Volver al resumen

Loveless

El Ascenso del Príncipe de las Serpientes

La promesa de redención se desvaneció tan rápido como la niebla matutina sobre el Lago Negro. Ron Weasley, en la soledad de la Sala Común de Slytherin, no encontró consuelo en el arrepentimiento. Las lágrimas se secaron, dejando un rastro salado que, lejos de purificar, solo endureció su resolve. ¿Arrepentirse? ¿Por qué? ¿Por haber triunfado donde otros fracasaban por su ingenuidad? No. El camino que había elegido era el correcto, el único que le garantizaba no ser pisoteado por los demás. Había probado el sabor del poder, de la influencia, y era embriagador.

El vacío en su corazón, esa punzada de soledad de la que hablaba el narrador omnisciente, no era más que el eco de las expectativas ajenas, de un pasado que ya no le pertenecía. Hogwarts era un microcosmos de la sociedad mágica, y Ron había aprendido que, para ascender, uno tenía que ser implacable. La moralidad era un lujo que los pobres se permitían para justificar su mediocridad. Él, Ronald Weasley, nacido en una familia de sangre pura pero empobrecida, no podía permitirse ese lujo. Su objetivo ya no era la supervivencia, sino la supremacía.

El espejo le devolvió la imagen de un joven con ojos más agudos, una mandíbula más definida y una sonrisa que rara vez alcanzaba sus ojos, pero que era inmensamente efectiva para desarmar a sus oponentes. La serpiente dorada de Gryffindor había mudado su piel, y lo que quedaba era una criatura más astuta, más peligrosa.

Su último año en Hogwarts no fue un epílogo, sino un prólogo. Mientras sus compañeros se preocupaban por los EXTASIS y su futuro inmediato, Ron ya tejía una red de contactos y oportunidades. Sabía que el mundo mágico, a pesar de sus pretensiones de pureza de sangre, se movía por el dinero y el poder. Y él quería ambos.

Un día, en una de sus "expediciones" a la sección restringida de la biblioteca, Ron se topó con un tomo encuadernado en piel de basilisco, titulado "Genealogías del Poder: Las Dinastías de Sangre Pura y sus Secretos". No era un libro de magia ofensiva, sino un manual de intrigas, alianzas y, sobre todo, de cómo las familias de sangre pura mantenían su influencia a lo largo de los siglos. Contenía información sobre las redes de negocios, las propiedades ocultas y las deudas de honor que unían a las familias más antiguas del mundo mágico.

Ron lo devoró. Entendió que su apellido, Weasley, aunque antiguo, había caído en desgracia por su falta de ambición y su adhesión a principios anticuados. Pero también vio una oportunidad. Si los Malfoy, los Nott, los Parkinson, y tantas otras familias de renombre basaban su poder en alianzas estratégicas y en la acumulación de riqueza, ¿por qué él no podía hacer lo mismo?

Su primer paso fue establecer una red de información. No espionaje en el sentido tradicional, sino una sutil manipulación de las conversaciones, un arte para extraer datos valiosos sin que la otra persona se diera cuenta. Los rumores, las quejas, las vanidades de sus compañeros de Slytherin se convirtieron en herramientas útiles. Sabía quién estaba endeudado, quién tenía un secreto inconfesable, quién anhelaba una posición social.

Fue así como conoció a Theodore Nott. Nott, un Slytherin de su mismo curso, era hijo de un Mortífago conocido y respetado. Theodore era callado, observador, con una mente tan aguda como la de Ron, pero carecía de su carisma y su habilidad para la manipulación social. Ron lo vio como una pieza clave en su ascenso.

Una tarde, mientras ambos estudiaban en la biblioteca, Ron se acercó a Theodore.

– Nott – dijo Ron, con su tono casual y desarmante. – He estado pensando en lo injusto que es el sistema en el Ministerio. Siempre las mismas familias controlándolo todo.

Theodore lo miró con escepticismo.

– ¿Y qué esperabas, Weasley? Así ha sido siempre. Los de sangre pura son quienes tienen el poder.

– ¿Y no crees que es hora de cambiar eso? – Ron sonrió, una de sus sonrisas más genuinas, que rara vez mostraba. – O al menos, de que otros de sangre pura tengan su parte del pastel.

Theodore arqueó una ceja.

– ¿A qué te refieres?

– Me refiero a que tu padre es un hombre influyente, Nott. Y el mío, aunque no lo parezca, tiene contactos en el Ministerio. Juntos, podríamos hacer... cosas interesantes.

Theodore, intrigado, escuchó a Ron desarrollar su idea. No era un plan de rebelión, sino de infiltración. De usar las mismas reglas del juego de los sangre pura para su propio beneficio. Ron le habló de cómo podían aprovechar la información privilegiada, de cómo podían influir en las decisiones del Ministerio a través de contactos estratégicos, de cómo podían construir una red de negocios que beneficiara a sus aliados.

Theodore, que siempre se había sentido a la sombra de su padre y de figuras más prominentes como Draco Malfoy, vio en Ron una oportunidad de brillar con luz propia. La inteligencia de Ron, combinada con el apellido y la influencia de Theodore, era una ecuación poderosa.

Su relación comenzó como una alianza estratégica, pero con el tiempo, la admiración mutua y la complicidad en sus intrigas se transformaron en algo más. Theodore, con su intelecto oscuro y su lealtad silenciosa, se convirtió en el cómplice perfecto para Ron. Y Ron, con su encanto superficial y su mente calculadora, encontró en Theodore a alguien que no solo lo entendía, sino que también compartía su ambición.

Una noche, después de una exitosa operación donde habían logrado desviar un contrato del Ministerio a una empresa "amiga", celebraron en la Sala Común de Slytherin, ya vacía. La satisfacción del triunfo, la adrenalina del riesgo y la complicidad de su éxito los envolvieron.

– Eres brillante, Weasley – dijo Theodore, su voz más suave de lo habitual.

– Y tú eres el mejor socio que podría desear, Nott – respondió Ron, con una sonrisa que, por una vez, llegó a sus ojos.

Sus miradas se encontraron, y en el silencio de la sala, la tensión se hizo palpable. Ron, siempre calculador, evaluó la situación. Theodore era de una familia de pura sangre, con conexiones innegables en el mundo oscuro. Un romance con él no solo sería placentero, sino estratégicamente beneficioso. Además, Theodore no era desagradable. Tenía una inteligencia fría, una elegancia sobria y una lealtad que Ron valoraba.

Sin más preámbulos, Ron acortó la distancia entre ellos. Theodore, sorprendido al principio, respondió al beso con una intensidad contenida. Fue un beso de ambición, de poder y de una extraña forma de afecto que solo ellos entendían.

Así comenzó su relación, secreta al principio, luego discretamente pública entre sus círculos más cercanos de Slytherin. La noticia de que Ron Weasley, el Weasley de sangre pura pero "traidor a la sangre" según algunos, estaba saliendo con Theodore Nott, hijo de un Mortífago, causó un revuelo silencioso pero significativo en el mundo mágico.

La familia de Ron estaba consternada. Molly, al enterarse por un chismorreo de El Profeta, sufrió un ataque de nervios.

– ¡Un Nott! – exclamó Molly, con la cara roja de indignación. – ¿Cómo puede mi Ron, mi pequeño Ron, estar con un hijo de un Mortífago? ¡Su padre estuvo con El-que-no-debe-ser!

Arthur, más sereno pero igualmente preocupado, intentó razonar con ella.

– Molly, no podemos juzgar a Theodore por los pecados de su padre. Ron es un adulto, tiene derecho a elegir.

Pero en el fondo, ambos sabían que la elección de Ron no era solo personal, sino una declaración. Era un paso más en su alejamiento de los valores de la familia Weasley.

Fred y George, aunque inicialmente sorprendidos, vieron el lado humorístico de la situación.

– ¡Vaya, vaya! – dijo Fred, con una sonrisa pícara. – Ron se ha vuelto un verdadero Slytherin. ¡Quién lo hubiera dicho!

– Sí, parece que le ha tomado el gusto a la sangre pura – añadió George, guiñando un ojo.

Pero incluso ellos sentían una punzada de preocupación por su hermano. Sabían que Ron había cambiado, y la dirección que estaba tomando no les gustaba.

Mientras tanto, en Hogwarts, la relación de Ron con Theodore solidificó su posición. Ahora no solo era astuto y manipulador, sino que también estaba conectado con una de las familias más influyentes del círculo de sangre pura. Esto le abrió puertas que antes estaban cerradas.

Ron comenzó a hacer negocios. No eran los pequeños robos y estafas de su primer año, sino transacciones a gran escala. Utilizando la red de Theodore y su propia habilidad para la persuasión, Ron se convirtió en un intermediario, un facilitador. Vendía información privilegiada sobre el Ministerio a aquellos que podían pagar. Organizaba tratos para la venta de artefactos mágicos raros, a menudo "adquiridos" de forma dudosa. Ofrecía sus servicios como "consultor estratégico" a familias de sangre pura que buscaban aumentar su influencia o resolver disputas sin recurrir a duelos.

Su reputación crecía. Se le conocía como "El Príncipe de las Serpientes", el joven Weasley que había traicionado a su casa de Gryffindor para ascender en la jerarquía de Slytherin. Los Mortífagos y las familias de sangre pura, aunque desconfiados al principio, pronto reconocieron su valía. Ron no era un idealista, no era un fanático. Era un pragmático, y eso lo hacía valioso.

Un día, Lucius Malfoy, padre de Draco, lo citó en su mansión. Ron, con su traje de seda negra y su varita de espino, se presentó con una confianza inquebrantable. Lucius, con su habitual arrogancia, lo recibió en su ostentoso salón.

– Señor Weasley – dijo Lucius, con una sonrisa fría. – Me han llegado rumores de sus... habilidades.

– Señor Malfoy – respondió Ron, con una reverencia impecable. – Espero que esos rumores sean favorables.

– Depende de cómo se miren – Lucius se reclinó en su silla. – Dicen que es usted un hombre de negocios astuto. Y que tiene una... relación interesante con el joven Nott.

– Theodore es un hombre de principios – Ron mantuvo su compostura. – Y un socio leal.

– Lealtad – Lucius se rió con desdén. – Una palabra sobrevalorada en estos tiempos. Pero, dígame, señor Weasley, ¿qué puede ofrecerme usted que no pueda conseguir por mis propios medios?

Ron sonrió, su sonrisa más astuta.

– Lo que puedo ofrecerle, señor Malfoy, es una perspectiva fresca. El mundo está cambiando, incluso para las familias más antiguas. Las viejas alianzas se desmoronan, y las nuevas oportunidades surgen. Yo puedo identificar esas oportunidades y ayudarle a aprovecharlas. Puedo ofrecerle información que sus espías no pueden conseguir, porque no tienen la perspicacia para ver más allá de lo obvio. Y puedo ofrecerle una discreción que sus viejos contactos no pueden igualar.

Lucius lo miró fijamente, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

– ¿Y qué garantía tengo de que no me está engañando, señor Weasley?

– Mi garantía es mi éxito, señor Malfoy – respondió Ron, con una seguridad que sorprendió al patriarca Malfoy. – Mi reputación está en juego. Y si mis servicios no le satisfacen, no tiene que pagarme.

La audacia de Ron impresionó a Lucius. Vio en el joven Weasley una ambición similar a la suya, pero con una astucia y una falta de escrúpulos que incluso a él le harían dudar.

Así, Ron Weasley comenzó a establecerse en los círculos más exclusivos y peligrosos del mundo mágico. Sus negocios prosperaban. Su relación con Theodore Nott se profundizaba, convirtiéndose en una alianza inquebrantable de poder y afecto.

Un día, mientras hojeaba un ejemplar de El Profeta, Ron vio una fotografía de Harry Potter y Hermione Granger, sonriendo en la primera página. Estaban promocionando una nueva iniciativa del Ministerio para la igualdad mágica. Ron sonrió. Los vio como un recuerdo lejano, un pasado que había superado.

No sentía remordimiento. Solo una ligera punzada de superioridad. Ellos seguían luchando por ideales, por la "luz", mientras él construía un imperio en las sombras. Había elegido su camino, y no había vuelta atrás.

Había aprendido que la vida no era un cuento de hadas, ni una batalla entre el bien y el mal. Era un juego de ajedrez, y él era un maestro en mover las piezas. Había perdido su "alma", como decía el narrador, pero había ganado mucho más: poder, riqueza y la libertad de forjar su propio destino.

Mientras el mundo mágico se preparaba para nuevas amenazas y desafíos, Ron Weasley, el Príncipe de las Serpientes, observaba desde su posición privilegiada, planeando su próximo movimiento, siempre un paso por delante de los demás, siempre buscando la próxima oportunidad para ascender. El camino a la luz no era para él. Él había encontrado su propio brillo en la oscuridad.