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Marune

Sombras en la estación de Shinjuku

El aire de la noche era gélido y cortaba la piel de Megumi como pequeñas cuchillas invisibles. Al bajar por la escalera de incendios, sus manos temblaban tanto que casi pierde el equilibrio en el último tramo. Cuando sus pies tocaron el asfalto pegajoso del callejón, no se detuvo a mirar atrás. Sabía que si giraba la cabeza y veía la ventana iluminada de aquel departamento asfixiante, el terror lo paralizaría.

Corrió. Corrió hasta que sus pulmones ardieron y el sabor metálico de la fatiga inundó su boca. No tenía un plan real, solo una dirección grabada en el instinto: lejos de Toji.

Las calles de Tokio a esa hora eran un monstruo de mil ojos eléctricos. Megumi se sentía minúsculo entre los rascacielos y la multitud indiferente que comenzaba a dispersarse tras la jornada laboral. Se ajustó las correas de la mochila, sintiendo el peso de sus escasas pertenencias golpeando su espalda. El hematoma de su costado palpitaba con cada paso, un recordatorio físico de por qué no podía volver.

Se detuvo frente a una pantalla gigante en una intersección concurrida. En el cristal de una tienda cerrada, vio su reflejo. Parecía un animal acorralado. Sus ojos azules, usualmente profundos y serenos, estaban dilatados por el miedo. Pero entonces, recordó el sabor del dulce de durazno. Recordó la voz de Yuji Itadori diciendo su nombre sin el peso del desprecio.

—No soy una herramienta —susurró para sí mismo, apretando los puños—. No soy un objeto que se pueda vender.

Su primer objetivo era encontrar a Tsumiki. Durante años, había escuchado fragmentos de las conversaciones telefónicas de su padre cuando estaba borracho. Nombres de lugares, deudas, hombres con apellidos que sonaban a dinero sucio y peligro. Recordaba haber oído una vez el nombre de un club o una organización en el distrito de Roppongi. Era una pista débil, casi suicida, pero era lo único que tenía.

Sin embargo, el hambre y el frío empezaron a pasarle factura. Se sentó en un banco de madera en una plaza pequeña, tratando de pasar desapercibido. La mayoría de los Omegas de su edad estarían en casa, protegidos por sus familias, preparándose para su primer celo en un entorno seguro. Él, en cambio, estaba a la intemperie, con su aroma a prímulas —todavía tenue y juvenil— mezclado con el sudor del pánico.

De repente, un olor familiar cortó el aire rancio de la ciudad. Era sándalo y sol. Un aroma que no debería estar allí, a kilómetros de la tienda de conveniencia.

Megumi levantó la vista, pensando que su mente le estaba jugando una mala pasada por el agotamiento. Pero allí, al otro lado de la calle, caminando con las manos en los bolsillos y una expresión de preocupación genuina, estaba Yuji.

El corazón de Megumi dio un vuelco. Quiso esconderse, desaparecer tras el banco, pero Yuji ya lo había visto. El Alfa se detuvo en seco, sus ojos se abrieron de par en par y, sin dudarlo, cruzó la calle esquivando un par de bicicletas.

—¡Fushiguro! —gritó Yuji, llegando a su lado casi sin aliento—. ¿Qué estás haciendo aquí? Es tardísimo. Te vi desde el autobús y pensé que estaba alucinando.

Megumi se encogió sobre sí mismo, tratando de ocultar la mochila y su aspecto desaliñado.

—Itadori-kun... yo... solo estaba dando un paseo.

Yuji frunció el ceño, inclinándose para quedar a la altura de los ojos de Megumi. Su instinto de Alfa, usualmente amable, vibró con una nota de alerta.

—Nadie da un paseo a medianoche con una mochila que parece que va a explotar y con esa cara de haber visto un fantasma —dijo Yuji en voz baja—. Estás temblando, Fushiguro. Y hueles a miedo. Mucho miedo.

Megumi apretó los labios, intentando contener un sollozo. La presencia de Yuji era como una manta cálida en medio de una ventisca, y su resistencia se estaba desmoronando.

—No puedo volver —confesó Megumi, su voz apenas un hilo—. Él... él va a venderme mañana. Como hizo con mi hermana.

El silencio que siguió fue denso. La expresión de Yuji cambió drásticamente. La calidez habitual desapareció, reemplazada por una sombra de pura indignación. Sus feromonas de Alfa se volvieron pesadas, protectoras, envolviendo a Megumi en un capullo de seguridad que el Omega nunca había experimentado.

—¿Tu padre? —preguntó Yuji, su voz ahora era un gruñido bajo.

Megumi asintió, bajando la cabeza.

—Dice que soy un gasto. Que un Omega como yo solo sirve para el servicio doméstico o... algo peor. Mañana venía un hombre a buscarme. Tuve que salir por la ventana.

Yuji no lo pensó dos veces. Se quitó la chaqueta de su uniforme y se la puso a Megumi por los hombros. La prenda estaba impregnada con el aroma de Yuji, un olor a hogar y seguridad que hizo que Megumi finalmente soltara las lágrimas que había estado conteniendo.

—No vas a volver ahí —sentenció Yuji con una firmeza absoluta—. Mi abuelo y yo tenemos espacio en la parte de arriba de la tienda. No es un palacio, pero nadie te va a tocar.

—No puedo pedirte eso, Itadori-kun. Si mi padre te encuentra... él es peligroso. Es un Alfa muy fuerte, un ex luchador. Te hará daño.

Yuji sonrió, pero no era su sonrisa habitual. Era la sonrisa de alguien que conocía su propia fuerza y no le temía a la tormenta.

—Que lo intente —dijo Yuji, ayudando a Megumi a levantarse—. Mi abuelo siempre dice que la fuerza de un Alfa no es para pisotear a los demás, sino para proteger lo que es importante. Y tú eres importante, Megumi.

Caminaron juntos de regreso hacia el distrito donde vivía Yuji. Megumi se sentía mareado, flotando en una realidad que parecía un sueño. Por primera vez en su vida, alguien estaba asumiendo un riesgo por él sin esperar nada a cambio.

Mientras caminaban por las calles más tranquilas, Megumi se atrevió a hablar.

—¿Por qué me ayudas? Casi no nos conocemos. Solo soy el chico raro que compra cerveza para su padre en tu tienda.

Yuji guardó silencio por un momento, mirando las estrellas que apenas se veían por la contaminación lumínica.

—Desde el primer día que entraste a la tienda, supe que algo no estaba bien —admitió Yuji—. Tienes los ojos más tristes que he visto en mi vida, pero también los más valientes. Siempre que te regalaba un dulce, esperaba ver aunque fuera un brillo de alegría. Hoy, cuando aceptaste sentarte conmigo en clase... me sentí el tipo más afortunado del mundo. No voy a dejar que ese brillo se apague.

Llegaron a la tienda de conveniencia. Las luces estaban apagadas, pero el abuelo de Yuji, Wasuke, estaba sentado en la entrada, fumando un cigarrillo y esperando a su nieto. Era un hombre de aspecto severo y voz rasposa, pero en cuanto vio a Megumi envuelto en la chaqueta de Yuji y sus ojos enrojecidos, su expresión se suavizó.

—¿Es este el chico del que tanto hablas, Yuji? —preguntó el anciano, exhalando el humo.

—Sí, abuelo. Se queda con nosotros. Su padre es un monstruo.

Wasuke miró a Megumi de arriba abajo. El Omega se tensó, esperando el rechazo, el juicio o la orden de marcharse. En su experiencia, los adultos siempre eran una fuente de dolor.

—Entra —dijo Wasuke finalmente, señalando la puerta trasera—. Hay sopa de miso caliente y una habitación libre en el ático. Mañana hablaremos de cómo lidiar con ese tal Toji. Nadie vende a un cachorro en mi vecindario mientras yo respire.

Megumi entró en la pequeña vivienda sobre la tienda. Era un lugar humilde, lleno de cajas de mercancía y muebles viejos, pero olía a madera limpia y a comida casera. Yuji lo guio hasta una habitación pequeña con un futón ya preparado.

—Descansa —le dijo Yuji, quedándose en el umbral de la puerta—. Mañana no tienes que ir a la escuela si no te sientes seguro. Yo me encargaré de todo.

—Itadori... gracias. De verdad.

—Duerme, Megumi. Estás a salvo.

Esa noche, Megumi no tuvo pesadillas con manos violentas o gritos de borrachera. Soñó con un campo de prímulas bajo un sol radiante que olía a sándalo.

Sin embargo, la paz fue efímera.

A la mañana siguiente, el sonido de la persiana metálica de la tienda siendo golpeada con violencia despertó a Megumi de golpe. Se sentó en el futón, con el corazón martilleando contra sus costillas. Reconocería ese sonido en cualquier parte. Eran los golpes de alguien que no pedía permiso, alguien que exigía lo que consideraba suyo.

—¡Abran la maldita puerta! —El grito de Toji Fushiguro retumbó en toda la calle, haciendo que los cristales vibraran.

Megumi se asomó por la pequeña ventana del ático. Abajo, en la acera, su padre se veía imponente y aterrador. No parecía tener resaca; parecía estar en medio de un frenesí de ira. El aroma a Alfa podrido de Toji era tan fuerte que Megumi sintió náuseas desde el segundo piso.

—¡Sé que el engendro está aquí! —rugió Toji—. ¡Huelo su miedo! ¡Entréguenlo ahora y quizás no queme este lugar de mala muerte!

Megumi vio a Yuji salir de la tienda. El chico de cabello rosado se plantó frente al hombre que doblaba su tamaño y su musculatura. Yuji no llevaba su uniforme escolar, solo una camiseta negra y unos pantalones deportivos, pero su postura era inamovible.

—Aquí no hay ningún "engendro" —dijo Yuji, su voz proyectándose con una autoridad que sorprendió incluso a Megumi—. Solo hay un amigo mío que está bajo mi protección. Vete de aquí antes de que llame a la policía.

Toji soltó una carcajada seca y carente de humor.

—¿Protección? ¿Tú? No eres más que un cachorro jugando a ser héroe. Ese Omega es de mi propiedad. Me costó años de comida y techo. Tengo un contrato que cumplir y no voy a dejar que un mocoso se interponga en mi dinero.

Toji dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Yuji. La diferencia de poder era evidente. Toji era un depredador alfa en su cúspide, un hombre que había sobrevivido a peleas clandestinas y deudas de sangre. Yuji era solo un estudiante de secundaria.

Desde la ventana, Megumi sintió que el pánico lo consumía. No podía dejar que Yuji saliera herido por su culpa. Buscó algo, cualquier cosa que pudiera usar como arma, pero sus manos no respondían.

—No es tu propiedad —insistió Yuji, sin retroceder ni un milímetro. Su aroma a sándalo se volvió afilado, enfrentándose a la podredumbre de Toji—. Es una persona. Y si quieres llevártelo, vas a tener que pasar por encima de mí.

—Con mucho gusto —dijo Toji, levantando el puño.

Antes de que el golpe aterrizara, el abuelo Wasuke salió con un cubo de agua helada y lo lanzó directamente a la cara de Toji. El Alfa mayor retrocedió, sorprendido por la audacia del anciano.

—¡Lárgate de mi propiedad, escoria! —gritó Wasuke con una voz que parecía venir de las entrañas de la tierra—. He visto a hombres como tú toda mi vida. Creen que porque tienen un poco de músculo pueden ser dueños de las almas de los demás. La policía está en camino. Si valoras tu libertad, corre a esconderte en el agujero de donde saliste.

Toji se limpió el agua de la cara, sus ojos verdes centelleando con una promesa de muerte. Miró hacia arriba, directamente a la ventana donde Megumi se escondía. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. Megumi vio el odio puro, pero también vio algo más: una chispa de reconocimiento, como si por fin viera que el "engendro" tenía la voluntad de escapar.

—Esto no ha terminado, Megumi —dijo Toji en un tono peligrosamente tranquilo—. Puedes esconderte tras estos débiles por ahora. Pero los Omegas siempre vuelven a sus dueños. Tarde o temprano, necesitarás algo que solo yo puedo darte.

Toji se dio la vuelta y se alejó caminando, desapareciendo entre la multitud matutina con la confianza de quien sabe que volverá.

Yuji entró corriendo a la casa y subió las escaleras de dos en dos hasta llegar al ático. Encontró a Megumi sentado en el suelo, abrazando sus rodillas.

—¿Estás bien? ¿Te vio? —preguntó Yuji, arrodillándose a su lado.

Megumi levantó la vista. Estaba pálido, pero no estaba llorando.

—Se ha ido por ahora —dijo Megumi—. Pero tiene razón en algo. No puedo quedarme aquí para siempre. Te pondré en peligro a ti y a tu abuelo. Él no se detendrá.

Yuji tomó las manos de Megumi entre las suyas. Eran manos cálidas, callosas por el trabajo en la tienda, pero increíblemente gentiles.

—Entonces nos haremos más fuertes —declaró Yuji con una determinación feroz—. No solo yo. Tú también. No vas a ser una víctima, Megumi. Vamos a buscar a tu hermana. Vamos a encontrar a Tsumiki y vamos a asegurarnos de que ese hombre nunca vuelva a tocar a ninguno de los dos.

—¿De verdad me ayudarás a buscarla? —preguntó Megumi, una pequeña chispa de esperanza encendiéndose en su pecho.

—Te lo prometo por mi honor de Alfa —dijo Yuji, sellando la promesa con una presión suave en sus manos—. No estás solo. Nunca más.

Esa tarde, mientras el sol comenzaba a ponerse tras los edificios de Shinjuku, Megumi y Yuji se sentaron en el suelo del ático con un mapa de la ciudad y los pocos recuerdos que Megumi conservaba. El camino sería largo y peligroso. Toji Fushiguro era una sombra que no se disiparía fácilmente, y los secretos sobre el paradero de Tsumiki estaban enterrados en lo más profundo del submundo de la ciudad.

Pero mientras Megumi miraba a Yuji, quien estaba concentrado trazando rutas en el mapa, sintió que el peso en su pecho era un poco más ligero. Ya no era solo un Omega huyendo. Era un hermano buscando a su sangre, y un joven que, por primera vez, tenía un motivo para luchar más allá de la simple supervivencia.

En un rincón de su mochila, el envoltorio del dulce de durazno brillaba bajo la luz de la lámpara. Un recordatorio de que, incluso en el mundo más oscuro, siempre hay alguien dispuesto a regalarte un poco de dulzura.