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Naruto el dueño de todas

El Control Total de la Mercancía

El silencio en la casa Haruno era una ilusión frágil, rota únicamente por los sonidos rítmicos y violentos que provenían de la habitación principal. Sakura permanecía paralizada en el pasillo, con la espalda pegada a la pared fría. Sus manos temblaban mientras sostenía el dobladillo de su nueva falda, la misma que Naruto había llamado "ropa de cualquiera". No podía procesar lo que estaba ocurriendo. Naruto, el chico que siempre consideró un perdedor, estaba en la habitación de sus padres, y su madre... su madre estaba emitiendo sonidos que Sakura nunca había escuchado salir de un ser humano.

Dentro de la habitación, el aire era espeso, cargado de un olor a sexo, sudor y el aroma metálico del chakra de Naruto que saturaba el ambiente. Naruto no tenía piedad. Había arrojado a Mebuki sobre la cama, forzándola a quedar boca abajo, con las caderas elevadas y el rostro hundido en las almohadas.

—¡Te di una sola instrucción, Mebuki! —gruñó Naruto, propinándole una nalgada sonora que dejó la marca de su mano roja sobre la piel blanca de la mujer—. Te dije que Sakura es mi propiedad. Su imagen, su cuerpo y su decencia me pertenecen solo a mí. ¿Y dejas que salga así a la calle?

—¡Ahhh! ¡Naruto, lo siento! —gimió Mebuki, arqueando la espalda mientras sentía cómo él se abría paso entre sus nalgas sin ninguna preparación—. No pensé... ella solo quería verse bonita... ¡Por favor!

—¡No me importa lo que ella quiera! —Naruto la penetró de un solo golpe, seco y brutal, por el ano. Mebuki soltó un grito ahogado que fue sofocado por la almohada—. Ella no se viste para verse bonita para otros. Ella se viste para que yo decida cuándo quitárselo. Si vuelve a exhibirse, te romperé por dentro frente a ella. ¿Entendido?

Mebuki solo pudo asentir frenéticamente, sus dedos enterrándose en las sábanas mientras Naruto comenzaba a embestirla con una fuerza animal. Cada estocada la hacía saltar sobre el colchón. La barriga de Mebuki, que ya mostraba una leve pero firme redondez producto del embarazo, se agitaba con el movimiento. Naruto puso una mano sobre ese vientre, reclamando también al fruto que crecía allí.

—Este bastardo que llevas dentro será el primero de muchos —susurró Naruto cerca de su oído, su voz goteando malicia—. Pero Sakura... Sakura es el premio mayor. Su linaje es puro, y voy a asegurarme de que sea moldeada exactamente como yo quiero.

Después de varios minutos de una actividad frenética que dejó a Mebuki al borde del desmayo, Naruto se corrió profundamente dentro de ella, ignorando una vez más cualquier precaución. Se retiró con lentitud, dejando que el rastro de su dominio fluyera por los muslos de la mujer. Se vistió con calma, ajustando su banda ninja de Konoha con una sonrisa de satisfacción.

Salió de la habitación y encontró a Sakura todavía en el pasillo, encogida, con los ojos abiertos de par en par y llenos de lágrimas. Naruto se acercó a ella, su presencia era tan imponente que la chica sintió que el oxígeno desaparecía.

—Sakura-chan —dijo él, su voz ahora suave, casi cariñosa, pero con un filo peligroso—. Veo que te gusta llamar la atención.

—Naruto... ¿qué... qué le estás haciendo a mi mamá? —preguntó ella con la voz quebrada.

Naruto extendió una mano y acarició la mejilla de Sakura. Ella se estremeció, pero no se alejó; había algo en el toque de Naruto, una chispa de poder que la mantenía anclada al suelo.

—Estoy cuidando lo que es mío, Sakura. Tu madre cometió un error al dejar que te vistieras como una zorra. No quiero que otros hombres miren lo que me pertenece. ¿Me entiendes?

—Pero... yo no te pertenezco —susurró ella, aunque su corazón latía con una fuerza que contradecía sus palabras.

Naruto soltó una risa seca y la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Aún no lo entiendes, pero lo harás. A partir de mañana, yo traeré tu ropa. No usarás nada que no pase por mis manos primero. Si te veo con esa falda otra vez, el castigo de tu madre será el doble de fuerte. Y créeme, ella ya está bastante castigada.

Naruto pasó por su lado, dándole un empujón juguetón en el hombro, y bajó las escaleras como si fuera el dueño de la casa. Sakura entró corriendo a la habitación de su madre y la encontró desparramada en la cama, desnuda, temblando y cubierta de marcas.

—¡Mamá! —exclamó Sakura, cubriéndose la boca—. Tenemos que llamar a la policía... a los ANBU... ¡Naruto te está lastimando!

Mebuki levantó la cabeza con esfuerzo. Sus ojos no reflejaban dolor, sino una sumisión absoluta mezclada con una extraña resignación.

—No, Sakura... —dijo Mebuki con voz ronca—. No digas nada. Naruto es... él es el futuro. Él nos da todo lo que necesitamos. Tu padre no puede darnos la vida que merecemos, pero Naruto sí.

—¡Pero te está violando! —gritó Sakura, horrorizada.

—No es violación si he aceptado el trato —mintió Mebuki, aunque sabía que ya no tenía opción—. Escúchame bien, hija. Tienes que obedecerlo. Si él dice que te vistes de una forma, lo haces. No lo hagas enojar. Él tiene un poder que nadie en esta aldea imagina. Ha sometido a mujeres mucho más fuertes que yo.

Sakura recordó el nombre que Naruto había mencionado: Anko Mitarashi. Si una Jounin de élite como ella había caído ante Naruto, ¿qué esperanza tenían ellas?

Al día siguiente, Naruto regresó por la tarde. Kizashi no estaba; Naruto se había encargado de enviarlo a una misión de mensajería de larga distancia mediante una "sugerencia" al Hokage, quien ahora parecía escuchar sus consejos con extraña atención.

Naruto entró en la sala con varias bolsas de tiendas exclusivas de la zona alta de Konoha. Mebuki estaba sentada en el sofá, vistiendo un kimono sencillo y recatado, como él le había ordenado.

—¿Dónde está la pequeña Sakura? —preguntó Naruto, dejando las bolsas sobre la mesa.

—En su cuarto, Naruto-kun —respondió Mebuki, levantándose para besarle la mano, un gesto de sumisión que ya se había vuelto natural para ella—. Ha estado llorando, pero no ha salido.

—Tráela. Tengo su nuevo uniforme.

Mebuki subió y, minutos después, regresó con una Sakura que evitaba el contacto visual. Naruto abrió una de las bolsas y sacó un conjunto de ropa interior de encaje negro, tan pequeño y revelador que Sakura se puso roja de inmediato.

—Póntelo —ordenó Naruto, lanzándole las prendas a la cara—. Y luego ponte este vestido.

El vestido era de seda roja, extremadamente corto y con un escote que llegaba casi hasta el ombligo. No era ropa de ninja, ni siquiera ropa de civil decente. Era la ropa de una concubina.

—No voy a ponerme eso —dijo Sakura, intentando mostrar algo de valentía—. Es... es humillante.

Naruto se levantó del sofá con una lentitud aterradora. Se acercó a ella y, antes de que Sakura pudiera reaccionar, la tomó del cuello y la estampó contra la pared.

—No te pedí tu opinión, Sakura —siseó él—. Te di una orden. Tu madre ya sabe lo que pasa cuando se me desobedece. ¿Quieres que la use como mi juguete frente a ti hasta que pierda el sentido? ¿O prefieres que empiece contigo ahora mismo?

Mebuki, desde el sofá, suplicó con la mirada.

—Hazlo, Sakura... por favor. Haz lo que dice.

Sakura, con lágrimas en los ojos, tomó la ropa y se fue al baño. Cuando salió, minutos después, se sentía completamente expuesta. El encaje de la ropa interior apenas cubría lo esencial, y el vestido era tan fino que se sentía desnuda.

Naruto la inspeccionó de arriba abajo con una mirada hambrienta.

—Mucho mejor —dijo él, acercándose para pasar sus manos por los hombros descubiertos de la chica—. Ahora pareces lo que eres: mi pequeña propiedad en entrenamiento.

Naruto se sentó de nuevo y obligó a Sakura a sentarse en el suelo, entre sus piernas, mientras él acariciaba su cabello.

—Mebuki, ven aquí —ordenó.

Mebuki se arrodilló frente a él. Naruto abrió su bragueta y liberó su miembro, aún erecto por la visión de Sakura.

—Demuéstrale a tu hija cómo se gana el pan en esta casa —dijo Naruto con una sonrisa cruel.

Mebuki no dudó. Comenzó a lamer y succionar con una destreza que solo la práctica constante con Naruto le había otorgado. Sakura miraba la escena con una mezcla de asco y una curiosidad oscura que empezaba a despertar en su interior. Ver a su madre tan degradada, tan entregada al placer de Naruto, estaba rompiendo algo dentro de ella.

—Mira bien, Sakura —dijo Naruto, agarrando el cabello de Mebuki para guiar sus movimientos—. Pronto será tu turno de ocupar su lugar. Tu linaje Haruno se mezclará con el mío, y serás la madre de una nueva generación de ninjas que dominarán este mundo. Pero primero, debes aprender a ser una buena perra, igual que tu madre.

—Naruto... yo... —Sakura no pudo terminar la frase. El ambiente cargado de feromonas y la visión de la lujuria cruda frente a ella estaban nublando su juicio.

—¿Sabes por qué Anko es tan obediente ahora? —preguntó Naruto mientras Mebuki continuaba su labor—. Porque entendió que el poder no reside en los jutsus, sino en quién posee tu cuerpo. Ella intentó matarme la primera vez que la acorralé en el bosque. Le mostré una fracción de mi chakra del Kyubi, mezclado con mi propia oscuridad. Se orinó encima del miedo. Y luego, la tomé. Una y otra vez. Rompí su voluntad hasta que solo quedó una cáscara que solo vive para mi placer.

Naruto alcanzó el clímax rápidamente, descargándose en la boca de Mebuki, quien tragó cada gota sin dejar que nada se desperdiciara, bajo la mirada atenta de Naruto.

—Buen trabajo, Mebuki. Hoy has sido una buena perra —dijo Naruto, limpiándose con un pañuelo—. Ahora, Sakura, levántate.

Sakura obedeció, temblando.

—Vas a salir a caminar por la aldea con ese vestido —dijo Naruto—. Yo iré unos pasos detrás de ti. Quiero que sientas las miradas de todos los hombres. Quiero que sientas cómo te desean. Y quiero que recuerdes que, aunque todos te miren, solo yo puedo tocarte. Si alguien intenta acercarse, lo mataré. Pero si tú intentas cubrirte o esconderte, el castigo será para Mebuki.

Sakura asintió, con la mente en blanco. Salieron de la casa. El sol de la tarde bañaba Konoha, y la gente caminaba tranquilamente por las calles. Sakura sentía que cada mirada era un golpe. Los hombres se detenían a verla, murmurando sobre lo mucho que había "crecido" la hija de los Haruno. Ella caminaba con la cabeza baja, sintiendo el aire frío en sus piernas casi descubiertas.

Naruto caminaba detrás, con las manos en los bolsillos, irradiando una confianza depredadora. Cada vez que un hombre miraba a Sakura por demasiado tiempo, Naruto le lanzaba una mirada tan cargada de intención asesina que el civil se alejaba rápidamente, sudando frío.

Llegaron a un callejón apartado cerca del campo de entrenamiento. Naruto tomó a Sakura del brazo y la empujó contra la pared de madera.

—¿Te gustó que te miraran, Sakura-chan? —preguntó, presionando su cuerpo contra el de ella.

—No... fue horrible —mintió ella, aunque su cuerpo estaba reaccionando a la adrenalina.

—Mientes. Tu pulso está acelerado y tus pezones están marcados en la seda —dijo Naruto, bajando una mano para acariciar su entrepierna por encima del vestido—. Te gusta saber que eres deseada, pero te aterra saber que ya tienes dueño.

Naruto la besó con violencia, reclamando su boca por primera vez. Sakura intentó resistirse al principio, pero el sabor de Naruto, su fuerza y la forma en que la dominaba la hicieron ceder. Sus manos, que antes empujaban su pecho, terminaron aferrándose a su chaqueta naranja y negra.

—Esta noche —susurró Naruto contra sus labios—, cuando tu padre se duerma después de su "agotador" viaje, iré a tu habitación. Y empezaremos tu entrenamiento de verdad. No seré tan paciente como lo fui con tu madre.

Naruto la soltó y se alejó, dejándola jadeante en el callejón. Sakura se quedó allí, procesando el hecho de que su vida anterior había terminado. Ya no era la ninja que soñaba con Sasuke. Sasuke era un recuerdo lejano y débil comparado con la tormenta que era Naruto.

Al regresar a casa, encontró a Mebuki preparando la cena. Su madre la miró y vio el labio inferior de Sakura ligeramente hinchado y su mirada perdida.

—¿Ya ocurrió? —preguntó Mebuki con un hilo de voz.

—Me besó —respondió Sakura, sentándose a la mesa—. Dijo que vendrá esta noche.

Mebuki suspiró y se acercó a su hija, abrazándola. Pero no era un abrazo de consuelo maternal, sino uno de complicidad trágica.

—Es mejor así, Sakura. Si nos entregamos por completo, él será generoso. He visto los documentos... la propiedad que puso a mi nombre vale más que toda esta calle. Seremos ricas, Sakura. Solo tenemos que ser... lo que él quiere.

Esa noche, mientras Kizashi roncaba profundamente en la habitación de al lado —sedado por un potente somnífero que Naruto le había obligado a Mebuki a poner en su té—, la puerta de la habitación de Sakura se abrió sin hacer ruido.

Naruto entró, despojándose de su camisa. La luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando sus marcas de bigotes en las mejillas, que parecían más salvajes en la oscuridad.

—Es hora, Sakura —dijo Naruto, acercándose a la cama donde la chica lo esperaba, vistiendo únicamente la lencería de encaje que él le había comprado.

Sakura cerró los ojos, aceptando su destino. El linaje Haruno ya no pertenecía a la aldea, ni a la historia; ahora era el patio de recreo personal de Naruto Uzumaki, el hombre que había decidido que el amor era para los débiles, y que el poder y la posesión eran lo único que importaba en el nuevo mundo que estaba construyendo.