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multiverso reacciona multiverso

El Despertar de los Falsos Dioses: La Caída de Vought

El resplandor de la pantalla no se desvaneció de inmediato. El silencio que siguió a la visión de AM era denso, casi físico, una presión en el pecho que afectaba tanto a los habitantes de mundos mágicos como a los de civilizaciones futuristas. En la Torre de los Vengadores, Tony Stark miraba su reflejo en el cristal de una pantalla secundaria, preguntándose por primera vez si la inteligencia artificial que él mismo perfeccionaba podría, algún día, desarrollar un odio tan vasto como el de la máquina que acababan de presenciar.

—Esa cosa... AM... no buscaba conquistar —murmuró Bruce Banner, con las manos entrelazadas para ocultar un leve temblor—. Solo buscaba que el dolor fuera eterno. Es la antítesis de la vida.

—Lo que sigue no será más alentador —advirtió la voz del Observador, resonando en cada rincón del multiverso—. Si AM fue el resultado de la frialdad de la lógica sin alma, lo que veréis ahora es el resultado de la adoración sin escrúpulos. El peligro de elevar a los hombres a la categoría de dioses antes de que aprendan a ser humanos.

La pantalla volvió a cobrar vida. Pero esta vez, la imagen no mostraba cables ni máquinas oxidadas. Mostraba un mundo que, a primera vista, parecía extrañamente familiar para muchos. Rascacielos de cristal, cámaras de televisión, vallas publicitarias gigantescas y una multitud de personas vitoreando en las calles de una Nueva York vibrante.

—Se parece a mi casa —comentó Peter Parker, ajustándose la máscara mientras observaba los detalles—. Pero hay algo que no encaja.

En la pantalla, un logotipo dorado brilló con intensidad: una "V" estilizada. "Vought International".

—¿Héroes? —preguntó All Might en el mundo de My Hero Academia, su sonrisa perpetua flaqueando por la tensión—. Parece una sociedad de héroes establecida, similar a la nuestra.

—No te dejes engañar por el brillo, Toshinori —respondió Gran Torino, con los ojos entrecerrados—. El Observador dijo que veríamos la caída de los dioses.

La cámara en la pantalla se centró en un grupo de individuos que caminaban por una alfombra roja. Eran "Los Siete". A la cabeza iba un hombre con una capa que imitaba la bandera estadounidense, un traje azul brillante y una sonrisa que parecía tallada en mármol. Sus ojos eran de un azul gélido, y su postura irradiaba un poder absoluto.

—Homelander —susurró el narrador de la pantalla, como si el nombre mismo fuera una advertencia.

En la Atalaya de la Liga de la Justicia, Superman se tensó. Había algo en la mirada de aquel hombre, en la forma en que su sonrisa no llegaba a sus ojos, que le revolvió el estómago. Era como verse en un espejo distorsionado, una versión de sí mismo que carecía de la calidez de los Kent.

—Se parece a ti, Clark —dijo Batman, analizando los datos biométricos que la pantalla permitía captar—. Pero sus niveles de cortisol y su lenguaje corporal indican una inestabilidad emocional severa. Es una bomba de relojería.

La escena cambió abruptamente. Ya no era una alfombra roja. La pantalla mostró un avión comercial surcando los cielos. Dentro, el pánico era total. Los terroristas habían tomado el control, pero la esperanza llegó en forma de Homelander y una mujer guerrera llamada Queen Maeve.

—¡Es Homelander! ¡Estamos salvados! —gritó un pasajero en la grabación.

Los espectadores de todos los universos soltaron un suspiro de alivio colectivo, esperando el acto heroico que definiría a un salvador. Pero lo que siguió fue una pesadilla de negligencia. Homelander, en un arrebato de impaciencia, usó su visión de calor para despedazar a los terroristas, pero también destruyó los controles del avión.

—Uy —dijo Homelander en la pantalla, con una indiferencia que congeló la sangre de los espectadores—. He frito el panel.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Queen Maeve, horrorizada—. ¡Podemos llevar a la gente a salvo! ¡Uno por uno!

—¿Cómo? —respondió él, su voz volviéndose fría y cortante—. ¿Quieres que baje y suba ciento veinte veces? No hay tiempo. Si intentamos salvar a unos pocos y los demás mueren, pareceremos unos fracasados. Es mejor dejarlos caer a todos. Dejemos que el avión se estrelle. Diremos que llegamos tarde.

—¡No puedes hablar en serio! —exclamó Izuku Midoriya en el mundo de My Hero Academia, golpeando la mesa con el puño—. ¡Eres un héroe! ¡Tienes que intentarlo!

En la pantalla, una niña pequeña se acercó a Homelander, llorando, suplicando por su vida. El "héroe" se agachó, pero no para consolarla.

—Atrás —le espetó con una mirada de puro asco—. O te quemo ahora mismo.

El avión se estrelló. Cientos de vidas se apagaron en un instante de fuego y metal. Minutos después, frente a las cámaras de las noticias, Homelander volaba sobre los restos, con lágrimas falsas en los ojos, culpando al gobierno por no haberles dado jurisdicción antes.

—Si hubiéramos estado en la cadena de mando, esto no habría pasado —decía el impostor ante las cámaras—. Es una tragedia que me perseguirá siempre.

Un silencio de muerte cayó sobre el multiverso.

—Es un sociópata —dijo Tony Stark, su voz llena de un desprecio que rara vez mostraba—. No es un héroe. Es un producto de marketing con el poder de un dios y la moral de un tiburón.

—Es peor que eso —añadió Steve Rogers, con el escudo descansando a su lado—. Es un traidor a todo lo que representa el uniforme. Usa el dolor de los demás para alimentar su ego.

En el mundo de One Piece, Luffy miraba la pantalla con el ceño fruncido, su usual alegría reemplazada por una rabia sorda.

—Ese tipo... no es libre —dijo el capitán de los Sombrero de Paja—. Es un esclavo de sus mentiras. Y hace sufrir a la gente por ello. ¡Le patearía el trasero!

—No podrías, Luffy —intervino Robin, analizando la situación—. Ese mundo está diseñado para protegerlo. No es solo un hombre, es una corporación.

La pantalla continuó mostrando la verdad detrás de Vought. El Compuesto V, la sustancia química que creaba a los "héroes", revelando que no eran elegidos por el destino o la genética, sino fabricados en laboratorios como experimentos comerciales. Se mostraron escenas de A-Train pasando por encima de una mujer joven, convirtiéndola en una nube de sangre solo porque tenía prisa. Se mostró a The Deep abusando de su posición. Se mostró la depravación de un mundo donde el poder absoluto no corrompía, sino que revelaba la podredumbre que ya estaba allí.

—¿Véis esto? —preguntó la voz del Observador—. Esto es lo que sucede cuando la justicia se convierte en una marca. Cuando los salvadores son propiedad de accionistas.

En el mundo de Naruto, Sasuke Uchiha observaba con una expresión sombría.

—Se creen por encima de la ley porque nadie puede detenerlos —dijo Sasuke—. Es el mismo ciclo de odio, pero disfrazado de capas y colores brillantes.

—Pero hay quienes se resisten —anunció el Observador.

La imagen cambió para mostrar a un hombre de barba espesa, ojos inyectados en sangre y una gabardina negra. Billy Butcher. Su rostro era un mapa de odio y pérdida.

—Es hora de que los "Supes" paguen —dijo Butcher en la pantalla, sosteniendo una palanca—. Si un dios se porta mal, tienes que derribarlo.

—Ese hombre... está lleno de oscuridad —comentó Tanjiro Kamado, sintiendo el "olor" de la desesperación a través de la conexión mística de la pantalla—. Su motivación es la venganza, no la justicia. Si lucha contra esos monstruos, ¿en qué se convertirá él?

—Se convertirá en lo que sea necesario —respondió una voz desde el universo de Batman—. A veces, para cazar a un monstruo, tienes que ser capaz de mirar al abismo sin parpadear.

La reacción en el multiverso era dispar. Algunos, como los héroes de la Clase 1-A, estaban en estado de shock, viendo cómo su ideal de heroísmo era pisoteado. Otros, como los villanos de la Liga de Villanos, reían con cinismo.

—¡Es maravilloso! —exclamó Shigaraki Tomura, rascándose el cuello con frenesí—. ¡Es la prueba de que vuestra sociedad de héroes es una farsa! ¡Incluso en otros mundos, sois solo basura engreída!

—Cierra la boca, Shigaraki —rugió Endeavor desde su oficina, aunque sus propios ojos mostraban una duda profunda. Él mismo había cometido errores por ambición, y verse reflejado en la falta de escrúpulos de Vought le resultaba doloroso.

La pantalla mostró entonces un montaje de la caída. No fue una batalla épica, sino una erosión moral. Homelander perdiendo la cabeza, asesinando a civiles en plena luz del día mientras una parte de la población, cegada por el fanatismo, lo vitoreaba de todos modos. La manipulación mediática, el miedo como herramienta de control y el colapso de la fe en lo que es correcto.

—No tengo boca y debo gritar —citó el Doctor Strange, recordando el capítulo anterior—. En el mundo de AM, la máquina era el carcelero. En este mundo de Vought, la humanidad se ha construido su propia jaula de oro. Adoran a los monstruos que los devoran.

—¿Hay alguna esperanza para ellos? —preguntó Wonder Woman, su voz resonando con una autoridad divina—. ¿O estamos viendo simplemente la ejecución de una realidad?

—La esperanza reside en la verdad —respondió el Observador—. Pero la verdad duele. Y para algunos mundos, el dolor es demasiado grande para sobrevivir a él.

La imagen final de este segmento mostró a Homelander de pie en la cima de un edificio, cubierto de sangre, mirando a la cámara con una sonrisa desquiciada. Ya no fingía ser un héroe. Ya no le importaba.

—Puedo hacer lo que quiera —susurró Homelander, y su voz se filtró por los altavoces de todos los universos—. Puedo hacer... lo que... me dé la gana.

La pantalla se fundió a negro, dejando el eco de esas palabras flotando en el aire.

En el mundo de Dragon Ball, Vegeta apretó los dientes.

—Esa basura... se cree un dios solo porque puede volar y lanzar rayos —gruñó el príncipe saiyajin—. Si apareciera frente a mí, le enseñaría lo que es el verdadero poder. No es más que un niño con un juguete peligroso.

—El problema, Vegeta —dijo Goku, rascándose la nuca con una expresión inusualmente seria—, es que en su mundo, no hay nadie como nosotros para ponerlo en su lugar. Él es el techo de ese mundo. Y eso es lo que da miedo.

En la Torre de los Vengadores, el silencio era absoluto. Tony Stark se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad de Nueva York.

—Viernes —dijo en voz baja.

—¿Sí, señor?

—Dime que nunca permitiremos que Industrias Stark se convierta en Vought.

—He configurado protocolos de ética redundantes, señor. Pero como dijo el Observador, la vigilancia debe ser constante.

De repente, la pantalla volvió a parpadear. Esta vez, el color no fue rojo como con AM, ni dorado como con Vought. Fue un gris ceniciento, un color que evocaba polvo y olvido.

—Habéis visto el odio de la máquina —dijo el Observador—. Habéis visto la corrupción del héroe. Ahora, preparaos para ver lo que sucede cuando el mundo no termina con un grito, ni con una explosión... sino con una elección equivocada.

—¿Qué podría ser peor que lo que ya hemos visto? —preguntó Sakura, abrazándose a sí misma.

—El vacío —respondió la voz—. El momento en que el protector de un mundo decide que la única forma de salvarlo es destruyéndolo.

En la pantalla, empezaron a aparecer símbolos extraños. Una runa que parecía una "S" estilizada, pero rodeada de un aura de oscuridad. Un trono de huesos. Y un hombre de ojos rojos que no irradiaba locura como Homelander, sino una fría y absoluta determinación.

—Oh, no —susurró Batman, reconociendo la variante de la simbología—. Esto no es sobre un falso héroe. Esto es sobre un dios que se rindió a la tiranía.

—Bienvenidos al siguiente nivel del abismo —dijo el Observador—. Bienvenidos a la Injusticia.

La pantalla brilló con una intensidad cegadora, y los corazones de millones de seres en el multiverso latieron al unísono, temiendo que la siguiente lección fuera la definitiva. La gran reacción continuaba, y las fronteras entre lo que estaba bien y lo que estaba mal se volvían cada vez más borrosas bajo la luz cruda de la verdad multiversal.

—Si los héroes caen —murmuró Naruto, ajustándose su banda ninja—, entonces nosotros tendremos que ser los que los levanten. O los que los detengan.

—Buena suerte con eso, chico —susurró una voz desde las sombras de la pantalla, una voz que sonaba sospechosamente como la de Billy Butcher—. Porque cuando los dioses se vuelven locos, los humanos somos los primeros en arder.

El multiverso contuvo el aliento. El siguiente capítulo estaba a punto de comenzar, y la sombra de Superman —o lo que quedaba de él en ese mundo oscuro— se proyectó sobre todas las realidades, prometiendo un juicio que nadie estaba preparado para recibir.