Lyra from Winterland
La Corona de Invierno y el Fuego de la Sangre
El amanecer en las Tierras de los Ríos no trajo consigo la luz de la esperanza, sino una neblina densa y fría que se filtraba por las costuras de la tienda de campaña. Robb Stark se despertó con el peso del cansancio en sus huesos, pero con la calidez de Lyra a su lado. Durante unos breves instantes, el mundo exterior no existía. No había guerras, ni asedios, ni Lannisters capturados. Solo existía el suave ritmo de la respiración de la mujer que amaba, cuya piel oscura contrastaba con las pieles de lobo que los cubrían.
Ella aún dormía, con el rostro sereno a pesar de las ojeras que marcaban su cansancio. Lyra lo había seguido al sur, desafiando las órdenes de Lady Catelyn y los murmullos de los capitanes. Robb le acarició la mejilla con el dorso de la mano, jurándose a sí mismo que, una vez que rescatara a su padre y a sus hermanas, buscaría la forma de legalizar lo que sentían.
Pero el silencio del bosque fue roto por el sonido de cascos de caballos y un murmullo que crecía como una marea oscura. Robb se vistió rápidamente, sintiendo un nudo de aprensión en el estómago. Al salir de la tienda, la noticia lo golpeó como un mazo de hierro: Ned Stark, el hombre más honorable de Poniente, había sido ejecutado en el Gran Septo de Baelor por orden del niño rey Joffrey.
La realidad se fragmentó. Robb no gritó, ni lloró frente a sus hombres. Simplemente tomó su espada y se internó en la espesura del bosque, lejos de las miradas de los señores que esperaban sus órdenes.
El sonido del acero chocando contra la corteza de un árbol centenario resonaba en todo el campamento. Robb golpeaba con una furia ciega, sus brazos moviéndose mecánicamente mientras las lágrimas, finalmente, comenzaban a surcar su rostro. Cada golpe era por Sansa, por Arya, por Bran y Rickon, y sobre todo, por el padre que ya no volvería a ver.
—¡Robb! —La voz de Catelyn Stark era un hilo de dolor contenido.
Él no se detuvo. El árbol estaba marcado, la corteza saltando en astillas blancas bajo el filo de la espada.
—¡Robb, detente! —gritó ella de nuevo, acercándose hasta que él bajó el arma, jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente.
—Han matado a mi padre —dijo él, con la voz rota—. Lo han matado como a un traidor.
Catelyn lo envolvió en sus brazos, y por un momento, el joven comandante desapareció para dejar paso al hijo que buscaba consuelo. Lloraron juntos, rodeados por la indiferencia del bosque, mientras el peso de una corona invisible comenzaba a asentarse sobre sus hombros.
—Los mataremos a todos —susurró Robb, con los ojos azules ahora gélidos como el hielo de Invernalia—. A cada uno de ellos.
Mientras tanto, en un rincón apartado del campamento, cerca de un pequeño arroyo que serpenteaba entre los árboles, Lyra estaba sentada sobre una roca, abrazándose las rodillas. Sus ojos estaban rojos y su pecho dolía con una intensidad física. Se sentía sola. Lord Eddard había sido lo más parecido a un padre que había tenido; él la había rescatado de la nada, le había dado un hogar y una identidad cuando el mundo solo veía en ella a una extranjera.
Con su muerte, Lyra sentía que el último hilo que la unía a la legitimidad se había cortado. En un campamento lleno de hombres armados y señores orgullosos, ella era solo una protegida sin linaje, una distracción para el joven lobo. El dolor por Ned se mezclaba con el miedo al futuro. ¿Qué sería de ella ahora que la guerra ya no era una posibilidad, sino una realidad sangrienta e irreversible?
—Lyra.
Ella no necesitó girarse para saber que era él. Robb se acercó, con la ropa aún manchada de savia y sudor. Se veía diferente. El chico que había besado en la biblioteca de Invernalia se había marchado para siempre, dejando en su lugar a un hombre endurecido por la tragedia.
—Robb... lo siento tanto —logró decir ella, con la voz quebrada por el llanto.
Él se arrodilló frente a ella, tomando sus manos pequeñas y oscuras entre las suyas. La diferencia de tamaño siempre había sido notable, pero en ese momento, Lyra se sintió más pequeña que nunca bajo la intensidad de su mirada.
—Él te quería mucho —dijo Robb en voz baja—. Eras una hija para él, aunque mi madre no quisiera verlo.
—Ahora estoy sola, Robb. Mi padre murió por él, y ahora él se ha ido. No me queda nada en este mundo.
Robb le apretó las manos con fuerza, obligándola a mirarlo.
—Me tienes a mí. Te lo dije en Invernalia y te lo digo ahora: eres mía. Y yo soy tuyo. El mundo se está cayendo a pedazos, pero no permitiré que te caigas con él.
Se fundieron en un abrazo desesperado, buscando en el otro el calor necesario para sobrevivir al invierno que acababa de llegar a sus corazones. Pero el deber no daba tregua. El sonido de un cuerno llamó a los señores a la asamblea. Era el momento de decidir el rumbo de la guerra.
—Ven conmigo —dijo Robb, poniéndose en pie y extendiéndole la mano.
—No puedo, Robb. Tu madre estará allí, y todos los señores...
—Vendrás conmigo —insistió él, con una autoridad que no admitía réplica—. Se acabó el escondernos en las sombras.
El gran pabellón del campamento estaba abarrotado. Las antorchas chisporroteaban, lanzando sombras alargadas sobre los rostros de Greatjon Umber, Rickard Karstark, Theon Greyjoy y los señores de las Tierras de los Ríos. Catelyn estaba sentada a un lado, con una expresión de piedra.
Cuando Robb entró, el silencio se hizo absoluto. Lyra caminaba un paso detrás de él, con la cabeza baja, sintiendo el peso de docenas de miradas inquisitivas y desaprobadoras sobre su piel.
—¡Renly Baratheon no es nada para mí! —rugió el Greatjon, su voz retumbando contra las lonas de la tienda—. ¿Por qué debemos jurar lealtad a un hombre sentado en un trono de oro en el sur? ¡No conocen el Norte! ¡No conocen el frío!
Los demás señores comenzaron a clamar, discutiendo sobre a quién debían apoyar: a Stannis, a Renly, o si debían buscar la paz.
—¡Paz! —gritó Karstark—. ¡Han cortado la cabeza de mi señor! ¡No habrá paz con los Lannister!
Robb se mantuvo en el centro, con Viento Gris a su lado, el lobo huargo gruñendo suavemente. Lyra permanecía justo detrás de él, sintiendo el calor que emanaba de su espalda.
—¿Y qué dices tú, Robb Stark? —preguntó uno de los señores—. ¿A quién serviremos?
Robb miró a su madre, luego miró a sus hombres, y finalmente se giró para mirar a Lyra. En sus ojos vio la fuerza que necesitaba. Desenvainó su espada y la clavó en la tierra frente a él.
—Mis señores —comenzó Robb, su voz clara y firme, proyectándose con la fuerza de un verdadero líder—. Los Lannister han asesinado a mi padre. Han secuestrado a mis hermanas. Creen que somos perros que volverán a su perrera en cuanto nos den un latigazo. Pero se equivocan. El Norte recuerda.
—¡El Norte recuerda! —gritaron al unísono.
—No reconoceré a Joffrey como rey —continuó Robb—. Ni a Renly, ni a Stannis. Si quieren un rey, que busquen a uno que comparta su sangre y su tierra.
El Greatjon Umber dio un paso al frente, desenvainando su propia espada.
—¡Ahí está el único rey ante el que doblaré la rodilla! —exclamó, señalando a Robb—. ¡El Rey en el Norte!
Uno a uno, los señores se arrodillaron. El acero chocaba contra el suelo mientras el grito se extendía por todo el campamento, miles de hombres repitiendo las mismas palabras hasta que el bosque pareció vibrar.
—¡EL REY EN EL NORTE! ¡EL REY EN EL NORTE!
Robb Stark, con solo diecisiete años, aceptó el peso de la corona que sus hombres le ofrecían. Pero antes de que el clamor cesara, levantó una mano para pedir silencio. Su mirada se posó en Lyra, que estaba pálida y temblorosa ante la magnitud de lo que estaba presenciando.
—Mis señores —dijo Robb, y esta vez su voz tenía un matiz de desafío personal—. Un rey necesita una reina. Una señora que cuide de su pueblo y que mantenga el fuego encendido cuando el invierno llegue.
Catelyn Stark se puso en pie, con los ojos muy abiertos, adivinando lo que iba a suceder.
—Robb, no es el momento... —comenzó ella.
Pero Robb la ignoró. Tomó la mano de Lyra y la atrajo hacia su lado, frente a todos los hombres más poderosos del Norte.
—Esta es Lyra —declaró con orgullo—. Ella me ha acompañado desde que éramos niños. Ella conoce mi corazón y yo el suyo. Ante los dioses y ante todos ustedes, declaro que Lyra de Invernalia será mi esposa. Ella es mi señora, y será su Reina.
Un silencio sepulcral cayó sobre la tienda. Los señores se miraron entre sí, confundidos. Lyra era una protegida, una huérfana, una mujer cuya belleza era tan exótica como su origen era incierto. No traía ejércitos, ni tierras, ni alianzas matrimoniales.
—¡Robb, te lo ruego! —exclamó Catelyn, acercándose—. Has hecho una promesa a los Frey para cruzar el Forca Verde. ¡No puedes romper tu palabra!
—Mi palabra es mía, madre —respondió Robb con una frialdad que la hizo retroceder—. Y mi corazón también. No gobernaré un reino basado en una mentira. Si mis hombres me quieren como su rey, deben aceptar a la mujer que he elegido para estar a mi lado.
Theon Greyjoy fue el primero en romper el silencio con una risa nerviosa, pero al ver la seriedad en el rostro de Robb, se arrodilló de nuevo.
—Por la Reina en el Norte —dijo Theon, aunque sus ojos brillaban con la duda.
Poco a poco, los demás señores, impulsados por la lealtad que sentían hacia Robb y el desprecio que sentían hacia las reglas del sur, comenzaron a inclinar la cabeza. No todos estaban contentos, pero el carisma de Robb y la atmósfera de rebelión eran más fuertes que la tradición en ese momento.
Lyra sintió que las lágrimas volvían a sus ojos, pero esta vez no eran de soledad. Miró a Robb, quien la observaba con una devoción absoluta. Él estaba arriesgando su corona, su alianza y quizás su vida por ella.
—¿Estás seguro de esto? —susurró ella, tan bajo que solo él pudiera oírla—. Esto cambiará todo.
—Ya nada volverá a ser igual, Lyra —respondió él, apretando su mano—. Pero mientras estemos juntos, que el mundo intente detenernos.
Esa noche, el campamento no solo celebró la coronación de un rey, sino el desafío de un joven que prefería seguir los dictados de su alma antes que los de la política. Sin embargo, en las sombras de la tienda, Lady Catelyn observaba a la pareja con un presentimiento sombrío. Sabía que en el juego de tronos, el amor era a menudo la debilidad que llevaba a la ruina, y que los Frey no olvidarían fácilmente el insulto.
Pero para Robb y Lyra, bajo el cielo de las Tierras de los Ríos, el futuro era un lienzo en blanco que pensaban pintar con sangre y fuego, unidos por un vínculo que ni el invierno más crudo podría romper. Lyra ya no estaba sola; era la Reina de un pueblo indómito, y su lobo estaba listo para morder a cualquiera que se atreviera a tocarla.
—Rey en el Norte —murmuró ella, acariciando el rostro de Robb mientras se retiraban a la intimidad de su tienda, lejos de los gritos de guerra.
—Tu Rey —respondió él, besándola con la promesa de una eternidad que, aunque corta, sería gloriosa.