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Maldito Gojo!

Las tres caras de un mismo nombre

La vida de Utahime Iori podría dividirse en dos eras: antes de aceptar a Satoru Gojo y después de que ese huracán de cabellos blancos decidiera que ella era la única persona en el mundo capaz de soportar su infinito. Ser la pareja del chamán más fuerte de la era moderna no era un título que viniera con un manual de instrucciones, y si lo hubiera, probablemente Satoru lo habría quemado para sustituirlo por una caja de dulces caros.

Para Utahime, la relación se resumía en una sola frase, una que pronunciaba con distintas entonaciones según el nivel de caos que Gojo hubiera decidido desatar ese día.

El primer tipo de "Maldito Gojo" era el más frecuente: el de la furia pura, el que nacía desde el diafragma y subía por su garganta como un grito de guerra.

Sucedió un martes por la tarde en la Academia de Kioto. Utahime estaba sentada en su escritorio, concentrada en corregir los exámenes de teoría de sus alumnos. El silencio era su mejor aliado, o al menos lo era hasta que una explosión ensordecedora hizo que su tintero saltara, manchando de negro el examen perfecto de Noritoshi Kamo.

Utahime se puso de pie de un salto, con las venas de la sien palpitando al ritmo de los escombros que caían. Corrió hacia el patio principal y lo que vio la dejó sin palabras por unos segundos. Una parte del muro histórico estaba reducida a polvo, y en el centro del cráter, Aoi Todo y Mechamaru miraban con ojos desorbitados a un Satoru Gojo que flotaba a unos centímetros del suelo, luciendo una sonrisa radiante.

—¡Ven! ¡Esa es la forma más eficiente de exorcizar una maldición de grado especial! —exclamaba Satoru, ignorando por completo el desastre—. Si el espacio se interpone, simplemente... ¡Pum! Borras el espacio. ¿Fácil, verdad?

—¡Gojo! —el grito de Utahime desgarró el aire.

Satoru se giró, bajándose las gafas oscuras con un gesto juguetón.

—¡Oh, Utahime-chan! ¿Viste eso? Estaba dándoles una clase magistral gratuita a tus alumnos. Deberías agradecerme, normalmente cobro mucho por esto.

—¡Has destruido el patio! ¡Y casi matas a los estudiantes con la onda expansiva! —ella se acercó a él, señalando con un dedo acusador el desastre—. ¡Maldito Gojo! ¡Arréglalo ahora mismo o te juro que...!

—¡Qué miedo! —se burló él, aterrizando suavemente y rodeándola con un brazo, ignorando sus intentos de zafarse—. Estás tan linda cuando te enojas. Vamos, no seas tan estricta, el director Gakuganji necesitaba una excusa para remodelar esta zona tan anticuada.

Ese era Satoru: un niño con el poder de un dios que no conocía el concepto de "propiedad ajena" o "consecuencias".

Más tarde ese mismo día, cuando Utahime intentaba desesperadamente reorganizar el horario de clases que se había visto alterado por el incidente del patio, Gojo decidió que ella ya había trabajado suficiente. Utahime estaba sentada, estirando los brazos sobre su cabeza para liberar la tensión de su espalda, cuando sintió unas manos grandes y expertas colarse por debajo de sus brazos.

—¡Gojo, no! —chilló ella, pero ya era tarde.

Satoru comenzó a hacerle cosquillas en las axilas con una precisión diabólica. Utahime, que era extremadamente sensible, estalló en una carcajada involuntaria que intentaba reprimir sin éxito.

—¡Para... detente! —suplicaba ella entre risas, retorciéndose mientras intentaba apartar las manos de él.

—No hasta que admitas que necesitas un descanso —dijo Satoru, moviendo sus dedos ahora hacia sus costados, provocando que Utahime se doblara por la mitad.

En el forcejeo, los papeles que ella estaba organizando salieron volando por toda la habitación, revoloteando como mariposas blancas. Utahime terminó en el suelo, sin aliento y con el cabello desordenado, mirando el desorden de documentos que tendría que volver a ordenar.

—¡Maldito Gojo! —gritó de nuevo, aunque esta vez la furia estaba mezclada con el cansancio de alguien que sabe que no puede ganar contra un hombre que puede teletransportarse.

Pero entonces, el tono cambiaba. Porque Satoru Gojo no era solo un agente del caos; era también un hombre que, a su manera retorcida y extravagante, sabía exactamente cuándo su mujer estaba a punto de romperse por la presión.

Esa misma noche, después de que ella pasara horas lidiando con las quejas de los altos mandos por el patio destruido, Utahime se sentía agotada. Solo quería dormir. Pero Satoru tenía otros planes. Sin pedir permiso, la envolvió en su técnica de infinito y, en un parpadeo, ya no estaban en la ruidosa Kioto.

Estaban en una terraza privada en las montañas de Nagano, un lugar donde el aire era frío y puro, y el cielo se abría como un manto de diamantes negros.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó ella, todavía con el uniforme de miko puesto.

—Shhh —Satoru le puso un dedo sobre los labios—. Menos quejas, más vino.

Había una mesa pequeña con una botella de un tinto caro y dos copas. Satoru la guio hacia una silla cómoda y le sirvió el vino con una caballerosidad que rara vez mostraba en público. Se sentaron en silencio, mirando las estrellas. No hubo bromas pesadas, no hubo burlas sobre su debilidad. Solo el sonido del viento y la presencia reconfortante de él a su lado.

Utahime tomó un sorbo de vino y sintió cómo el nudo en su pecho se deshacía. Miró a Satoru de reojo; él no llevaba su venda, y sus ojos azules reflejaban la luz de las estrellas con una intensidad que la dejó sin aliento.

—Gracias, Satoru —susurró ella.

—Maldito Gojo... —corrigió él con una sonrisa tierna, imitando su voz.

—Sí... Maldito Gojo —repitió ella, pero esta vez fue el segundo tipo. Un susurro dulce, cargado de una felicidad que le daba miedo admitir. El insulto que era, en realidad, un "te amo" camuflado.

Esa faceta de Satoru, la que se preocupaba por su bienestar de forma casi obsesiva, volvió a aparecer unos días después. Gojo decidió que Utahime vestía demasiado "monótona" con su hakama tradicional.

—Utahime, eres una mujer hermosa, no puedes ir siempre vestida como si estuvieras lista para un funeral o un ritual de purificación —le dijo un día mientras entraba en su habitación con una docena de bolsas de marcas internacionales.

—Es mi uniforme, Gojo. Es tradición —respondió ella, cruzándose de brazos.

—La tradición es aburrida. Pruébate estos.

No fueron uno ni dos. Fueron veinte atuendos completos. Vestidos de seda, conjuntos modernos, botas de diseñador que costaban más que el presupuesto anual de la escuela de Kioto. Utahime intentó protestar, pero Satoru la obligó a modelar cada uno de ellos, aplaudiendo como un niño cada vez que ella salía con un nuevo look que resaltaba su figura.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella, mirándose al espejo con un vestido azul marino que combinaba perfectamente con los ojos de él.

—Porque quiero que te veas a ti misma como yo te veo —respondió él, apareciendo detrás de ella y rodeando su cintura con sus manos—. No solo como la profesora Iori, sino como Utahime. Mi Utahime.

Ella bajó la mirada, sintiendo el calor en sus mejillas.

—Maldito Gojo... —murmuró, sonriendo al espejo. El segundo tipo de nuevo. El que reconocía que él era capaz de ser el hombre más extraordinario del mundo cuando se lo proponía.

Sin embargo, existía un tercer tipo de "Maldito Gojo". Uno que no tenía nada que ver con la furia por el trabajo o la gratitud por los regalos. Era un insulto que nacía en la oscuridad de la alcoba, entre sábanas revueltas y una intensidad que rozaba lo insoportable.

En la intimidad, Satoru Gojo no era el "más fuerte" para el mundo; era el más fuerte para ella. Su energía maldita parecía filtrarse en cada caricia, y su resistencia era, a ojos de Utahime, una bendición y una maldición al mismo tiempo.

—¡Maldito... Gojo! —había exclamado ella esa noche, con la voz quebrada por el placer, mientras él la sujetaba contra el colchón con una fuerza que la hacía sentir pequeña pero completamente adorada.

En esos momentos, el nombre de él se volvía una oración, un grito de rendición. Satoru no conocía la moderación, y en la cama, esa falta de límites se traducía en una entrega absoluta que dejaba a Utahime sin defensas. Cada gemido de ella parecía alimentar el fuego de él, y cada vez que ella pensaba que no podía más, Satoru encontraba una nueva forma de llevarla al límite.

La vulnerabilidad de verlo así, sin defensas, sin su infinito interpuesto entre ellos, hacía que Utahime soltara palabras que nunca diría a la luz del día.

—Dilo otra vez —le pidió él al oído, con la voz ronca por el deseo.

—Maldito... Satoru... —jadeó ella, clavando sus uñas en su espalda.

El resultado de esa intensidad siempre era el mismo. Al día siguiente, el mundo volvía a girar, pero Utahime se encontraba atrapada en un cuerpo que se negaba a obedecerla.

—¿De verdad tienes que irte? —preguntó Satoru a la mañana siguiente, viéndola intentar ponerse de pie con la gracia de un bambi recién nacido.

Utahime sintió un calambre en los muslos y volvió a caer sobre la cama con un quejido.

—Tengo... que... dar clase —logró decir, aunque su voz sonaba como si hubiera estado gritando durante horas, lo cual, técnicamente, era cierto.

Satoru se echó a reír, una risa limpia y llena de orgullo masculino. Se acercó a ella y comenzó a masajear sus piernas con una suavidad que contrastaba con la tormenta de la noche anterior.

—Te lo dije, Utahime-chan. No vas a poder caminar en tres días. Soy el más fuerte, ¿recuerdas? En todos los aspectos.

Utahime lo miró, viendo la chispa de travesura en sus ojos y la satisfacción en su sonrisa. Sabía que él disfrutaba verla así, no por maldad, sino porque era la prueba física del vínculo que compartían, de que ella era la única que podía soportar su intensidad sin romperse.

Intentó alcanzar una almohada para golpearlo, pero sus brazos también se sentían como gelatina.

—Tres días... —susurró ella, cerrando los ojos y dejándose caer de nuevo en las almohadas—. Tres días sin poder subir las escaleras del templo. ¡Maldito Gojo!

Este era el tercer tipo. El de la derrota física total. El que decía que, aunque él fuera un dolor de cabeza constante y un arrogante insufrible, no había otro lugar en el mundo donde ella prefiriera estar que en esa cama, recuperándose de la intensidad de amarlo.

—¿Quieres que te traiga el desayuno a la cama, mi reina? —preguntó Satoru, dándole un beso juguetón en la punta de la nariz.

—Quiero que te calles y me dejes dormir un siglo —gruñó ella, aunque no pudo evitar entrelazar sus dedos con los de él.

—Concedido. Pero solo si admites que soy el mejor en todo lo que hago.

Utahime suspiró, sintiendo el calor de su cuerpo junto al suyo. Sabía que esa era una batalla perdida.

—Eres el mejor... maldito Gojo.

Él sonrió, satisfecho, y se acomodó a su lado, envolviéndola en un abrazo que prometía protección contra todo el mundo exterior. Utahime se quedó dormida pensando que, efectivamente, odiaba amarlo tanto, pero que ese odio era la forma más pura de amor que jamás conocería. Al menos, hasta que tuviera que intentar caminar de nuevo.