Naruto
El Festín de las Sombras en la Avenida Siempreviva
La tarde en Springfield caía con un tono anaranjado, casi tan intenso como el cabello de Naruto Uzumaki, quien caminaba por las calles con esa seguridad depredadora que solo un hombre que conoce todos los secretos de alcoba de la ciudad podría poseer. A su paso, los hombres lo saludaban con palmadas en la espalda, llamándolo "buen muchacho" o "el mejor vecino", sin sospechar ni por un segundo que el rastro de su aroma seguía impregnado en las sábanas de sus camas matrimoniales.
Esa tarde, Naruto tenía una agenda apretada. Su primera parada fue la casa de los Flanders. Ned se había ido a un congreso de "Zurdos Cristianos" en Ciudad Capital, dejando a Maude sola con sus pensamientos pecaminosos. Cuando Naruto entró por la puerta trasera, no encontró a la mujer recatada de blusa cerrada hasta el cuello. Maude lo esperaba en el pasillo, vistiendo únicamente un velo de novia transparente que Ned guardaba como una reliquia, y nada más debajo.
—Naruto… —susurró ella, cayendo de rodillas frente a él—. He estado rezando, pero no para pedir perdón, sino para que llegaras antes. Siento que me quemo por dentro.
Naruto le acarició el cabello con suficiencia, disfrutando de cómo la antigua mojigata temblaba ante su sola presencia.
—Me gusta que seas tan impaciente, Maude —dijo él, tomándola bruscamente del mentón—. ¿Has hecho lo que te pedí?
—Sí… —respondió ella con voz quebrada—. He pasado toda la mañana frente al retrato de Ned… tocándome mientras imaginaba que eras tú quien me desgarraba. Ya no puedo más, Naruto. Por favor, úsame como la perra que me has enseñado a ser.
Sin mediar más palabras, Naruto la levantó y la lanzó sobre el sofá de la sala, justo debajo de un cuadro con versículos bíblicos. La tomó con una ferocidad que hizo que Maude viera las estrellas. No hubo ternura; solo el sonido de la carne chocando contra la carne y los gritos de una mujer que había descubierto que el infierno que le habían prometido era, en realidad, el paraíso terrenal. Naruto la penetraba con tal fuerza que Maude sentía que su cordura se desvanecía, entregándose a un orgasmo tras otro, gritando el nombre del rubio tan fuerte que los pájaros huían de los árboles cercanos.
Tras dejar a Maude exhausta y temblando en el suelo, Naruto se dirigió a la escuela primaria. Las clases habían terminado, pero Edna Krabappel y Elizabeth Hoover lo esperaban en el salón de maestros. La tensión sexual en la habitación se podía cortar con un cuchillo.
—Llegas tarde, Naruto —dijo Edna, fumando un cigarrillo mientras se subía la falda para revelar unas ligas negras—. Elizabeth ya estaba empezando a desesperarse.
—Estaba ocupado atendiendo a una "feligresa" —respondió Naruto con una sonrisa ladeada—. Pero tengo suficiente para las dos.
Lo que siguió fue una coreografía de depravación educativa. Naruto las puso a ambas sobre la mesa de juntas, alternando entre los cuerpos de las dos profesoras con una energía sobrehumana. Edna, siempre cínica, se transformaba en una tigresa bajo el mando de Naruto, mientras que Elizabeth Hoover, usualmente apática, gritaba de placer mientras Naruto exploraba cada rincón de su anatomía. El rubio las obligó a besarse mientras él las poseía, rompiendo cualquier barrera de decencia que les quedara.
—Eres un animal, Naruto —jadeó Elizabeth, mientras sentía cómo el rubio la llenaba por completo