaban aquel tono rosado vibrante, tenían una chispa de extrañeza, como si estuviera viendo el mundo a través de un velo de almíbar.
Se encontraba sentada a una mesa de banquete que parecía no tener fin. A su alrededor, la escena era tan magnífica como inquietante.
—¿No es esto lo que siempre quisiste, mi querida guerrera? —La voz de Eternal Sugar Cookie fluyó como chocolate derretido, suave y envolvente.
Eternal Sugar estaba de pie tras ella, con sus manos pálidas descansando sobre los hombros de Hollyberry. Su presencia ya no era la de una enemiga, sino la de una anfitriona omnipresente, una compañera que había erosionado la resistencia de la reina con una paciencia divina.
—Es... es un buen banquete —respondió Hollyberry, aunque su voz carecía del trueno habitual. Se llevó una copa de jugo de bayas a los labios, pero el sabor era demasiado perfecto, demasiado dulce, sin ese toque de acidez que tanto amaba—. Pero siento que falta algo de ruido. ¿Dónde están los brindis que hacen temblar las paredes?
—El ruido es para los que sufren, Hollyberry —susurró Eternal Sugar, inclinándose para que sus rostros quedaran casi juntos—. Aquí, el silencio es la melodía de la satisfacción. Mira a tus invitados. No podrías pedir mejor compañía para este día tan especial.
Hollyberry levantó la vista y su corazón, todavía un poco rebelde bajo el azúcar, dio un vuelco. Frente a ella, sentados con la misma rigidez elegante, estaban sus antiguos compañeros, los Ancestros.
Pure Vanilla Cookie sonreía con una paz absoluta, sus ojos cerrados y sus manos juntas sobre el regazo, como si estuviera en una oración eterna. White Lily Cookie examinaba una flor de azúcar con una curiosidad lánguida, sin rastro de la angustia que solía atormentarla. Golden Cheese Cookie se abanicaba con plumas de oro refinado, rodeada de riquezas que ya no necesitaba reclamar. Y Dark Cacao Cookie... el guerrero de la nieve y el hierro estaba allí, con su gran espada apoyada contra la mesa de dulce, bebiendo un té que no humeaba, con una expresión de serenidad que resultaba antinatural en su rostro curtido.
—¿Cacao? —llamó Hollyberry, con un rastro de desesperación—. ¿Recuerdas aquel invierno en la Ciudadela? ¿Cuando casi nos congelamos buscando aquel barril de jugo añejo?
Dark Cacao Cookie levantó la vista lentamente. Sus ojos, antes severos, eran ahora como pozos de melaza oscura.
—El frío es un concepto lejano, Hollyberry —dijo él, su voz profunda reducida a un murmullo apacible—. ¿Por qué recordar el hambre cuando aquí siempre estamos satisfechos? Bebe tu jugo. Es dulce.
—¡Pero no tiene gracia si no hay una historia detrás del trago! —exclamó Hollyberry, golpeando la mesa. La vajilla de azúcar tintineó, pero no hubo el estruendo que ella esperaba. El sonido murió casi al instante, absorbido por las alfombras de malvavisco.
—No luches contra la corriente, mi valiente reina —dijo Eternal Sugar, rodeando la mesa para quedar frente a ella.
La entidad extendió una mano y, de la nada, materializó un anillo. No era de oro ni de gemas, sino de un diamante de azúcar tan puro que parecía emitir su propia música. La luz que desprendía era hipnótica, una promesa de que el tiempo se detendría para siempre en ese instante de belleza.
—Ha pasado un año —continuó Eternal Sugar—. Un año en el que has visto que no hay nada más allá de estos jardines que merezca tu dolor. Tu reino ha seguido adelante, tus descendientes han crecido. Tu carga ha terminado. Hollyberry Cookie, únete a mí de forma permanente. Convirtamos este paraíso en nuestra unión eterna. Cásate conmigo y deja que tu pasión se convierta en la llama que caliente este mundo de azúcar sin quemarlo nunca.
Hollyberry miró el anillo. Era hermoso. Representaba el fin de todas las batallas, el fin de la culpa por haber dejado su trono, el fin del miedo a perder a quienes amaba. Si aceptaba, nunca más tendría que ver caer a un soldado. Nunca más tendría que sentir el peso de la responsabilidad de todo un pueblo sobre sus hombros.
—¿Un matrimonio? —Hollyberry soltó una risa corta, pero no fue su carcajada de trueno. Fue una risa suave, casi quebradiza—. Nunca me imaginé que una criatura como tú buscaría algo tan... mortal.
—No es un contrato mortal —respondió Eternal Sugar, acercándose más—. Es la cristalización de tu existencia. Serás la Reina del Azúcar Eterno. Tu fuerza protegerá este sueño, y mi paz calmará tu fuego. Di que sí, y tus amigos nunca tendrán que despertar a la realidad del dolor.
Pure Vanilla Cookie asintió suavemente, como si estuviera en trance.
—Es lo mejor, Hollyberry —dijo Pure Vanilla—. La luz aquí no ciega. Solo nos abraza.
—Las flores nunca se marchitan —añadió White Lily, con una voz que parecía venir de muy lejos.
Hollyberry sintió que el azúcar en el aire se volvía más denso, casi sólido, rodeando sus muñecas como grilletes invisibles. El anillo brillaba más y más, nublando su visión. Por un momento, la imagen de su escudo roto y su capa manchada de barro en el mundo real le pareció una pesadilla de la que quería huir. ¿Por qué volver a la lluvia cuando podía tener el sol eterno del azúcar?
Estiró su mano hacia el anillo. Sus dedos, gruesos y fuertes, temblaron.
—Solo... solo tengo que decir que sí —susurró Hollyberry.
—Solo eso —confirmó Eternal Sugar, con una sonrisa que por fin parecía cálida, aunque fuera una calidez que recordaba a la fiebre.
Pero justo cuando las puntas de sus dedos rozaron el diamante de azúcar, un recuerdo punzante atravesó la niebla de su mente. No fue un gran discurso heroico, ni una visión de gloria. Fue el recuerdo de una vez que se cayó de un árbol de bayas cuando era una pequeña galleta, y cómo se raspó las rodillas y lloró, y cómo el jugo de la baya que finalmente alcanzó sabía a gloria precisamente porque le había costado sangre y lágrimas.
Recordó el sabor de la derrota. Recordó el ardor en sus pulmones tras una carrera larga. Recordó el abrazo de su nieta, Princess Cookie, que siempre olía a travesura y a tierra, no a perfume de vainilla refinada.
Hollyberry cerró el puño, evitando el anillo.
—¿Qué sucede? —preguntó Eternal Sugar, y por primera vez, hubo una nota de impaciencia en su voz perfecta.
Hollyberry levantó la cabeza. Sus coletas rosas se sacudieron. Sus ojos recuperaron un brillo salvaje, un brillo que no provenía de la refracción de los cristales, sino del fuego interno de su masa.
—Sucede... —comenzó Hollyberry, su voz recuperando su volumen natural, haciendo que Pure Vanilla parpadeara con sorpresa—, ¡sucede que este banquete es un insulto para cualquier galleta con un mínimo de sabor!
Se puso de pie, apartando la silla con tal fuerza que esta salió volando y se deshizo en polvo de azúcar al chocar contra una columna de caramelo.
—¡Hollyberry! —exclamó Golden Cheese, cubriéndose la boca con su abanico—. ¡Qué modales son esos!
—¡Los modales de una galleta viva, Cheese! —rugió Hollyberry, señalando a sus amigos—. ¡Mírense! ¡Parecen figuritas de azúcar en lo alto de un pastel de bodas! ¡Vainilla, tú siempre tenías algo sabio que decir, incluso cuando metíamos la pata! ¡Cacao, tú eras tan amargado que hacías que el chocolate puro pareciera dulce, y eso es lo que te hacía grande! ¡Lily, tus dudas eran lo que te hacía buscar la verdad! ¡Y tú, Golden Cheese, tu ambición era lo que te hacía brillar más que cualquier sol!
Se giró hacia Eternal Sugar, que ahora flotaba hacia atrás, con el rostro contraído por la confusión y el desdén.
—Me pides que me case contigo —dijo Hollyberry, dando un paso firme hacia adelante, sintiendo cómo el vestido de caramelo se rasgaba, revelando su verdadera determinación—. Me pides que renuncie al cambio, al crecimiento, a la posibilidad de equivocarme. ¡Pero una Hollyberry no se cristaliza! ¡Una Hollyberry se fermenta, se vuelve más fuerte con el tiempo, se mezcla con otros sabores!
—Estás rechazando la perfección —siseó Eternal Sugar—. Estás eligiendo la decadencia y la muerte.
—¡Estoy eligiendo la vida! —gritó Hollyberry—. Prefiero una hora de vida real, con sus penas y sus risas ruidosas, que un año entero en este mausoleo de glaseado. ¡Tus amigos no son mis amigos! ¡Son solo cáscaras rellenas de almíbar!
Hollyberry cerró los ojos un segundo y visualizó su escudo. No el escudo de azúcar que este lugar quería darle, sino su escudo de bayas, pesado, abollado y lleno de historias. En su mente, sintió el peso del metal y la madera.
—¡Despierten! —les gritó a los otros Ancestros—. ¡Pure Vanilla! ¡Cacao! ¡Esto no es un descanso, es una trampa! ¡Recuerden el sabor de la lucha! ¡Recuerden el aroma del Reino de la Galleta!
Dark Cacao Cookie frunció el ceño. Una pequeña grieta apareció en la superficie de su taza de té. Pure Vanilla abrió los ojos, y por un breve instante, la paz vacía fue reemplazada por una chispa de reconocimiento y dolor.
—Holly... berry... —murmuró Pure Vanilla, llevándose una mano a la cabeza.
—¡Eso es! —exclamó ella con entusiasmo—. ¡Sientan el dolor! ¡El dolor significa que todavía están ahí dentro!
Eternal Sugar Cookie extendió sus brazos, y el paraíso comenzó a temblar. El cielo de color pastel se volvió de un violeta oscuro y amenazante. Las flores de caramelo se transformaron en espinas.
—¡Basta! —ordenó la entidad—. Si no serás mi reina por voluntad propia, serás una estatua más en mi jardín. ¡He sido paciente contigo, Hollyberry! ¡Te he dado un año de paz que no merecías!
—¡Y yo te he dado un año de mi tiempo que pienso cobrarme ahora mismo! —Hollyberry apretó los puños. No tenía armas físicas, pero su pasión era una fuerza tangible. El aire a su alrededor empezó a vibrar con un calor intenso, un calor que comenzó a derretir el suelo de malvavisco bajo sus pies.
—¿Crees que puedes vencerme en mi propio dominio? —se burló Eternal Sugar—. Aquí, yo soy la ley. Yo soy el deseo.
—¡Y yo soy la Galleta Hollyberry! —la guerrera se lanzó hacia adelante, ignorando el anillo que Eternal Sugar aún sostenía como un arma—. ¡Y mi deseo es volver a casa para invitar a mis amigos a un brindis que de verdad nos deje resaca!
El choque entre la voluntad de Hollyberry y el poder de Eternal Sugar provocó una onda expansiva que agrietó el cielo de azúcar. Las mesas del banquete se volcaron, y los Ancestros, aunque todavía aturdidos, empezaron a levantarse, sacudiéndose la letargia que los había mantenido cautivos.
—¡Cacao, agarra tu espada! —ordenó Hollyberry mientras esquivaba una ráfaga de cristales afilados—. ¡Vainilla, necesitamos luz de la de verdad, no esta linterna de azúcar!
El año de complacencia había terminado. La batalla que Hollyberry había pospuesto durante tanto tiempo estalló con una furia renovada. Ella no necesitaba un matrimonio eterno ni un paraíso sin fin. Solo necesitaba su fuerza, su escudo y la certeza de que, mientras hubiera una batalla que ganar, ella sería la primera en la línea de frente.
—¡Prepárate, Eternal Sugar! —gritó Hollyberry, lanzando un puñetazo que rompió el aire—. ¡Porque voy a destrozar este paraíso pieza por pieza hasta que solo quede el sabor de la libertad!
El reino de azúcar crujió. La perfección se estaba rompiendo, y en el centro de todo, una galleta de color rosa, con el vestido roto y el corazón encendido, reía de puro gozo. Porque Hollyberry Cookie había comprendido que el banquete más dulce no es el que te regalan, sino el que te ganas después de haber sobrevivido a la tormenta.