Mokushiroku no Yonkishi
El Despertar de la Dualidad: Sombras en el Trono de Luz
El pasillo que conducía al salón del trono del Castillo de Liones nunca le había parecido tan largo a Lancelot. A pesar de su habitual paso firme y decidido, sentía una punzada de irritación en la nuca. No era solo por la presencia de la chica, a quien ahora debía llamar Seleneia, sino por la forma en que el ambiente parecía combarse a su alrededor. Cada vez que ella pasaba cerca de un guardia, Lancelot notaba cómo el hombre parpadeaba con confusión, o cómo sus ojos se perdían por un instante en un vacío inexistente.
—Tristán, deja de mirarla como si fuera un cachorro perdido —masculló Lancelot sin girar la cabeza.
El príncipe, que caminaba al lado de Seleneia con una expresión de maravilla pura, se sobresaltó ligeramente.
—No puedo evitarlo, Lance. Es solo que... es fascinante. ¿No sientes la calidez que emana? Es como estar cerca de mi madre durante un día de primavera, pero con un matiz... —Tristán buscó la palabra adecuada, frunciendo el ceño—... antiguo. Como un libro que ha estado cerrado por siglos y finalmente se abre.
—O como una herida que nunca terminó de cerrar —replicó Lancelot con frialdad—. No te dejes engañar por la superficie. Te lo dije, su mente es un caos. No tiene filtros. Si no aprende a contenerse, va a freírle el cerebro a alguien sin querer.
Seleneia, que hasta ese momento había permanecido en un silencio sepulcral, observando las armaduras decorativas con una curiosidad casi infantil, se detuvo. Sus ojos claros se fijaron en Lancelot.
—¿Freír? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. El fuego quema el cuerpo. Yo no uso fuego. Yo solo... escucho. Y a veces, cuando escucho, los demás también oyen lo que hay dentro de mí. ¿Es eso malo?
—En este mundo, lo que no se controla es peligroso —respondió Lancelot, deteniéndose frente a las grandes puertas dobles del salón—. Y tú eres la definición de falta de control.
Tristán suspiró, colocando una mano reconfortante en el hombro de Seleneia, aunque evitó el contacto visual directo para no verse abrumado por su aura.
—No le hagas caso, Seleneia. Lancelot es... pragmático. Pero tiene razón en que debemos tener cuidado. Mi padre podrá ayudarnos a entender qué eres.
Las puertas se abrieron con un chirrido solemne. Al fondo del salón, el Rey Meliodas conversaba con Ban, quien había venido de visita desde el Reino de las Hadas. La atmósfera, usualmente relajada entre los dos viejos amigos, se tensó instantáneamente en cuanto el trío cruzó el umbral.
Meliodas, que estaba riendo por alguna broma de Ban, dejó de hacerlo. Su expresión se volvió inescrutable, sus ojos verdes fijándose no en su hijo, ni en su sobrino, sino en la figura pálida que caminaba entre ellos. Ban, por su parte, dejó caer la jarra de ale que sostenía, el líquido derramándose sobre las losas de piedra sin que él pareciera darse cuenta.
—Capitán... —murmuró Ban, su voz cargada de una extraña mezcla de asombro y sospecha—. Dime que no estoy viendo visiones. Esa energía...
—Lo sé, Ban —respondió Meliodas, bajando del trono con una lentitud impropia de su carácter enérgico—. Se siente como Elizabeth. Pero hay algo más. Algo que me revuelve el estómago.
Tristán dio un paso al frente, haciendo una reverencia rápida.
—Padre, tío Ban. Encontramos a esta joven en el bosque. Lancelot la detectó primero. Dice llamarse Seleneia.
Seleneia dio un paso adelante, imitando la reverencia de Tristán de una manera un poco torpe, como si estuviera aprendiendo a mover sus extremidades en ese mismo instante. Al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los de Meliodas. El aire en el salón se volvió denso, casi irrespirable.
—Tú... —susurró Seleneia, y por primera vez, su voz mostró una emoción: una profunda y desgarradora melancolía—. Tú eres el que lloró sobre la pluma.
Meliodas se quedó petrificado. Sus puños se apretaron a los costados.
—¿De qué estás hablando? —preguntó el Rey, su voz ahora baja y peligrosa.
—Había mucha sangre —continuó Seleneia, ignorando la tensión creciente—. El cielo estaba roto. Ella extendió sus alas para salvar a los que gritaban, y una parte de ella se quedó atrás. Yo soy el eco de ese momento. Soy el dolor que ella no quiso sentir y el amor que no pudo entregar en medio de la muerte.
Ban se acercó a Lancelot, agarrándolo del hombro.
—¿Dónde diablos encontraron a esta niña, Lancelot? —preguntó en voz baja—. Su poder está fluctuando de una manera que no me gusta nada. Es como si estuviera a punto de estallar.
—Apareció de la nada, papá —respondió Lancelot, manteniendo su mano en la empuñadura de su arma—. Es inestable. Tristán cree que es un regalo, pero yo creo que es un residuo. Algo que la Reina Elizabeth dejó atrás sin saberlo.
Meliodas se acercó a Seleneia hasta quedar a escasos centímetros de ella. A pesar de su baja estatura, su presencia era abrumadora. Seleneia no retrocedió; al contrario, pareció buscar el calor que emanaba del Rey Demonio.
—No eres Elizabeth —declaró Meliodas con firmeza, aunque su voz tembló ligeramente—. Pero llevas su esencia. ¿Quién te envió? ¿Fue Arthur? ¿Es esto otra de sus retorcidas creaciones de Camelot?
Seleneia parpadeó, y una lágrima solitaria, brillante como un diamante, rodó por su mejilla.
—Nadie me envió. El tiempo me tejió. El odio de la guerra me dio forma, y la luz de la diosa me dio aliento. No entiendo quién es Arthur. Solo entiendo que mi existencia es un error que se niega a borrarse.
De repente, Seleneia se tambaleó. Sus manos se dirigieron a su cabeza y un grito silencioso pareció emanar de su piel. Una onda de energía dorada, veteada de hilos negros y purpúreos, estalló desde su cuerpo.
—¡Cuidado! —gritó Lancelot, lanzándose hacia adelante para cubrir a Tristán.
Meliodas reaccionó en un parpadeo, activando su marca demoníaca para crear una barrera de oscuridad, pero la energía de Seleneia no era un ataque físico. Era una invasión mental.
En un instante, el salón del trono desapareció para los presentes.
Lancelot se encontró de pie en medio de un campo de batalla devastado. El olor a ozono y carne quemada era insoportable. A lo lejos, vio a la Deidad Suprema y al Rey Demonio original luchando, pero su atención se centró en una figura blanca que descendía del cielo. Era Elizabeth, pero no la reina amable que él conocía. Era la Diosa Sangrienta, sus ojos brillando con un poder aterrador mientras intentaba detener la masacre.
—Mira lo que hicimos —susurró una voz a su lado.
Lancelot se giró y vio a Seleneia, pero ahora su forma era más definida, más divina y, a la vez, más monstruosa. Tenía cuatro alas, pero dos de ellas eran negras como el azabache, goteando una sustancia que parecía sombra líquida.
—Esto es lo que soy —dijo Seleneia—. Soy la memoria de la Gran Guerra Santa que nadie quiere recordar. Soy el pecado de la paz que se construyó sobre cadáveres.
Lancelot apretó los dientes, luchando por no sucumbir a la desesperación que la visión le provocaba.
—¡Esto no es real! —rugió él—. Eres solo un fragmento de energía residual. ¡Sal de mi cabeza!
—¿Real? —Seleneia sonrió con tristeza—. ¿Qué es real para alguien que nació de una pluma olvidada? Lancelot, tú que puedes leer los corazones... dime, ¿qué ves en el mío?
Lancelot hizo lo que siempre evitaba hacer a menos que fuera estrictamente necesario: abrió sus sentidos al máximo, sumergiéndose en la esencia de la chica. Lo que encontró lo dejó sin aliento. No había maldad, pero tampoco había bondad. Había un vacío hambriento que intentaba llenarse con las emociones de los demás. Seleneia era un espejo roto que reflejaba lo peor y lo mejor de quienes la rodeaban.
Con un grito de voluntad, Lancelot rompió la conexión.
El mundo volvió a la normalidad. Se encontró de nuevo en el salón del trono, respirando con dificultad. Meliodas estaba de rodillas, con una expresión de dolor profundo, como si acabara de revivir sus peores traumas. Tristán estaba llorando en silencio, abrumado por la pureza del sentimiento que había experimentado. Ban era el único que permanecía en pie, aunque su rostro estaba pálido y sus manos temblaban.
Seleneia estaba en el centro, desplomada en el suelo, su cabello plateado cubriendo su rostro. La energía se había disipado, dejando tras de sí un silencio sepulcral.
—Ella... ella no sabe lo que hace —dijo Tristán con la voz quebrada—. Padre, ella solo está sufriendo.
Meliodas se puso en pie lentamente, borrando rastro de emoción de su rostro. Miró a la chica con una seriedad que helaba la sangre.
—Es un peligro para Britannia —dijo el Rey—. Si Arthur pone sus manos sobre ella, o si ella pierde el control en una ciudad habitada, las consecuencias serían catastróficas. Su sola presencia altera la psique de los seres vivos.
—¿Qué sugieres, Capitán? —preguntó Ban, cruzándose de brazos—. ¿Encerrarla? No parece que una celda pueda contener eso.
—No —intervino Lancelot, recuperando su compostura estoica—. Encerrarla solo aumentaría su inestabilidad. Ella necesita una ancla. Alguien que pueda resistir su influencia y enseñarle a filtrar lo que recibe.
Meliodas miró a Lancelot, evaluándolo.
—¿Estás sugiriendo lo que creo, Lancelot?
—Yo soy el único que puede leerla sin perderse —dijo Lancelot con firmeza—. Y Tristán es el único que puede calmar su parte divina. Entre los dos, podemos vigilarla.
Tristán levantó la vista, sus ojos brillando con esperanza.
—¿Lo dices en serio, Lance? ¿Nos dejarás ayudarla?
Lancelot soltó un suspiro de resignación, mirando a Seleneia, quien comenzaba a removerse en el suelo.
—No es por caridad, Tristán. Es por seguridad. Si se queda aquí, destruirá el castillo desde adentro. Si se va, Camelot la encontrará. La mejor opción es mantenerla cerca, bajo supervisión constante.
Meliodas guardó silencio durante un largo rato, mirando a la chica que era un recordatorio viviente del pasado de su esposa. Finalmente, asintió.
—Está bien. Pero bajo tu responsabilidad, Lancelot. Si veo que se convierte en una amenaza real, tendré que intervenir. Y sabes que no seré amable.
Seleneia se incorporó lentamente, mirando a su alrededor con ojos desenfocados. Se fijó en Lancelot y, por un momento, la conexión que habían tenido en la visión pareció persistir.
—Lancelot... —susurró ella—. Tu mente es como un bosque bajo la lluvia. Es fría, pero limpia.
—Ahorrate los halagos —replicó él, extendiendo una mano, pero sin tocarla—. Vas a venir con nosotros. Vas a aprender a ser algo más que un eco, o te juro que yo mismo buscaré la forma de devolverte a la nada de la que viniste.
Seleneia observó la mano extendida. No la tomó, pero se puso en pie por su cuenta, mostrando una determinación que no tenía antes.
—Acepto —dijo ella—. Quiero entender por qué la luz y la sombra luchan tanto dentro de los corazones. Quiero saber por qué existo.
Tristán sonrió, aunque sus ojos seguían rojos por las lágrimas.
—Te enseñaremos, Seleneia. Bienvenido a Liones... supongo.
Mientras el grupo salía del salón, Meliodas se quedó observándolos. Ban se acercó a su lado, suspirando.
—Esto va a terminar mal, ¿verdad, Capitán?
Meliodas no respondió de inmediato. Miró hacia el balcón, donde la luz del atardecer bañaba el reino.
—Esa chica no es una persona, Ban. Es una cicatriz de la Gran Guerra Santa que ha cobrado vida. Y las cicatrices siempre duelen cuando cambia el clima. Arthur no tardará en sentirla.
Mientras tanto, en los pasillos del castillo, Seleneia caminaba entre Lancelot y Tristán. Por un momento, su imagen pareció desdoblarse: por un lado, una doncella celestial de luz cegadora; por otro, una sombra retorcida llena de lamentos. Pero al parpadear, solo quedaba la chica de cabello plateado y mirada curiosa.
Lancelot la observaba por el rabillo del ojo. Sabía que estaba jugando con fuego, pero había algo en la vulnerabilidad de Seleneia que lo obligaba a actuar. No era solo el parecido con Elizabeth; era el hecho de que ella era un lienzo en blanco en un mundo lleno de manchas.
—Oye, Seleneia —dijo Lancelot mientras bajaban hacia los jardines—. Una regla: no entres en mi cabeza sin permiso. Si lo haces, no seré tan paciente la próxima vez.
—Entendido, Lancelot —respondió ella, caminando con una gracia sobrenatural—. Pero tu cabeza es un lugar muy interesante. Hay un nombre que brilla más que los demás. ¿Quién es "Ginebra"?
Lancelot se tensó por completo, sus ojos rojos centelleando con una advertencia peligrosa. Tristán soltó una risita nerviosa, tratando de calmar las aguas.
—Vaya, parece que Seleneia ya ha encontrado tu punto débil, Lance.
—Cállate, Tristán —gruñó Lancelot, acelerando el paso.
Seleneia los siguió, observando cómo las sombras de los árboles se alargaban con la puesta del sol. Por primera vez en su corta existencia, no se sentía como un fragmento a la deriva. Tenía un propósito, aunque fuera el de ser vigilada. Y en lo profundo de su ser, donde la pluma de Elizabeth aún latía con energía divina, algo nuevo comenzaba a crecer: una voluntad propia que no pertenecía a dioses ni a demonios, sino a ella misma.
El destino de los Cuatro Caballeros del Apocalipsis acababa de volverse mucho más complicado. Porque Seleneia no era solo una anomalía; era la prueba de que el pasado de Britannia nunca se va del todo, y que a veces, las emociones más puras pueden dar lugar a las existencias más inquietantes.