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Love Me Like a Curse

Lazos de Tinta y Sangre

El refugio que Katherine había conseguido en el Barrio Francés no era una de esas mansiones ostentosas que los Mikaelson favorecían, sino un apartamento escondido sobre una tienda de antigüedades en la calle Chartres. El aire allí olía a papel viejo, cera de vela y el perfume caro de Katerina. Scarlett estaba sentada en el borde de una cama de hierro forjado, observando cómo sus manos aún temblaban ligeramente. No era cansancio físico; era el eco de la nada que todavía vibraba en sus huesos.

—Bebe esto. Y no me pongas cara de que es veneno, es solo un tónico de hierbas y un poco de mi reserva personal de bourbon —dijo Katherine, entrando en la habitación con dos vasos de cristal.

Scarlett aceptó el vaso, sintiendo el calor del líquido bajar por su garganta. El ardor la ayudó a anclarse a la realidad.

—Klaus va a matarnos, ¿verdad? —preguntó Scarlett, con la voz apenas por encima de un susurro—. He visto esa mirada antes en los hombres poderosos. No es miedo, es la necesidad de eliminar lo que no puede controlar.

Katherine se sentó frente a ella, cruzando las piernas con una elegancia que desafiaba la gravedad. Sus ojos oscuros brillaron con una intensidad protectora.

—Klaus es un narcisista con complejo de Dios, Scar. Cree que el mundo es su tablero de ajedrez y que él inventó las reglas. Pero tú… tú eres un error en su sistema. Y eso lo aterroriza —Katherine se inclinó hacia adelante, tomando la mano libre de Scarlett—. No va a matarte porque Elijah no se lo permitirá hasta que entienda qué eres. Y Rebekah… bueno, Rebekah está fascinada.

—Me miraba como si fuera un espécimen bajo un microscopio —murmuró Scarlett, recordando el azul gélido de los ojos de la Original.

—No, querida. Te miraba como si fueras el primer color nuevo que ve en un siglo —corrigió Katherine con una sonrisa de suficiencia—. Conozco a Rebekah. Ella anhela la humanidad, la novedad, algo que la haga sentir que no está atrapada en un bucle infinito de drama familiar. Tú eres ese algo.

Scarlett bajó la mirada a su vaso. El Abismo dentro de ella, esa conciencia sin nombre, parecía ronronear ante la mención de la rubia Mikaelson. Era una sensación inquietante, como si una parte de su alma reconociera en la inmortalidad de Rebekah un vacío similar al suyo, aunque nacido de razones distintas.

Mientras tanto, en el complejo de los Mikaelson, la atmósfera era considerablemente menos pacífica. El tintineo del cristal contra el cristal resonaba en el gran salón mientras Klaus se servía un tercer trago de whisky.

—Es una aberración —sentenció Klaus, lanzando el vaso vacío contra la chimenea, donde se hizo añicos—. He vivido mil años, Elijah. He visto cada forma de magia, desde el chamanismo más primitivo hasta la expresión más pura de los Ancestros. Lo que esa chica hizo… no fue magia. Fue como si el mundo simplemente dejara de existir por un segundo.

Elijah, que permanecía de pie junto a la ventana observando el patio interior, no se inmutó por el arrebato de su hermano.

—Precisamente por eso no podemos actuar con impulsividad, Niklaus —respondió Elijah con su habitual calma gélida—. Freya está en camino. Si Scarlett Devereaux posee una conexión con una forma de poder primordial, atacarla sin conocimiento previo podría ser… catastrófico. No solo para nosotros, sino para la ciudad.

—¿Y qué hay de Katerina? —intervino Rebekah, que hasta ese momento había estado sentada en silencio en un rincón sombrío—. Ella la protege. La llama "familia". Todos sabemos que Katherine Pierce no mueve un dedo por nadie a menos que haya un beneficio personal. ¿Qué gana ella protegiendo a una bruja que parece el fin del mundo personificado?

Klaus se giró hacia su hermana, con una sonrisa cruel curvando sus labios.

—Tal vez ha encontrado el arma perfecta para finalmente deshacerse de nosotros, hermana. Un vacío que puede tragarse a un Original.

Rebekah se puso en pie, ignorando la paranoia de Klaus.

—No parecía un arma. Parecía asustada —dijo ella, más para sí misma que para los demás.

—El miedo y el poder son compañeros de cama habituales, Rebekah —replicó Elijah—. Pero tu interés me resulta curioso. ¿Sentiste algo más?

Rebekah recordó el momento en que la luz se extinguió. Había sentido una soledad tan vasta que la dejó sin aliento, una sensación de aislamiento que resonaba con sus propios siglos de rechazo y búsqueda de amor.

—Sentí que la ciudad le pertenece a ella más que a nosotros —respondió Rebekah antes de salir de la habitación, dejando a sus hermanos en un silencio tenso.

La noche en Nueva Orleans nunca era realmente silenciosa. El jazz de la calle Bourbon llegaba como un lamento lejano hasta el balcón donde Scarlett intentaba respirar el aire húmedo. Katherine se había quedado dormida —o al menos fingía hacerlo para darle espacio—, pero Scarlett sabía que no estaba sola.

Un crujido en el tejado vecino la hizo girarse. No invocó su poder, pero dejó que la oscuridad se agrupara en las yemas de sus dedos, lista para ser liberada.

—Es una entrada poco elegante para alguien de tu linaje —dijo Scarlett a la penumbra.

Rebekah Mikaelson saltó desde la cornisa superior, aterrizando con la ligereza de un gato sobre el balcón de metal. Llevaba un vestido de seda oscuro que parecía fundirse con las sombras, y su expresión era una mezcla de desafío y cautela.

—Y es una bienvenida muy fría para alguien que evitó que mi hermano te arrancara el corazón hace tres horas —replicó Rebekah, acercándose hasta que solo unos pocos pasos las separaban.

Scarlett no retrocedió. La presencia de la Original era como una hoguera en una noche de invierno: peligrosa, pero extrañamente atrayente.

—¿Qué quieres, Rebekah? ¿Has venido a terminar el trabajo de Klaus?

—Klaus hace sus propios trabajos sucios. Yo he venido porque no soporto los misterios que no puedo resolver —Rebekah extendió una mano, pero se detuvo antes de tocar el brazo de Scarlett—. Mis hermanos creen que eres un peligro. Freya cree que eres un milagro o una maldición. Yo solo quiero saber por qué hueles a algo que no debería existir.

—No soy un misterio para ser resuelto —dijo Scarlett, sintiendo cómo el Abismo se agitaba ante la proximidad de la vampira—. Soy lo que queda cuando las historias se olvidan. Mi linaje no fue destruido por brujas rivales o vampiros. Fue borrado por la naturaleza misma porque no podíamos ser controlados.

Rebekah dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Scarlett. Podía sentir el latido del corazón de la chica, rápido pero rítmico, y ese frío subyacente que emanaba de su piel.

—Dime una cosa —susurró Rebekah, su voz volviéndose suave, casi íntima—. Esa nada que sentí… ¿te duele?

La pregunta desarmó a Scarlett. Esperaba amenazas, interrogatorios sobre el alcance de su poder o demandas de lealtad. No esperaba compasión.

—A veces —admitió Scarlett, bajando la guardia por un instante—. Es como tener un océano dentro de un vaso de cristal. Siempre hay presión. Siempre hay miedo de que el cristal se rompa y no quede nada de mí, solo el agua.

Rebekah la observó con una intensidad que hizo que Scarlett se sintiera expuesta, mucho más de lo que se sentiría bajo cualquier hechizo de revelación.

—Sé lo que es estar contenida —dijo Rebekah, y por un segundo, la fachada de la Original invencible se agrietó—. He pasado siglos encerrada en ataúdes de plata por un hermano que dice amarme. He sido el arma de mi familia, su trofeo y su vergüenza. Si el mundo teme lo que hay dentro de ti, tal vez es porque el mundo es demasiado pequeño para contenernos.

Scarlett sintió una conexión eléctrica, una chispa que no tenía nada que ver con la magia y todo que ver con el deseo prohibido de ser comprendida. Sin pensarlo, extendió la mano y rozó la mejilla de Rebekah. Sus dedos estaban fríos, pero la piel de la vampira era como mármol caliente bajo su toque.

—No deberías estar aquí —murmuró Scarlett—. Si Klaus se entera…

—Klaus puede irse al infierno —interrumpió Rebekah, cerrando los ojos ante el contacto—. He pasado mil años siendo obediente. Ya no me queda paciencia para sus miedos.

En ese momento, una sombra se movió en el interior del apartamento. Katherine Pierce apareció en el umbral del balcón, con una ceja arqueada y una sonrisa que sugería que lo sabía todo.

—Vaya, vaya. Si esto no es una reunión encantadora —dijo Katherine, recostándose contra el marco de la puerta—. Rebekah, querida, ¿no te han enseñado que es de mala educación entrar sin ser invitada? Oh, espera, esto es un apartamento alquilado, técnicamente no puedes entrar si no te invito… a menos que las reglas de invitación no se apliquen a los balcones.

Rebekah se tensó, recuperando su compostura real en un parpadeo. Se alejó de Scarlett, aunque sus ojos permanecieron fijos en ella un segundo más de lo necesario.

—Katerina. Veo que sigues siendo tan oportuna como siempre —escupió Rebekah.

—Y tú sigues siendo tan predecible —replicó Katherine, caminando hacia Scarlett y pasando un brazo protector sobre sus hombros—. Pero se acabó el tiempo de las visitas nocturnas. Scarlett necesita descansar si va a sobrevivir a la cena que, estoy segura, Elijah está planeando para interrogarla mañana.

Rebekah miró a Scarlett por última vez.

—No será una cena, Scarlett. Será un juicio —advirtió la Original—. Pero si juegas bien tus cartas, puede que encuentres una aliada donde menos lo esperas.

Con un movimiento fluido, Rebekah desapareció en la noche, dejando tras de sí solo el rastro de su perfume y una tensión que se podía cortar con un cuchillo.

Katherine soltó a Scarlett y la miró seriamente.

—Estás jugando con fuego, Scar. Y no del tipo que puedes apagar con tu magia. Enamorarse de una Mikaelson es una sentencia de muerte o algo mucho peor.

—No estoy enamorada de ella, Katerina —protestó Scarlett, aunque sus propias palabras sonaban huecas en sus oídos.

—No me mientas a mí. Te he visto mirar al abismo durante años, y hoy el abismo te ha devuelto la mirada con ojos azules —Katherine suspiró, acariciando el cabello de Scarlett—. Solo ten cuidado. Los Mikaelson rompen todo lo que tocan. Y tú eres demasiado preciosa para terminar como una pieza rota en su colección de tragedias.

Scarlett no respondió. Se quedó mirando hacia donde Rebekah se había marchado, sintiendo el latido de su propia magia dentro de ella. El Abismo ya no se sentía como un vacío solitario; ahora se sentía como una invitación.

A la mañana siguiente, el Barrio Francés despertó con una energía diferente. Las brujas en las plazas murmuraban entre ellas, mirando de reojo a cualquier extraño. Los vampiros de Marcel patrullaban con una urgencia renovada. La noticia de la "anomalía" se había extendido como la pólvora.

En el cementerio de Lafayette, una mujer de cabello rubio platino y ojos que habían visto el inicio de los tiempos se arrodillaba ante una tumba sin nombre. Freya Mikaelson colocó sus manos sobre la piedra, cerrando los ojos.

—¿Qué has encontrado, hermana? —preguntó Elijah, apareciendo detrás de ella.

Freya abrió los ojos, que brillaban con una luz dorada.

—No es una bruja, Elijah. Al menos, no en el sentido que entendemos. Su magia no proviene de la tierra, ni de los ancestros, ni del plano espiritual. Proviene de antes de que hubiera luz —Freya se puso en pie, su expresión llena de una preocupación genuina—. Ella no canaliza el poder. Ella lo crea. Es una fuente viva. Y si ese poder se desestabiliza, no solo Nueva Orleans sufrirá. Ella podría deshacer el tejido mismo de lo que nos mantiene en este mundo.

—¿Es peligrosa para nosotros? —preguntó Elijah con su pragmatismo habitual.

—Elijah, ella es peligrosa para la existencia misma —respondió Freya—. Pero hay algo más. Su magia está reaccionando a algo en esta ciudad. O a alguien.

Elijah pensó en la mirada de Rebekah la noche anterior y en la lealtad feroz de Katherine Pierce.

—Parece que nuestra familia ha vuelto a encontrar el centro de una tormenta —concluyó Elijah—. Debemos traerla al complejo. No como prisionera, sino como invitada. Si no podemos controlarla, al menos debemos asegurarnos de que nadie más lo haga.

Mientras tanto, Scarlett se preparaba para lo inevitable. Katherine estaba revisando un pequeño arsenal de objetos oscuros y dagas de madera, preparándose para lo peor.

—Si las cosas se ponen feas, corres —instruyó Katherine—. Yo los distraeré. Klaus no puede matarme, no sin perder la oportunidad de torturarme un siglo más, así que estaré bien. Tú busca a Bonnie Bennett en Mystic Falls si es necesario. Ella es la única que podría entender lo que eres sin intentar usarte.

—No voy a dejarte atrás, Katerina —dijo Scarlett con firmeza.

—Scar, escúchame —Katherine la tomó por los hombros, su fachada de indiferencia desapareciendo por completo—. Eres lo único bueno que he hecho en quinientos años. No eres solo mi protegida, eres mi redención. Si te pasa algo porque yo fui demasiado arrogante para sacarte de aquí a tiempo, no me lo perdonaré nunca.

Scarlett la abrazó, sintiendo la calidez de la única persona que la había amado incondicionalmente.

—Estaremos bien. Los Mikaelson creen que tienen el poder porque son inmortales. Pero ellos no saben lo que es nacer de la oscuridad.

Un golpe firme en la puerta interrumpió el momento. No fue el golpe violento de Klaus, sino el toque medido y aristocrático de Elijah.

Scarlett respiró hondo, dejando que el Abismo se asentara en su núcleo, listo para defenderla o para consumir lo que fuera necesario.

—Adelante —dijo Scarlett.

La puerta se abrió, pero no fue Elijah quien entró primero. Fue Rebekah. Su mirada se cruzó con la de Scarlett, y en ese breve instante, se comunicaron más de lo que cualquier palabra podría expresar. Había una advertencia, una súplica y una promesa.

—Mi hermano Elijah desea invitarlas a almorzar —dijo Rebekah, su tono formal ocultando la turbulencia emocional que Scarlett podía sentir vibrando en el aire—. Dice que es hora de que hablemos sobre el futuro de esta ciudad. Y sobre tu lugar en él.

Katherine dio un paso adelante, recuperando su máscara de astucia.

—Espero que el menú sea mejor que la última vez que cené con ustedes, Rebekah. Aquella vez en Italia fue un desastre.

Rebekah esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—Esta vez, Katerina, te aseguro que la comida será la menor de tus preocupaciones.

Cuando salieron del apartamento, Scarlett sintió que estaba cruzando un umbral del que no habría retorno. Nueva Orleans la observaba. Los Mikaelson la acechaban. Pero mientras caminaba al lado de Rebekah, el frío de su magia no se sentía como una carga. Se sentía como un arma.

Y por primera vez en su vida, Scarlett Devereaux no tenía miedo de usarla.

El camino hacia el recinto de los Mikaelson fue corto, pero cargado de una tensión eléctrica. Klaus las esperaba en el balcón superior, observando su llegada como un halcón. A su lado, una mujer que Scarlett no conocía, pero cuya aura gritaba poder antiguo, la observaba con una curiosidad clínica. Freya.

—Bienvenida a casa, Scarlett —dijo Klaus desde arriba, su voz resonando en el patio con una falsa cordialidad—. Espero que estés lista para mostrarnos qué es lo que realmente vive debajo de esa piel tan bonita.

Scarlett se detuvo en el centro del patio, justo donde la luz del sol golpeaba las fuentes de agua. Miró a Klaus, luego a Elijah, y finalmente a Rebekah, que se había colocado a una distancia prudencial pero cuyos ojos no se apartaban de ella.

—Lo que vive dentro de mí no es para vuestro entretenimiento, Klaus —respondió Scarlett, y por primera vez, dejó que un rastro de su magia se filtrara en su voz, haciéndola vibrar con una profundidad antinatural—. Pero si insistes en verlo, asegúrate de que puedes soportar la oscuridad. Porque una vez que abres la puerta al Abismo, el Abismo nunca vuelve a cerrarse.

El silencio que siguió fue absoluto. Incluso Katherine contuvo el aliento. El juego no solo había cambiado; las piezas estaban a punto de ser consumidas por el tablero. Y en el centro de todo, Rebekah Mikaelson sintió un escalofrío de anticipación. Porque sabía que, pasara lo que pasara en ese almuerzo, el mundo que conocían estaba a punto de desaparecer.