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Makima's Pet Kobeni 4000 kg [SSBBW/WG]

La sinfonía del exceso y el silencio

El tiempo en aquella habitación blanca no se medía en horas, sino en la pesadez de los párpados de Kobeni y en el roce constante de su propia carne contra las paredes. Lo que antes era un espacio amplio se había convertido en un molde ajustado para su cuerpo. Ya no había distinción entre el suelo y sus muslos, ni entre las esquinas del cuarto y la curva de su espalda. Kobeni era, en esencia, la habitación.

—Por favor... —susurró, y su voz sonó amortiguada por la grasa de sus propias mejillas—. Ya no... cabe nada más. Siento que voy a estallar.

Makima, que estaba sentada con elegancia sobre lo que solía ser el hombro de Kobeni, ni siquiera levantó la vista del pequeño libro que estaba leyendo. Con una mano sostenía las páginas y con la otra, de forma casi mecánica, pinchaba un trozo de tarta de queso bañada en sirope de fresa.

—El cuerpo humano es sorprendentemente elástico, Kobeni —respondió Makima sin mirarla—. Y el cuerpo de alguien que ha hecho un contrato con un demonio lo es aún más. No vas a estallar. Solo te estás expandiendo para contener todo el arrepentimiento que deberías sentir.

—¡Siento arrepentimiento! ¡Mucho! —chilló Kobeni, aunque el sonido fue más un gemido agudo. Sus ojos, hundidos en pliegues de piel, buscaban desesperadamente la figura de su jefa—. ¡Lo juro! ¡Haré cualquier cosa! ¡Limpiaré las oficinas con la lengua! ¡Irre de misión con el Demonio del Futuro sin quejarme!

Makima cerró el libro con un golpe seco. Se deslizó por la pendiente de carne que era el brazo de Kobeni hasta quedar frente a su rostro. La diferencia de escala era grotesca: la cabeza de Kobeni era ahora varias veces más grande que el torso de Makima, rodeada por un doble mentón que se fundía directamente con un pecho que parecía una cordillera de manteca.

—¿Limpiar las oficinas? —Makima acarició la mejilla de Kobeni con una ternura que resultaba más cruel que un bofetón—. Eso es trabajo para alguien con movilidad. Tú, en cambio, has encontrado una utilidad mucho más... estática. Eres mi recordatorio de lo que sucede cuando se pierde un activo valioso por pura cobardía.

—No fue cobardía... fue... fue prudencia —intentó defenderse, pero un nuevo trozo de tarta presionó sus labios.

—Mastica —ordenó Makima.

Los mecanismos de control de Makima se activaron de nuevo. Kobeni sintió cómo sus mandíbulas se movían contra su voluntad, triturando la masa dulce y cremosa. Cada vez que tragaba, sentía una presión insoportable en su abdomen, que ya estaba comprimido contra la pared opuesta. La sensación de plenitud era tal que le costaba incluso tomar aire, obligándola a dar bocanadas cortas y ruidosas.

—¿Sabes qué es lo más interesante de este proceso? —preguntó Makima mientras preparaba una fuente de pasta carbonara, cuyo aroma a tocino y crema llenó el poco aire que quedaba en el cuarto—. No es solo el cambio físico. Es cómo tu mente se rinde. Al principio luchabas, intentabas correr. Ahora, incluso si abriera una puerta, no podrías salir. Estás anclada aquí por tu propia incompetencia convertida en lípidos.

—Es... es una pesadilla —sollozó Kobeni, las lágrimas perdiéndose en los surcos de su cara—. ¿Por qué no me mata y ya está? Sería más humano.

Makima dejó escapar una risa suave, casi un gorjeo.

—La muerte es un desperdicio. Seguridad Pública gasta mucho dinero en entrenar a sus agentes. Si no puedes servir como cazadora, servirás como mi alivio de tensión. Ver cómo te conviertes en esto... me ayuda a olvidar el desastre que provocaste. Es catártico.

Makima se acercó más, hundiendo sus manos en la suavidad del cuello de Kobeni. La piel estaba caliente, sudorosa y tensa. Empezó a masajear la carne, hundiendo los dedos hasta los nudillos en la profundidad de la grasa. Kobeni soltó un jadeo; no era doloroso, pero la sensación de ser manipulada como si fuera masa de pan la hacía sentir menos que humana.

—Eres tan blanda ahora —murmuró Makima al oído de su mascota—. Tan maleable. ¿Recuerdas cuando tenías miedo de que te cortaran la cabeza? Ahora tu mayor miedo es que deje de alimentarte y sientas el vacío de tu propio estómago.

—¡No! ¡Eso no es cierto! —protestó Kobeni, aunque una parte traicionera de su cerebro, nublada por los niveles de azúcar y el control de Makima, empezó a salivar ante la visión de la pasta—. ¡Quiero volver a ser normal! ¡Quiero ir a una hamburguesería y comer solo porque quiero, no porque me obliguen!

—Oh, Kobeni. Siempre pensando en comida, incluso cuando te quejas de ella. —Makima tomó un tenedor cargado de pasta y lo sostuvo frente a los ojos de la chica—. Di "ah".

—No... por favor...

—Di "ah", Kobeni. No me hagas repetirlo. El Demonio del Control no tiene paciencia para los cerditos desobedientes.

La boca de Kobeni se abrió de par en par, impulsada por una fuerza invisible. La pasta entró, caliente y pesada. Kobeni masticó, las lágrimas fluyendo sin control. Cada bocado era una derrota. Cada gramo que ganaba era un clavo más en su ataúd de carne.

Pasaron lo que parecieron horas de alimentación ininterrumpida. Makima no se cansaba; parecía tener un suministro infinito de comida, traída de quién sabe dónde a través de sus habilidades. Pollo frito, costillas barbacoa, donuts glaseados, cuencos de arroz con cerdo. Kobeni tragaba y tragaba, sintiendo cómo su piel se estiraba hasta el límite absoluto. El sonido de su uniforme desgarrándose por completo fue un eco lejano hace mucho tiempo; ahora solo era una masa de piel pálida que ocupaba el noventa por ciento del volumen de la habitación.

—Creo que estamos llegando al punto crítico —comentó Makima, poniéndose de pie y caminando sobre el vientre de Kobeni como si fuera una colina—. Las paredes están empezando a ceder. ¿Puedes sentirlo? La presión de tu propio cuerpo contra el hormigón.

Kobeni no podía responder. Su cuello era tan grueso que apenas podía mover la cabeza un par de milímetros. Solo podía emitir ruidos guturales, pequeños quejidos de agonía y saciedad extrema.

—Me pregunto cuánto más podrás crecer antes de que este espacio sea insuficiente —continuó Makima, sentándose ahora sobre el pecho de la chica, sintiendo el latido errático y pesado del corazón de Kobeni bajo capas de grasa—. Sería una vista impresionante. Una habitación llena de nada más que Kobeni. Sin aire, sin paredes visibles. Solo tú.

—M-ma... kima... —logró articular entre jadeos.

—Shhh. No gastes energía hablando. Tienes mucho que procesar. —Makima se inclinó y le dio un beso casto en la frente, un gesto que contrastaba violentamente con la tortura a la que la sometía—. He decidido que no volverás a la División 4. Nunca. Eres demasiado valiosa aquí. He pedido que te den por "muerta en combate". Tu familia recibirá una compensación decente. ¿No es eso lo que querías? ¿Ayudar a tu familia?

El mundo de Kobeni se derrumbó. La última conexión que tenía con la realidad, con su identidad, acababa de ser cortada por las palabras de Makima. Ya no era Kobeni Higashiyama, la agente nerviosa con mala suerte. Ahora era solo esto. Un objeto. Una montaña de carne en un sótano olvidado.

—Ahora eres libre de todas tus responsabilidades —dijo Makima con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. No tienes que preocuparte por los demonios, ni por el dinero, ni por tus hermanos. Tu único deber es existir, comer y ser mi juguete favorito. ¿No es maravilloso?

Makima tomó un batido de chocolate espeso, coronado con nata y sirope, y colocó la pajita entre los labios de Kobeni.

—Bebe. Necesitas estar bien hidratada para la próxima fase.

Kobeni cerró los ojos, dejando que el líquido dulce fluyera por su garganta. Ya no luchaba. No tenía sentido. La habitación estaba oscura, el aire era escaso y su cuerpo era una prisión infranqueable. Mientras el azúcar inundaba su sistema, una extraña y aterradora calma empezó a apoderarse de ella. Quizás Makima tenía razón. Quizás esto era lo que siempre debió ser.

—Buena chica —susurró Makima, acariciando el cabello sudoroso de la chica—. Sabía que acabarías entendiendo tu lugar.

En el silencio de la habitación, solo se escuchaba el sonido de la succión de la pajita y el latido pesado, rítmico y sofocado de un corazón que ya no pertenecía a un ser humano, sino a una posesión de la mujer más peligrosa del mundo. Kobeni, la chica que quería una vida normal, se hundió en la inconsciencia del exceso, aceptando finalmente que su castigo no tenía fin, porque su utilidad para Makima apenas acababa de comenzar.