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Naruto el dueño

El Eco del Engaño y la Red de la Sumisión

La vida en la residencia Haruno se había transformado en un teatro de sombras donde solo Mebuki conocía el guion completo. Sakura, dotada de la intuición natural de una kunoichi en formación, comenzó a notar las grietas en la fachada de perfección que su madre intentaba mantener. Ya no eran solo las ausencias; era el aura que Mebuki desprendía al regresar: una mezcla de agotamiento físico extremo y una satisfacción altiva que no encajaba con una simple "reunión de negocios".

Una madrugada, oculta tras las sombras del pasillo, Sakura vio a su madre entrar por la puerta principal. Mebuki caminaba con torpeza, su ropa formal estaba arrugada y el botón superior de su blusa había desaparecido, revelando el inicio de sus pechos marcados por sombras purpúreas. Lo que más horrorizó a la joven pelirrosa fue ver a su madre extraer un trozo de seda de su bolso —su propia ropa interior— empapado en un líquido blanquecino y espeso que brillaba bajo la luz de la luna.

Los días siguientes no fueron mejores. Naruto Uzumaki, el chico al que Sakura solía despreciar, ahora era una presencia constante y dominante en su hogar, especialmente cuando su padre, Kizashi, estaba fuera cumpliendo misiones de bajo rango.

En una ocasión, Sakura entró en la cocina y los encontró a ambos acomodándose las ropas a toda prisa, con el rostro de Mebuki encendido y el cabello desordenado.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Sakura, con la voz temblorosa por la sospecha—. ¿Por qué están tan... sudados?

—Solo estábamos cocinando, Sakura —respondió Mebuki, recuperando su tono autoritario mientras se alisaba la falda—. El calor de los fogones es sofocante. No seas impertinente y ve a entrenar.

Poco después, la escena se repitió en la sala de estar. Mebuki estaba sentada en el regazo de Naruto bajo una manta gruesa. Sus movimientos eran rítmicos y apenas contenidos. Cuando Sakura exigió una explicación, Mebuki la cortó con una frialdad que helaba la sangre, afirmando que sus asuntos con el líder del clan Uzumaki no eran de su incumbencia. Sakura huyó a su cuarto, ignorando que bajo esa manta, la virilidad de Naruto estaba enterrada profundamente en el ano de su madre, quien mordía su labio para no gritar de placer frente a su propia hija.

La audacia de Naruto no conocía límites. Una tarde, mientras Kizashi estaba en la planta alta, Naruto tenía a Mebuki contra la mesa del comedor, penetrándola con una fuerza bruta que hacía vibrar los platos.

—Dime, perra —susurró Naruto al oído de la mujer, mientras sus embestidas la hacían ver estrellas—, ¿quién tiene la mejor polla? ¿Tu marido mediocre o tu dueño?

—Tú... ah... siempre tú, Naruto-sama —gimió Mebuki, con lágrimas de placer desbordando sus ojos mientras mordía el mantel para amortiguar sus alaridos.

De repente, los pasos de Kizashi resonaron en la escalera.

—¡Mebuki! ¿Has visto mis sandalias de repuesto? —gritó el hombre, acercándose a la estancia.

—¡Para, Naruto! ¡Nos va a ver! —suplicó Mebuki en un susurro desesperado, intentando zafarse.

Pero Naruto, lejos de asustarse, sonrió con malicia y aceleró el ritmo, clavándose en ella con más profundidad. Justo cuando Kizashi entraba en el comedor, Naruto realizó un sello manual con una mano mientras mantenía el agarre en la cintura de Mebuki con la otra. Un clon de sombra apareció instantáneamente detrás de Kizashi y, con un golpe preciso en la nuca, lo dejó inconsciente en el suelo antes de que pudiera procesar la imagen de su esposa siendo poseída.

Mebuki, aterrorizada, intentó correr hacia su marido.

—¡Kizashi! ¡Naruto, déjame ver cómo está!

—Si te atreves a sacar mi verga de tu cuerpo ahora mismo —rugió Naruto, agarrándola fuertemente del cabello y obligándola a mirarlo—, te quitaré cada propiedad, cada joya y te lanzaré a la calle para que los perros te usen. ¿Es eso lo que quieres?

Mebuki tembló, mirando el cuerpo inerte de su esposo y luego los ojos fríos de su amo. La codicia y el miedo ganaron. Se hundió de nuevo en el placer, permitiendo que Naruto la tomara allí mismo, a escasos metros del hombre desmayado.

—Naruto-sama... por favor, usa protección —rogó ella entre jadeos—. Estoy en mis días fértiles, si quedo embarazada...

—Si quedas embarazada, se lo harás pasar como hijo de ese estúpido —sentenció Naruto, culminando dentro de ella con una descarga masiva de semen—. No me importa cómo lo hagas.

—Pero... él no me toca desde hace meses, tú no me dejas acostarme con él...

—Para eso existen los genjutsus, idiota —respondió él, retirándose y dejando que el fluido escurriera por los muslos de la mujer—. Ahora, sigue disfrutando. Tenemos todo el día y tu marido no va a despertar pronto.

Esa tarde, la mansión Haruno fue escenario de una depravación total. El sonido de la cabecera de la cama golpeando contra la pared y los gritos de Mebuki pidiendo más llenaron la casa, mientras Kizashi yacía en el suelo, ajeno a la traición que sellaba su destino.

Días después, en la penumbra de un motel discreto en las afueras de la aldea, Mebuki descansaba boca abajo, sintiendo el latido doloroso en su esfínter tras otra sesión exhaustiva.

—¿Cómo... cómo aprendiste a hacer todo esto? —preguntó ella, observando a Naruto vestirse con la calma de un depredador—. Sabes exactamente cómo romper a una mujer.

—¿Crees que fuiste la primera zorrita en caer en mis manos? —Naruto soltó una risa ronca—. Tengo a las putitas del barrio rojo para practicar, y también a una tal Anko Mitarashi.

Mebuki se incorporó, ignorando el dolor.

—¿Anko? ¿La examinadora de los exámenes Chunin? Dicen que mata a cualquier hombre que se le acerque con esas intenciones.

—Solo tuve que mostrarle un poco de mi verdadero poder —dijo Naruto, ajustándose el cinturón—. Esa perra de pelo morado me tuvo miedo. Decidí violarla hasta que su voluntad se quebró. Ahora es tan sumisa que viene a mí rogando cada vez que tiene celo. Le robé todo, hasta su orgullo.

Naruto se sentó en el borde de la cama y encendió un cigarrillo, mirando a Mebuki con desprecio.

—¿Recuerdas el robo del pergamino prohibido? —preguntó él. Mebuki asintió; toda la aldea sabía que Naruto había detenido al traidor Mizuki—. Pues bien, Mizuki abrió la boca más de la cuenta. Lo golpeé hasta dejarlo casi muerto, pero su prometida, Tsubaki, apareció rogando por su vida. Me ofreció cualquier cosa con tal de que no lo matara.

—¿Y qué hiciste? —inquirió Mebuki, fascinada por la oscuridad del chico.

—Acepté. Dejé que se llevaran a Mizuki al hospital y luego obligué a Tsubaki a llevarme a su casa. Allí, le cobré el precio de la misericordia. La follé con una rabia que no te imaginas, tratándola como la basura masoquista que resultó ser. Incluso, cuando Mizuki fue trasladado a una habitación privada bajo sedantes, llevé a Tsubaki allí. La tomé sobre la misma cama del hospital, encima de su prometido inconsciente, dejando que todos mis fluidos cayeran sobre él mientras me burlaba de su impotencia.

Mebuki se estremeció.

—¿Cómo es que nadie los atrapó?

—Porque la guardia de ese día era Anko, mi otra puta —respondió Naruto con una sonrisa triunfal—. Tiempo después, Mizuki fue enviado a prisión. Cuando Tsubaki lo visitó, se dio cuenta de que estaba embarazada. Él cree que es suyo, el pobre idiota no recuerda que no la toca desde hace seis meses por las heridas que le dejé. El embarazo es mío, y ella lo sabe, pero prefiere mentirle a él antes que enfrentar mi ira. Ella comprendió que yo le di lo que ese perdedor nunca pudo: un hijo de sangre real.

Naruto terminó su cigarrillo y miró el cuerpo desnudo de Mebuki, que seguía ofreciéndose ante él.

—¿Aguantas otra ronda, o ya estás rota? —preguntó, con un brillo peligroso en los ojos.

Mebuki no respondió con palabras. Se colocó en posición de cuatro puntos, elevando su trasero y abriendo sus nalgas con las manos, invitándolo a entrar de nuevo en su castigado ano.

—Tómame, Naruto-sama —susurró ella—. Soy tuya.

Después de otra hora de embestidas brutales que dejaron a Mebuki temblando en el colchón, Naruto se levantó definitivamente.

—Prepárate, Mebuki —dijo él mientras se ponía la chaqueta—. Pronto haremos un trío. Tú, Anko y yo. Quiero ver cómo la administradora de mis bienes se comporta frente a una kunoichi de élite mientras las uso a ambas como mis vertederos personales. Las voy a coger en todas las posiciones que se me ocurran hasta que olviden sus propios nombres.

Mebuki, agotada y llena de la esencia de su amo, solo pudo asentir, aceptando con una sonrisa enferma el futuro de degradación que le esperaba, sabiendo que en Konoha, el sol ya no brillaba para los Haruno, sino solo para el capricho del nuevo señor de la aldea.

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