Naruto y la Kriptioniana
Entre el Caos y el Cristal
La noche en Gotham no era como la de Konoha. En las Naciones Elementales, la oscuridad olía a tierra húmeda, a fuego de leña y al metálico aroma de la sangre derramada en las sombras de los bosques. Aquí, el aire estaba saturado de smog, electricidad estática y un ruido constante que nunca se apagaba. Naruto Uzumaki, sentado en el borde de una gárgola de piedra en lo alto de la Torre Wayne, dejó que sus pies colgaran en el vacío.
A su lado, Kara Zor-El flotaba con una gracia que desafiaba la lógica. Sus ojos, ahora libres del resplandor rojo de la visión de calor, observaban la ciudad con una mezcla de asombro y melancolía.
—Este lugar es... ruidoso —murmuró ella, cruzando los brazos sobre el emblema de su pecho.
Naruto soltó una risita, ajustándose la venda negra sobre sus ojos. Para él, el ruido no era solo sonoro; era una cacofonía de información atómica que sus Seis Ojos procesaban sin descanso.
—Es el sonido de la ambición humana, Kara —respondió Naruto con indiferencia—. Millones de hormigas corriendo en círculos, creyendo que sus vidas tienen algún significado porque han construido castillos de acero y cristal. Es fascinante, de una manera patética.
—No son hormigas —replicó la kryptoniana, aterrizando suavemente sobre el hormigón—. Son personas. Tienen miedo, Naruto. Yo puedo oír sus corazones. Algunos están tan asustados que duele escucharlos.
Naruto ladeó la cabeza, su sonrisa volviéndose más afilada, casi cruel.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Bajar y salvarlos a todos? ¿Ser su pequeño ángel guardián? —Se puso de pie en un movimiento fluido, su presencia emanando una confianza que bordeaba lo maníaco—. Eso es lo que los débiles esperan. Pero tú y yo... nosotros estamos fuera de su comprensión. Tú eres una anomalía solar y yo soy el error en la matriz de la creación. No estamos aquí para servirlos.
Kara lo miró fijamente. Había algo en la voz de Naruto que la atraía y la repelía al mismo tiempo. Era como mirar un agujero negro: hermoso, infinito, pero capaz de devorarlo todo sin remordimientos.
—No soy un error —dijo ella con firmeza—. Y tampoco soy como tú. No siento ese... vacío que tú llevas.
Naruto se acercó a ella. En cualquier otra circunstancia, el espacio entre ellos sería de apenas unos centímetros, pero gracias al Infinito, la distancia real era incalculable. Él era inalcanzable, incluso para una mujer que podía mover montañas.
—¿Vacío? —Naruto soltó una carcajada genuina, llevándose una mano al pecho—. No es vacío, querida. Es claridad. Cuando puedes verlo todo, desde la vibración de las cuerdas del universo hasta la debilidad en el corazón de un Hokage, dejas de sentir esa necesidad de "conectar". Solo queda el juego.
De repente, Naruto se tensó. No fue un movimiento físico, sino un cambio en la presión del aire a su alrededor. Sus Seis Ojos detectaron una firma de energía aproximándose a una velocidad absurda. No era chakra, pero era poderosa. Muy poderosa.
—Parece que el dueño de casa ha vuelto —comentó Naruto, volviéndose hacia el horizonte—. O quizás es tu pariente, el que mencionaste antes.
Un estallido sónico sacudió la azotea. Un hombre vestido con un traje azul similar al de Kara, con una capa roja que ondeaba como una bandera de advertencia, descendió del cielo. Su rostro era una máscara de preocupación y autoridad.
—¡Kara! —exclamó el hombre, aterrizando con un impacto que hizo vibrar el edificio—. Aléjate de él.
Kara dio un paso adelante, pero Naruto simplemente se mantuvo allí, con las manos en los bolsillos, la viva imagen de la despreocupación.
—¿Kal-El? —preguntó Kara, su voz temblando ligeramente—. ¿Eres tú?
—Soy Clark —dijo Superman, ignorando por un momento a Naruto para evaluar el estado de su prima—. Estás a salvo ahora. No sé quién es este individuo, pero detecto una energía extraña en él. No es humano.
Naruto soltó un silbido largo y burlón.
—Vaya, el "Hombre de Acero". Debo decir que las descripciones se quedan cortas. Tu estructura molecular es... impresionante. Eres como una batería viviente. —Naruto dio un paso hacia adelante, y Superman instantáneamente se puso en guardia, sus ojos brillando con un aviso carmesí—. Pero tus modales dejan mucho que desear. Interrumpir una cita es de muy mala educación.
—No es una cita —masculló Kara, aunque sus mejillas se encendieron ligeramente.
—No sé de dónde vienes, chico —dijo Superman con voz profunda—, pero este no es tu lugar. Kara viene conmigo. El Departamento de Operaciones Extranormales se encargará de explicarle la situación.
—¿"Se encargará"? —Naruto repitió las palabras con un tono melódico pero cargado de veneno—. Qué lenguaje tan interesante. Hablas de ella como si fuera una propiedad, un activo que debe ser asegurado. Típico de los héroes. Quieren proteger al mundo encerrando todo lo que no pueden controlar.
—No quiero pelear contigo —advirtió Clark, dando un paso hacia Naruto—. Pero no permitiré que manipules a mi familia.
Naruto se bajó un poco la venda, dejando ver un solo ojo azul que brillaba con una luz sobrenatural. La presión en la azotea aumentó drásticamente. El aire se volvió pesado, como si la gravedad misma estuviera intentando arrodillarse ante él.
—¿Pelear? —Naruto sonrió de oreja a oreja, una expresión que irradiaba una locura controlada—. Oh, por favor. No podrías ni tocarme aunque vivieras mil años bajo ese sol amarillo tuyo.
En un parpadeo, Superman se lanzó hacia adelante. Su velocidad era tal que el tiempo parecía detenerse para cualquier observador común. Sin embargo, para Naruto, el movimiento era predecible. El puño del kryptoniano se detuvo a un milímetro del rostro del ninja.
Superman frunció el ceño, aplicando más fuerza. Sus músculos se tensaron, el suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse por la presión que ejercía, pero su mano no avanzaba. Era como si hubiera golpeado el concepto mismo de la distancia.
—¿Qué es esto? —gruñó Clark, confundido—. ¿Un campo de fuerza?
—No, no, nada tan burdo —explicó Naruto, caminando tranquilamente alrededor del brazo extendido de Superman—. Es el Infinito. Entre tú y yo hay una serie infinita de espacios convergentes. Cuanto más te acercas, más lento vas. Es una paradoja matemática hecha realidad. En resumen: yo soy el límite que nunca alcanzarás.
Kara observaba la escena con la boca abierta. Había visto a su primo derrotar a seres que se hacían llamar dioses, pero nunca lo había visto tan... impotente ante alguien que parecía un simple adolescente.
—¡Basta, Naruto! —gritó Kara, interponiéndose entre ambos—. ¡Él solo intenta ayudar!
Naruto se detuvo y la miró. Su expresión se suavizó un poco, pero la frialdad en sus ojos permaneció.
—La ayuda es solo otra forma de control, Kara. Él quiere que seas como él. Un símbolo. Una herramienta. Yo, en cambio... yo solo quiero ver qué tan alto puedes volar antes de que tus alas se quemen.
Naruto se alejó unos pasos, dándoles la espalda con una confianza insultante.
—Te daré una opción, pequeña estrella —dijo Naruto, mirando hacia las luces de Gotham—. Puedes ir con él. Vivir en una granja, aprender a esconder lo que eres, salvar gatos de los árboles y sonreír para las cámaras mientras los humanos te temen en secreto. O puedes venir conmigo.
—¿Y qué ofreces tú? —preguntó Clark, con los puños cerrados—. ¿Caos? ¿Destrucción?
—Ofrezco la verdad —respondió Naruto, girándose ligeramente—. Ofrezco un mundo donde no tengamos que pedir perdón por nuestra fuerza. Donde las reglas de los hombres no signifiquen nada. Y sobre todo... ofrezco diversión. El continente de las Naciones Elementales está al borde de una guerra que hará que este lugar parezca un patio de recreo. Quiero ver qué pasa cuando una kryptoniana se enfrenta a un ejército de ninjas.
Kara miró a Clark, cuya mirada era de amor y protección, y luego miró a Naruto, quien la observaba con una curiosidad científica y una chispa de locura que la electrizaba.
—Él es peligroso, Kara —susurró Clark—. Puedo sentirlo. Su mente... no procesa las cosas como nosotros. Hay una falta total de empatía.
—Lo sé —respondió Kara en voz baja—. Pero él fue el primero que me vio hoy. No como una refugiada, ni como una prima... sino como algo igual a él.
Naruto soltó una carcajada corta.
—Decídete rápido, Kara. Mi paciencia es infinita, pero mi interés no lo es. El viejo Hiruzen debe estar enviando a los ANBU a buscarme, y no tengo ganas de lidiar con Itachi y sus cuervos esta noche. Son tan deprimentes.
Clark intentó agarrar a Kara del hombro, pero ella retrocedió.
—Necesito entender este mundo por mi cuenta, Clark —dijo ella, con una resolución que sorprendió al Hombre de Acero—. Y Naruto... él es parte de este mundo también, aunque no lo parezca.
Superman suspiró, su expresión llena de una tristeza profunda. Sabía que no podía obligarla sin causar un incidente internacional o algo peor.
—Estaré vigilando —advirtió Clark, mirando a Naruto con una intensidad gélida—. Si le pasa algo, no habrá "infinito" que te proteja de mí.
Naruto simplemente se encogió de hombros, volviendo a cubrirse los ojos por completo.
—Qué miedo. —Su tono era cualquier cosa menos temeroso—. Vámonos, Kara. Tengo hambre, y he oído que en esta ciudad hay un lugar que sirve un ramen aceptable, aunque dudo que supere al de Ichiraku.
Sin esperar respuesta, Naruto saltó al vacío. Kara, tras una última mirada de disculpa a su primo, se lanzó tras él.
Mientras caían por el aire, Naruto extendió una mano y, en un instante, el paisaje cambió. Ya no estaban en Gotham. El aire se volvió más cálido, más húmedo, y el sonido de los grillos reemplazó al de las sirenas. Estaban en un bosque denso, en las afueras de una aldea oculta entre grandes murallas de piedra.
—Bienvenida a Konoha —dijo Naruto, aterrizando con la ligereza de una pluma sobre la rama de un árbol gigante—. Mi hogar. O al menos, el lugar donde guardo mis cosas.
Kara miró a su alrededor, asombrada por la energía que emanaba del lugar. Podía sentir la vida en cada planta, en cada rincón. Era diferente a la energía solar; era interna, vibrante.
—Esto es... diferente —susurró ella—. ¿Aquí es donde vives?
—Por ahora —respondió Naruto, comenzando a caminar por la rama con las manos en la nuca—. Pero no te encariñes. Este lugar está lleno de gente con ojos en la espalda y secretos en el sótano. Como mi "querido" mentor, Danzo. Si te ve, querrá convertirte en un arma de inmediato.
—Que lo intente —dijo Kara, recuperando su confianza y dejando que un pequeño destello de poder cruzara sus ojos.
Naruto la miró de reojo y sonrió. Esa era la reacción que quería.
—Esa es la actitud. —Se detuvo frente a una pequeña cabaña apartada en las afueras de la aldea—. Escucha, Kara. Mañana tengo una reunión con el equipo de genios de la aldea. Itachi Uchiha estará allí. Es lo más parecido a un rival que tengo. Trata de no destruir nada importante mientras no estoy.
—¿A dónde vas? —preguntó ella, sintiendo una extraña punzada de abandono.
—Tengo que informar al Hokage —dijo Naruto con un suspiro de fastidio—. El viejo se pone pesado si no le cuento mis "descubrimientos". Le diré que eres una visitante de una tierra lejana. Lo cual es técnicamente cierto.
Naruto se acercó a ella una vez más. Esta vez, desactivó su Infinito por un breve segundo. Kara sintió el calor de su presencia, la realidad física de su cuerpo frente al suyo. Él le tocó la mejilla con un dedo, un gesto casi humano que desentonaba con su personalidad calculadora.
—No me aburras, Kara Zor-El —susurró—. El mundo está a punto de volverse muy interesante, y quiero que estés a mi lado cuando todo se rompa.
Antes de que ella pudiera responder, él desapareció en un remolino de hojas.
Kara se quedó sola en la cabaña, mirando hacia el cielo estrellado de las Naciones Elementales. Las estrellas aquí se veían diferentes, pero el sol que saldría por la mañana seguía siendo el mismo. Podía sentirlo, esperándola, listo para darle el poder que necesitaría.
—No te aburriré, Naruto —murmuró para sí misma, una sonrisa decidida apareciendo en su rostro—. Pero puede que sea yo quien termine rompiendo tus reglas.
Mientras tanto, en el corazón de la oficina del Hokage, Naruto Uzumaki se materializaba frente a un cansado Hiruzen Sarutobi. El Tercer Hokage levantó la vista de sus papeles, sus ojos entrecerrándose al ver la expresión de satisfacción en el rostro de su shinobi más brillante y peligroso.
—¿Y bien, Naruto? —preguntó Hiruzen—. ¿Qué encontraste más allá de la barrera?
Naruto se sentó en el alféizar de la ventana, mirando hacia la aldea que, según él, pronto sería demasiado pequeña para sus ambiciones.
—Encontré algo mejor que un arma, viejo —dijo Naruto, ajustándose la venda—. Encontré una razón para dejar de bostezar.
En las sombras de la habitación, un hombre con un brazo vendado y un ojo oculto, Danzo Shimura, observaba al joven Uzumaki. Sabía que Naruto era un activo incontrolable, pero con la llegada de esta nueva variable —la chica que los informes de inteligencia ya empezaban a mencionar—, el equilibrio de poder en el mundo ninja estaba a punto de colapsar.
Naruto, por su parte, solo pensaba en una cosa: el infinito no era solo su poder, era su destino. Y con Kara a su lado, el juego apenas estaba comenzando. El genio de los Seis Ojos y la última hija de Krypton eran una combinación que ni el destino ni la lógica podrían detener.
—Que empiece el espectáculo —susurró Naruto para sí mismo, mientras la primera luz del alba comenzaba a teñir el cielo de Konoha.