Naruto y la Kriptioniana
Vínculos de Sangre y el Eco del Apocalipsis
El tiempo no fluía de la misma manera para aquellos que habitaban en la cúspide del poder. Habían pasado meses desde que Kara Zor-El se estableciera en los límites de Konoha, y la aldea ya no era la misma. La presencia de la kryptoniana, bajo la protección absoluta de Naruto Uzumaki, había alterado el equilibrio geopolítico de las Naciones Elementales. Pero dentro de las paredes de la cabaña, el mundo exterior no existía. Solo existía la colisión constante de sus naturalezas.
Naruto observaba a Kara a través de sus Seis Ojos. Podía ver cómo la vida crecía dentro de ella. Era una amalgama de ADN kryptoniano y la herencia genética de los Uzumaki, una mezcla de radiación solar y energía vital tan densa que el aire alrededor del vientre de Kara vibraba con una frecuencia propia.
—¿Puedes sentirlo, verdad? —preguntó Kara, rompiendo el silencio. Estaba sentada frente al fuego, su piel brillando con una palidez lunar—. Este niño... no es normal, Naruto. Siento como si estuviera cargando un sol en miniatura.
Naruto se acercó, sus pasos sin sonido sobre la madera. No llevaba la venda; en la intimidad de su hogar, permitía que el infinito de sus ojos se reflejara en los de ella. Se arrodilló y colocó una mano sobre su vientre. El contacto fue eléctrico.
—Es una singularidad —susurró Naruto, y por primera vez, su voz no contenía rastro de cinismo—. Es el heredero de lo imposible. Tendrá mi visión y tu fuerza. Será el principio de una nueva era, o el fin de todas las naciones.
La intensidad del momento despertó una vez más esa hambre que solo ellos podían saciar. Kara lo atrajo hacia sí, su fuerza kryptoniana manifestándose en un agarre que habría pulverizado los huesos de un Jōnin. Naruto no retrocedió. Desactivó el Infinito por completo, permitiendo que la cruda realidad del cuerpo de Kara lo invadiera.
Se despojaron de sus ropas con una urgencia salvaje. Cada encuentro entre ellos era una batalla, una danza de dominación y entrega. Naruto la empujó contra la pared de madera, que crujió bajo el peso de sus cuerpos. Sus manos recorrieron las curvas de Kara, sintiendo la densidad muscular que desafiaba las leyes de la biología terrestre.
—Hazme sentir que no soy la única en este mundo, Naruto —jadeó ella, clavando sus uñas en los hombros de él.
Naruto la penetró con una fuerza que hizo que la estructura de la cabaña temblara. No había delicadeza, solo una pasión psicótica y absoluta. Kara arqueó la espalda, sus ojos brillando con un rojo incandescente mientras su visión de calor amenazaba con brotar. Naruto la besó, devorando sus gemidos, mientras imbuía su propio cuerpo con energía maldita para resistir el embate de la fuerza de la mujer.
El sexo era una explosión de sensaciones atómicas. Naruto manipulaba el espacio alrededor de ellos, creando puntos de presión y placer que dilataban el tiempo. Para ellos, los minutos se convirtieron en horas de éxtasis puro. Kara lo envolvía con sus piernas, su fuerza apretándolo con una intensidad que habría aplastado un tanque, pero Naruto solo sonreía, su mente perdiéndose en el caos de la sensación.
—Eres mía —gruñó él, sus Seis Ojos fijos en los de ella, viendo cómo las pupilas de Kara se dilataban hasta el infinito—. Ni los dioses de tu mundo ni los demonios del mío podrán quitarte de mi lado.
—Y tú eres mío —respondió ella, su voz resonando con una potencia sobrehumana—. Si alguien intenta separarnos, reduciré sus ciudades a cenizas.
Alcanzaron el clímax juntos, una liberación de energía tan vasta que una onda de choque real barrió el bosque en kilómetros a la redonda. Los sensores de Konoha, a lo lejos, detectaron una anomalía que confundieron con un terremoto, pero Naruto y Kara solo se desplomaron el uno sobre el otro, envueltos en el sudor y el aroma del poder.
Semanas después, el aire de Konoha se volvió gélido, pero no por el clima. La tensión con el Consejo de la Aldea y las presiones de Metrópolis habían llegado a un punto de ruptura. Danzo Shimura, en su paranoia infinita, había decidido que el niño que Kara llevaba era un riesgo que no podía permitirse.
La emboscada ocurrió durante una tarde de cielos grises. Naruto estaba en la oficina del Hokage, lidiando con las quejas de las otras naciones, cuando sintió un cambio en el flujo atómico del mundo. Un grito desgarrador, no de dolor, sino de furia y miedo, resonó en su mente a través del vínculo que compartían.
En un parpadeo de espacio comprimido, Naruto apareció en el claro de su cabaña. Lo que vio hizo que el universo mismo se detuviera.
La cabaña estaba en llamas. Kara estaba de rodillas, rodeada por una docena de agentes de la Raíz de Danzo y un grupo de mercenarios de Lex Luthor que habían cruzado la barrera usando tecnología experimental. Tenían dispositivos de radiación de sol rojo rodeándola, debilitándola. Una lanza de kryptonita, refinada con sellos de sellado ninja, estaba clavada en su hombro.
—¡Kara! —el grito de Naruto no fue humano. Fue el rugido de un vacío que finalmente se rompía.
Él apareció junto a ella antes de que los agentes pudieran reaccionar. Su mano se movió en un arco perfecto, y las cabezas de tres ninjas de la Raíz simplemente dejaron de existir, atomizadas por el contacto con el azul infinito.
—Naruto... el bebé... —susurró Kara, su piel volviéndose grisácea por la influencia de la piedra verde.
Naruto la tomó en sus brazos, su rostro convirtiéndose en una máscara de frialdad absoluta. Sus ojos no brillaban; eran pozos de una oscuridad tan profunda que la luz parecía morir al acercarse a ellos. No había rastro del genio bromista o del psicópata calculador. Solo quedaba el fin de todas las cosas.
—Shh —dijo él, su voz extrañamente tranquila, lo cual era mil veces más aterrador—. No hables. El mundo cometió un error hoy, Kara. Olvidaron quién soy. Olvidaron que yo no protejo este mundo... solo lo permito porque tú estás en él.
Se levantó, dejando a Kara en un campo de fuerza de infinito impenetrable. Se giró hacia los atacantes restantes, que retrocedieron instintivamente.
—Naruto Uzumaki —dijo uno de los agentes, su voz temblando—. Esto es por el bien de las naciones. Ese niño es una amenaza...
Naruto no lo dejó terminar. Levantó una mano, uniendo el índice y el corazón.
—Púrpura.
La distorsión resultante no solo borró a los hombres; borró la realidad misma en una línea recta que se extendió por kilómetros, cortando montañas y dejando una cicatriz en el planeta que nunca sanaría.
Pero el daño estaba hecho. Kara estaba inconsciente, su cuerpo luchando contra el veneno de la kryptonita y el trauma del ataque. Naruto la miró, y por un segundo, el miedo cruzó su rostro. Si ella moría, si su hijo moría...
Sintió una presencia detrás de él. Itachi Uchiha apareció, su Sharingan activo, observando la devastación con horror.
—Naruto, detente —dijo Itachi, su voz cargada de una advertencia desesperada—. El Hokage no sabía esto. Fue Danzo. Si continúas, no habrá vuelta atrás.
Naruto se giró lentamente. La venda estaba en el suelo, quemada. Sus Seis Ojos estaban fijos en la dirección de Konoha.
—¿Vuelta atrás? —Naruto soltó una carcajada que heló la sangre de Itachi. Era el sonido de una mente que acababa de decidir que la existencia ya no era necesaria—. Itachi, tú siempre fuiste demasiado blando. Amas a tu aldea. Amas a tu hermano. Yo... yo solo amaba a una cosa en este universo podrido.
Naruto caminó hacia el Uchiha, el espacio distorsionándose a cada paso.
—Dile al viejo Sarutobi que rece a cualquier dios que le quede —dijo Naruto con una sonrisa mecánica—. Porque si el corazón de Kara deja de latir, voy a colapsar este continente sobre el otro. Voy a convertir el cielo en un vacío y la tierra en un cementerio de cristal. No quedará ni una mota de polvo para recordar que la humanidad existió.
—No te dejaremos hacerlo —respondió Itachi, activando su Susanoo—. Es mi deber proteger la paz.
—Tu paz es un insulto —escupió Naruto—. ¿Sabes qué es el infinito, Itachi? Es el lugar donde nada importa. Y yo voy a llevar a todo el mundo allí.
En ese momento, un pulso de energía solar emanó de Kara. Sus ojos se abrieron, todavía débiles, pero el resplandor azul volvía a sus mejillas. El bebé, ese ser de dos mundos, estaba sanando a su madre desde adentro, usando una mezcla de chakra Uzumaki y vitalidad kryptoniana.
—Naruto... —llamó ella débilmente.
El aura apocalíptica de Naruto se detuvo en seco. Se arrodilló a su lado, ignorando a Itachi por completo.
—Estoy aquí —dijo él, su voz recuperando una pizca de humanidad.
—No lo hagas... —susurró Kara, tomando su mano—. No los mates a todos... todavía. El niño... necesita un mundo donde crecer.
Naruto miró a Kara, y luego miró hacia Konoha. Podía ver a Danzo escondido en su búnker, podía ver el miedo de los aldeanos. La sed de sangre era casi insoportable, un hambre de destrucción que clamaba por ser satisfecha. Pero la mano de Kara en la suya era el único ancla que lo mantenía en la realidad.
—Está bien —dijo Naruto, aunque sus ojos seguían prometiendo violencia—. Por ahora, vivirán. Pero Konoha ya no existe para mí. Ni las Naciones Elementales, ni el continente de los héroes.
Se puso de pie, cargando a Kara al estilo nupcial. Miró a Itachi, quien permanecía inmóvil, consciente de que acababa de presenciar el momento en que el mundo casi dejó de existir.
—Diles que he terminado de jugar al ninja —declaró Naruto—. Me llevo a mi familia. Si alguien, sea de la Raíz, de la Liga de la Justicia o del mismísimo infierno, se acerca a menos de mil kilómetros de nosotros... ejecutaré el Vacío Infinito sobre todo el planeta. Y esta vez, no habrá nadie que me detenga.
Con un parpadeo de luz púrpura, Naruto y Kara desaparecieron.
Se trasladaron a una isla perdida en el océano, un lugar que Naruto había preparado en secreto, imbuido con sellos espaciales que hacían que el lugar fuera indetectable por radar o chakra. Allí, en la paz de la naturaleza virgen, Naruto depositó a Kara en una cama de seda.
Pasó la noche vigilando su sueño, sus Seis Ojos escaneando cada célula de su cuerpo y del niño que crecía en ella. La furia seguía allí, hirviendo bajo la superficie, una promesa de fuego y olvido.
—Si te pierdo —susurró Naruto a la oscuridad de la habitación—, no quedará nada. Ni Metrópolis, ni Konoha, ni las estrellas. Seré el último que apague la luz de la creación.
Kara despertó al amanecer, sintiéndose más fuerte gracias al sol naciente que bañaba la isla. Vio a Naruto sentado en la ventana, mirando hacia el horizonte con esa expresión de dios aburrido y peligroso.
—¿Naruto? —llamó ella.
Él se giró, y por un momento, la venda volvió a cubrir sus ojos, ocultando el abismo.
—El desayuno está listo —dijo él, recuperando su tono ligero, aunque el borde de locura nunca se iba del todo—. Y he decidido que nuestro hijo se llamará Boruto. En este mundo de genios y héroes, él será el tornillo que lo mantenga todo unido... o el que lo haga saltar por los aires.
Kara sonrió, sabiendo que su vida con Naruto nunca sería pacífica, pero sería suya. Eran dos monstruos que habían encontrado el amor en el fin del mundo, y mientras estuvieran juntos, el apocalipsis tendría que esperar un día más. Pero el mundo sabía ahora la verdad: la vida de Kara Zor-El era el único hilo que sostenía la existencia de la humanidad ante el capricho del genio de los Seis Ojos.