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Chispas, grabaciones y el dilema del "Kacchan niñero"

—¡No puedo creer que realmente le diste de comer en la boca! —exclamó Mina, agitando su teléfono como si fuera un trofeo de guerra—. ¡Tengo el ángulo perfecto! Se ve hasta la vena de la frente de Bakugo intentando no explotar mientras sostiene la cucharita.

La sala común de la 1-A estaba sumergida en ese caos post-crisis que tanto caracterizaba al grupo. Tras el regreso de Izuku a su forma normal, la tensión acumulada por la responsabilidad de cuidar a un "Mini-Midoriya" se había transformado en una energía efervescente. Todos estaban sentados en círculo, algunos sobre alfombras y otros apoyados en los sofás, ignorando convenientemente que los deberes de inglés de Present Mic no se iban a hacer solos.

—Fue una medida táctica necesaria —gruñó Bakugo, cruzado de brazos en un rincón del sofá. Su lenguaje corporal gritaba "aléjense", pero el hecho de que no hubiera usado sus explosiones para destruir el teléfono de Mina era una señal clara de que, muy en el fondo, estaba demasiado agotado para pelear—. El nerd no dejaba de llorar si no lo hacía yo. ¿Qué querían que hiciera? ¿Dejar que se deshidratara?

—Lo que más me impresiona no es la comida —intervino Kyoka Jiro, conectando uno de sus jacks a su propio teléfono para amplificar un audio—, sino esto. Escuchen bien.

Del altavoz salió una voz infantil, aguda y llena de pura devoción: *"¡Kacchan huele a caramelo!"*.

Izuku, que estaba sentado justo al lado de Bakugo, se cubrió la cara con ambas manos, emitiendo un sonido que parecía el silbido de una tetera hirviendo. Sus pecas resaltaban sobre un rojo carmesí que le cubría hasta las orejas.

—¡Por favor, borren eso! —suplicó Izuku entre dedos—. ¡Es humillante! ¡No sabía lo que decía, era un niño de cuatro años!

—Oh, pero Midoriya-kun —dijo Iida, haciendo sus habituales gestos robóticos con las manos—, la honestidad de la infancia es una virtud. Refleja la profunda confianza que siempre has depositado en Bakugo-kun, incluso antes de que su relación... evolucionara.

—¡Exacto! —añadió Denki Kaminari con una sonrisa pícara, rodeando los hombros de Kyoka—. Además, ahora todos sabemos el secreto del gran Bakugo. ¡Caramelo! Yo pensaba que olías a pólvora y a mal humor matutino.

—¡Cierra la boca, Sparky! —Bakugo lanzó una pequeña chispa al aire, pero su mirada se desvió un segundo hacia Izuku.

Sin que casi nadie lo notara, su mano se movió sobre la manta y apretó brevemente el antebrazo de Midoriya. Fue un gesto casi invisible, un anclaje para asegurar que el Izuku real, el de dieciséis años, estaba allí y no se iba a ninguna parte. Izuku, captando la señal, relajó los hombros y le devolvió una mirada llena de cariño tímido.

—Bueno, no solo Bakugo estuvo "cariñoso" —dijo Sero, lanzando una mirada a los demás—. Kirishima parecía un guardaespaldas personal. No dejaba que nadie se acercara a más de un metro de la zona de juegos.

—¡Es que era un bebé varonil! —se defendió Kirishima, chocando sus puños—. Tenía que proteger su integridad. Además, Mina estaba tan emocionada que casi lo asfixia con abrazos un par de veces.

—¡No es cierto! —protestó Mina, dándole un empujoncito afectuoso a su novio—. Solo quería que se sintiera querido. Por cierto, ¿vieron cómo Tokoyami y Tsuyu se coordinaban? Parecían padres experimentados.

Tsuyu ladeó la cabeza, poniendo un dedo en su barbilla.

—Kero. Los niños son lógicos a su manera. Solo hay que hablarles con calma. Tokoyami fue muy gentil con Dark Shadow.

—La oscuridad también puede ser una manta reconfortante para un alma joven y perdida —murmuró Tokoyami, mientras Dark Shadow asomaba tímidamente de su vientre para saludar a Tsuyu, quien le acarició la cabeza.

La conversación fluyó hacia una pijamada improvisada. Como era viernes por la noche y Aizawa-sensei parecía haber desaparecido en su saco de dormir amarillo en la sala de profesores, decidieron arrastrar colchones a la zona común.

—Si vamos a hacer esto, hagámoslo bien —anunció Momo, creando varias mantas térmicas y almohadas extra con su quirk—. Necesitamos orden y una distribución adecuada.

—¡Y comida! —añadió Sato, trayendo una bandeja de galletas recién horneadas.

A medida que la noche avanzaba, las burlas se repartieron equitativamente. Se rieron de cómo Iida intentó leerle las normas de la academia a un niño de cuatro años, y de cómo Denki terminó con el pelo lleno de pegatinas porque Midoriya pensó que era un panel de anuncios.

—Oye, Denki —dijo Kyoka, mientras se acomodaban en sus respectivos sacos de dormir—, me estaba preguntando algo...

—¿En qué piensas, mi rockera favorita? —preguntó él, guiñándole un ojo.

—¿Qué habrías hecho tú si yo fuera la que se convertía en niña? —Kyoka lo miró con curiosidad genuina—. Bakugo fue... bueno, fue Bakugo, pero cuidó de Midoriya. ¿Tú podrías con una "Mini-Kyoka"?

Denki se quedó pensativo un momento, rascándose la nuca.

—¿Una Kyoka pequeñita? —Una sonrisa boba se extendió por su rostro—. Probablemente estarías todo el día intentando tocar mis orejas para ver si dan calambre. Creo que te compraría un bajo de juguete y te dejaría que me usaras de amplificador. Sería un desastre, seguro que terminaría electrocutándome a mí mismo por intentar hacerte reír, pero... —Se puso un poco más serio, bajando la voz para que solo ella lo oyera— cuidaría que nadie te quitara esa sonrisa. Serías una niña muy ruda, apuesto a que me darías órdenes todo el tiempo.

Kyoka se sonrojó, ocultando la mitad de su cara en el saco de dormir.

—Idiota... seguro que me perderías en el centro comercial en cinco minutos.

—¡Oye! ¡Usaría un rastreador! —protestó él riendo.

Cerca de ellos, Mina y Kirishima compartían un paquete de patatas fritas.

—Eijiro —susurró Mina, con los ojos brillando bajo la luz tenue de las lámparas—, si tú fueras el niño, estoy segura de que serías el más revoltoso de todos. Estarías intentando endurecerte para romper piedras todo el día.

—¡Probablemente! —asintió Kirishima con entusiasmo—. Y tú tendrías que estar persiguiéndome para que no me hiciera daño. Pero, ¿y si fuera al revés? Si tú fueras una niña rosa y bajita... ¡Oh, cielos! Sería la misión más importante de mi vida. Te llevaría en mis hombros a todas partes para que pudieras ver todo desde arriba. ¡Nadie se atrevería a molestarte mientras yo esté cerca! Sería el caballero más varonil para la princesa más brillante.

—¡Qué cursi eres! —Mina rió, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero me gusta. Aunque creo que de niña yo te lanzaría ácido a las zapatillas solo para ver cómo corres.

—¡Eso no sería muy varonil, Mina!

Mientras tanto, en el centro de la zona de colchones, Izuku y Bakugo estaban en un silencio cómodo. Bakugo estaba sentado contra la base del sofá, e Izuku estaba sentado frente a él, de espaldas, sintiendo cómo el rubio le pasaba los dedos por el cabello de forma casi inconsciente.

—Kacchan —susurró Izuku—, gracias por lo de hoy. Sé que odias estas cosas.

—Cállate, Deku. No lo hice por los extras, lo hice porque... —Bakugo se detuvo, buscando las palabras adecuadas que no sonaran demasiado blandas delante de toda la clase— porque no soporto verte tan indefenso. Eres un inútil, pero eres *mi* inútil. No necesito que vuelvas a tener cuatro años para saber que siempre vas a estar corriendo detrás de mí.

Izuku sonrió, cerrando los ojos ante el contacto de las manos de Bakugo.

—¿Sabes qué es lo más gracioso? —continuó Izuku—. Que aunque no lo recuerdo todo, tengo una sensación de calidez. Como si siempre hubiera sabido que, pasara lo que pasara, me atraparías si me caía.

—Tsk. No te acostumbres —respondió Bakugo, aunque no dejó de acariciar su cabello—. Mañana por la mañana vamos a entrenar. Tienes que recuperar el tiempo perdido siendo un mocoso.

La mañana del sábado llegó con una luz dorada que inundó la sala común. El ambiente era mucho más relajado. No había clases, por lo que la 1-A se tomó el desayuno con calma. Iida intentaba organizar una limpieza general, pero fue ignorado por la mayoría, que prefería disfrutar de los panqueques de Sato.

Por la tarde, el grupo se dividió. Algunos fueron al gimnasio Gamma, otros a la biblioteca, pero la mayoría terminó pasando el rato en los jardines de la academia.

Sentados bajo un gran árbol, el "Bakusquad" y el "Dekusquad" compartían anécdotas. Momo había traído un juego de mesa de estrategia que tenía a Todoroki y a Iida sumergidos en un debate profundo sobre tácticas de asedio.

—Si yo hubiera sido el niño —dijo Denki, volviendo al tema de la noche anterior mientras observaba a un grupo de pájaros—, apuesto a que habría sido el más popular del jardín de infancia.

—Seguro —ironizó Jiro—, popular por ser el niño que se quedaba pegado a las farolas por intentar morder los cables.

—¡Eso es un golpe bajo, Kyoka! —se quejó Denki, aunque luego sonrió—. Pero admítelo, me cuidarías igual que Bakugo cuidó a Midoriya, aunque te hicieras la dura.

—En tus sueños, Kaminari —dijo ella, aunque le pasó una botella de agua sin que él se la pidiera.

Kirishima observaba a Bakugo y a Midoriya, quienes estaban un poco apartados, analizando unos apuntes en el cuaderno de Izuku.

—Es extraño, ¿verdad? —comentó Kirishima a Mina—. Ayer Bakugo parecía otra persona. No gritó ni una sola vez mientras el pequeño Midoriya dormía sobre él.

—Es el poder del amor, Eijiro —dijo Mina dramáticamente, haciendo un corazón con sus manos—. Bakugo puede fingir todo lo que quiera, pero ese niño sacó su lado más protector. Es como si hubiera visto una versión de Izuku que necesitaba ser salvada de nuevo, como cuando eran pequeños.

—Creo que todos aprendimos algo —intervino Uraraka, acercándose con Tsuyu—. Aprendimos que, sin importar la edad que tengamos, este grupo siempre se cuidará. Shoji fue como un hermano mayor gigante para Deku-kun. Fue muy tierno.

Shoji, que estaba sentado cerca, asintió en silencio, sus múltiples brazos cruzados de forma relajada.

—Los niños son frágiles —dijo Shoji—. Midoriya siempre lleva mucha carga sobre sus hombros. Verlo sin esas preocupaciones, aunque fuera por un accidente, nos recordó por qué luchamos. Para que los niños puedan ser niños.

La tarde cayó lentamente. Cenaron todos juntos una vez más, esta vez una olla grande de estofado que prepararon entre varios. El ambiente de camaradería era palpable. Ya no se trataba solo de rivalidades entre squads o de quién era el más fuerte; el incidente del batido de la Clase B había servido para suavizar las aristas de sus personalidades.

Incluso Bakugo parecía menos propenso a saltar ante cualquier provocación. Cuando Midoriya se rió de un chiste de Kaminari y accidentalmente derramó un poco de jugo sobre la mesa, Bakugo simplemente le lanzó una servilleta a la cara con un seco "Límpialo, Deku", en lugar de empezar una guerra de explosiones.

Al final del día, cuando la luna ya estaba alta y todos se retiraban a sus habitaciones, Izuku se detuvo en el pasillo frente a la puerta de Bakugo.

—Kacchan —llamó suavemente.

Bakugo se detuvo con la mano en el pomo de la puerta.

—¿Qué quieres ahora?

—Solo quería decirte que... si alguna vez te pasa a ti, si tú te conviertes en niño... yo también te cuidaré. No dejaré que nadie te moleste y te daré todo el picante que quieras.

Bakugo guardó silencio por un momento. Se imaginó a sí mismo como un niño pequeño, probablemente gritando a todo el mundo y tratando de crear explosiones con manos diminutas. Y se imaginó a Izuku, con esa sonrisa paciente y eterna, cuidándolo.

—Ni lo sueñes, nerd —dijo Bakugo, entrando en su habitación—. Yo no soy tan descuidado como tú.

Pero antes de cerrar la puerta del todo, Izuku pudo ver el inicio de una sonrisa real en el rostro de su rival y compañero.

—Buenas noches, Kacchan.

—Buenas noches, Deku.

La residencia de la 1-A quedó en silencio. El caos del niño Midoriya había terminado, pero los lazos que se habían reforzado en esas veinticuatro horas permanecerían intactos, listos para enfrentar cualquier villano, examen o batido misterioso que el futuro les tuviera preparado.