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MABEL PODER

Refugios de Seda y Tormentas de Verano

La noche en Gravity Falls no solía ser silenciosa. Entre el ulular de las lechuzas-lobo y el crujido constante de los árboles milenarios, el ambiente siempre estaba cargado de una electricidad sobrenatural. Sin embargo, dentro de la Cabaña del Misterio, el ambiente era inusualmente tranquilo. Dipper estaba sentado en la alfombra, tratando de descifrar una serie de símbolos en el Diario que parecían indicar la ubicación de una fuente de energía desconocida bajo el pueblo. Stan estaba en su sillón, roncando con un periódico sobre la cara, y Mabel estaba concentrada en pegarle ojos saltones a todo lo que encontraba a su paso.

De repente, un golpe frenético sacudió la puerta principal. No era el toque rítmico de un cliente tardío, sino un golpe desesperado, casi violento.

—¿Quién demonios viene a estas horas? —gruñó Stan, despertándose de golpe y ajustándose el gorro—. Si es el recaudador de impuestos, decidle que me he convertido en un espectro y que no acepto moneda legal.

—Yo voy —dijo Dipper, cerrando el diario de un golpe. Una extraña sensación de urgencia le recorrió la espalda.

Al abrir la puerta, el aire frío de la noche entró de golpe, pero lo que vio lo dejó paralizado. Pacifica Northwest estaba allí, bajo la tenue luz del porche. Su cabello, usualmente perfecto, estaba revuelto y empapado por el rocío del bosque; su ropa cara tenía manchas de barro y sus ojos estaban rojos e hinchados. Antes de que Dipper pudiera articular una sola palabra, la chica se lanzó hacia adelante.

Fue un impacto seco. Pacifica se abalanzó sobre él, rodeando su cuello con los brazos y escondiendo el rostro en el hueco de su hombro. Dipper retrocedió un par de pasos por el impulso, tambaleándose, hasta que su espalda chocó contra la pared del pasillo. Podía sentir cómo ella temblaba violentamente y cómo sus sollozos, contenidos hasta ese momento, estallaban en un llanto amargo y desolado.

—¡Pacifica! ¿Qué... qué ha pasado? —preguntó Dipper, con las manos suspendidas en el aire, sin saber muy bien qué hacer, hasta que finalmente, con una torpeza nacida de la sorpresa, le devolvió el abrazo, rodeándola con cuidado.

En el salón, el tiempo se detuvo. Stan se quedó con la boca abierta, el periódico resbalando de sus rodillas. Mabel, que sostenía un par de ojos saltones gigantes, dejó que estos cayeran al suelo con un ruidito sordo. Sus ojos se abrieron como platos y una sonrisa que solo podía describirse como "maníaca" empezó a dibujarse en su rostro.

—¡Oh, por todos los suéteres de lana! —susurró Mabel, agarrando el brazo de Stan—. ¡Tío Stan, mira eso! ¡Es el abrazo del destino! ¡El barco ha atracado!

—¿Esa es la niña rica? —preguntó Stan, rascándose la barriga—. Vaya, parece que el nombre Northwest no compra la impermeabilidad emocional. ¿Debería cobrarle por el uso del hombro de mi sobrino? Son cinco dólares por minuto de consuelo.

—¡Cállate, Stan! —siseó Mabel, sacando su teléfono (el de Dipper, técnicamente) para capturar el momento—. ¡Están teniendo un momento! ¡Mira cómo Dipper está rojo! ¡Parece una señal de stop con patas!

Dipper, ajeno a los comentarios de su familia pero perfectamente consciente de sus miradas, intentó guiar a Pacifica hacia el interior. Ella no lo soltaba. Se aferraba a su chaleco como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.

—No puedo volver... —logró decir Pacifica entre hipos—. Mis padres... la campana... Dipper, no puedo más. Me escapé por la ventana de la cocina. Corrí por el bosque y solo... solo pensaba en llegar aquí.

—Tranquila, ya estás a salvo —murmuró Dipper, sintiendo una punzada de rabia hacia los Northwest. Sabía lo crueles que podían ser, pero ver a la chica más orgullosa del pueblo reducida a ese estado de vulnerabilidad le revolvía el estómago—. Entra, hace frío.

Mabel se acercó saltando, aunque trató de moderar su energía al ver el estado de Pacifica.

—¡Pacífica! ¡Pobre estrellita de diamantes! —Mabel le puso una mano en la espalda—. Ven, te prepararemos un chocolate caliente. Y no cualquier chocolate, ¡Chocolate Mabel! Tiene malvaviscos que brillan y un toque de canela que te hará olvidar que tus padres son unos villanos de caricatura.

Pacifica finalmente se separó de Dipper, limpiándose las lágrimas con la manga de su chaqueta de seda, aunque no se alejó más de unos centímetros de él. Miró a Stan, quien la observaba con una mezcla de sospecha y una pizca inusual de compasión.

—¿Puedo... puedo quedarme aquí esta noche? —preguntó ella con voz quebrada—. Solo por hoy. Mañana buscaré un hotel o algo, pero no quiero estar sola.

—Bueno, el hotel de la Cabaña del Misterio no es barato —empezó Stan, pero al ver la mirada asesina de Mabel y la expresión protectora de Dipper, suspiró—. Está bien, está bien. Quédate en el ático con los chicos. Pero si tocas mis trofeos de pesca o el cuadro del payaso, habrá recargos.

El resto de la noche fue un torbellino de actividad. Mabel se encargó de "pacificar" a Pacifica con un pijama de repuesto (uno rosa con gatitos espaciales) y una manta tan pesada que casi la aplasta. Dipper, por su parte, se sentía extrañamente inquieto. La imagen de Pacifica llorando en sus brazos se repetía en su mente una y otra vez.

—¿Viste eso, Dipper? —le susurró Mabel mientras subían las escaleras—. Se abalanzó sobre ti. Ni siquiera miró a Pato. ¡Fue directo al grano! El amor está en el aire, y huele a champú caro y desesperación.

—Mabel, por favor, no empieces —respondió Dipper en voz baja, aunque su corazón latía más rápido de lo normal—. Está pasando por un momento horrible. Su familia es... es una pesadilla. No es el momento para tus teorías de shipeo.

—El drama es el fertilizante del romance, hermanito —sentenció Mabel con un guiño antes de entrar al ático.

Instalaron a Pacifica en un colchón inflable junto a la cama de Mabel. Durante un rato, los tres hablaron en voz baja. Pacifica les contó, con menos lágrimas pero con la misma amargura, cómo su padre había intentado obligarla a pedir disculpas públicas por haber abierto las puertas de la mansión a la "gente común", amenazándola con quitarle todo lo que poseía.

—Que se lo queden —dijo ella, mirando el techo del ático—. Prefiero dormir en este lugar que huele a polvo y a... ¿eso es un sándwich viejo?... que pasar un minuto más bajo el sonido de esa campana.

Finalmente, el cansancio los venció. Mabel se quedó dormida casi al instante, abrazada a Pato. Dipper se dio la vuelta en su cama, tratando de procesar todo lo ocurrido. El silencio se apoderó de la habitación, roto solo por el sonido de la lluvia que empezaba a caer sobre el tejado.

Cerca de las tres de la mañana, Dipper sintió un movimiento. Al principio pensó que era Mabel sonámbula, pero luego escuchó un susurro tembloroso.

—¿Dipper? ¿Estás despierto?

Él se incorporó sobre los codos. En la penumbra, pudo ver la silueta de Pacifica de pie junto a su cama. Se abrazaba a sí misma y sus ojos brillaban en la oscuridad.

—¿Qué pasa? ¿Te encuentras mal? —preguntó él, bajando la voz.

—Hay... hay sombras en las esquinas —susurró ella, acercándose un paso más—. Y el sonido de la lluvia... parece el tintineo de una campana. No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, siento que mi padre va a entrar por la puerta.

Dipper suspiró con simpatía. Sabía lo que era tener pesadillas recurrentes; él mismo seguía soñando con Bill Cipher a veces.

—Es solo el viento, Pacifica. Estás segura aquí. El tío Stan tiene trampas para osos y... bueno, cosas peores rodeando la casa. Nadie va a entrar.

—¿Puedo... puedo quedarme aquí contigo? —preguntó ella de repente. Ante el silencio estupefacto de Dipper, ella se apresuró a añadir—: ¡No es por nada raro! Es solo que... me siento más segura si sé que hay alguien despierto que no sea un cerdo o una chica que habla en sueños sobre unicornios. Por favor. No quiero estar sola.

Dipper sintió que el calor le subía a la cara. Su cama no era precisamente grande, y la idea de compartir espacio con Pacifica Northwest era algo que su cerebro analítico no sabía cómo procesar. Pero entonces vio el brillo de una lágrima nueva en su mejilla y toda su resistencia se desvaneció.

—Está bien —dijo, haciéndose a un lado y dejando un espacio—. Pero no te muevas mucho, esta cama hace ruidos extraños si te giras rápido.

Pacifica se deslizó bajo las mantas con una agilidad sorprendente. Durante los primeros minutos, ambos se quedaron rígidos como estatuas, mirando el techo, separados por unos centímetros de aire que se sentían como kilómetros. El olor a lavanda del jabón que Pacifica había usado se mezclaba con el olor a papel viejo de los libros de Dipper.

—Gracias, Dipper —murmuró ella después de un rato.

—No es nada.

Poco a poco, el frío de la noche y el agotamiento emocional hicieron su trabajo. Pacifica, buscando inconscientemente calor y seguridad, se fue acercando. Primero fue su mano, que rozó el brazo de Dipper. Luego, su cabeza encontró un lugar cómodo en el pecho del chico. Dipper, al sentir su respiración pausada, finalmente se relajó. Dejó caer un brazo sobre los hombros de ella, en un gesto protector, y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, el ruido del mundo exterior desapareció.

A la mañana siguiente, el sol de Gravity Falls se filtró por la ventana triangular del ático, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Mabel fue la primera en despertar. Se estiró, bostezó sonoramente y buscó a Pato para darle los buenos días, pero el cerdo estaba ocupado intentando comerse un calcetín de Dipper.

Mabel miró hacia el colchón inflable de Pacifica y frunció el ceño al verlo vacío.

—¿Se habrá ido? —susurró para sí misma, sintiendo una decepción momentánea—. Oh, no, mi barco no puede haberse hundido tan rápido.

Entonces, giró la cabeza hacia la cama de su hermano.

Lo que vio la hizo quedarse petrificada, con la boca abierta en una "O" perfecta. Dipper y Pacifica estaban profundamente dormidos. Él estaba de lado, con la barbilla apoyada sobre la cabeza de ella, y Pacifica estaba prácticamente ovillada contra su pecho, con una mano agarrando firmemente la camiseta de Dipper. Parecían dos piezas de un rompecabezas que finalmente habían encajado.

Mabel sintió que su corazón explotaba de alegría. Sus manos temblaban mientras buscaba desesperadamente su cámara de fotos en la mesita de noche.

—¡Esto es mejor que el final de cualquier novela! —chilló en un susurro ahogado—. ¡Es real! ¡El Dipcifica es real!

Con la precisión de un ninja, Mabel se acercó a los pies de la cama. El flash de la cámara estaba desactivado, gracias al cielo, pero el sonido del obturador fue inevitable. *Click*.

Dipper frunció el ceño en sueños. Pacifica se removió un poco, soltando un pequeño suspiro de satisfacción y apretándose más contra él.

—¡Oh, por favor, seguid así! —susurró Mabel, tomando otra foto desde un ángulo diferente—. Esta va directa al álbum de "Momentos que Dipper negará hasta la muerte". Y esta para el de "Futuros chantajes cariñosos".

En ese momento, Pato decidió que era una excelente idea saltar sobre la cama para unirse a la fiesta. El peso del cerdo hizo que los muelles de la cama chirriaran violentamente.

Dipper abrió un ojo, parpadeando con confusión. Lo primero que vio fue el techo de madera. Lo segundo fue el cabello rubio que le hacía cosquillas en la nariz. Lo tercero fue a su hermana Mabel, que estaba a medio metro de distancia, sosteniendo una cámara y con una expresión de triunfo absoluto.

—¡Buenos días, tortolitos! —gritó Mabel, abandonando todo intento de silencio—. ¿Cómo ha dormido el joven amor bajo el techo de la sabiduría?

Dipper se quedó helado. Miró hacia abajo y vio a Pacifica, que empezaba a despertarse, parpadeando con pereza mientras se frotaba los ojos. Cuando ella se dio cuenta de dónde estaba, y de quién la estaba rodeando con un brazo, su rostro pasó de la palidez matutina a un rojo carmesí en menos de un segundo.

—¡Ah! —gritó Pacifica, rodando hacia el otro lado de la cama y cayendo estrepitosamente al suelo—. ¡Yo... yo... el suelo estaba frío! ¡Había arañas! ¡Arañas gigantes!

Dipper se sentó de golpe, despeinado y completamente abrumado.

—¡Mabel! ¡No es lo que parece! ¡Ella tenía pesadillas! —exclamó, tratando de sonar maduro mientras su voz gallaba un poco.

—¡Claro que sí, "pesadillas"! —Mabel agitó la cámara en el aire—. Tengo pruebas fotográficas de que esas pesadillas se curan con abrazos de nivel cinco. ¡Mirad estas fotos! ¡Salís tan monos que me van a salir caries solo de mirarlas!

Pacifica se asomó desde el borde de la cama, todavía en el suelo, mirando a Mabel con una mezcla de horror y fascinación.

—Borra eso ahora mismo, Pines —amenazó, aunque su voz no tenía la fuerza habitual—. Si mi madre ve eso, me enviará a un internado en los Alpes. O peor, en Suiza.

—¡Ni hablar! —Mabel abrazó la cámara contra su pecho—. Esto es patrimonio de la humanidad. Además, Dipper parece muy cómodo. Mira esa mano, Dipper. Estaba en posición de "no te vayas nunca".

—¡Mabel, para! —Dipper se cubrió la cara con las manos, sintiendo que el calor no iba a abandonar sus mejillas en todo el siglo—. Pacifica, lo siento. Ella es... bueno, ya sabes cómo es.

Pacifica se levantó lentamente, ajustándose el pijama de gatitos. Miró a Dipper, que seguía escondido tras sus manos, y luego a Mabel, que estaba haciendo un baile de la victoria con Pato. A pesar de la vergüenza, a pesar de las fotos y de la situación ridícula, Pacifica sintió una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con las mantas.

—Bueno —dijo ella, tratando de recuperar algo de su dignidad Northwest—, supongo que es mejor ser el objetivo de las fotos de Mabel que ser una estatua en el jardín de mis padres.

Dipper bajó las manos, sorprendido por su tono. Pacifica le dedicó una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero genuina.

—Y por cierto, Dipper... —añadió ella mientras caminaba hacia el baño—, roncas. No mucho, pero lo haces. Es... aceptable.

La puerta del baño se cerró tras ella. Mabel se lanzó sobre la cama de Dipper, rebotando con entusiasmo.

—"Aceptable", ¿has oído eso? —Mabel le dio un codazo—. ¡Eso es un "te amo" en lenguaje de gente rica! ¡Dipper, eres un semental de los misterios!

Dipper se dejó caer hacia atrás en la almohada, soltando un largo suspiro. Sabía que Mabel no lo dejaría en paz durante el resto del verano, y probablemente durante el resto de su vida. Pero mientras escuchaba a Pacifica tararear una canción en el baño y veía a su hermana planear la boda temática de diarios y diamantes, se dio cuenta de que no le importaba tanto.

Gravity Falls seguía siendo un lugar lleno de monstruos, maldiciones y secretos oscuros, pero en ese pequeño ático, por primera vez, el mayor misterio de todos —el de cómo dos personas tan diferentes habían terminado cuidándose mutuamente— parecía el único que realmente valía la pena resolver.

—Mabel —dijo Dipper finalmente, mirando el techo.

—¿Sí, capitán del amor?

—Si publicas esas fotos en internet, te daré de comer a los gnomos.

—¡Vale la pena el riesgo! —rio Mabel, mientras empezaba a escribir un mensaje de texto para Grenda y Candy.

El verano seguía su curso, y el barco, como diría Mabel, no solo había zarpado, sino que avanzaba a toda vela hacia aguas desconocidas y emocionantes.