MANCHESTER 2023

ESCRIBEME UN FANFIC DE EL SIGUENTE EJEMPLO QUE TE VOY A DAR DE ESTOS DOS PERSONAJES ALEJNADRO GARNACHO Y LISANDRO MARINEZ INSPIRATE EN EL EJEMPLO QUE TE VOY A DAR EN LOS APODOS MODISMOS Y TODO ENTOCES VA A HACER UNA HISTORIA DE SOLO UN CAPITULO PERO DE 1500 PALABRAS BASADA EN 2023 CUANDO LOS DOS JUGABAN EN MANCHESTER UNITED LA HISTORIA SE VA A TRATAR DOMESTICA DE ELLOS DOS CUIDANDO A SU HIJO ENZO BEBE 1 AÑO Y COMO EN EL EJEMPLO BASAATE EN ESAS PERSONALIDADES, EN REALIDAD EL HIJO ES DE ALEJANDRO CON SU PAREJA ANTERIOR PERO AHORA ESTA EN UNA RELACION CON LICHA Y EL LO AYUDA UN POCO Y ASI TE DARE EL EJEMPLO —Sabes, me preocupa la cantidad de veces que este tal Chano dice que escucha voces en sus canciones. Lisandro levantó la vista de su crucigrama. —¿Qué? Alejandro asintió con las cejas alzadas y señaló su celular, como si eso fuera la prueba viviente de lo que estaba diciendo. —Es que sí. ¿Tiene esquizofrenia o algo? El argentino soltó una risa. —Es un artista, que es diferente —dijo, y se sacó los lentes de lectura para dejarlos sobre la mesa —. ¿Andás haciendo la tarea? —¿Qué? Se rió de nuevo ante la nariz arrugada de Alejandro. Para dos chicos que se entendieron desde el primer momento la comunicación se les hacía un poco difícil a veces. —Que si investigaste. ¿Qué te parece Chano? Alejandro pareció pensarlo mientras se bajaba del desayunador y caminaba hacia él. —Que sacando lo de las voces, me agrada —respondió. Se inclinó sobre la mesa ratona del departamento de Lisandro y resopló —. ¿Qué haces? ¿Crucigramas? ¿Cuántos años de aportes tienes? —Ah, ¿te comiste un payaso? —Lisandro amagó a pegarle pero Alejandro ya había aprendido: se hizo hacia atrás al instante y sacó la lengua —Prefiero hacer crucigramas a estar todo el día tiki tiki con el celular como vos y los pendejos de ahora. —¡Hostia, pero si eres mi abuelo! ¿Cómo estás, yayo? Te he echado de menos. Lisandro se levantó y empezó a correrlo por toda la sala como si fuera una cacería. Lanzaba manotazos al aire al canto de "Vení para acá, pendejo de mierda" completamente en vano; después de todo, podía ser viejo de alma, pero seguía teniendo las patas cortas. Se cansó y se tiró boca arriba en el sillón. Poco tiempo después, Alejandro escaló hasta estar acostado encima de él. Su relación era complicada. Estaba en una etapa en donde dormían juntos cada vez que Alejandro estaba triste, como en la goleada del otro día, pero les avergonzaba chocar rodillas bajo la mesa. La línea se desdibujaba rápido. Cuando querían darse cuenta, habían pasado otro fin de semana pegados a la cadera, y lo que los hacía preocupar —o no preocupar como tal, sino simplemente observar, cuidar a futuro— era el hecho de no querían hacer nada al respecto. Como ahora. Lisandro llevó una mano a la espalda descubierta del gallego y le acomodó la remera que se le había subido en el trajín. —¿Hablaste con Erik ya? Lentamente, temeroso del reto, Alejandro negó con la cabeza. Lo sintió suspirar. —Ale... mirá que falta poco, ¿eh? —Ya lo sé —Alejandro hizo un mohín y se pasó las manos por la cara —. Pero es que tengo miedo de que me diga que no. Y aparte no sé cómo hablarle. —Pero Ale —Lisandro se incorporó y puso su cuerpo a un lado. A Alejandro le hubiese gustado sentir su pecho un rato más —. A ver, dijiste que querés jugar para Argentina. Eso lo tenés en claro, ¿no? Alejandro lo había estado pensando demasiado estos días. Asintió efervescentemente. —Y bueno. Seguro te va a dejar. Es un Mundial, no es poca cosa —continuó pero Alejandro no parecía querer dejar atrás ese puchero que lo debilitaba, así que tenía la obligación de borrarlo si no quería que su mente se torciera para otro lado. Le acarició con vehemencia la pierna, cerca del tobillo. Él se quejó —. ¿Te duele? Alejandro frunció las cejas. —Un poco. Pero el doctor ha dicho que ya puedo correr. Lisandro puso los ojos en blanco y miró el desorden que habían dejado en la sala: la alfombra desparramada y un par de imanes en el piso. —Sí, me di cuenta, gordo. Alejandro se preparó mentalmente tras la puerta. Lisandro de verdad había querido acompañarlo pero le tocaba hacer fisio, así que como recordatorio, leyó una y otra vez su mensaje de aliento hasta que escuchó un "Come in" del otro lado, y se forzó a entrar a la oficina. Ten Hag estaba de espaldas mirando un pizarrón. Por más que Alejandro quisiera husmear le iba a ser imposible, ya que estaba todo escrito en neerlandés. Se dio vuelta y cuando lo reconoció sonrió abiertamente. —Hey. —Hi —respondió, tímido. Tenía las manos atrás de la espalda para que no se notara que se estaba clavando las uñas en la palma —. Um, are you free? —Yes, what's wrong? —Erik dejó el marcador sobre su escritorio y se cruzó de brazos. —Nothing. It's just that I... the mini World Cup —Alejandro no sabía cómo decir sub 20; de todas formas, el hombre pareció entenderlo —, I'm in, right? Erik parpadeó. —But you're injured. Bajó la mirada a su tobillo, donde ya no tenía una bota pero estaba vendado, y Alejandro sintió la necesidad de moverlo para demostrarle que ya no le dolía. —Ah, yes, but the World Cup is the next month. I was wondering- —No. Alejandro paró su verborragia. —What? —You're not going. Once you're all recovered, you'll start training again in here —dijo, y Alejandro no podía sentir más como si el mundo se hubiera caído. —But I... I want to... —I said no. Entonces Ten Hag regresó su atención a la pizarra y continuó escribiendo cosas. Alejandro tenía las lágrimas en el borde de la garganta. Agachó la cabeza. —Sir, please, let me go. Ten Hag le dirigió la mirada sobre su hombro. —I'm sorry, what? —Let me go. I wanna go —repitió —. Please. Cómo lo miraba Erik le hizo acordar a la cagada a pedo que se llevó después del partido con el Barcelona. Alejandro realmente no era un chico problemático. El único tema era su edad. Y si fuera a Argentina y se codeara con gente que sabía tratarlo quizá regresaría a Mánchester con la cabeza fría, con otra madurez. Pero no podía dejarlo ir. No tenía la obligación, y el club aún tenía un par de asuntos que cerrar hacia el fin de temporada. —I can't do that. Argentina will manage without you. In the meanwhile, I need you here —le dijo, y Alejandro, muy a pesar, asintió. Salió de allí y regresó con el resto de sus compañeros arrastrando los pies. El primero en atajarlo fue Facundo, que tenía un hablar muy parecido al de Lisandro pero todavía no sabía decir en qué era distinto, y decirle que no se preocupara. Que ya iba a tener otra oportunidad. Sin embargo, el consuelo que añoraba no llegó hasta más tarde, cuando entró a su departamento y no se sorprendió de verlo a Lisandro esperando por él en el desayunador. (Esa era otra de las cosas de las que eran muy conscientes pero ninguno mencionaba; el hecho de que Lisandro tenía una copia de la llave y aparecía en su sala cuando tenía ganas.) —Ey —le dijo, pero su saludo sonaba como un "ya me enteré" mientras iba a abrazarlo. Alejandro dejó caer los brazos a un costado e inhaló su esencia. Olía a un viejo perfume que sintió mucho también la vez que fue a Argentina. —Odio a los pelados. Era un comentario que pretendía pasar como un chiste, pero Lisandro simplemente asintió. Entonces le preguntó si quería hablar de eso y Alejandro dijo que no. El problema vino cuando entró a la cancha la conciencia y salió la formalidad; lo que se suponía que iban a hablar. Quedaba lo que inevitablemente tenían que hablar. Y Alejandro no sabía cuál de las dos lo asustaba más. —Nacho —dijo Lisandro. Sabía que lo había escuchado pero que se hacía el tonto. Esperó y trató de separarlo para mirarlo pero Alejandro sólo se aferró más a su espalda —. Nacho... —No digas nada, por favor —le suplicó el rubio. Lisandro estuvo a punto de desobedecerlo. No lo hizo. En cambio dejó pasar los segundos y exclamó: —¿Querés que te haga algo para comer? Garnacho dijo: —¿Paella? —¿Cómo pa' ella? Pa' vos, bobo —bromeó y Alejandro le pegó en el pecho —. Dale. Hacemos una paella. Exactamente una hora después, Alejandro estaba sentado en la mesada mientras Lisandro puteaba con la receta de su abuela. Había música sonando desde la televisión y la voz de Alejandro llenaba cálidamente la cocina. Lo que el argentino llamaba música de los pendejos de ahora. Le encantaba hacer énfasis en la diferencia de edad como si tuviera treinta y tantos cuando hacía no demasiado se sacaba fotos... cuestionables. Al menos Alejandro se había salteado esa etapa de los filtros excesivos y los buzos con capucha. —¿Sabés qué sonaba cuando salía yo? La Champions Liga —contó Lisandro, salteando el arroz y haciendo una mueca ante el marisco al mismo tiempo —. Esa que dice "Amor, te he visto vagando con tristeza en tu rostro, un corazón destrozado..." Alejandro soltó una risita y Lisandro lo miró. Levantó una ceja. Y ese sólo gesto lo hizo atragantar, teniendo que ser socorrido con leves golpecitos en la espalda. La repentina cercanía lo ponía nervioso. Consciente. —Pues ¿sabes qué suena cuando salgo yo? —dijo, su lengua viajando mucho más rápido que su mente —Tokischa. "Quiero meterte en mi habitación, quítate los Jordan, quítate el pantalón..." A Lisandro le costó muchísimo asimilar que sólo era una canción y que definitivamente Alejandro no estaba insinuando nada. —Ah, poesía. Alejandro se rió y siguió cantando. —Ven, que te espero sin panty, encima del gabetero te tengo tu condón. Las manos de Lisandro ahora estaban a ambos lados de él en la mesada, casi acorralándolo, y su corazón saltaba con ímpetu dentro de su pecho. Su pulso hacía piruetas. Y no sabía por qué, pero el sentimiento era adictivo y retrotraído así como la colonia de Lisandro y su propia voz. Pasó una mano por detrás de su espalda, desatándole juguetonamente el delantal y dejándolo caer al piso. Al mismo tiempo Lisandro lo agarró del pelo y tiró suavemente hacia atrás. Se miraron por un buen, buen rato en el que sobraban las palabras. Por primera vez no había nada que hablar; ya estaba todo dicho. Entonces Alejandro se lanzó al mar, que poco menos salado que los labios secos de Lisandro era, y sintió el famoso clic del que hablaban las películas de amor y que, lo más curioso de todo, pensaba que ya lo había sentido la primera vez que se vieron en las instalaciones del club. Pero resultaba que eso sólo había sido la calma antes de la tormenta; un chispazo antes del apagón de luz que agarró entre sus dedos y lo guardó hasta hoy. Su boca era una represa abierta. Se animó a poner una mano en su cuello y Lisandro se animó a tomarlo de la cintura, atrayéndolo más a su cuerpo. ¿Te molesta que esté tan cerca? las palabras de Lisandro resonaron en su mente. No. Alejandro no sentía ni un poco de incomodidad por ello. Fue cuando soltó un ruidito en su boca que Lisandro se echó atrás y lo miró. Su pelo rubio ya gastado, casi blanco, los dos cortes en sus cejas que le daban la impresión de siempre estar frunciéndolas y sus largas pestañas. Delineó su nariz y pera y, cuando llegó a los labios, Alejandro los separó lentamente, arrancándole una sonrisa. —Bonito —le dijo. Acto seguido, volvió a juntar sus bocas de manera frenética. Le manoseó toda la parte trasera de los muslos y Alejandro rodeó su cadera con sus piernas, acercándolo aún más si era posible. Alejandro abrió los ojos cuando sintió la entrepierna de Lisandro rozando contra su estómago. En un intento de acomodarse sobre la mesada, su propia erección entró en contacto a través de la ropa con la suya y ambos gimieron. Alejandro clavó sus querer las uñas en su cuello, haciéndolo sisear. —Uy, perdón. —No pasa nada —lo tranquilizó Lisandro, que parecía agitado. Y fue el turno de Alejandro de mirarlo esta vez y tener ese vuelco en la panza de cuando subía a un avión, o cuando soñaba que se caía. El que le hacía adormecer todas las extremidades y sentir olor a quemado. No. Sentir olor a quemado no era parte del efecto. —Hostia, la paella —exclamó y corrió a bajarse de la mesada para apagar la cocina y correr la sartén de la hornalla. Chistó cuando vio el arroz negro y el marisco crocante. Lisandro a sus espaldas rió. —No iba a tener mucho gusto igual. —Callate, que la voy a comer igual —Alejandro agarró un tenedor y lo hundió en la paella. Sin embargo, antes de llevárselo a la boca, se arrepintió y soltó un suspiro. Lisandro le sacudió el cabello. —Dejá, gordo. Pedimos unas pizzas. Una nueva semana empezó y ya era de público conocimiento que no iba a estar en el Mundial Sub 20. Era entrar a redes y ver a todos dispuestos a iniciar una cacería de pelados, pero también mirar al costado en la cama a Lisandro resoplando inquieto con la atención puesta en el teléfono. Entonces Alejandro tenía que sacárselo de las manos y darle un par de besos para que se olvidara de lo que sea que había leído. No sabía que todo este tema también lo iba a afectar, en cierta forma, a él. —Es que me da bronca —argumentaba —. Vos posta querías ir y yo quería que vayas. ¿Sabés lo lindo que es jugar un mundial y encima en Argentina? ¿Que los argentinos griten tu nombre? O sea, es lindo que los ingleses griten tu nombre, o que los españoles griten tu nombre, pero no se compara con los argentinos. Te prometo que una vez que lo conozcás no vas a querer volver. Alejandro le corrió un mechón rebelde de la frente y habló con apaciguamiento. —Tú no tienes que prometerme nada. Yo ya elegí Argentina —dijo —, y te he elegido a ti. Lisandro tragó saliva. —Ale, me gustás. Decir que estaba acostumbrado a su espontaneidad era mentir pero por lo menos sabía, entendía por qué era así. Lisandro era por sobre todas las cosas un chico tímido y romántico. No sensible, no lloraba porque perdían 7-0 o porque no lo dejaban jugar un Mundial, pero abrazaba como un oso y cocinaba con un delantal. Por supuesto que su confesión iba a ser así, el sol recién saliendo, su cuerpo cálido en el edredón. —Tú también me gustas. Lisandro juntó sus frentes. —Menos mal. ¿Qué íbamos a hacer con los besos sino? —No, los besos me los guardo. Aunque no me gustes —respondió Alejandro, acurrucándose más contra él. —¿Sí? Alejandro asintió. —Siempre se guardan. Son importantes. A Lisandro le gustaba su lógica. Sonrió levemente. —A ver, ¿quién fue tu primer beso? —Eva, a los trece —contó —. ¿Y el tuyo? —Muriel —Lisandro hizo una pausa —. Era mi mejor amiga. Va, nunca dejó de serlo. Pero confundimos las cosas. —¿Te arrepientes de haberla besado? Para alguien que no se esperaba del todo esa pregunta, su contestación fue más bien tajante. —Capaz. Alejandro miró el techo de la habitación y luego la mesita de luz, tratando de hallarle forma a sus palabras. Jugó con los pelitos en la nuca de Lisandro. —¿Sabes... cuando la gente no quiere tatuarse porque tiene miedo de arrepentirse después? —Lisandro asintió —Pues yo pienso que aunque no me gusten mis tatuajes en un futuro, sí servirá para recordarme que me gustaron en algún momento. Como una cicatriz, de las buenas. Es algo parecido. Lisandro acarició su pecho tatuado y Alejandro hizo lo mismo con el brazo contrario. —Me hacés sentir un quinceañero de nuevo. Alejandro rió y lo besó. Se besaron toda la mañana. La única ventaja de los días de reposo era esta; sus cuerpos ardían de ganas de volver a jugar. Pero debían ser pacientes. Lisandro tenía para rato, dudaban de que llegara a jugar la final de la FA Cup, mientras que Alejandro había vuelto a hacer ejercicios de baja intensidad. Habló mucho con Nico del Real Madrid y con Facundo del Brighton. A ellos tampoco los habían cedido. Alejandro por lo menos aprendió a no tomárselo personal, después de días y días de ignorar la palabra directa de Ten Hag. Pero por sobre todo, aprendió que iba a tener revancha, porque si el fútbol daba algo era eso. Faltaban un par de meses para la gira de la mayor por Asia y a eso apuntaba. El apodo el bichito generaba tanto en él como lo hacían el gordo o Nacho de Lisandro. Y quizá —y estaba seguro— de que Lisandro tenía razón: que los argentinos griten tu nombre no debía ser comparado con ninguna otra cosa en el mundo. Sólo le faltaba comprobarlo. HAZLO BIEN

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LISANDRO MARTINEZALEJANDRO GARNACHOENZO GARNACHO