My angel
El Juramento de la Tierra y el Despertar de las Sombras
—¡No puedo creer que hayamos sobrevivido! —exclamó Wooyoung, lanzando su birrete al aire con una fuerza que casi golpea una de las lámparas del salón donde celebraban—. ¡Adiós a los exámenes, adiós a las noches sin dormir y hola a la libertad!
San lo atrapó por la cintura, riendo con esa energía vibrante que siempre parecía iluminar la habitación. El ambiente en la pequeña fiesta privada que habían organizado los ocho amigos estaba cargado de una mezcla agridulce de nostalgia y euforia. Habían pasado años desde que aquel grupo tan dispar se unió, y ahora, con los diplomas en mano, el futuro se extendía ante ellos como un lienzo en blanco.
Yeosang sonreía mientras observaba a sus amigos. Su vida como humano era ahora una realidad tan sólida que los rastros de su pasado celestial eran como ecos de un sueño olvidado hace mucho tiempo. Se sentía pleno. Su piel, sus sentidos, su amor por la comida y, sobre todo, su devoción por Jongho, eran las únicas verdades que conocía.
—¿Estás bien, Yeosangie? —preguntó Jongho, acercándose a él.
Jongho se veía imponente en su traje de graduación, pero sus ojos mantenían esa dulzura que solo reservaba para Yeosang. Bajo la mesa, su mano buscó la de Yeosang, apretándola con una firmeza que ocultaba un ligero temblor.
—Estoy más que bien —respondió Yeosang, inclinando la cabeza para apoyarla en el hombro de su novio—. Solo estaba pensando en lo afortunado que soy. A veces siento que mi vida empezó de verdad el día que te conocí bajo aquel roble.
Jongho tragó saliva, sintiendo el peso de la pequeña caja de terciopelo en el bolsillo de su chaqueta.
—Chicos, un momento de atención —dijo Jongho, levantándose de repente. El salón quedó en silencio. Sus amigos, que estaban al tanto del plan, intercambiaron miradas cómplices. Hongjoong y Seonghwa se acercaron un poco más, mientras que Yunho y Mingi detuvieron su charla.
—Yeosang —comenzó Jongho, girándose hacia él—. Estos años han sido los mejores de mi vida. Me enseñaste que el mundo es mucho más hermoso de lo que yo creía. Me cuidaste cuando estaba asustado y me amaste cuando ni siquiera yo me quería.
Jongho se arrodilló, y Yeosang sintió que el corazón le daba un vuelco. El tiempo pareció detenerse, tal como Yeosang había deseado una vez frente a un lago lleno de linternas.
—No sé qué nos depara el futuro, pero sé que no quiero caminar hacia él si no es de tu mano. Kang Yeosang, ¿me harías el honor de casarte conmigo y dejarme amarte hasta que el tiempo se detenga?
Las lágrimas brotaron de los ojos de Yeosang antes de que pudiera procesar las palabras. La marca en forma de corazón cerca de su ojo pareció calentarse, un eco lejano de una bendición divina que ahora se transformaba en un compromiso humano.
—Sí —susurró Yeosang, y luego lo repitió con más fuerza—. ¡Sí, mil veces sí, Jongho!
El salón estalló en vítores. Wooyoung gritaba de alegría mientras San intentaba calmarlo, y Yunho abrazaba a un Mingi que parecía inusualmente conmovido. Jongho deslizó el anillo en el dedo de Yeosang y lo levantó en un abrazo que los fundió en uno solo.
En una esquina del salón, Mingi observaba la escena con una profundidad en la mirada que nadie más que Yunho podía descifrar. Mingi, quien una vez descendió a la tierra con el único propósito de saborear el pecado y la corrupción humana como un demonio aburrido de las sombras, se sentía transformado.
—Es hermoso, ¿verdad? —susurró Yunho al oído de Mingi, rodeando su cintura con un brazo protector.
—Es más que eso —respondió Mingi con su voz profunda, pero esta vez despojada de cualquier rastro de malicia—. Es real. Antes pensaba que los humanos eran patéticos por sus apegos, pero ahora... daría cualquier cosa por asegurar que este sentimiento no termine nunca.
Mingi miró sus manos. Ya no sentía el llamado del abismo. El amor de Yunho y la pureza de la amistad de los chicos habían actuado como un bálsamo que borraba su naturaleza oscura.
—Yunho —dijo Mingi, girándose hacia su novio—, ya no quiero volver. No quiero ser un demonio que juega a ser humano. Quiero ser un hombre. Quiero envejecer contigo, aunque eso signifique perder mis poderes o enfrentar la mortalidad. Prefiero morir siendo amado por ti que vivir milenios en la oscuridad.
Yunho le sonrió, depositando un beso tierno en su mejilla.
—Ya eres un hombre para mí, Mingi. Y nos encargaremos de que así sea para siempre.
Mientras tanto, Seonghwa observaba a la pareja recién comprometida con una mezcla de melancolía y admiración. Él, que recordaba perfectamente su origen celestial y la misión de redención que lo trajo a la tierra, sentía que su propia resolución flaqueaba. Miró a Hongjoong, quien estaba a su lado bebiendo una copa de champán con una expresión de satisfacción.
—Yeosang es muy valiente —comentó Seonghwa en voz baja, casi para sí mismo.
—Lo es —respondió Hongjoong, dejando la copa sobre la mesa y fijando sus ojos agudos en Seonghwa—. Renunció a la eternidad por un latido. Es la apuesta más arriesgada que he visto en toda mi existencia.
Seonghwa suspiró, sintiendo el peso de sus alas invisibles.
—A veces me pregunto si yo sería capaz. Si el cielo me llamara mañana, ¿tendría la fuerza para decir que no?
Hongjoong se acercó a él, invadiendo su espacio personal con esa intensidad que solía ser aterradora pero que ahora era su refugio. Hongjoong, el demonio que una vez soñó con corromper la luz de Seonghwa, se había convertido en su guardián más feroz.
—No dejaré que te llamen —dijo Hongjoong con una ferocidad que hizo que Seonghwa se estremeciera—. Escúchame bien, mi ángel. He pasado siglos en el infierno y he visto cómo se desmoronan los mundos. Pero nada de eso importa comparado con el calor de tu mano. Mi intención era arrastrarte a las sombras, pero fuiste tú quien me trajo a la luz.
Hongjoong tomó el rostro de Seonghwa entre sus manos, sus ojos brillando con una determinación que desafiaba a las leyes del universo.
—Si el cielo intenta reclamarte, pelearé contra las legiones celestiales. Y si el infierno intenta recordarme mi lugar, quemaré el abismo hasta que no queden cenizas. Nos quedaremos aquí, Seonghwa. Seremos humanos, sufriremos, amaremos y moriremos en esta tierra. Pero lo haremos juntos. No eres mi redención, eres mi vida.
Seonghwa sintió que un nudo se deshacía en su garganta. El miedo a la llamada divina, que siempre había estado presente en el fondo de su mente, se desvaneció ante la devoción de Hongjoong.
—Entonces es un pacto —susurró Seonghwa—. Nos quedaremos. Renuncio a mi lugar entre las estrellas por una vida en tus brazos.
—Esa es la mejor decisión que has tomado —respondió Hongjoong antes de besarlo con una pasión que sellaba su rebelión contra el destino.
La fiesta continuó entre risas y música. Yeosang y Jongho bailaban en el centro, ajenos a las batallas cósmicas que se libraban en las almas de sus amigos. Para ellos, el mundo era simple y perfecto.
—¿En qué piensas? —preguntó Jongho, acariciando la cintura de Yeosang mientras se movían al ritmo de una balada lenta.
—En que los humanos tenían razón —dijo Yeosang, mirando el anillo en su dedo—. Las cosas pequeñas son las más grandes. Una graduación, un anillo, una promesa... son hilos que tejen algo mucho más poderoso que la eternidad.
—Te amo, Yeosang —dijo Jongho, besando su frente—. Gracias por elegirme.
—Te amo, Jongho —respondió Yeosang—. Y te elegiría en cada vida, en cada mundo, hasta que el universo se apague.
En aquel salón, rodeados de amigos que eran mucho más de lo que aparentaban, el tiempo pareció bendecir su unión. Ángeles que olvidaron su origen, demonios que encontraron su humanidad y humanos que amaban con la fuerza de los dioses.
Mingi y Yunho se unieron al baile, Mingi riendo con una ligereza que nunca pensó posible. Hongjoong y Seonghwa compartían un rincón, observando el mundo con la sabiduría de quienes han decidido su propio camino.
—¿Crees que Dios nos esté mirando? —preguntó Yeosang de repente, mirando hacia el techo.
Jongho sonrió y lo estrechó más fuerte.
—Si nos está mirando, estoy seguro de que está sonriendo. Porque finalmente entendimos de qué se trata todo esto.
Yeosang asintió. Ya no necesitaba respuestas. Tenía el calor de Jongho, el apoyo de sus amigos y un futuro lleno de incertidumbres maravillosas. La experiencia humana, con todos sus dolores y alegrías, era finalmente suya por completo.
Y mientras la música llenaba el aire, ocho almas se entrelazaban en un pacto silencioso con la tierra. No importaba de dónde vinieran, ni qué secretos guardaran sus auras. Esa noche, bajo las luces de una fiesta de graduación, todos eran simplemente humanos, celebrando el milagro más grande de todos: la libertad de amar y ser amado, aquí y ahora, para siempre.