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Multiverso reaccionando al multiverso jesus christ

La Fragilidad del Falso Dios

El silencio que siguió a la desaparición de la luz blanca no fue el de la paz, sino el de una tensión a punto de estallar. Aunque habían regresado a sus respectivos mundos en teoría, la realidad se plegó sobre sí misma una vez más. El espacio-tiempo se retorció, y antes de que Tony Stark pudiera procesar la información de JARVIS o que Steve Rogers pudiera soltar un suspiro, todos se encontraron de nuevo en la misma sala de cine.

Pero algo había cambiado. La pantalla no estaba encendida. En el centro del pasillo principal, una figura permanecía de pie, de espaldas a las butacas. Llevaba una túnica sencilla, desgastada por el camino, y sus pies estaban cubiertos por el polvo de una tierra que no conocía el asfalto.

—¿Otra vez aquí? —masculló Billy Butcher, apretando los puños—. Ya vimos la película, ¿qué más quieren? ¿Vendernos el merchandising?

Homelander no escuchaba a Butcher. Su pecho subía y bajaba con violencia. La visión de la crucifixión y, sobre todo, de la resurrección, había fracturado algo dentro de su psique ya inestable. Él era el producto de un laboratorio, el pináculo de la ingeniería genética, el hombre que no podía morir. Ver a alguien que poseía una autoridad que él no comprendía, una que no emanaba de la violencia sino de la entrega, le resultaba un insulto personal.

—Tú... —siseó Homelander, flotando lentamente hacia el centro del pasillo. Sus ojos comenzaron a brillar con un carmesí tóxico—. Tú no eres real. Eres un truco. Un holograma. Un estúpido cuento de hadas para que la gente débil se sienta mejor por ser basura.

—John, detente —advirtió Clark Kent, dando un paso al frente. Su superoído captaba algo que lo dejó paralizado: el corazón del hombre de la túnica no latía con el frenesí del miedo, sino con una cadencia rítmica, profunda y serena, como el pulso de la misma creación.

—¡No me digas qué hacer, Kriptoniano! —rugió Homelander, perdiendo el control—. ¡He visto cómo lo mataban! ¡He visto cómo lo humillaban! Si es un Dios, es un Dios patético. Yo soy el único que merece ser adorado. ¡Mírame!

La figura se dio la vuelta lentamente. No había rayos en sus ojos, ni una armadura reluciente, ni una capa que ondeara con el viento artificial de la sala. Jesús lo miró. Sus ojos eran de un marrón profundo, llenos de una claridad que parecía atravesar las capas de narcisismo, odio y soledad que conformaban al líder de los Siete.

—Te veo, John —dijo la figura. Su voz no era un grito, pero resonó con más fuerza que la explosión de una bomba—. Te veo desde el momento en que te apartaron de tu madre. Veo el frío del laboratorio y el vacío de tu corazón.

—¡Cállate! ¡Cierra la boca! —Homelander aterrizó bruscamente, el suelo de la sala crujiendo bajo sus botas—. ¡No sabes nada de mí! ¡Soy un Dios! ¡Hago lo que quiero!

Llevado por una furia ciega, Homelander lanzó un puñetazo. Fue un golpe cargado con toda su fuerza, capaz de atravesar un portaaviones o decapitar a un titán. El aire silbó ante la velocidad del impacto. Los Vengadores se tensaron, Diana gritó una advertencia y Batman entrecerró los ojos, esperando ver una explosión de sangre.

Sin embargo, no hubo impacto.

Jesús no se movió de su lugar. Simplemente levantó su mano derecha. Sus dedos, callosos por el trabajo de la madera, se cerraron con suavidad alrededor del puño masivo de Homelander.

El estruendo que todos esperaban nunca llegó. Fue como si el movimiento de Homelander se hubiera encontrado con el final del tiempo mismo. El puño, capaz de mover montañas, quedó anclado en la palma de la mano del carpintero.

Homelander parpadeó, confundido. Intentó empujar, sus músculos se tensaron hasta el límite, sus venas se hincharon en su cuello y sus ojos brillaron con más intensidad, pero no pudo avanzar ni un milímetro. Era como si estuviera tratando de empujar el universo entero.

—¿Qué... qué es esto? —jadeó Homelander, el miedo empezando a filtrarse por las grietas de su ira—. ¡Suéltame!

Jesús no lo soltó. Pero tampoco apretó con intención de romperle los huesos. No había fuerza física en su agarre, no de la manera que Stark o Banner entenderían. Era una autoridad absoluta sobre la materia y el espíritu.

Jesús bajó la mirada hacia el puño de Homelander y luego lo miró directamente a los ojos. No había furia en su rostro. No había juicio, ni el desprecio que Butcher le lanzaba a diario, ni el odio de sus enemigos.

Había compasión. Una tristeza infinita y amorosa, como la de un padre que ve a un niño rompiendo sus juguetes en un berrinche destructivo.

—Buscas el poder porque crees que te protegerá de la soledad —dijo Jesús con suavidad, mientras su mano seguía sosteniendo el puño del "héroe"—. Pero el poder que posees es una jaula, John. Te han enseñado a ser temido porque nadie te enseñó a ser amado.

—¡Mientes! —gritó Homelander, aunque esta vez su voz se quebró—. ¡Todo el mundo me ama! ¡Tengo millones de fans! ¡Soy el más grande!

—Buscas amor en los aplausos de los hombres, que hoy te aclaman y mañana te olvidan —continuó Jesús, ignorando las protestas—. Yo te ofrezco una paz que el mundo no puede darte. No necesitas ser un Dios, porque yo ya soy tu Dios, y te amé antes de que el primer átomo de tu cuerpo fuera creado.

Homelander sintió que sus piernas fallaban. La energía roja de sus ojos se desvaneció, dejando solo el azul empañado por las lágrimas. La fuerza que lo sostenía, esa mano firme y cálida, no lo estaba derrotando; lo estaba sosteniendo.

—¿Por qué no me matas? —susurró Homelander, colapsando de rodillas mientras su puño seguía atrapado en la mano de Jesús—. Soy un monstruo. He hecho cosas... cosas horribles. Deberías destruirme.

Jesús soltó su mano y, en lugar de alejarse, puso esa misma palma sobre la cabeza del hombre rubio, que ahora sollozaba como el niño que nunca se le permitió ser en aquel laboratorio de Vought.

—No he venido a destruir lo que está roto, sino a restaurarlo —respondió Él—. La verdadera fuerza no es la capacidad de quitar la vida, John, sino la voluntad de darla.

En las butacas, el silencio era absoluto. Tony Stark sentía un nudo en la garganta que no podía tragar. Steve Rogers se quitó el casco, bajando la cabeza en señal de reverencia. Incluso Billy Butcher había dejado de mascullar insultos; sus ojos estaban fijos en la escena, su cinismo chocando contra una pared de realidad que no podía derribar con sarcasmo.

—Esto es... —comenzó Bruce Wayne, pero no pudo terminar la frase.

—Es la Gracia —completó Diana, con los ojos húmedos—. Algo que nosotros, con todas nuestras armas y poderes, a menudo olvidamos.

Jesús miró a la sala, recorriendo con la vista a cada uno de los héroes y antihéroes presentes. Se detuvo en Peter Parker, que temblaba levemente; en Logan, que mantenía una expresión de dolor contenido; y finalmente en Clark, quien le devolvió la mirada con una comprensión profunda.

—Habéis visto mi historia —dijo Jesús, y su voz parecía llenar no solo la sala, sino el alma de cada uno—. Habéis visto el precio que pagué. No os he traído aquí para que me admiréis como a un personaje de vuestras crónicas. Os he traído para que recordéis quiénes sois.

Caminó hacia el centro de la sala, alejándose de un Homelander que permanecía arrodillado, temblando en el suelo.

—Stark —dijo, y Tony se enderezó instintivamente—. Tu intelecto es un don, pero no dejes que tu orgullo construya muros entre tú y aquellos a los que debes proteger. La armadura más fuerte es la que no se ve.

Tony asintió lentamente, sintiéndose extrañamente ligero, como si un peso de años hubiera sido removido de sus hombros.

—Rogers —continuó Jesús—. Tu escudo protege el cuerpo, pero tu fe debe proteger el espíritu. No luches por una nación, lucha por la justicia que trasciende las fronteras de los hombres.

Steve puso una mano sobre su corazón, sintiendo que su propósito se renovaba con una claridad que no había sentido desde los días de la guerra.

—Y tú, Bruce —dijo, mirando hacia el rincón más oscuro donde Batman se ocultaba—. Buscas la justicia en las sombras, pero la luz también brilla en la oscuridad, y la oscuridad no prevaleció contra ella. No dejes que el dolor de tu pasado te convierta en aquello que juraste combatir. El perdón es la justicia más alta.

Batman no respondió con palabras, pero su mandíbula se relajó y sus puños se abrieron.

Finalmente, Jesús se volvió hacia la pantalla, que volvió a iluminarse, pero esta vez no con imágenes de Judea, sino con imágenes de los mundos de los héroes presentes. Vieron el caos de Nueva York, la corrupción de Gotham, la tiranía de Vought.

—El mundo que protegéis está herido —dijo Jesús—. Pero no está perdido. Cada vez que elegís el sacrificio sobre el egoísmo, cada vez que mostráis misericordia al que no la merece, estáis participando en mi obra.

Se acercó de nuevo a Homelander, quien levantó la vista, con el rostro surcado por las lágrimas.

—Levántate, John —dijo Jesús, extendiendo su mano para ayudarlo—. Tu pasado no define tu futuro, a menos que tú lo permitas. Vuelve, y trata de ser el hombre que ellos creen que eres, no por vanidad, sino por amor.

Homelander tomó la mano de Jesús. Al tocarla, una calidez recorrió su cuerpo, apagando el fuego constante de su ira y reemplazándolo por una calma extraña, casi aterradora por lo desconocida que era.

—¿Por qué nos haces esto? —preguntó Butcher desde el fondo, su voz menos áspera que antes—. ¿Por qué darnos esperanza en mundos tan podridos como los nuestros?

Jesús sonrió, y fue una sonrisa que pareció iluminar toda la sala, más que cualquier proyector.

—Porque la esperanza no es una ilusión, William. Es el ancla del alma. Y aunque os sintáis solos en vuestras batallas, nunca lo habéis estado.

La luz blanca comenzó a regresar, pero esta vez no era cegadora, sino suave, como el sol de la mañana.

—Recordad lo que habéis visto —dijo la voz de Jesús mientras sus formas empezaban a desvanecerse—. No sois dioses. Sois hombres y mujeres llamados a algo más grande. Sed luz.

Cuando la luz se desvaneció por completo, la sala de cine había desaparecido.

Tony Stark se encontró de nuevo en su taller. Miró su armadura de Iron Man, pero esta vez no vio una herramienta de guerra, sino una herramienta de servicio. Se sentó frente a su ordenador y empezó a redactar un plan para limpiar el agua de comunidades desfavorecidas, algo que JARVIS notó con curiosidad.

En Gotham, Bruce Wayne salió a la batcueva, pero no se dirigió a la computadora para rastrear criminales. Se acercó a Alfred, quien lo miraba preocupado.

—Alfred —dijo Bruce, su voz más suave—. Mañana... quiero organizar una fundación para los hijos de los convictos de Blackgate. No podemos seguir castigando el futuro por los errores del pasado.

Alfred sonrió, una sonrisa pequeña pero llena de alivio. —Excelente idea, señor Bruce.

En la torre de los Siete, Homelander aterrizó en el balcón. Ashley corrió hacia él, gritando sobre los índices de audiencia y una nueva crisis de relaciones públicas. Homelander la miró, y por primera vez, ella no vio el destello de muerte en sus ojos. Vio a un hombre que parecía estar despertando de una pesadilla muy larga.

—Ashley —dijo Homelander, su voz tranquila—. Cancela la rueda de prensa. Y llama a los demás. Tenemos que hablar sobre cómo vamos a ayudar realmente a la gente a partir de ahora.

Ella se quedó boquiabierta, pero él ya se había dado la vuelta, mirando hacia el horizonte, recordando la mano de un carpintero que había detenido su odio con un simple gesto de paz.

En Metrópolis, Clark Kent volaba alto sobre las nubes, sintiendo el sol en su piel. Pero ya no se sentía como un extraño en un mundo ajeno. Se sentía parte de un plan mucho más grande, un plan que había comenzado en un pesebre y que no terminaría nunca.

La historia del Hombre que dividió el tiempo en dos no había terminado en la pantalla. Había comenzado de nuevo, esta vez grabada en los corazones de aquellos que el mundo llamaba héroes, pero que ahora sabían que solo eran siervos de una Verdad mucho más profunda.

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