Volver al resumen

Mi enemigo

Territorio Marcado y Otras Formas de Posesión

El instituto de Beacon Hills ya no olía a productos de limpieza baratos y hormonas adolescentes estancadas. Para cualquiera con un olfato medianamente desarrollado —y especialmente para los alfas que solían merodear por los pasillos con aires de superioridad—, el aire ahora tenía un dueño absoluto. Stiles Stilinski caminaba por los corredores envuelto en una capa invisible pero sofocante de madera de cedro, cuero y tormenta. El aroma de Derek Hale era tan denso sobre él que prácticamente era una advertencia de muerte para cualquiera que se atreviera a mirar al omega por más de dos segundos.

Stiles, por su parte, nunca se había sentido más vivo, ni más irritantemente exhausto.

—Stiles, en serio, es como si te hubieras caído en una bañera de Derek —comentó Scott, arrugando la nariz mientras caminaban hacia la clase de Economía—. No es que me queje, es solo que... mi sentido del olfato está pidiendo una tregua. Es muy... posesivo.

Stiles se ajustó el cuello de su sudadera, ocultando la marca de mordida que aún palpitaba con un calor reconfortante en la unión de su cuello y hombro. Una sonrisa ladeada y algo traviesa apareció en su rostro.

—Bueno, Scott, ya conoces a Derek. No sabe hacer nada a medias. O te ignora hasta que quieres lanzarle un ladrillo, o te marca de tal forma que hasta las plantas de la escuela saben a quién pertenezco. Es un dramático. Un dramático muy, muy persistente.

—¿Persistente? —Scott lo miró con sospecha—. Llegaste tarde a la primera hora. Y tenías hojas de árbol en el pelo.

Stiles se aclaró la garganta, sintiendo un rubor subir por sus mejillas. No iba a admitir que Derek lo había interceptado en el aparcamiento y que el Jeep había servido para algo más que transporte básico esa mañana. La marca había amplificado sus deseos hasta un punto ridículo; cada roce era una descarga eléctrica, cada mirada de Derek era una orden silenciosa que su cuerpo obedecía antes de que su cerebro pudiera formular un comentario sarcástico.

—Había... tráfico —mintió Stiles sin convicción alguna—. Tráfico de ciervos. Muy salvaje.

La realidad era que su relación se había convertido en un campo de batalla de deseo y posesión. Desde aquel día en el almacén, Derek no se separaba de él más de lo estrictamente necesario. El alfa, que antes pasaba sus días oculto en las sombras de su loft o en las ruinas de su antigua casa, ahora era una presencia constante en el instituto.

A la hora del almuerzo, la dinámica habitual de la cafetería había cambiado drásticamente. Stiles ya no se sentaba solo con Scott y los demás en una esquina tranquila. Ahora, la mesa de los jugadores de lacrosse —donde los alfas y betas más populares solían reinar— tenía un nuevo integrante honorario.

Derek estaba sentado allí, con los brazos cruzados sobre su pecho masivo, vistiendo una de sus sempiternas chaquetas de cuero negro. No decía mucho, pero su sola presencia silenciaba cualquier comentario fuera de lugar. Stiles estaba sentado a su lado, prácticamente en su regazo, mientras intentaba terminar un ensayo de historia.

—Derek, no puedes gruñirle a Jackson cada vez que pide que le pase la sal —susurró Stiles, sin levantar la vista de sus apuntes.

—Me ha mirado —respondió Derek con voz ronca, sus ojos verdes brillando con un matiz dorado.

—Sí, porque tienes la sal justo delante de tu mano de hombre lobo superpoderoso —Stiles dejó el bolígrafo y se giró para mirarlo, encontrándose con esa expresión de "perro guardián" que Derek perfeccionaba cada día—. Estás siendo posesivo otra vez.

—Estás en celo, Stiles. O casi. Tu olor está volviendo locos a los betas de primer año.

—Mi olor es básicamente un anuncio de neón que dice "Propiedad de Hale" —replicó Stiles, acercándose para susurrarle al oído—. Y si sigues mirándome así, vamos a terminar en los vestuarios otra vez y el entrenador Finstock me va a prohibir la entrada al campus de por vida.

Derek no respondió con palabras. En su lugar, rodeó la cintura de Stiles con un brazo, pegándolo más a su costado. Era una declaración pública. En el mundo de los cambiaformas, la marca era el contrato, pero la presencia física era la ejecución. Derek no solo quería que supieran que Stiles era suyo; quería que sintieran el peso de su protección.

—¿Vestuarios? —preguntó Isaac, que estaba sentado enfrente, con una sonrisa burlona mientras masticaba una manzana—. ¿Es por eso que el entrenador estaba gritando esta mañana sobre "olores extraños a pino" en la zona de las duchas?

Stiles se hundió en su asiento, deseando que la tierra lo tragara, mientras Derek simplemente levantaba una ceja, desafiando a Isaac a continuar.

—Cállate, Isaac —dijo Derek con una calma amenazante.

—Solo digo que podríais ser más discretos —añadió Erica, sentándose al lado de Isaac con una mirada felina—. Aunque entiendo a Derek. Si yo tuviera a un omega que huele a canela y sarcasmo, tampoco lo dejaría suelto por ahí.

La tensión entre ellos era algo que todos notaban. No era solo sexo, aunque el sexo era... intenso, frecuente y a menudo en lugares donde el riesgo de ser descubiertos añadía una capa de adrenalina que ambos disfrutaban secretamente. Era la conexión. Stiles podía sentir el estado de ánimo de Derek como un zumbido en la base de su cráneo. Podía sentir su ansiedad cuando estaban separados y su calma absoluta cuando estaban cerca.

Al terminar las clases, Stiles se dirigió al campo de lacrosse para el entrenamiento. No jugaba, pero Scott sí, y Derek había decidido que "supervisar" era una parte esencial de su tarde. Se sentaron en las gradas superiores, lejos de la multitud.

—Sabes que esto es un poco acosador, ¿verdad? —dijo Stiles, dejando su mochila en el suelo—. No necesito un guardaespaldas para ver jugar a Scott.

—No es por Scott —dijo Derek, su mirada fija en un grupo de alfas de otra escuela que habían venido para un partido amistoso—. Es por ellos.

Stiles suspiró, pero no pudo evitar sentirse halagado. El odio que antes se profesaban no había desaparecido del todo; todavía discutían por tonterías, todavía Stiles se burlaba de la falta de habilidades sociales de Derek, y Derek todavía amenazaba con lanzarlo por la ventana. Pero ahora, esas disputas terminaban con Stiles acorralado contra una pared, con las manos de Derek recorriendo su cuerpo con una urgencia que le quitaba el aliento.

—Ven aquí —ordenó Derek.

Stiles obedeció, sentándose entre las piernas de Derek, apoyando la espalda contra su firme pecho. Las manos del alfa se deslizaron bajo la sudadera de Stiles, buscando el contacto directo con la piel. Stiles soltó un suspiro de satisfacción cuando los dedos fríos de Derek rozaron su abdomen.

—Hueles más fuerte ahora —susurró Derek contra su nuca—. El entrenamiento... el calor de los demás... está haciendo que tu aroma se dispare.

—Es la adrenalina, Sourwolf. Mi cuerpo reacciona a la tensión —Stiles cerró los ojos, disfrutando de las caricias—. Además, tú no estás ayudando. Estás liberando tantas feromonas de alfa dominante que creo que el césped va a empezar a crecer más rápido.

—Quiero llevarte a casa —gruñó Derek, enterrando la cara en el cuello de Stiles, justo sobre la marca—. Quiero quitarte esta ropa y recordarte a quién perteneces.

Stiles sintió un escalofrío. La posesividad de Derek era un arma de doble filo, pero en ese momento, con el sol poniéndose y el rugido del campo de fondo, se sentía como el lugar más seguro del mundo.

—Cinco minutos más —pidió Stiles, girándose en sus brazos para capturar sus labios—. Cinco minutos y puedes hacer conmigo lo que quieras.

El beso fue profundo, hambriento, lleno de esa fricción que siempre los definía. Derek lo sujetó con fuerza, sus garras presionando suavemente la tela de la camiseta de Stiles. En ese pequeño rincón de las gradas, el odio se había transformado finalmente en algo que ninguno de los dos podía nombrar, pero que ambos necesitaban desesperadamente.

—Vámonos —dijo Derek, rompiendo el beso con dificultad—. Antes de que pierda el control aquí mismo.

Stiles sonrió, con los ojos brillantes y los labios hinchados.

—Te sigo, Alpha.

Caminaron hacia el aparcamiento, y Stiles supo que, aunque el instituto fuera un caos y el mundo sobrenatural intentara matarlos cada martes, mientras tuviera el aroma de Derek en su piel y su marca en su hombro, nada podría tocarlo. Estaba reclamado, protegido y, por primera vez, completamente en casa.