Máscara Rota
Lo que Queda Después del Ruido
El día en la playa había sido una mentira bien construida. Una obra de teatro de dos actores donde uno se esforzaba demasiado en su papel y la otra fingía creerle. El tren que los había llevado lejos del hedor a asfalto y demonios de Tokio retumbaba con la alegría forzada de Denji. Había devorado dos cajas de bento con la ferocidad de un animal hambriento, hablando sin parar sobre la textura del arroz, la perfección del cerdo empanado y cómo podría comerse otras cinco. Reze, sentada a su lado, asentía y sonreía, pero sus ojos no se despegaban de él. Observaba cómo sus hombros, incluso en la euforia fingida, estaban tensos; cómo su risa, aunque ruidosa, se cortaba abruptamente en cuanto creía que ella no miraba, dejando tras de sí un eco de silencio desolador.
La playa era un lienzo inmenso de arena pálida y olas grises bajo un cielo nublado. A Denji no pareció importarle la falta de sol. Se quitó los zapatos y la camisa del uniforme en un movimiento torpe y corrió hacia el agua con un grito que pretendía ser de júbilo.
—¡Está helada! —gritó, chapoteando y riendo—. ¡Es como meter las pelotas en un congelador! ¡Oye, Reze, ven!
Ella se quedó en la orilla, con el delantal de munición ondeando suavemente con la brisa salada. Lo observó saltar entre las olas como un niño, un niño demasiado grande con demasiadas cicatrices, no solo en la piel, sino grabadas a fuego en el alma. Era una actuación magistral. Cualquiera que pasara por allí vería a un adolescente idiota y despreocupado disfrutando de un día libre. Pero Reze veía la desesperación en sus movimientos, la necesidad casi maníaca de llenar cada segundo con ruido y acción para que el silencio no tuviera oportunidad de susurrarle al oído los nombres de los muertos.
Se unió a él más tarde, no en el agua, sino en la arena, ayudándole a construir un castillo que se parecía más a un montón deforme con una concha en la cima. Denji lo declaró «el castillo más fuerte del mundo», capaz de resistir el ataque de cualquier demonio. La ironía era tan densa que a Reze le costó respirar. Este chico, que había enfrentado al Demonio Pistola y a la mismísima Muerte, ahora encontraba consuelo en una pila de arena húmeda.
La mentira se mantuvo durante horas. Comieron helados que se derritieron y les mancharon las manos. Persiguieron cangrejos. Denji intentó enseñarle a saltar piedras sobre el agua, pero las suyas se hundían con un plof decepcionante mientras que las de Reze, lanzadas con una precisión casi quirúrgica, rebotaban siete, ocho veces antes de desaparecer. Él se rio, la llamó tramposa, y por un instante, un brevísimo instante, su sonrisa pareció real.
Pero todas las mentiras, por muy bien construidas que estén, se desmoronan. Y la suya comenzó a agrietarse cuando el sol empezó a descender, tiñendo las nubes de tonos anaranjados y morados que recordaban a un hematoma. Se sentaron en la arena seca, uno al lado del otro, observando el espectáculo. El ruido de Denji se había agotado. Ya no había chistes, ni comentarios sobre comida, ni gritos. Solo el sonido rítmico de las olas rompiendo en la orilla.
El silencio que tanto se había esforzado por evitar finalmente los había atrapado. Y con él, llegaron los fantasmas.
Reze lo vio en su perfil. Su mandíbula estaba apretada, sus ojos fijos en el horizonte, pero no veían el sol. Veían otra cosa. Un recuerdo. Una puerta. Una tarta de cumpleaños. Un *bang*. La máscara de idiota feliz se había deslizado por completo, reemplazada por una expresión de vacío absoluto. Era el rostro que había visto en sus pesadillas, el rostro del chico que lloraba por Aki y Power.
Odiaba esa máscara. La odiaba con una intensidad que la sorprendió. Odiaba esa fachada de estupidez con la que se protegía, esa armadura de indiferencia que no engañaba a nadie que se molestara en mirar un segundo más. Era un insulto a su dolor. Era un insulto a los amigos que había perdido. Denji era impulsivo, simple en sus deseos, un torbellino de necesidades primarias, pero no era un necio. Y el dolor que cargaba era demasiado pesado para que cualquier persona, por simple o compleja que fuera, pudiera soportarlo para siempre sin romperse.
—Denji.
Su voz fue apenas un susurro, casi perdida en el rumor del mar. Él no reaccionó al principio, tan perdido estaba en su abismo personal.
—Denji —repitió ella, un poco más alto, y esta vez, posó suavemente su mano sobre el dorso de la de él.
El contacto lo sobresaltó. Parpadeó, como si despertara de un trance, y giró la cabeza para mirarla. La máscara intentó volver a su sitio, una sonrisa torcida y frágil asomando en sus labios.
—¿Qué pasa? ¿Ya tienes hambre otra vez? Podríamos buscar un sitio de ramen en el camino de vuelta. Uno con mucho cerdo.
La voz era la de siempre, despreocupada y superficial. Pero sus ojos... sus ojos la traicionaban. Estaban vidriosos, nadando en una pena no derramada.
—No tengo hambre —dijo Reze, su voz firme, sin dejarle escapatoria—. Te he estado observando todo el día.
La sonrisa de Denji vaciló.
—¿Ah, sí? ¿Viste cómo esa ola casi me arranca el bañador? ¡Fue épico!
—Vi cómo intentabas no parar ni un segundo —continuó ella, ignorando su intento de desviar el tema—. Cómo llenabas cada momento de ruido para no tener que pensar. Para no tener que sentir.
Denji retiró la mano de debajo de la de ella, un gesto brusco, defensivo. Se abrazó las rodillas, dándole la espalda parcialmente.
—No sé de qué hablas. Me lo he pasado bien. Ha sido un buen día.
—¿Lo ha sido, Denji? ¿De verdad? —La paciencia de Reze se estaba agotando. No por él, sino por la coraza que se había autoimpuesto—. ¿O solo ha sido un día menos en el que has conseguido no desmoronarte?
El silencio que siguió fue tenso, cargado de electricidad. El sol se había hundido casi por completo, dejando el cielo en un púrpura profundo.
—Todo está bien —murmuró él, su voz sonando hueca y poco convincente incluso para sus propios oídos—. No pasa nada. Soy fuerte. Soy Chainsaw Man.
—¡Basta! —La palabra salió de Reze como una explosión contenida, un estallido de frustración y una empatía dolorosa—. ¡Deja de decir eso! ¡Deja de fingir que todo está bien!
Denji se encogió, como si le hubiera golpeado.
—¡No estoy fingiendo! —replicó, su voz subiendo de tono, agrietada por la emoción—. ¡Estoy bien, joder! ¿Por qué no puedes dejarlo estar?
—¡Porque te oigo por las noches! —gritó Reze, poniéndose de rodillas en la arena para encararlo—. ¡Te oigo temblar en tus sueños! ¡Gritas sus nombres! ¡Aki! ¡Power! Lloras por ellos cuando crees que nadie te escucha. ¿Crees que no me doy cuenta de que estás roto? ¿Crees que esa estúpida sonrisa de idiota puede ocultar que te estás muriendo por dentro?
Cada palabra era un martillazo contra la frágil careta de cristal. Vio cómo el rostro de Denji se contraía, cómo sus ojos se abrían con pánico y dolor al ser descubierto, al ser expuesto de una forma tan cruda.
—Cállate... —siseó él, con la voz temblorosa—. No sabes nada... Cállate.
—Lo sé todo, Denji. Kishibe me lo contó. —Su voz se suavizó, despojándose de la ira para dejar solo una compasión inmensa—. Sé lo del Demonio de la Oscuridad. Sé lo de Aki. Sé lo que tuviste que hacer. Y sé lo de Power. Sé que Makima te la arrebató delante de tus ojos solo para hacerte daño. Lo sé todo.
Las lágrimas que Denji había estado conteniendo finalmente comenzaron a brotar, silenciosas y calientes, trazando surcos en sus mejillas sucias de arena. Apretó los dientes con tanta fuerza que Reze pudo oír el crujido.
—Entonces, ¿por qué...? —logró decir, con la voz rota—. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me lo recuerdas?
—Porque la odio —respondió Reze, su voz un susurro intenso—. Odio esa máscara que llevas. Esa mentira de que "todo está bien". Es una carga demasiado pesada, Denji. Y no tienes por qué llevarla solo.
Se acercó más, el espacio entre ellos ahora cargado con toda la verdad no dicha, con todo el dolor reprimido. Denji no se apartó. Estaba temblando, un temblor violento que sacudía todo su cuerpo. Parecía un edificio a punto de colapsar.
—Conmigo no tienes que fingir.
Dicho esto, Reze cerró la distancia que quedaba y lo rodeó con sus brazos. No fue un abrazo romántico, ni uno apasionado como los que habían compartido en su breve y falso romance. Fue un abrazo de puro consuelo. Un ancla en medio de una tormenta. Sus brazos se cerraron alrededor de su espalda temblorosa, y apoyó su mejilla contra su pelo rubio y desaliñado, que olía a sal y a tristeza.
Por un segundo, Denji se quedó rígido como una estatua, su cuerpo tenso y resistente al contacto. Era un animal herido, desconfiado de cualquier gesto de amabilidad. Pero entonces, algo dentro de él se quebró. La presa que había contenido un océano de dolor durante meses finalmente reventó.
Se rompió.
El primer sollozo fue un sonido ahogado, desgarrado, que pareció salir desde lo más profundo de su pecho. Y luego vino el diluvio. Denji se derrumbó contra ella, hundiendo el rostro en el hueco de su hombro y su pecho, y lloró. Lloró con la fuerza de un huracán, con la desesperación de un niño perdido que por fin encuentra refugio. Sus manos, que habían empuñado motosierras y destrozado demonios, se aferraron a la tela de su camisa con una fuerza desesperada, como un náufrago que se agarra a un trozo de madera en mitad del océano.
Los sollozos eran gritos ahogados, convulsiones que sacudían su cuerpo entero. Las lágrimas empaparon la camisa de Reze, calientes y amargas. Y entre los gemidos rotos, las palabras comenzaron a salir, fragmentadas, envenenadas de agonía.
—Se han ido... —gimió, su voz irreconocible, infantil—. Todos... se han ido... Aki... Power... Me dejaron solo...
Reze lo abrazó con más fuerza, meciéndolo suavemente como se mece a un niño asustado en la oscuridad. No dijo nada. No había palabras que pudieran arreglar aquello. Solo podía estar ahí. Solo podía ser su ancla.
—Tuve que hacerlo... —sollozó Denji, su cuerpo temblando con la violencia del recuerdo—. Tuve que matarlo... Era Aki... pero no era él... y yo... con mis propias manos... mi motosierra... ¡Lo corté en pedazos! ¡Era mi amigo! ¡Era mi hermano!
El horror en su voz era tan palpable que Reze sintió una punzada de frío recorrer su propia columna. Imaginó la escena, la nieve, la sangre, el sonido de la motosierra contra la carne de la única figura familiar que había tenido.
—Y Power... —continuó, su voz quebrándose por completo—. Me trajo una tarta... una tarta de cumpleaños... Abrí la puerta... y estaba tan feliz... ¡Iba a ser mi cumpleaños! Y entonces... *bang*.
La onomatopeya fue un susurro terrible, un eco del disparo que había destrozado su mundo.
—Delante de mí... ¡Bang! Y ya no estaba... No quedó nada... ¡Nada! ¡La mató solo para verme sufrir!
Se aferró más a Reze, si es que eso era posible, su llanto convirtiéndose en un lamento crudo y animal.
—Quiero morir, Reze... —confesó en un susurro apenas audible contra su piel—. A veces... solo quiero que todo pare... Duele demasiado... Estoy tan cansado... tan solo...
Reze cerró los ojos, una lágrima solitaria escapando de los suyos y perdiéndose en el pelo de Denji. El peso de su confesión era abrumador. El chico que solo quería una vida normal, tocar unas tetas y comer buena comida, estaba tan roto que deseaba la muerte. La crueldad de su destino era una obra maestra de la tragedia.
Ella, la Bomba Humana, creada para la destrucción, se encontró desempeñando un papel que nunca había imaginado: el de escudo. El de consuelo. Sintió el pasador de la granada en su gargantilla presionar contra su piel, un recordatorio de lo que era. Un arma. Pero en ese momento, sosteniendo al chico destrozado que era Denji, sintió que su propósito se reescribía. Tal vez no estaba destinada solo a explotar. Tal vez podía absorber la explosión de otro.
Lentamente, mientras el llanto de Denji comenzaba a amainar, convirtiéndose en temblores silenciosos y una respiración entrecortada, Reze comenzó a acariciar su espalda con movimientos lentos y circulares.
—No estás solo —susurró ella, su voz firme y clara en la creciente oscuridad—. Ya no.
Él no respondió. No tenía fuerzas. Solo se quedó allí, apoyado en ella, su peso muerto una prueba de su agotamiento total. El océano seguía con su canción eterna, las olas lavando la arena, como si intentara limpiar el dolor del mundo. La playa estaba casi a oscuras, solo iluminada por el pálido resplandor de una luna lejana.
Pasaron un largo rato así. Denji, finalmente vacío de lágrimas, respiraba profundamente contra su hombro, exhausto pero tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Reze no lo soltó. Se convirtió en su pilar, en la pared contra la que podía apoyarse sin miedo a que se derrumbara.
Todo lo que había amado, las personas que había considerado su familia improvisada, se habían ido. El fantasma de Aki, el recuerdo de la risa caótica de Power, el amor retorcido y destructivo de Makima... todo eso había dejado un cráter en su interior. Pero ahora, en la oscuridad de una playa anónima, aferrado a una chica que una vez intentó matarlo y que ahora le ofrecía un refugio incondicional, algo nuevo comenzaba a crecer en el borde de ese cráter.
No estaba solo.
Tenía a alguien. Alguien que había visto lo peor de su dolor y no había huido. Alguien que lo había obligado a quitarse la máscara y seguía allí, sosteniéndolo mientras los pedazos caían al suelo.
Finalmente, con un esfuerzo que pareció monumental, Denji se movió un poco, levantando la cabeza de su hombro. Su rostro estaba hinchado, rojo, manchado de lágrimas y arena. Sus ojos, aunque agotados, ya no tenían esa aterradora vacuidad. Estaban llenos de una tristeza profunda, sí, pero era una tristeza real, tangible. Ya no era un abismo. Era una herida. Y las heridas, a diferencia de los abismos, podían cicatrizar.
No dijo nada. Solo la miró, su mirada transmitiendo una vulnerabilidad y una gratitud que ninguna palabra podría expresar. Reze le devolvió la mirada, y con una delicadeza infinita, levantó una mano y le limpió un rastro de lágrima de la mejilla con el pulgar.
El ruido se había ido. El estruendo de la motosierra, las explosiones, la risa forzada, los gritos de las pesadillas. En el silencio que quedó, solo estaban ellos dos, sentados en la arena bajo la atenta mirada de la luna. Dos almas rotas, dos armas humanas que, quizás, habían encontrado en el otro algo parecido a la paz.
Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, Denji no se sentía como un demonio, ni como un arma, ni como un perro. Se sentía, simplemente, humano. Y no estaba solo. Eso, por ahora, era suficiente.