Mine
El contrato de sangre y helado de fresa
—Un trato es un trato, Lucas —sentenció Bugs, recostándose en su silla con una calma que contrastaba violentamente con la tensión que su sola presencia generaba en el aula—. Y si mal no recuerdo, el helado era de fresa con chispas de chocolate. Fui muy generoso para los estándares del mercado negro infantil.
Lucas soltó un bufido indignado, haciendo que su pico se torciera de esa manera tan característica que a Bugs le resultaba fascinante.
—¡Generoso! ¡Me estafaste! —exclamó el pato, agitando sus manos enguantadas en el aire—. Un contrato legal requiere consentimiento mutuo y que ambas partes estén en pleno uso de sus facultades mentales. ¡Yo tenía un bajón de azúcar! ¡No era responsable de mis actos!
Bugs soltó una risita seca, una que no llegaba a sus ojos. Sus ojos estaban demasiado ocupados recorriendo el perímetro del salón, analizando quién miraba a Lucas por más de dos segundos. Un estudiante de intercambio, un coyote flaco que intentaba concentrarse en su libro de álgebra, cometió el error de levantar la vista. Bugs le sostuvo la mirada, sus pupilas dilatándose apenas un milímetro. El coyote tragó saliva y hundió la nariz en el libro tan rápido que casi se rompe el tabique.
—Lo que tú llames "estafa", yo lo llamo "inversión a largo plazo" —continuó el conejo, volviendo su atención a Lucas—. Además, has disfrutado de los beneficios. ¿Quién hizo que el club de teatro dejara de lanzarte tomates podridos en segundo grado? ¿Quién convenció al director de que tu "incidente" con los fuegos artificiales en el laboratorio de química fue en realidad un experimento de física cuántica malinterpretado?
Lucas se detuvo a mitad de un gesto dramático, parpadeando.
—Bueno... eso fue... un tecnicismo legal —murmuró, cruzándose de brazos y hundiéndose en su asiento—. Pero eso no te da derecho a decidir dónde me siento, qué como o con quién hablo. ¡Soy un espíritu libre, Bugs! ¡Un águila atrapada en el cuerpo de un pato! ¡Un... un...!
—Un pato que se olvidó de traer su almuerzo hoy —interrumpió Bugs, sacando una bolsa de papel de seda de debajo de su pupitre. El aroma a sándwich de club gourmet y papas trufadas inundó el aire—. Y que casualmente tiene una debilidad por los pepinillos extra.
El estómago de Lucas traicionó su postura heroica con un rugido que se escuchó hasta en la oficina del director. El pato miró la bolsa, luego a Bugs, y luego otra vez la bolsa.
—Eres un ser despreciable, manipulador y... ¿eso es pan de centeno tostado? —preguntó, con la voz volviéndose sospechosamente aguda.
—El mejor de la ciudad —afirmó Bugs, deslizando la bolsa hacia el pupitre de Lucas con la punta de un dedo—. Come. Necesitas energía para la clase de gimnasia. No quiero que te desmayes y que algún idiota intente darte respiración boca a boca. Solo yo tengo la certificación necesaria para eso.
Lucas, ya con medio sándwich en la boca, se detuvo en seco.
—¿Certificación? ¿Desde cuándo se necesita una licencia para salvar a un pato de la inanición? —preguntó con las mejillas hinchadas—. Y por cierto, la última vez que revisé, tu "respiración boca a boca" se parecía mucho a un intento de asfixia por entusiasmo.
Bugs no respondió. Simplemente se dedicó a observar cómo Lucas devoraba el almuerzo, sintiendo una satisfacción posesiva que le recorría la columna vertebral. Cada movimiento de Lucas, cada queja, cada migaja que caía sobre su chaleco de punto, pertenecía al mundo de Bugs. Era una obsesión que había crecido con los años, transformándose de una simple protección infantil en algo mucho más oscuro y estructurado.
Afuera del aula, en los pasillos de la Academia Acme, el nombre de la familia Bunny se pronunciaba en susurros. Se decía que el abuelo de Bugs había construido los túneles que conectaban la ciudad con el desierto, y que su padre todavía controlaba el suministro de zanahorias —y de cosas mucho menos vegetales— de toda la costa. Bugs era el príncipe heredero, el chico que podía conseguirte un examen aprobado o hacer que tu coche apareciera en el fondo del lago de los dibujos animados en menos de diez minutos.
Y Lucas era su única debilidad. O su único tesoro. Dependiendo de a quién le preguntaras.
La puerta del salón se abrió de golpe y entró el profesor de historia, el Gallo Claudio, pavoneándose con su habitual energía ruidosa.
—¡Digo, digo, atención todos! —exclamó Claudio, golpeando el escritorio con un fajo de papeles—. ¡Hoy vamos a hablar de las grandes alianzas estratégicas! ¡Pongan atención, muchachos, que esto es más importante que un grano de maíz en un campo de trigo!
Bugs se inclinó hacia Lucas, cuya cara estaba manchada de mostaza. Con una delicadeza que nadie en la escuela creería posible, Bugs sacó un pañuelo de seda bordado con sus iniciales y limpió la mejilla del pato.
—Estás hecho un desastre, Lucas —susurró.
—¡Oye! ¡Ten cuidado con el plumaje! —protestó Lucas, aunque se quedó extrañamente quieto mientras el conejo lo aseaba—. Soy un nerd con una reputación que mantener. Si la gente piensa que me dejo mimar por el matón de la escuela, perderé todo mi crédito callejero.
—¿Crédito callejero? —Bugs soltó una carcajada suave—. Lucas, tu crédito callejero se limita a saber en qué calle está la tienda de cómics con descuento. Pero no te preocupes. Nadie piensa que te dejas mimar. Piensan que eres intocable. Y tienen razón.
La clase transcurrió entre los gritos de Claudio y los intentos de Lucas por tomar notas excesivamente detalladas sobre la Revolución Francesa, añadiendo comentarios al margen sobre cómo él habría manejado mejor la logística de las guillotinas. Bugs, por su parte, no tomó ni una sola nota. Se dedicó a garabatear en la parte de atrás de su cuaderno. Si alguien se hubiera acercado lo suficiente, habría visto planos detallados de la mansión Bunny, con una zona marcada específicamente como "Ala de Lucas: Reforzada contra explosiones y con sala de cine privada".
Al sonar el timbre, la estampida de estudiantes comenzó. Lucas fue el primero en levantarse, cargando su mochila que pesaba más que él.
—¡Tengo que ir a la biblioteca! —anunció Lucas con urgencia—. Han llegado los nuevos ejemplares de "El Pato Espacial" y si no llego antes que el tonto de Marvin, tendré que esperar una semana.
—Te sigo —dijo Bugs, levantándose con elegancia.
—¡No! —Lucas se detuvo y lo señaló con un dedo acusador—. Bugs, en serio. La biblioteca es una zona de paz. Tu aura de "don de la mafia" asusta a la bibliotecaria, la Abuelita, y ella es la única que me deja sacar libros sin pagar las multas por retraso. Quédate aquí. Ve a... no sé, a extorsionar a alguien o a masticar un huerto entero.
Bugs entrecerró los ojos. No le gustaba que Lucas estuviera fuera de su vista por más de cinco minutos. El mundo era un lugar caótico, lleno de yunques cayendo del cielo y pianos mal equilibrados. Y más allá de los peligros físicos, estaban los otros.
—Cinco minutos, Lucas —advirtió Bugs, su voz bajando una octava—. Si no estás en la entrada principal en cinco minutos, iré a buscarte. Y sabes que no me gusta entrar en la biblioteca. El silencio me pone nervioso. Me hace pensar en cosas... permanentes.
—¡Sí, sí, lo que digas, dictador de orejas largas! —gritó Lucas mientras corría por el pasillo, tropezando con sus propios pies pero recuperando el equilibrio con una pirueta indigna.
Bugs se quedó apoyado contra el marco de la puerta, observando la figura negra desaparecer entre la multitud. En ese momento, Porky se acercó a él, temblando ligeramente.
—B-B-Bugs, el Jefe quiere verte en el almacén después de las clases —susurró Porky, mirando a ambos lados—. Dice que el cargamento de "ACME" ha llegado con... b-b-defectos de fábrica. La dinamita no explota y los túneles pintados en las paredes están dejando que la gente pase de verdad. Es un caos.
Bugs sacó una zanahoria y le dio un mordisco lento, deliberado. Sus ojos seguían fijos en el punto donde Lucas había desaparecido.
—Dile a mi padre que iré cuando termine con mis asuntos —respondió Bugs sin mirar al cerdo—. Tengo una prioridad más importante que unos túneles defectuosos.
—¿L-L-Lucas otra vez? —preguntó Porky con un suspiro—. Bugs, sabes que el consejo de la familia no está muy contento con que pases tanto tiempo protegiendo a un pato que... bueno, que no aporta nada al negocio.
Bugs se giró hacia Porky con una rapidez que hizo que el cerdo retrocediera dos pasos. La sonrisa del conejo era gélida.
—Lucas aporta todo lo que necesito, Porky. Él es el único que no me mira y ve un imperio o una amenaza. Él me mira y ve a un conejo que puede ser molestado, insultado y desafiado. Él es mi humanidad. —Bugs dio un paso hacia Porky, ajustándole la corbata con brusquedad—. Y si alguien en el "consejo" tiene un problema con eso, recuérdales quién es el que tiene la mejor puntería con los pasteles de crema... y con las Thompson.
Porky asintió frenéticamente.
—E-E-Entendido, Bugs.
Bugs miró su reloj de oro. Habían pasado cuatro minutos y treinta segundos. Se enderezó la chaqueta y comenzó a caminar hacia la biblioteca. No iba a esperar al quinto minuto.
Cuando llegó a la sección de ciencia ficción, encontró a Lucas discutiendo acaloradamente con Marvin, un chico bajito que siempre llevaba un casco de fútbol y una mochila verde.
—¡Es mío, marciano de pacotilla! —chillaba Lucas, tirando de un cómic—. ¡Yo lo vi primero! ¡Mi mano tocó el papel antes de que tus sensores detectaran la tinta!
—La lógica dicta que mi velocidad de aproximación fue superior —respondía Marvin con una voz monótona pero irritante—. Por lo tanto, el ejemplar me pertenece por derecho de conquista espacial.
Bugs se aclaró la garganta. El sonido fue pequeño, pero en el silencio de la biblioteca resonó como un disparo. Marvin se tensó y soltó el cómic instantáneamente.
—He decidido que este material de lectura no es esencial para mi misión —dijo Marvin, retrocediendo lentamente—. Puedes quedártelo, criatura terrestre inferior.
—¡Ja! ¡La victoria es mía! —exclamó Lucas, abrazando el cómic contra su pecho—. ¡Tiembla ante mi intelecto superior, Marvin!
Bugs se acercó y puso una mano sobre el hombro de Lucas. Su agarre era firme, posesivo.
—¿Ya tienes lo que querías, tesoro? —preguntó Bugs, ignorando por completo la existencia de Marvin.
Lucas se puso rojo, o al menos lo más rojo que un pato negro puede ponerse.
—¡No me llames así en público! —susurró furioso—. Y sí, ya lo tengo. Pero no necesitaba tu ayuda. Lo tenía todo bajo control.
—Claro que sí, Lucas. Eres un maestro de la negociación —dijo Bugs con sarcasmo cariñoso—. Ahora, vámonos. Tenemos una cita.
—¿Cita? ¿Qué cita? —Lucas frunció el ceño—. No recuerdo ninguna cita en mi agenda. Y mi agenda está muy apretada entre mis siestas y mis planes de dominación mundial.
Bugs lo guio hacia la salida, ignorando las miradas de terror de los otros estudiantes que se apartaban como las aguas del Mar Rojo ante ellos.
—Es el aniversario de nuestro contrato —dijo Bugs mientras salían al sol de la tarde—. Diez años desde aquel helado de fresa. Vamos a ir a la vieja heladería de la calle 52.
—¿La que está detrás del club nocturno de tu familia? —preguntó Lucas, arqueando una ceja—. ¿Esa donde los camareros llevan fundas de pistola bajo las bandejas?
—Esa misma. Tienen un sabor nuevo: "Anarquía de frambuesa". Pensé que te gustaría.
Lucas guardó silencio por un momento, ajustándose la mochila. A pesar de todas sus protestas, de sus quejas sobre la falta de libertad y del comportamiento errático de Bugs, había una pequeña parte de él —una parte que nunca admitiría ni bajo tortura— que disfrutaba de esa atención asfixiante. Sabía que mientras Bugs Bunny estuviera a su lado, el mundo podía caerse a pedazos, los yunques podían llover y las mafias rivales podían declarar la guerra, pero él siempre tendría su cómic, su sándwich y a alguien que lo miraba como si fuera el centro del universo.
—Está bien —cedió Lucas con un suspiro dramático—. Pero yo elijo la música en el coche. Y nada de jazz suave, Bugs. Quiero algo con ritmo, algo que grite "soy un genio incomprendido".
Bugs le abrió la puerta de su coche de lujo, un vehículo negro blindado que brillaba bajo el sol.
—Lo que tú digas, Lucas. Después de todo, eres el esposo del jefe. Tienes ciertos privilegios.
Lucas se detuvo con un pie dentro del coche.
—¡Todavía no estamos casados! ¡Ese contrato de los seis años no incluía matrimonio, solo "lealtad eterna"!
Bugs se inclinó sobre él, atrapándolo entre su cuerpo y el coche. Sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa y divertida a la vez.
—Detalles, Lucas. Simples detalles. El anillo ya está encargado. Es de oro de 24 quilates con un diamante del tamaño de tu ego.
—¿Ah, sí? —Lucas infló el pecho, recuperando su arrogancia—. Bueno... espero que sea un diamante de buena calidad. No aceptaré nada que no brille más que mi futuro en Hollywood.
Bugs sonrió, cerró la puerta de Lucas y rodeó el coche para sentarse al volante. Mientras arrancaba el motor, que rugía con la potencia de cien caballos de fuerza, Bugs miró de reojo al pato, que ya estaba ojeando su cómic con una sonrisa de satisfacción.
—No te preocupes, Lucas —murmuró Bugs para sí mismo—. Brillarás tanto que nadie podrá apartar la vista. Pero solo yo tendré las gafas de sol para mirarte de frente.
El coche se alejó de la Academia Acme, dejando atrás una estela de humo y el eco de una risa de pato que, por una vez, no sonaba a queja, sino a una extraña y retorcida forma de felicidad. En el mundo de los Looney Tunes, la lógica era opcional, pero la obsesión de Bugs Bunny por su pato nerd era la única constante universal. Y Bugs se aseguraría de que siguiera siendo así, por las buenas o por las mafiosas.