Naruto
Lazos de Sangre y Sombras de Traición
La mañana en la aldea de la Hoja se filtraba por las cortinas de la residencia Haruno con una calidez engañosa. Kizashi ya se había marchado a sus labores, dejando a Mebuki a solas con sus pensamientos y con esa presencia constante en su vientre que era, a la vez, su mayor secreto y su cadena de esclavitud. Se miró al espejo, acariciando la curva apenas perceptible de su cintura. Naruto había sido claro: ese niño era suyo, una marca de propiedad que ella debía cargar con orgullo frente a un marido que creía estar viviendo un sueño.
—Es por el bien de Sakura —se repetía Mebuki, aunque el eco de sus propias palabras sonaba cada vez más vacío—. Si yo me entrego, él no la tocará. Si yo soy su perra, ella podrá ser libre.
Pobre Mebuki. No tenía idea de que, mientras ella preparaba el desayuno con el cuerpo dolorido por los encuentros nocturnos, su hija Sakura estaba en su habitación, ocultando bajo su uniforme de kunoichi las marcas de mordiscos y dedos que Naruto le había dejado el día anterior.
La puerta de la entrada se abrió sin previo aviso. No era Kizashi. El ritmo de los pasos era pesado, seguro, cargado de una arrogancia que Mebuki reconoció al instante. El corazón le dio un vuelco.
—¿Naruto? ¿Qué haces aquí? Kizashi podría volver en cualquier momento por algo que haya olvidado...
El joven rubio entró en la cocina con una sonrisa depredadora. No había rastro del niño hiperactivo de la academia; sus ojos azules brillaban con una malicia fría. Se acercó a Mebuki y, sin decir palabra, la agarró por la nuca, obligándola a mirarlo.
—Tu marido es un idiota, Mebuki. Y tú deberías estar más agradecida. Vengo a ver cómo crece mi inversión.
Naruto bajó la mano y apretó con fuerza el vientre de la mujer, haciéndola jadear.
—Está... está bien, Naruto-kun. No he tomado nada, tal como ordenaste. El médico dice que todo progresa normalmente. Kizashi está tan feliz...
—Me importa un bledo su felicidad —gruñó Naruto, empujándola contra la mesa de la cocina, haciendo que los platos tintinearan—. Quiero que recuerdes de quién es ese hijo cada vez que lo sientas moverse. Y para asegurarme de que no se te olvide, vamos a darle una bienvenida al día.
—¡Aquí no! Sakura está arriba, podría bajar —suplicó Mebuki, aunque sus manos ya buscaban desesperadamente el cinturón de Naruto, movidas por un condicionamiento que mezclaba el miedo con una lujuria prohibida.
—Que baje —dijo Naruto con una risa cruel—. Tal vez aprenda un par de cosas de su madre.
En ese momento, en el piso de arriba, Sakura escuchaba las voces. Reconoció la de Naruto y un escalofrío de terror y excitación recorrió su espalda. Pero lo que escuchó a continuación la dejó helada. Su madre no estaba gritando pidiendo ayuda; estaba gimiendo. Con el corazón en la garganta, Sakura se asomó por la barandilla de la escalera, ocultando su chakra.
Lo que vio fue una escena que destrozó su realidad. Su madre, la mujer fuerte y recta que siempre le hablaba de la importancia de la dignidad, estaba de rodillas frente a Naruto, sirviéndolo con una devoción abyecta. Naruto mantenía la mirada fija en la escalera, como si supiera que Sakura estaba allí, observando.
—Lo haces bien, Mebuki —dijo Naruto en voz alta, su voz resonando en toda la casa—. Mucho mejor que tu hija. Ella todavía es un poco rígida, un poco... inexperta.
Mebuki se detuvo un segundo, con los ojos muy abiertos por la confusión.
—¿Qué... qué dijiste de Sakura?
Naruto la agarró del cabello y la obligó a levantarse, girándola para que quedara de espaldas a la escalera, mientras él seguía mirando hacia arriba, directamente a los ojos de Sakura que se asomaban por la madera.
—Dije que Sakura es una buena alumna, pero tú... tú tienes esa desesperación de mujer madura que me encanta.
Sin previo aviso, Naruto la despojó de su falda y la penetró con una violencia súbita. Mebuki ahogó un grito en la encimera, apretando los dientes para no alertar a su hija, sin saber que Sakura lo estaba viendo todo.
—¡Ah! Naruto... por favor... —jadeaba Mebuki, mientras su cuerpo traidor respondía a las embestidas—. No hables de ella... yo haré lo que quieras... solo déjala fuera de esto... ella es pura...
Naruto soltó una carcajada que heló la sangre de Sakura.
—¿Pura? Tu hija perdió su pureza hace mucho tiempo, Mebuki. Y fue conmigo. Mientras tú crees que te sacrificas por ella, ella se rompe las rodillas rogándome que no la deje.
Mebuki se quedó petrificada, el placer desapareciendo para dar paso a un horror indescriptible.
—No... mientes... ella no...
—¿Quieres pruebas? —preguntó Naruto, aumentando el ritmo, golpeando su cuerpo contra el de ella con un sonido rítmico y carnal—. ¡Sakura! ¡Baja aquí ahora mismo!
Sakura sintió que sus piernas fallaban, pero la orden de Naruto era absoluta. Bajó las escaleras lentamente, con el rostro bañado en lágrimas y el uniforme desordenado. Cuando llegó a la cocina, vio a su madre llorando, unida a Naruto en un acto que profanaba todo lo que la familia Haruno representaba.
—¿S-Sakura? —susurró Mebuki, con la voz rota.
—Hola, mamá —dijo Sakura, cayendo de rodillas al llegar al suelo de la cocina—. Lo siento... lo siento mucho... pero él es... él es nuestro dueño ahora.
Naruto no se detuvo. Al contrario, la visión de ambas mujeres quebradas alimentó su depravación.
—Mira a tu madre, Sakura. Mira cómo lleva a mi hijo en su vientre mientras me sirve. Y tú, Mebuki, mira a tu preciosa niña. ¿Ves esas marcas en su cuello? Yo se las hice ayer mientras gritaba mi nombre.
Mebuki sintió que el mundo se derrumbaba. El hijo que esperaba, el futuro que intentaba proteger... todo era una mentira orquestada por el monstruo que ahora la usaba como un objeto.
—¿Por qué...? —sollozó Mebuki—. ¿Por qué nos haces esto?
—Porque puedo —respondió Naruto, llegando a su clímax y llenando a Mebuki con su semilla una vez más, ignorando cualquier rastro de piedad—. Porque la aldea me dio la espalda y ahora yo tomaré lo que quiera de ella. Empezando por las mujeres de los "héroes" de la Hoja.
Naruto se retiró de Mebuki, dejando que ella colapsara en el suelo junto a su hija. Se ajustó la ropa con total calma, como si acabara de terminar un entrenamiento rutinario.
—Ahora, escuchen bien las dos —dijo Naruto, caminando entre ellas y acariciando la cabeza de Sakura mientras pateaba suavemente el costado de Mebuki—. Van a seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Mebuki, seguirás convenciendo a Kizashi de que ese hijo es suyo. Sakura, seguirás siendo la kunoichi perfecta. Pero cuando yo llame, vendrán. Las dos. Juntas.
—Naruto-kun... —susurró Sakura, buscando su mano como un perro buscando una caricia—. No me dejes... por favor...
—No te dejaré, Sakura. Tengo mucho planeado para ti. Y para tu madre también.
Naruto se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró a Mebuki.
—Y no se te ocurra buscar un médico para interrumpir ese embarazo. Si ese niño no nace, mataré a Kizashi y haré que Sakura sea vendida a los burdeles de la Aldea de la Niebla. ¿Entendido?
Mebuki, temblando en el suelo, rodeada por el aroma de Naruto y la traición de su propia hija, solo pudo asentir débilmente.
—Sí... Naruto-kun.
—Buen chico —se burló él, saliendo de la casa hacia la luz del sol.
Apenas se cerró la puerta, el silencio en la cocina se volvió asfixiante. Mebuki y Sakura se miraron. No había consuelo en sus ojos, solo la comprensión de que ambas estaban atrapadas en la misma red de seda y espinas.
—Mamá... —comenzó Sakura, extendiendo una mano.
—No me toques —dijo Mebuki, aunque no había ira en su voz, solo una profunda desesperanza—. No me toques... porque si lo haces, recordaré que él estuvo dentro de las dos. Y no sé si pueda sobrevivir a eso.
Mientras tanto, Naruto caminaba por las calles de Konoha, saludando a los aldeanos con su habitual máscara de alegría. En su mente, ya estaba pensando en su próxima cita. Hinata lo esperaba en el complejo Hyuga, y Hanabi... Hanabi pronto cumpliría la edad adecuada para empezar su "entrenamiento".
El Uzumaki sonrió para sí mismo. El poder del Kyubi no era nada comparado con el poder de quebrar el alma de una mujer y ver cómo ella misma te entregaba las llaves de su jaula. La aldea de la Hoja creía que estaba a salvo, pero bajo su superficie, el cáncer de la manipulación de Naruto se extendía, consumiendo un clan a la vez, una madre y una hija a la vez.
Esa noche, cuando Kizashi regresó a casa y besó a su esposa, celebrando la vida que crecía en ella, Mebuki cerró los ojos y lloró en silencio. No lloraba por el engaño, sino porque, en lo más profundo de su ser, una parte de ella ya anhelaba el regreso del rubio, el dolor de su dominio y la oscura seguridad de saber que, en el retorcido mundo de Naruto Uzumaki, ella y su hija finalmente pertenecían a alguien que las reclamaba con una fuerza absoluta.
El juego continuaba, y las piezas estaban exactamente donde Naruto las quería. El futuro de Konoha no se decidiría en un campo de batalla, sino entre sábanas manchadas y promesas de sumisión eterna. Y en el centro de todo, el "héroe" de la aldea observaba cómo su harén de sombras crecía, alimentado por el secreto, el pecado y la sangre de los inocentes que aún no sabían que ya habían perdido.