Luz y sombra
Un Secreto en la Oscuridad
León no podía dormir. Llevaba tres noches así desde lo de la azotea. No era el insomnio habitual provocado por la presión y las expectativas. Era... otra cosa. Una inquietud extraña que se instalaba en su pecho cada vez que cerraba los ojos, y veía esa sonrisa ladeada, esa mirada gris que por un momento había estado desarmada, y el humo de un cigarrillo disipándose en el aire frío de la madrugada. La imagen de Demian riendo, un sonido genuino y sin filtros, se había grabado en su mente de una forma que le resultaba incomprensible. No era la imagen del "villano" que le habían enseñado a odiar. Era la imagen de un chico cansado, cínico, sí, pero también extrañamente vulnerable.
Se levantó de la cama, la seda de su pijama fría contra su piel. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Cogió una botella de agua de su mesita de noche, sintiendo la necesidad de algo frío en su garganta. Necesitaba aclararse la cabeza. Necesitaba olvidar esa noche en la azotea, o al menos, reinterpretarla. Demian Blackwood era el enemigo, el que representaba todo lo que estaba mal con el sistema. ¿Por qué, entonces, se sentía tan... confundido?
Salió al pasillo, la botella de agua fría en su mano, el silencio de la academia roto solo por el zumbido distante de la ventilación. Se dirigía a la fuente de agua más cercana, o quizás a dar una vuelta sin rumbo, cuando al doblar una esquina, se encontró con una escena que le heló la sangre.
Demian estaba apoyado contra la pared, junto a la puerta de su propia habitación. Pero no estaba solo. Otro chico de la escuela de villanos —León creía que se llamaba Ciro, un tipo desagradable con poder de piroquinesis, de esos que siempre tenían una sonrisa demasiado amplia y ojos demasiado brillantes— lo tenía acorralado contra la pared. Demasiado cerca. Una mano apoyada junto a la cabeza de Demian, el cuerpo inclinado sobre él, bloqueando cualquier posible escape.
La postura de Demian era tensa, rígida, sus hombros ligeramente encorvados. Su rostro, usualmente inescrutable, mostraba una mezcla de irritación y algo más que León no pudo identificar de inmediato. Sus ojos estaban fijos en Ciro, pero había una evasión sutil en su mirada, como si quisiera que el otro chico desapareciera.
—Vamos, Blackwood —la voz de Ciro era un susurro pegajoso, demasiado cerca del oído de Demian—. Una noche. Nadie tiene que saberlo. Siempre estás solo, ¿no? Te vendría bien un poco de compañía.
León sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La voz de Ciro, su cercanía, la forma en que su cuerpo se cernía sobre Demian, todo gritaba "peligro". El instinto de León, entrenado para detectar amenazas y proteger, se disparó. La luz dorada comenzó a brillar débilmente en sus puños, casi imperceptiblemente, pero el calor familiar le dio una punzada de alivio.
Demian no respondió de inmediato. Su mandíbula estaba apretada, y sus ojos se desviaron hacia el pasillo, como si buscara una salida, o quizás, como si supiera que alguien estaba observando.
—No me interesa, Ciro —la voz de Demian era baja, controlada, pero con un filo apenas perceptible.
Ciro se rió, un sonido áspero y desagradable.
—Oh, vamos. No te hagas el difícil. Todos sabemos que eres de los que disfrutan de un poco de... atención. Y con esa cara de ángel caído que tienes, apuesto a que te han ofrecido más de una vez.
Demian siseó, y una sombra, apenas un parpadeo, pareció extenderse desde sus pies, lamiendo los bordes de los zapatos de Ciro. Era una advertencia clara.
Ciro pareció notarlo, y su sonrisa se torció en una mueca.
—¿Amenazándome, Blackwood? No querrás que tu reputación de chico malo se vea manchada por un pequeño... incidente, ¿verdad? No eres tan intocable como crees.
La tensión en el pasillo era palpable, un nudo apretado que oprimía el pecho de León. No podía simplemente quedarse allí, observando. No era su estilo. No era lo que un héroe haría. Pero intervenir significaba romper las reglas, significaba meterse en los asuntos de Demian, el chico que odiaba. Y, además, ¿cómo lo justificaría? ¿Diría que estaba "patrullando" el pasillo a altas horas de la madrugada?
Mientras León debatía consigo mismo, Ciro se inclinó aún más, su rostro a centímetros del de Demian.
—¿Qué pasa, Blackwood? ¿Te has quedado sin palabras? O es que... ¿te gusta que te rueguen?
Fue demasiado. La furia se encendió en el pecho de León, un fuego que superó cualquier duda o reticencia. No era por Demian. Era por la injusticia. Por la forma en que Ciro estaba acorralando a alguien, sin importar quién fuera. Era lo que un héroe haría.
Antes de que pudiera pensar en una estrategia, León dio un paso adelante, la botella de agua apretada en su mano.
—¿Problemas aquí, Ciro? —Su voz sonó más fuerte y firme de lo que esperaba, resonando en el silencio del pasillo.
Ciro se enderezó de golpe, girándose para enfrentar a León, su expresión de diversión transformándose en una de sorpresa y, finalmente, irritación. Demian, por su parte, se congeló, sus ojos oscuros parpadeando hacia León con una mezcla de sorpresa y algo que parecía ser... ¿alivio?
—Ventura —escupió Ciro, la sonrisa de depredador volviendo a sus labios, pero esta vez con un matiz de amenaza—. ¿Qué haces aquí? ¿Vienes a dar tu sermón de medianoche?
León ignoró la provocación, manteniendo la mirada fija en Ciro.
—Solo pasaba por aquí. Y parece que estás molestando a Demian.
—¿Molestando? —Ciro se rió, su voz subiendo de volumen—. Solo estábamos teniendo una pequeña charla. ¿Verdad, Blackwood?
Demian no respondió, sus ojos ahora fijos en León, una pregunta silenciosa en su mirada.
—No parece una charla muy amigable —dijo León, dando otro paso adelante. La luz en sus puños se hizo un poco más brillante, una advertencia silenciosa. Ciro no era estúpido. Sabía de lo que era capaz León Ventura.
La sonrisa de Ciro se desvaneció por completo. Sus ojos ardieron con un brillo anaranjado, una señal de que sus poderes de piroquinesis estaban a punto de activarse.
—No te metas en lo que no te importa, Capitán Perfecto —siseó Ciro.
—Todo lo que ocurre en esta academia me importa —replicó León, su voz ahora fría y autoritaria. La luz dorada de sus manos se intensificó, proyectando sombras danzarinas en el pasillo. —Ahora, apártate de Demian.
Ciro dudó. Su orgullo le gritaba que no cediera, que se enfrentara al "niño de oro" de la academia de héroes. Pero el brillo en las manos de León, la determinación en sus ojos, y la reputación de León como el mejor en su clase, lo hicieron reconsiderar. No era el momento ni el lugar para una pelea, especialmente si no tenía una ventaja clara.
Con una última mirada de desprecio a Demian, Ciro se apartó de la pared, sus hombros tensos.
—Esto no ha terminado, Blackwood —murmuró, lo suficientemente bajo como para que solo Demian y León lo escucharan. Luego, se giró y se alejó por el pasillo, sus pasos resonando con rabia contenida.
El silencio volvió a caer sobre el pasillo, más pesado que antes. León se quedó de pie, la luz en sus manos atenuándose lentamente. Miró a Demian, que seguía apoyado contra la pared, su rostro una máscara de inexpresión.
—¿Estás bien? —preguntó León, la pregunta saliendo torpemente de sus labios.
Demian tardó unos segundos en responder. Se enderezó, empujándose de la pared, y se frotó el cuello con una mano.
—Estoy bien, Ventura —dijo, su voz plana, desprovista de emoción.
Pero León no le creyó. Había visto la tensión en sus hombros, la evasión en sus ojos. Y la forma en que había siseado a Ciro, la sombra que había lamiendo el suelo. Demian no estaba "bien".
—No tenías por qué intervenir —continuó Demian, su mirada finalmente encontrándose con la de León. Sus ojos eran un pozo de sombras, ilegibles.
—No podía quedarme de brazos cruzados —respondió León, sintiéndose un poco a la defensiva.
—¿Por qué no? —Demian arqueó una ceja, la familiar burla asomando en su voz—. No es como si fuéramos amigos. De hecho, se supone que nos odiamos, ¿recuerdas?
La punzada de dolor que sintió León al escuchar eso lo sorprendió. Era cierto. Se suponía que se odiaban. Pero después de la azotea, algo había cambiado. O al menos, algo en él había cambiado.
—No me importa si te odio o no —dijo León, su voz un poco más dura de lo que pretendía—. Nadie tiene derecho a acosar a otra persona. Es una cuestión de... justicia.
Demian lo miró fijamente, y por un momento, León pensó que iba a reírse. Pero no lo hizo. En cambio, una expresión extraña cruzó su rostro, una mezcla de escepticismo y algo más, algo que León no pudo descifrar.
—¿Justicia? —Demian soltó una risa amarga—. Qué palabra tan noble. ¿Y dónde estaba tu "justicia" cuando Ciro me ha estado molestando durante semanas? ¿O cuando el director me reclutó a la fuerza de mi casa? ¿O cuando me juzgaron por un accidente que no pude controlar?
Las palabras de Demian golpearon a León como un puñetazo en el estómago. Tenía razón. ¿Dónde había estado su "justicia" entonces? Siempre había creído en el sistema, en las reglas, en que todo tenía un porqué. Pero las palabras de Demian, y la escena que acababa de presenciar, estaban haciendo temblar los cimientos de esa creencia.
—Yo... —León comenzó, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. No tenía una respuesta.
Demian le dio la espalda, abriendo la puerta de su habitación con un chasquido.
—Gracias por tu... intervención, Ventura —dijo, su voz de nuevo plana y distante—. Pero no la necesitaba. Puedo encargarme de mis propios problemas.
Y con eso, entró en su habitación, cerrando la puerta detrás de él con un suave clic, dejando a León solo en el pasillo.
León se quedó allí, la botella de agua todavía apretada en su mano, el calor de la luz en sus puños desvaneciéndose por completo. El silencio del pasillo parecía burlarse de él. Había intervenido, había hecho lo "correcto", pero no se sentía victorioso. Se sentía... vacío. Confundido.
Las palabras de Demian resonaban en su cabeza. "Dónde estaba tu justicia". Tenía razón. Había sido ciego, egoísta, centrado solo en su propia perfección, en su propio camino. Había asumido que el sistema era infalible, que aquellos que lo criticaban eran simplemente "villanos" que no entendían.
Pero Demian no era un villano en ese momento. Era un chico acorralado, vulnerable. Y León, el "Capitán Perfecto", el "héroe", se había quedado ciego ante su sufrimiento hasta que fue casi demasiado tarde.
Se giró y comenzó a caminar de regreso a su habitación, sus pasos resonando en el pasillo silencioso. La botella de agua en su mano parecía pesar una tonelada. El sueño, que ya era esquivo, ahora parecía una quimera inalcanzable.
La imagen de Demian riendo en la azotea, su sonrisa ladeada, ahora se mezclaba con la imagen de su rostro tenso contra la pared, sus ojos buscando una salida. La contradicción era abrumadora.
León no lo entendía. No entendía a Demian. No entendía por qué había sentido esa punzada de ira al ver a Ciro acorralarlo. No entendía por qué se sentía tan mal ahora.
Pero una cosa sí que sabía. La noche en la azotea no había sido un incidente aislado. Había sido el comienzo de algo. Algo confuso, frustrante, y profundamente inquietante. Algo que lo estaba obligando a cuestionar todo lo que creía saber sobre sí mismo, sobre los héroes, y sobre los "villanos". Y, sobre todo, sobre Demian Blackwood.
El pasillo estaba oscuro, y el viento frío de la madrugada se colaba por las rendijas, llevándose consigo el aroma persistente de la confusión y la inquietud. León sabía que su noche no terminaría con el amanecer. Apenas estaba comenzando.