Love Lard Hashira [SSBBW/WG] Acciones de deviations
El Despertar de la Flor de Loto en el Manantial Sagrado
La luz de la primavera se filtraba a través de los paneles de papel de arroz, bañando la habitación en un tono rosado que combinaba perfectamente con el cabello de Mitsuri Kanroji. La ahora inmensa Pilar del Amor soltó un suspiro que hizo vibrar su pecho colosal, una masa de suavidad que parecía tener vida propia. Sentada —o más bien, anclada— sobre una montaña de futones reforzados, Mitsuri observaba cómo sus manos, ahora adornadas con hoyuelos en los nudillos por la abundancia de su carne, jugaban con los restos de un racimo de uvas.
—Me siento... tan pesada, pero tan llena de vida —murmuró para sí misma, su voz adquiriendo un tono meloso y profundo que resonaba en su propia caja torácica.
La puerta se deslizó con un susurro elegante. Gasuto entró, seguida por una procesión de diez mujeres jóvenes, todas vestidas con kimonos ligeros y portando aceites esenciales, cuencos de agua tibia y toallas de seda.
—Buenos días, Lady Mitsuri —dijo Gasuto con una reverencia que denotaba una mezcla de respeto y triunfo—. Hoy es un día especial. Antes de que el Jefe Doragon’eiji venga a compartir el almuerzo con usted, hemos preparado un ritual de cuidado digno de la joya de nuestra aldea.
Mitsuri parpadeó, sus ojos verdes brillando con curiosidad.
—¿Un ritual? ¿Más comida? —preguntó esperanzada, mientras su vientre, una curva gloriosa que se derramaba sobre sus muslos como una cascada de crema, soltaba un gruñido sordo.
—Mucho mejor —respondió Gasuto, haciendo una señal a las mujeres—. Un masaje integral. El Jefe ha insistido en que su cuerpo, que ahora alberga tanta belleza y fuerza acumulada, sea tratado con la mayor delicadeza. Queremos que experimente el placer de su nueva forma.
Las diez asistentes se movieron con una coordinación perfecta. Rodearon a Mitsuri, quien apenas podía moverse por su cuenta. Con suavidad, comenzaron a desatar los múltiples obis que apenas mantenían cerrada su indumentaria. Cuando la tela finalmente cedió, el cuerpo de Mitsuri se liberó como una masa de masa leudada que finalmente desborda su molde. Sus pechos cayeron con un impacto suave pero pesado sobre su abdomen, y sus muslos se expandieron hacia los lados, cubriendo una superficie impresionante del tatami.
—¡Oh! —exclamó Mitsuri, cubriéndose las mejillas sonrojadas—. Me da un poco de vergüenza que me vean así... aunque admito que se siente muy bien dejar de estar apretada.
—No hay nada de qué avergonzarse, mi señora —dijo una de las masajistas mientras vertía aceite de camelia caliente sobre los hombros de la Pilar—. Usted es la encarnación de la prosperidad de esta aldea.
Las manos comenzaron a trabajar. Dos mujeres se dedicaron exclusivamente a sus hombros y cuello, hundiendo sus dedos en la carne mullida para deshacer cualquier tensión residual de sus días como guerrera. Otras dos se arrodillaron a sus costados, usando sus palmas para amasar los costados de su vientre, moviendo la suave grasa con movimientos rítmicos que hacían que Mitsuri soltara pequeños jadeos de sorpresa.
—Eso... eso se siente increíble —suspiró Mitsuri, echando la cabeza hacia atrás. Sus múltiples barbillas se acentuaron, pero ella no pareció notarlo, perdida en la sensación del tacto ajeno—. Es como si cada parte de mí estuviera despertando.
Mientras tanto, en la parte inferior, otras cuatro asistentes se encargaban de sus piernas. Los muslos de Mitsuri, tan vastos que una sola mujer no podía rodearlos con ambos brazos, fueron frotados con sales aromáticas. La sensación del roce constante contra su piel hipersensible, estirada por el rápido aumento de peso, enviaba oleadas de calor por todo su cuerpo.
—¿Siente eso, Lady Mitsuri? —preguntó Gasuto, observando desde una distancia prudencial—. Es el placer de la inactividad. Su cuerpo ya no necesita estar tenso para la batalla. Solo necesita recibir.
—Tienes razón... —dijo Mitsuri, cerrando los ojos. Su respiración se volvió pesada, y cada vez que inhalaba, sus pulmones luchaban contra el peso de sus propios pechos, creando una cadencia hipnótica—. Siento que me estoy derritiendo... como azúcar en té caliente.
De repente, la puerta volvió a abrirse. Doragon’eiji entró, ya sin su máscara formal, revelando un rostro joven pero marcado por la seriedad de su nuevo cargo. Al ver la escena —Mitsuri rodeada de manos que la masajeaban, su carne vibrando con cada movimiento—, se detuvo en seco, su respiración acelerándose.
—Jefe —dijeron las mujeres al unísono, deteniéndose por un momento.
—Continúen —ordenó Doragon’eiji, acercándose al lecho de futones—. No he venido a interrumpir, sino a participar.
Se sentó justo frente a Mitsuri, quien le dedicó una sonrisa soñadora, con los ojos entreabiertos por la languidez del masaje. El Jefe extendió una mano y acarició la cima del vientre de Mitsuri, sintiendo la suavidad increíble y el calor que emanaba de ella.
—Gasuto me dijo que habías estado un poco inquieta por no poder salir —dijo él en voz baja—. Pero mira este cuerpo, Mitsuri. Es un templo de paz. Cada gramo que has ganado es una promesa de que no volverás a sufrir en un campo de batalla.
—Es tan amable, Doragon’eiji-kun —respondió ella, usando inconscientemente el sufijo afectuoso—. A veces extraño saltar por los árboles... pero luego alguien me trae un bollo de carne o me acaricia así... y se me olvida todo.
Doragon’eiji hizo una seña a dos de las masajistas. Estas se colocaron detrás de Mitsuri y, con gran esfuerzo, levantaron sus inmensos pechos para que el Jefe pudiera masajear la zona del plexo solar y la base de su busto. Mitsuri soltó un grito ahogado de puro placer; la liberación del peso, aunque fuera por unos segundos, combinada con el tacto firme de su prometido, la hizo estremecerse de pies a cabeza.
—¡Ah! ¡Eso es demasiado! —rio Mitsuri, sus mejillas ardiendo—. ¡Siento cosquillas y algo más... es muy intenso!
—Es la vida, Mitsuri —dijo Doragon’eiji, deleitándose en cómo sus dedos desaparecían en la suavidad de la mujer—. Quiero que hoy no pienses en nada más que en lo bien que se siente ser tú.
Las asistentes comenzaron a jugar con ella, siguiendo las instrucciones silenciosas del Jefe. Una empezó a hacerle cosquillas suaves en la planta de sus pies regordetes, mientras otra le ofrecía trozos de melocotón almibarado en la boca. Mitsuri estaba en un estado de estimulación sensorial total: el sabor dulce, el aroma de las flores, el tacto de diez pares de manos y la mirada intensa de su futuro esposo.
—¿Te gusta que te cuiden así? —preguntó una de las asistentes, mientras apretaba suavemente los rollos de carne en la cintura de Mitsuri.
—¡Sí! ¡Mucho! —exclamó la Pilar del Amor, agitando sus brazos, lo que provocó que todo su cuerpo ondulara como gelatina—. Nunca pensé que ser tan grande pudiera ser tan divertido. ¡Me siento como una gran nube rosa!
Doragon’eiji se inclinó y besó la frente de Mitsuri, luego bajó hasta su mejilla.
—Esta aldea te dará todo el placer que el mundo exterior te negó. Aquí no eres una herramienta de guerra, eres nuestra reina. Y una reina debe estar satisfecha.
El masaje continuó durante horas. Las mujeres rotaron, asegurándose de que ninguna parte del vasto cuerpo de Mitsuri quedara sin atención. Usaron plumas de aves exóticas para recorrer su piel, aceites de flores que solo crecían en los rincones más profundos de la montaña y palabras de admiración que alimentaban el ego y el corazón de la joven.
Mitsuri se sentía en el cielo. Su mente, antes llena de preocupaciones por los rangos, las misiones y el miedo a no encontrar un esposo, ahora estaba nublada por una bruma de satisfacción física. Cada vez que intentaba pensar en su espada o en sus compañeros cazadores, una nueva sensación de placer —un apretón en su muslo, una caricia en su nuca, un bocado de dulce— la devolvía al presente.
—¿Sabes, Doragon’eiji-kun? —dijo ella, su voz arrastrada por el cansancio delicioso—. Creo que... creo que nací para esto. Para ser amada de esta manera tan... grande.
—Lo sé —respondió él, tomando una de las manos de Mitsuri y besando cada dedo—. Y esto es solo el principio. La primavera apenas comienza, y tenemos toda una vida para descubrir cuánto más placer puede soportar este hermoso cuerpo tuyo.
Gasuto, observando desde la puerta antes de retirarse para supervisar el banquete de bodas, sonrió para sus adentros. La Pilar del Amor ya no existía; ahora solo quedaba Mitsuri, la futura Gran Dama de la Aldea de los Herreros, una mujer cuyo único deber era ser feliz, estar alimentada y ser el centro de todas las atenciones.
Cuando el sol comenzó a ponerse, tiñendo la habitación de un naranja profundo, las masajistas finalmente se detuvieron, dejando a Mitsuri en un estado de relajación tan profundo que apenas podía mantener los ojos abiertos. Su cuerpo brillaba por el aceite, y su piel estaba rosada y sensible.
—Ahora, descansa un poco —susurró Doragon’eiji, cubriéndola con una sábana de seda gigante que apenas lograba tapar su inmensidad—. El banquete comenzará pronto, y he pedido que preparen tus platos favoritos en cantidades que nunca has visto.
Mitsuri asintió débilmente, hundiéndose en los futones. Mientras cerraba los ojos, sintió el eco de las manos sobre su piel y el peso reconfortante de su propio cuerpo. Ya no había dudas, ya no había esperas. En la Aldea de los Herreros, Mitsuri Kanroji finalmente había encontrado su lugar, un lugar donde el amor se medía en caricias, en bocados y en la infinita suavidad de una vida sin batallas.