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MABEL PODER

Crónicas de una Foto Prohibida y el Club de los Secretos

La mañana siguiente en la Cabaña del Misterio no fue recibida con el canto de los pájaros, sino con el sonido estridente de una cámara instantánea y los gritos de júbilo de Mabel Pines. El sol apenas empezaba a calentar las tablas de madera del ático cuando Dipper se despertó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas y la visión borrosa.

—¡Es la mejor composición que he hecho en mi vida! —exclamó Mabel, agitando una fotografía en el aire para que la tinta se secara—. ¡El encuadre, la luz matutina, la vulnerabilidad de los herederos de fortunas! ¡Es arte, Pato! ¡Arte puro!

Dipper se incorporó rápidamente, frotándose los ojos. Al mirar a su lado, vio que el colchón inflable donde Pacifica Northwest había pasado la noche estaba vacío, aunque las mantas todavía conservaban la forma de su cuerpo.

—Mabel, ¿qué estás haciendo? —preguntó Dipper con voz ronca, tratando de procesar el caos—. ¿Y dónde está Pacifica?

—Se ha ido hace diez minutos —respondió Mabel sin dejar de mirar la foto con adoración—. Su chófer la recogió en el linde del bosque. Dijo algo sobre "mantener las apariencias" y "evitar que sus padres quemen el pueblo buscando su rastro". Pero antes de irse... ¡oh, Dipper! ¡Se quedó mirándote mientras dormías con una cara de "ojalá este chico no fuera tan nerd"!

Dipper sintió que el calor le subía al rostro, pintando sus mejillas de un rojo intenso.

—No digas tonterías. Solo... solo estaba cansada. Fue una noche difícil para ella.

—¡Tan difícil que terminó ovillada a tu lado! —Mabel saltó sobre la cama de su hermano y le puso la foto frente a la nariz—. Mira esto y dime que no hay chispas. ¡Mira!

Dipper observó la imagen. En ella, se veía a él mismo profundamente dormido, con un brazo colgando fuera de la cama, y a Pacifica sentada en el suelo junto a él, apoyando la cabeza en el borde del colchón, muy cerca de su mano. No era un abrazo de película, pero la paz en el rostro de la chica Northwest, usualmente tenso y arrogante, decía más que mil palabras.

—Mabel, dame eso —dijo Dipper, intentando arrebatarle la foto—. Si alguien ve esto, Pacifica me matará. Literalmente. Tiene abogados que podrían demandar a mis tataranietos.

—¡No! —Mabel escondió la foto tras su espalda y retrocedió gateando—. Esta foto es el seguro de vida de mi ship. Además, tengo que enseñársela a Candy y Grenda. Ya tenemos un grupo de chat llamado "Operación Rubia y Pino".

—¡Mabel! —grito Dipper, lanzándose sobre ella.

La pelea por la fotografía terminó con ambos rodando por el suelo del ático, entre hilos de lana y libros sobre criptozoología, hasta que la puerta se abrió con un estrépito. El tío Stan apareció en el umbral, luciendo su camiseta interior de siempre y sosteniendo una taza de café que olía a algo que definitivamente no era café.

—¿Qué es todo este escándalo? —gruñó Stan—. Si vais a pelear, hacedlo en el jardín para que los turistas paguen por ver "lucha de gemelos salvajes". Son cinco dólares la entrada.

—¡Stan! ¡Dipper quiere destruir la evidencia del amor! —se quejó Mabel, señalando a su hermano.

—Y Mabel quiere arruinar mi vida social y probablemente causar que los Northwest compren la cabaña solo para demolerla conmigo dentro —replicó Dipper, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo.

Stan miró a ambos, suspiró y tomó un sorbo de su taza.

—Escucha, chico. Esa niña Northwest es un problema, sí. Pero ayer ayudó a fregar los platos sin quejarse demasiado. Bueno, se quejó de que el jabón no era "orgánico", pero lo hizo. Si quieres salir con ella, adelante. Solo asegúrate de que te incluya en su testamento. Es lo único sensato que puedes sacar de esa familia.

—¡Que no quiero salir con ella! —exclamó Dipper, desesperado—. Solo somos... amigos. O aliados. O personas que han sobrevivido a fantasmas leñadores. ¡Es complicado!

—Es "complicado" —repitió Mabel con una voz burlona mientras bajaba las escaleras—. Esa es la palabra favorita de los protagonistas que terminan besándose bajo la lluvia en el capítulo trece. ¡Pato, vamos a la cocina! ¡Hay que planear la fase dos!

Dipper se quedó solo en el ático, suspirando con pesadez. Se sentó en su cama y miró el lugar donde Pacifica había dormido. A pesar de las burlas de Mabel y del peligro constante que representaba la familia de la chica, había algo en ella que lo intrigaba. No era solo su belleza, que Dipper admitía para sus adentros que era notable, sino la grieta que había visto en su armadura de chica rica. Pacifica era valiente, a su manera. Había desafiado a sus padres, y eso era algo que Dipper respetaba profundamente.

Su meditación fue interrumpida por el zumbido de un teléfono. Miró a su alrededor y vio que Mabel se había dejado su móvil sobre la mesita de noche. La pantalla brillaba con un mensaje nuevo. Dipper sabía que no debía mirar, que la privacidad era importante, pero el nombre del remitente lo dejó helado: "P. Northwest".

Sin pensarlo, Dipper tomó el teléfono. El mensaje decía:

"Mabel, sé que probablemente estés planeando algo ridículo con esa foto que tomaste (sí, te vi, no soy tonta). Por favor, no se la enseñes a nadie. Especialmente a él. No quiero que piense que... bueno, que soy una blanda. Y dile que gracias por dejarme quedar. Supongo que la cabaña no es tan repugnante cuando te acostumbras al olor a pies de tu tío".

Dipper sintió una extraña mezcla de alivio y una punzada de algo que no quiso identificar como afecto. Estaba a punto de dejar el teléfono cuando sus dedos, traicionados por la curiosidad, deslizaron la pantalla hacia arriba, revelando el historial de mensajes entre Mabel y Pacifica.

Lo que leyó lo dejó sin aliento.

Mabel: "¡Hola, Paz-Paz! ¿Cómo va la vida en la mansión de la tristeza? Dipper no deja de mirar hacia la ventana como un poeta melancólico".

Pacifica: "No me llames así, Mabel. Y dile a tu hermano que deje de ser tan dramático. Solo fue un abrazo en la mansión, no el fin del mundo. Aunque... sus hombros son sorprendentemente cómodos. Pero no le digas eso o te compraré y te venderé a un circo".

Mabel: "¡Lo sabía! ¡Te gusta el chico del diario! ¡Confiesa!"

Pacifica: "No confieso nada. Solo digo que es menos irritante que el resto de los chicos de mi clase. Al menos él sabe leer palabras de más de tres sílabas".

Dipper soltó el teléfono como si quemara. Su corazón latía tan fuerte que temía que Stan lo escuchara desde el piso de abajo. Así que Mabel no solo estaba shipeándolos, sino que estaba en contacto directo con ella, alimentando el fuego. Y lo peor de todo... a Pacifica no parecía molestarle tanto como fingía.

—¿Qué estás haciendo con mi teléfono, Dipper Pines? —La voz de Mabel sonó desde la puerta, cargada de una sospecha juguetona.

Dipper saltó un metro en el aire, casi tirando el teléfono al suelo.

—¡Nada! ¡Solo... sonó y pensé que era una emergencia! —mintió, aunque sabía que Mabel podía ver a través de él como si fuera un cristal.

Mabel entró en la habitación contoneándose, con una sonrisa que llegaba de oreja a oreja. Tomó su teléfono y leyó el mensaje de Pacifica.

—Vaya, vaya. Parece que nuestra princesa tiene miedo de que el caballero de la gorra de pino descubra sus sentimientos —Mabel miró a Dipper con ojos entrecerrados—. ¿Has leído más de la cuenta, verdad, pillín?

—¡Solo un par de frases! —se defendió Dipper, levantando las manos—. ¡Mabel, esto tiene que parar! Estás jugando con fuego. Pacifica es... es volátil. Y sus padres son peligrosos.

—El amor es peligroso, Dipper —dijo Mabel con tono solemne, mientras se ponía una de sus diademas más brillantes—. Pero la recompensa es un final feliz con perdices y quizás una cuenta bancaria con muchos ceros. Además, ¿viste lo que puso? "Hombros cómodos". ¡Eso es un cumplido de primer nivel!

—Mabel, por favor...

—¡Nada de "por favor"! —Mabel lo interrumpió, señalándolo con un dedo—. Esta tarde vamos a ir al pueblo. Pacifica dijo que estaría en la cafetería de Linda Susy para "escapar del aire acondicionado aristocrático". Vamos a ir, y tú vas a actuar como un ser humano normal y no como un manual de instrucciones andante.

—No voy a ir a una cafetería a acosarla —sentenció Dipper, cruzándose de brazos.

Tres horas después, Dipper estaba sentado en una de las mesas de la cafetería de Linda Susy, removiendo nerviosamente un batido de chocolate mientras Mabel vigilaba la entrada desde detrás de un menú gigante.

—¿La ves? —susurró Dipper, tratando de hundirse en su asiento.

—Todavía no. Pero mantén la posición. El objetivo es que parezca una coincidencia fortuita y mágica —respondió Mabel, que se había puesto unas gafas de sol de plástico rosa para "pasar desapercibida".

—Mabel, llevas un suéter con un gato que dispara láseres por los ojos. No vas a pasar desapercibida en ningún lugar de este planeta.

—Detalles, detalles. ¡Ahí está! —Mabel se agachó tanto que casi se cae de la silla.

Pacifica Northwest entró en la cafetería. Vestía un conjunto de color lavanda que gritaba "soy demasiado buena para este suelo de linóleo", pero su expresión era de cansancio. Miró a su alrededor con cautela hasta que sus ojos se encontraron con los de Dipper.

Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Pacifica no huyó ni puso una cara de asco. En su lugar, suspiró y caminó directamente hacia su mesa.

—Sabía que estarías aquí —dijo ella, sentándose frente a Dipper sin esperar invitación—. Mabel me envió diecisiete mensajes diciendo que el batido de chocolate de aquí tenía "propiedades curativas para el alma".

Dipper lanzó una mirada asesina a su hermana, pero Mabel ya estaba ocupada silbando y mirando hacia el techo, fingiendo que no existía.

—Siento lo de mi hermana —dijo Dipper, volviéndose hacia Pacifica—. Tiene una obsesión con... bueno, con todo.

—Lo sé —Pacifica se quitó las gafas de sol y lo miró fijamente—. Pero supongo que es mejor que la obsesión de mis padres por los cubiertos de plata y la pureza de sangre. ¿Cómo estás, Dipper?

La pregunta fue tan directa y sincera que Dipper se quedó sin palabras por un segundo.

—Estoy bien. Un poco cansado. Mabel no dejó de hablar de la foto en toda la mañana.

Pacifica se tensó un poco, pero luego se relajó.

—Esa foto... —hizo una pausa, mirando hacia la ventana—. No es que sea algo malo. Es solo que no estoy acostumbrada a que la gente me vea así. Sin el maquillaje, sin la pose de "soy mejor que tú". Es extraño.

—Te ves bien —soltó Dipper antes de que su cerebro pudiera filtrar las palabras. Al darse cuenta de lo que había dicho, se apresuró a corregirse—: Quiero decir, te ves... normal. Humana. Es un buen cambio.

Pacifica sonrió de lado, una sonrisa pequeña pero real.

—Gracias, Dipper. Tú también te ves... normal. Aunque ese pelo de recién levantado que tenías esta mañana era un crimen contra la estética.

Ambos rieron, y por un momento, la tensión desapareció. Hablaron durante casi una hora sobre cosas que no tenían nada que ver con misterios o fortunas. Pacifica le contó lo mucho que odiaba las clases de arpa y Dipper le explicó por qué creía que los gnomos del bosque estaban planeando una huelga de hambre contra las ardillas.

Mabel, desde la mesa de al lado, observaba la escena con una satisfacción casi divina. Había sacado su cuaderno de "Planes de Amor" y estaba tachando puntos con un bolígrafo de purpurina.

—Fase tres: Conversación fluida sin insultos. ¡Completada! —susurró para sí misma—. Fase cuatro: Contacto físico accidental. ¡Vamos, Dipper, tropieza con algo!

Como si el universo escuchara las plegarias de Mabel, en ese momento Linda Susy pasó junto a la mesa con una bandeja de café caliente. El suelo de la cafetería, siempre algo grasiento, hizo que la mujer resbalara ligeramente. Dipper, por instinto, se estiró para ayudarla a equilibrarse, pero en el proceso, su mano terminó sobre la de Pacifica, que estaba apoyada en la mesa.

El contacto fue eléctrico. Dipper sintió una descarga que le recorrió el brazo, y Pacifica no retiró la mano de inmediato. Sus ojos se encontraron de nuevo, y esta vez no hubo burlas ni sarcasmo. Había algo nuevo, algo que Dipper no sabía cómo categorizar en su diario, pero que se sentía más importante que cualquier criatura del bosque.

—Lo siento —susurró Dipper, pero no se movió.

—No te disculpes —respondió Pacifica en el mismo tono.

—¡FOTOGRAFÍA PARA EL RECUERDO! —El grito de Mabel rompió el momento como un mazo de demolición.

El flash de la cámara volvió a iluminar el local. Pacifica y Dipper se separaron como si hubieran sido sorprendidos cometiendo un crimen.

—¡MABEL! —gritaron ambos al unísono.

—¡Es que era demasiado perfecto! —exclamó Mabel, corriendo hacia la salida con la foto en la mano—. ¡El roce de manos! ¡La mirada de "te quiero pero me da miedo"! No os preocupéis, ¡esta va para el álbum de oro!

—¡Vuelve aquí ahora mismo! —Dipper salió disparado tras ella, dejando a Pacifica en la mesa.

Pacifica se quedó sentada, mirando su mano, que todavía conservaba el calor de la de Dipper. Se tocó la mejilla y se dio cuenta de que estaba sonriendo. No era la sonrisa forzada que usaba en las galas benéficas, sino una que nacía de algún lugar profundo que no sabía que existía.

—Vaya —murmuró para sí misma—. Realmente es un bicho raro. Pero es mi bicho raro favorito.

Fuera de la cafetería, Dipper perseguía a Mabel por la calle principal de Gravity Falls, mientras los turistas los miraban con curiosidad.

—¡Mabel, borra eso o te juro que le contaré a todo el mundo lo que pasó con el títere de calcetín y el bote de mermelada! —gritaba Dipper.

—¡Jamás! —respondía Mabel, riendo a carcajadas—. ¡El amor es libre, Dipper! ¡Y esta foto es la prueba de que el verano de 2012 será el más romántico de la historia!

Al final de la calle, Dipper se detuvo, jadeando. Vio a Mabel alejarse hacia la cabaña, saltando de alegría. Se apoyó contra una farola y miró hacia atrás, hacia la cafetería. Vio a Pacifica salir del local, caminar hacia su coche y, antes de entrar, dedicarle un pequeño saludo con la mano.

Dipper le devolvió el saludo, con el corazón todavía acelerado. Se ajustó la gorra y empezó a caminar de regreso a casa. Sabía que Mabel seguiría shipeándolos, que Pacifica seguiría siendo una Northwest con mil problemas y que él seguiría siendo un chico obsesionado con los misterios. Pero por primera vez, el misterio de lo que sentía por Pacifica no le daba miedo. Era un enigma que, quizás, no necesitaba ser resuelto de inmediato, sino simplemente vivido.

Y mientras caminaba bajo los pinos gigantes de Gravity Falls, Dipper se dio cuenta de que, a pesar de los gritos, las fotos robadas y la purpurina, Mabel tenía razón en algo: a veces, los mejores descubrimientos no están en los libros, sino en las personas que menos esperas.

—Bueno —susurró Dipper para sí mismo—, supongo que el abrazo no fue tan terrible después de todo.

A lo lejos, el grito de Mabel resonó por el bosque:

—¡LO HE OÍDO, DIPPER! ¡HE OÍDO ESO! ¡DIPCIFICA ES REAL!

Dipper sonrió y siguió caminando. El verano aún era largo, y algo le decía que aquella no sería la última foto que Mabel tomaría. Pero por una vez, no le importaba en absoluto.