Lybtw
La arquitectura de la libertad
La luz de la mañana se filtraba por las persianas del apartamento, dibujando franjas doradas sobre las sábanas revueltas. Megumi se despertó con la sensación de un peso cálido y reconfortante sobre su cintura. No era la opresión de la faja que solía usar para ocultar su pecho, ni el peso muerto de la ansiedad que lo había acompañado durante años; era el brazo de Yuji, relajado y posesivo, anclándolo a una realidad que todavía le parecía un sueño.
Hacía tres semanas de aquella noche en la que el encaje y la verdad habían quedado expuestos sobre la alfombra. Megumi estiró los brazos, escuchando el crujir de sus articulaciones, y se permitió observar el techo sin la urgencia de cubrirse de inmediato. Antes, despertar significaba una carrera contra el tiempo para vestirse antes de que Yuji entrara en la habitación, una coreografía de ocultamiento que lo dejaba agotado antes de que empezara el día.
Ahora, el aire fresco de la habitación acariciaba su piel desnuda, y por primera vez, no sentía frío.
—Buenos días, Rayo de Sol —murmuró una voz ronca a sus espaldas.
Megumi sintió un cosquilleo en la nuca cuando Yuji enterró el rostro en su cuello, dejando un beso perezoso justo donde termina el cabello.
—Ya es tarde, Yuji —respondió Megumi, aunque no hizo ningún movimiento para levantarse—. Tienes que entrar a la oficina en una hora.
—Cinco minutos más —protestó Yuji, apretándolo un poco más contra su pecho—. El mundo puede esperar a que mi novio decida que tiene hambre. Además, hoy es sábado, Megumi. Me pedí el día libre, ¿lo olvidaste?
Megumi sonrió. Era cierto. Se giró entre los brazos de Yuji, quedando cara a cara. La cercanía ya no le provocaba ese instinto de huida. Miró a Yuji: el cabello rosa despeinado, los ojos todavía achinados por el sueño y esa expresión de absoluta paz que solo parecía tener cuando estaban a solas.
—Entonces, si es sábado, tengo que ir a la lavandería —dijo Megumi, tratando de sonar serio, aunque sus dedos jugueteaban con las cicatrices en las manos de Yuji.
—La lavandería puede esperar. Yo no.
Yuji se incorporó sobre un codo, y su mirada recorrió el cuerpo de Megumi. No era una mirada de inspección clínica, ni una de curiosidad morbosa. Era la mirada de un hombre que admira una obra de arte que conoce de memoria pero que nunca deja de sorprenderle. Megumi se sentó en la cama, dejando que la sábana cayera hasta su cintura. Sus cicatrices de la mastectomía eran líneas finas, testimonios de una batalla larga y costosa que había librado en soledad.
Antes, esas marcas eran algo que solo veía en el espejo del baño con la puerta cerrada con llave. Ahora, bajo la mirada de Yuji, se sentían como medallas.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Megumi, aunque ya sabía la respuesta.
—Porque eres condenadamente guapo, Fushiguro —respondió Yuji con una sonrisa ladeada—. Y porque me encanta que ya no intentes desaparecer cuando te miro.
Megumi sintió un ligero calor en las mejillas, pero no apartó la vista. Se levantó de la cama con naturalidad, caminando hacia el armario para buscar algo de ropa. Se movía con una confianza nueva, una ligereza que había transformado incluso su postura. Ya no caminaba encorvado, tratando de minimizar su presencia.
—¿Vas a ponerte esa camiseta azul? —preguntó Yuji desde la cama, observando cómo Megumi rebuscaba entre las perchas—. Te resalta los ojos.
—Iba a ponerme la negra, pero si insistes... —Megumi sacó la prenda azul y se la puso, dejando que la tela cayera sobre su torso. Luego, sin pensarlo mucho, sacó un bóxer y se cambió los pantalones allí mismo, frente a Yuji, sin buscar el refugio del cuarto de baño.
Ese pequeño acto —vestirse frente a otra persona— era la mayor victoria de Megumi. Era la prueba de que el refugio que Yuji le había ofrecido no era solo un techo de cemento y madera en Shibuya, sino un espacio seguro dentro de su propia piel.
—¿Sabes? —dijo Megumi mientras se abrochaba el cinturón—, a veces me pregunto por qué no te asustaste. Mi primo siempre decía que nadie querría ver... lo que había debajo.
Yuji se sentó en el borde de la cama, su expresión volviéndose seria pero tierna.
—Tu primo era un idiota, Megumi. Un cobarde que necesitaba hacerte sentir pequeño para él sentirse grande. Lo que yo veo es a la persona que sobrevivió a todo eso. Veo al hombre que amo. Lo que haya debajo de la ropa es solo... el envoltorio de un regalo increíble.
Megumi se acercó a él y le revolvió el cabello.
—Eres un cursi, Itadori.
—Soy tu cursi —corrigió Yuji, atrapando su mano y besando los nudillos—. Y ahora, como castigo por llamarme así, vas a dejar que yo cocine el desayuno.
—Eso no es un castigo, es una amenaza para la integridad de mi cocina.
Riendo, ambos se dirigieron a la pequeña cocina del apartamento. El ambiente era doméstico y cálido. Mientras Yuji peleaba con los huevos y el tocino, Megumi se encargaba del café. Era una rutina que habían perfeccionado en los últimos meses, pero que ahora tenía un matiz diferente. Ya no había secretos flotando en el aire como partículas de polvo que ambos evitaban tocar.
—Oye, Megumi —dijo Yuji de repente, mientras servía el café en las tazas—, he estado pensando. La próxima semana es la cena de exalumnos de la universidad. Quería saber si... bueno, si te sentirías cómodo yendo conmigo. Como mi pareja. Oficialmente.
Megumi se detuvo con la cafetera en la mano. La idea de enfrentarse a un grupo de personas, de ser observado, todavía le causaba un leve escalofrío. Pero luego miró a Yuji. Recordó cómo Yuji lo había defendido de sus propios miedos, cómo nunca había flaqueado.
—¿Crees que debería llevar la camiseta azul? —preguntó Megumi con una sonrisa pequeña.
Yuji soltó una carcajada y lo rodeó por los hombros, atrayéndolo hacia sí.
—Creo que deberías llevar lo que te haga sentir como el rey que eres. Pero sí, la azul te queda increíble.
Desayunaron en el pequeño balcón, viendo el ajetreo de la ciudad abajo. Megumi observaba a la gente caminar, cada uno con sus propias cargas y secretos, y se sintió extrañamente afortunado. Había pasado de vivir en refugios, temiendo que cada día fuera el último de su dignidad, a desayunar con el hombre que lo hacía sentir completo.
—¿En qué piensas? —preguntó Yuji, notando el silencio de su novio.
—En que hace un año estaba contando monedas para poder pagar una noche en un hostal —confesó Megumi, mirando el horizonte de edificios—. Y ahora... ahora me siento tan seguro que me asusta un poco.
—No dejes que el miedo te quite lo que has ganado —dijo Yuji, tomando su mano sobre la mesa—. Te lo has ganado todo, Megumi. La beca, el trabajo, este lugar... y a mí. Aunque lo último fue fácil, porque me tenías desde que me pediste aquel libro de leyes en la biblioteca y me miraste como si fuera a robarte el carné de estudiante.
Megumi soltó una risita.
—Estabas haciendo demasiado ruido. Era una zona de silencio, Yuji.
—¡Estaba intentando llamar tu atención! —se defendió él, fingiendo indignación—. Y funcionó, ¿no?
—Supongo que sí.
Después del desayuno, Megumi decidió que era hora de enfrentar la montaña de ropa sucia. Se quitó la camiseta para ponerse una más vieja para los quehaceres, y se detuvo un momento frente al espejo del pasillo. Se observó sin juzgarse. Sus hombros eran más anchos ahora, fruto del gimnasio y de la testosterona que tanto le había costado conseguir y mantener durante sus años de indigencia. Su rostro tenía líneas más marcadas, una mandíbula que ya no intentaba esconder tras bufandas largas.
Yuji pasó por detrás de él, cargando una cesta de ropa, y se detuvo. Dejó la cesta en el suelo y envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Megumi, apoyando la barbilla en su hombro. Ambos miraron el reflejo en el espejo.
—Mira eso —susurró Yuji—. Somos una pareja bastante atractiva, ¿no crees?
Megumi asintió, apoyando la cabeza contra la de Yuji.
—Sí. Lo somos.
—Me gusta que te mires así —continuó Yuji—. Me gusta que te reconozcas. Durante mucho tiempo, sentí que estabas intentando pedir perdón por existir. Ya no lo haces.
—Es porque tú me diste el espacio para dejar de pedir disculpas —respondió Megumi con sinceridad—. Gracias por no hacerme preguntas difíciles aquella noche. Gracias por entender que el encaje no era una invitación a cuestionar quién soy, sino solo una parte de mi historia.
—No había nada que cuestionar —dijo Yuji, dándole la vuelta para que quedaran frente a frente—. Eres Megumi. Mi Megumi. El resto son detalles. Detalles que me encantan, por cierto, pero detalles al fin y al cabo.
Se besaron en medio del pasillo, rodeados de cestas de ropa y el olor a café recién hecho. Fue un beso largo, profundo, que sabía a promesas cumplidas y a un futuro que ya no parecía un campo de minas.
El resto del día transcurrió con la placidez de los que no tienen nada que ocultar. Megumi se encargó de la lavandería, tarareando una canción que había escuchado en la radio del supermercado donde trabajaba. Ya no sentía la necesidad de vigilar quién entraba o salía del cuarto de lavado; se sentía cómodo en su ropa, cómodo en sus movimientos.
Por la tarde, mientras Yuji leía un informe para el trabajo y Megumi repasaba sus notas para un examen final de derecho, el silencio no era incómodo. Era el silencio de dos personas que han encontrado su ritmo.
—Yuji —dijo Megumi sin levantar la vista de sus apuntes.
—¿Dime?
—He estado pensando en mi familia.
Yuji dejó el informe a un lado, dándole toda su atención. Sabía que ese era un terreno pantanoso.
—¿Quieres hablar de ello?
—No quiero volver con ellos —aclaró Megumi rápidamente—. Pero... ya no les tengo miedo. El otro día, mi primo me envió un mensaje. Supongo que consiguió mi número de alguna forma. Decía que mis padres estaban "dispuestos a perdonarme" si volvía a casa y aceptaba... bueno, sus condiciones.
Yuji apretó los puños, pero mantuvo la voz en calma.
—¿Y qué hiciste?
—Lo bloqueé —respondió Megumi con una calma que lo sorprendió a él mismo—. Por primera vez, no sentí ganas de llorar ni de esconderme. Solo sentí lástima por ellos. Están atrapados en un mundo tan pequeño, mientras que yo... yo tengo el mundo entero aquí contigo. Ya no necesito su perdón porque no he hecho nada malo.
Yuji se levantó, caminó hacia el sofá donde Megumi estaba sentado y lo envolvió en un abrazo protector.
—Esa es la actitud, Megumi. Tú no necesitas que te perdonen por ser feliz. Ellos son los que se pierden la oportunidad de conocer al hombre increíble en el que te has convertido.
—Tengo todo lo que necesito —susurró Megumi, cerrando los ojos y disfrutando del calor de Yuji—. Tengo mi beca, tengo mi trabajo, y tengo este hogar.
—Y me tienes a mí —añadió Yuji, besando su sien—. Para siempre, si me dejas.
—Para siempre —aceptó Megumi.
Esa noche, cuando se acostaron, no hubo dudas ni sombras. Megumi se desnudó con la misma naturalidad con la que se quita uno una armadura que ya no necesita. Se deslizó bajo las mantas, buscando el contacto de la piel de Yuji. Ya no había barreras de tela, ni barreras de miedo.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de todo esto? —preguntó Yuji en la oscuridad, con la voz cargada de sueño.
—¿Qué?
—Que por fin puedo dormir sabiendo que no estás guardando aire en los pulmones por miedo a soltar un secreto. Ahora respiras tranquilo. Y eso me ayuda a respirar a mí también.
Megumi no respondió con palabras. Simplemente se acurrucó más cerca, escuchando el latido rítmico del corazón de Yuji. En la quietud de la noche de Shibuya, Megumi Fushiguro finalmente comprendió que la verdadera transición no había sido solo física o legal. Había sido la transición del miedo al amor, de la vergüenza al orgullo.
Y mientras cerraba los ojos, supo que, sin importar lo que el mundo exterior dijera, dentro de esas cuatro paredes, él era simplemente Megumi. Y eso era más que suficiente. Era perfecto.