Mi cosmos
El Laberinto de las Musarañas y el Misterio del Infinito
La residencia temporal de Ángel Arsenich en Durham era, por orden expresa de la Reina Victoria, una extensión de la comodidad del Palacio de Buckingham. Cortinas de terciopelo azul profundo enmarcaban los ventanales, y el aire olía a una mezcla de sándalo, papel viejo y los dulces que Ángel escondía en cada rincón posible. El joven, sin embargo, no se sentía como un príncipe en su torre; se sentía como un náufrago en una isla de deberes incomprensibles.
Sobre el escritorio de caoba, el libro de matemáticas del profesor Moriarty yacía abierto como una boca hambrienta dispuesta a devorar su cordura. Ángel lo miraba con una mezcla de sospecha y horror. El gorrión que había rescatado el día anterior, ahora bautizado como "Migaja", saltaba alegremente sobre el borde de una taza de porcelana, ajeno al drama existencial de su salvador.
—No me mires así, Migaja —susurró Ángel, ajustándose los espejuelos que se le resbalaban por el puente de la nariz—. El profesor Moriarty dijo que el álgebra no muerde, pero estoy seguro de que estas letras mezcladas con números tienen malas intenciones. ¿Ves esto? ¿Por qué la "X" busca desesperadamente a la "Y"? Deberían dejarlas ser amigas en paz.
Ángel suspiró, dejando que su largo cabello azul y verde se derramara sobre sus hombros como una cascada de seda. Sus dedos, con esas uñas rosadas y naturales que siempre mantenía impecables, juguetearon con la pluma de ganso. Tenía que resolver la página diez. Era una promesa. Y Ángel, aunque era tímido y glotón, era un joven de palabra, especialmente cuando había tarta de fresa de por medio en el trato.
Intentó concentrarse. "Determine el valor de la incógnita en la siguiente progresión aritmética".
—Progresión... aritmética —leyó en voz alta. El sonido de las palabras fue como un hechizo de sueño instantáneo.
Sintió que sus párpados, pesados como cortinas de teatro al final de una función, comenzaban a descender. La voz suave y aterciopelada de William James Moriarty resonó en su memoria, explicando las maravillas del cosmos a través de los números. En su mente, los números empezaron a transformarse. El número cinco se convirtió en un gato gordo que se estiraba perezosamente. El signo de infinito se transformó en una mariposa que volaba en círculos.
—Solo... cinco minutos... de descanso —murmuró Ángel, apoyando la mejilla sobre las frías páginas del libro.
El silencio de la habitación solo era interrumpido por el piar ocasional de Migaja y la respiración rítmica de Ángel. En cuestión de segundos, el sobrino de la Reina se había hundido en un sueño profundo, donde no existían las ecuaciones de segundo grado, sino praderas infinitas llenas de zorros azules y pasteles que flotaban en el aire.
Mientras tanto, en el despacho de la Universidad de Durham, William James Moriarty revisaba unos documentos. Sin embargo, su mente volvía constantemente a la imagen del joven Arsenich. Había algo en Ángel que desafiaba su lógica matemática. William estaba acostumbrado a leer a las personas como si fueran vectores: origen, dirección y magnitud. Pero Ángel era un caos de colores y timidez, una anomalía hermosa en un mundo de grises industriales.
—Hermano, pareces distraído —comentó Louis, entrando en el despacho con una bandeja de té—. ¿Es por el nuevo estudiante? El que trajo un pájaro al edificio de ciencias.
William sonrió de esa manera enigmática que solo él poseía, una expresión que mezclaba benevolencia con una inteligencia peligrosa.
—Ángel es... diferente, Louis. No es solo su apariencia o su linaje. Es su resistencia natural a la estructura. En su mente, el mundo no se rige por leyes físicas, sino por la estética y el sentimiento. Es un experimento fascinante.
—O un problema para tus clases —replicó Louis, sirviendo el té—. Se durmió en menos de diez minutos, según los rumores.
—Se durmió de una forma muy pintoresca —corrigió William—. Mañana veré si ha cumplido con su tarea. Aunque sospecho que tendré que ser creativo para mantener esos ojos de cosmos abiertos.
De vuelta en la residencia, la noche había caído completamente. Una ráfaga de viento hizo que una de las ventanas, mal cerrada por el descuido de Ángel, se abriera de golpe. El aire frío de la noche inglesa entró en la habitación, agitando las cortinas y las hojas del libro de matemáticas.
Ángel se removió en sueños. Soñaba que el profesor Moriarty lo perseguía con una regla gigante hecha de azúcar glass.
—¡No, profesor! —exclamó entre sueños—. ¡El tres no es un número primo, es un patito que perdió a su mamá!
El frío terminó por despertarlo. Se incorporó de golpe, con la marca de la encuadernación del libro grabada en su mejilla blanca. Sus espejuelos estaban torcidos y su cabello era un desastre de nudos celestes.
—¿Qué...? ¿Dónde...? —Miró a su alrededor, desorientado. Migaja estaba acurrucado en su caja, durmiendo plácidamente—. Oh, no. Me quedé dormido otra vez.
Miró el reloj de pared. Eran las dos de la mañana. El pánico empezó a burbujear en su pecho. Si no terminaba la tarea, ¿qué diría el profesor? William lo miraría con esos ojos carmesí que parecían quemar y entender todo al mismo tiempo. No quería decepcionarlo. Había algo en la mirada de Moriarty que hacía que Ángel quisiera ser... mejor. O al menos, alguien que supiera cuánto era dos más dos sin tener que imaginar manzanas.
—Está bien, Ángel. Tú puedes —se animó a sí mismo, dándose palmaditas en las mejillas—. Por la tía Victoria. Por el té con galletas. Por el profesor de ojos rojos.
Tomó la pluma y volvió a mirar el problema. Pero cuanto más miraba los números, más borrosos se volvían. Su miopía, combinada con el cansancio, le jugaba malas pasadas. Las venitas azules en sus muñecas resaltaban bajo la luz de la vela, dándole un aspecto aún más frágil.
De repente, tuvo una idea. Si no podía entender los números como números, los entendería como una historia.
—Digamos que la X es un príncipe azul que está atrapado en un castillo —susurró, empezando a escribir en los márgenes del libro—. Y para salir, tiene que pagarle al dragón "Igual a" una cantidad de gemas...
Empezó a dibujar pequeñas ilustraciones alrededor de la ecuación. El príncipe tenía un cabello sospechosamente parecido al suyo, y el dragón llevaba un pequeño abrigo formal como el de William. Lo que empezó como un ejercicio de álgebra se convirtió en un cuento ilustrado. Ángel se olvidó del sueño, absorto en su mundo de fantasía. Sus labios rosados se curvaban en una sonrisa mientras añadía detalles a las uñas de los personajes o a las hojas de los árboles que crecían entre las fracciones.
Sin darse cuenta, terminó resolviendo el problema. No por lógica matemática, sino por la narrativa de su dibujo. La respuesta estaba ahí, oculta entre un bosque de tinta y trazos delicados.
—¡Lo hice! —exclamó en voz baja, para no despertar al gorrión.
Pero la victoria fue breve. El hambre, su eterna compañera, hizo acto de presencia con un rugido de su estómago. Ángel recordó que no había cenado. Se levantó y fue hacia su pequeña despensa, encontrando un tarro de mermelada de naranja y unos bizcochos de soletilla.
—Comer ayuda a pensar —se justificó, devorando un bizcocho con la gracia de un pequeño animalito—. Mañana el profesor Moriarty estará impresionado. O me enviará a la torre de Londres por profanar un libro de texto.
Con el estómago lleno y la tarea "terminada" a su manera, Ángel volvió a la cama. Esta vez, se envolvió en sus mantas de seda, sintiéndose extrañamente emocionado por la mañana siguiente. La universidad, que al principio parecía una prisión de ladrillos, empezaba a tener un color diferente.
A la mañana siguiente, el aula de matemáticas estaba inusualmente silenciosa. Los estudiantes ya sabían que el profesor Moriarty no toleraba la impuntualidad. Ángel llegó justo a tiempo, deslizándose por la puerta como una sombra azulada. Se sentó en su lugar habitual, tratando de ocultar su rostro tras el libro.
William entró al aula, su presencia iluminando el lugar con una elegancia fría. Sus ojos recorrieron la clase y se detuvieron, casi magnéticamente, en el joven Arsenich. Notó las ojeras leves bajo sus espejuelos y la pequeña mancha de mermelada en el puño de su camisa.
—Espero que todos hayan completado el ejercicio —dijo William, caminando entre las filas—. Señor Arsenich, ¿podría mostrarme sus avances?
Ángel sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. Sus manos temblaron ligeramente mientras extendía el libro.
—Yo... hice lo que pude, profesor —susurró, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Me quedé dormido, pero luego... el príncipe... quiero decir, la X...
William tomó el libro. Los demás estudiantes estiraron el cuello, esperando ver una hoja en blanco o un desastre de tachaduras. William, sin embargo, se quedó en silencio durante un largo tiempo.
Sus ojos carmesí recorrieron los dibujos. Vio al príncipe, vio al dragón, y vio la respuesta correcta escrita con una caligrafía elegante y pequeña al final del cuento. Era una obra de arte. Era una interpretación del álgebra que nunca había visto en toda su carrera académica. Pero lo que más le llamó la atención fue el dibujo del dragón. Tenía su propia mirada, sus propios gestos. El joven lo había observado con una precisión asombrosa.
—Señor Arsenich —dijo William, su voz más suave de lo habitual.
—¿Sí? —Ángel se encogió, esperando el regaño.
—Su método es... poco ortodoxo. En Durham solemos preferir las fórmulas a los cuentos de hadas.
Ángel bajó la cabeza, su cabello azul ocultando sus ojos.
—Lo siento mucho. Sabía que era una tontería.
—Sin embargo —continuó William, levantando el libro para que Ángel lo mirara—, la respuesta es correcta. Y la ejecución es sublime. Ha logrado visualizar la estructura del problema a través de la estética. Dígame, ¿el dragón siempre es el que guarda el resultado?
Ángel se sonrojó con tal intensidad que sus orejas se pusieron rosadas.
—Bueno... el dragón es el que sabe el secreto del universo, ¿no? —se atrevió a decir, levantando la mirada—. Los matemáticos son como dragones. Guardan tesoros que los demás no podemos ver.
William sintió una punzada de algo que no pudo identificar. ¿Admiración? ¿Diversión? ¿O quizás algo más profundo?
—Un tesoro, ¿eh? —William cerró el libro y se lo devolvió—. Bien hecho, Ángel. Ha ganado su tarta de fresa. Y para la próxima clase, me gustaría que el príncipe X se enfrentara a una raíz cuadrada. Tengo curiosidad por ver cómo lo dibuja.
La clase transcurrió como en un sueño para Ángel. Por primera vez, no se durmió. Estaba demasiado ocupado observando al "dragón" frente a la pizarra, tratando de capturar cada movimiento de sus manos y cada inflexión de su voz.
Al terminar la sesión, William lo llamó antes de que pudiera escapar.
—Señor Arsenich, un momento.
Ángel se acercó al escritorio, apretando sus libros contra el pecho.
—¿Sí, profesor Moriarty?
William sacó un pequeño sobre de su bolsillo. Tenía el sello de una de las pastelerías más exclusivas de la ciudad.
—Como prometí. Tarta de fresa de la mejor calidad. Pero también quería comentarle algo. La Reina me ha pedido que supervise su progreso personalmente. Teniendo en cuenta su... tendencia al sueño y su talento artístico, he decidido que tendremos sesiones de tutoría privadas dos veces por semana.
Ángel abrió mucho los ojos. ¿Sesiones privadas? ¿Él y el profesor, solos, hablando de números y dragones?
—¿Tutorías? —repitió, su voz apenas un susurro—. Pero... soy muy torpe. Y me da mucha vergüenza hablar...
—No tiene que hablar si no quiere —dijo William, acercándose un paso. El aroma a té negro y papel limpio que desprendía el profesor envolvió a Ángel—. Puede dibujar. Yo le explicaré el universo, y usted puede convertirlo en un jardín. ¿Qué le parece?
Ángel miró los ojos rojos de William. No vio frialdad en ellos, sino una curiosidad vibrante, casi una invitación a un juego secreto.
—Creo que... me gustaría eso —respondió Ángel, con una pequeña sonrisa que iluminó su rostro de porcelana—. Pero tiene que prometerme que no habrá sapos en los problemas. Los odio.
—Le doy mi palabra de caballero —rio William—. Solo príncipes, dragones y, quizás, algún que otro pájaro rescatado.
Ángel salió del aula con el paquete de tarta en las manos y el corazón latiendo a un ritmo que ninguna ecuación podría explicar. Mientras caminaba por el campus, los susurros de los demás estudiantes ya no le molestaban tanto. Se sentía protegido por un secreto compartido con el hombre más inteligente de la universidad.
Al llegar a su habitación, Migaja lo recibió con un pío entusiasta. Ángel se sentó a la mesa, abrió la tarta de fresa y le dio un trozo pequeño al gorrión.
—Sabes, Migaja —dijo, saboreando el dulce—, creo que las matemáticas no son tan malas después de todo. Solo necesitaban un poco de color.
Esa tarde, Ángel no esperó a que llegara la noche para abrir su libro. Tomó sus lápices de colores y empezó a imaginar el siguiente capítulo de su historia. En su mente, el profesor Moriarty ya no era solo un matemático; era el guardián de un laberinto de números, y él era el único que tenía la llave para convertir ese laberinto en un paraíso.
En su despacho, William James Moriarty miraba por la ventana, observando la silueta del carruaje real que se alejaba. En su mano sostenía una pequeña pluma de color azul y verde que Ángel había dejado caer accidentalmente.
—Ángel Arsenich... —murmuró, guardando la pluma en su pecho, cerca de su corazón—. Realmente eres un enigma que no quiero resolver demasiado rápido.
El juego de los números y los sueños apenas comenzaba, y en el gran tablero de Londres, una nueva pieza, hermosa y frágil, acababa de cambiar todas las reglas.