Necesito tu ayuda?
Entre sombras y promesas de cristal
El silencio de la noche en Makochi era un velo engañoso que Endo Chika caminaba con la ligereza de un depredador que no tiene nada que temer. En sus brazos, Daiki Takahashi se sentía como un fardo de huesos y voluntad quebrada. El contraste entre la calidez de la sangre que aún manaba de la pierna del chico y el frío metal de las farolas creaba una atmósfera irreal, casi onírica. Endo no podía dejar de mirar el rostro de Daiki; las pestañas oscuras descansando sobre las mejillas pálidas y ese rastro de suciedad y esfuerzo que solo los que se entregan por completo a una pelea poseen.
—Eres tan frágil y, sin embargo, te lanzas al fuego por los demás —susurró Endo, su voz perdiéndose en el viento—. Es fascinante.
Endo no se dirigió a ningún hospital. Sabía que un chico de Bofurin, herido de esa manera, atraería preguntas innecesarias. Además, la idea de entregar a su nuevo "juguete" a las manos estériles de unos médicos desconocidos le resultaba irritante. Tenía un lugar mejor, un refugio privado donde podía observar cómo la vida regresaba a esos ojos dorados que tanto lo habían intrigado en la azotea.
Al llegar a un edificio de apartamentos de aspecto moderno y minimalista, muy alejado de la zona humilde donde Daiki solía deambular para evitar el pago de la renta, Endo subió por el ascensor en silencio. Una vez dentro de su propiedad, depositó a Daiki sobre un sofá de cuero negro. El contraste de las puntas celestes del cabello del chico contra el material oscuro era estéticamente perfecto.
—Veamos qué tan roto estás, Takahashi-kun —dijo Endo, quitándose la chaqueta y arremangándose la camisa con parsimonia.
Con una precisión que delataba una familiaridad inquietante con la violencia y sus consecuencias, Endo comenzó a limpiar las heridas. Primero el brazo, donde el corte era limpio pero profundo. Luego la pierna, que era lo que más le preocupaba. Al retirar la tela del pantalón de Daiki, Endo soltó una pequeña risa carente de humor.
—Treinta contra uno... y aun así te diste el lujo de ganar. Eres un idiota, pero un idiota con talento.
Mientras vendaba la pierna del chico, Daiki soltó un quejido ahogado. Sus ojos se entreabrieron, nublados por la fiebre y el dolor. Lo primero que vio fue el techo blanco, demasiado limpio, y luego la figura de Endo inclinada sobre él. El pánico intentó florecer en su pecho, pero su cuerpo estaba demasiado exhausto para reaccionar.
—¿Dónde...? —La voz de Daiki era un hilo quebrado.
—En mi casa —respondió Endo sin levantar la vista de la venda—. Te desmayaste después de decirme que no te matara. Fue una petición muy tierna, por cierto.
Daiki intentó incorporarse, pero un pinchazo agudo en el costado lo obligó a caer de espaldas nuevamente, soltando un jadeo de dolor.
—No te muevas —ordenó Endo, esta vez con un tono que no admitía réplicas—. Si los puntos se sueltan, mancharás mi sofá, y es muy caro.
Daiki lo miró, tratando de procesar la situación. Sus ojos dorados vagaron por la habitación hasta detenerse en una mesa cercana, donde descansaban los restos destrozados de su celular. El recuerdo del regalo de Sou, de su única conexión con sus amigos y de su precaria situación económica, lo golpeó con más fuerza que cualquier patada de los delincuentes.
—Mi teléfono... —murmuró Daiki, y por un momento, sus ojos se humedecieron—. Era mi primer celular. Sou me lo dio.
Endo terminó de asegurar el vendaje y se sentó en el borde de la mesa, observando el pequeño montón de chatarra electrónica con desdén.
—Esa basura ya no servía para nada —dijo Endo con indiferencia—. Deberías agradecerme. Si no fuera por esa pantalla rota, probablemente habrías llamado a Sakura y él habría llegado gritando, armando un escándalo innecesario. En cambio, me llamaste a mí.
—Fue un error —insistió Daiki, cerrando los ojos con fuerza—. Estaba oscuro... no veía nada.
—¿Un error? —Endo se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Daiki hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros—. ¿O fue tu instinto, Takahashi-kun? En el fondo, sabías que ninguno de tus amigos de Bofurin llegaría a tiempo. Sabías que necesitabas a alguien que entendiera lo que es estar en el abismo.
Daiki sintió un escalofrío. La mirada de Endo era como un imán; quería apartarse, pero había una intensidad en esos ojos que lo mantenía anclado.
—No te entiendo —susurró Daiki—. ¿Por qué me ayudaste? Se supone que somos enemigos. Peleaste contra nosotros hace apenas una semana.
Endo soltó una carcajada melódica que erizó los cabellos de la nuca de Daiki.
—Enemigos es una palabra tan aburrida. Yo prefiero pensar que somos piezas en el mismo tablero. Takiishi tiene su obsesión, y yo... bueno, yo siempre estoy buscando algo que me entretenga. Cuando te vi en la azotea, no solo vi a un subordinado de Sakura. Vi a alguien que pelea con una técnica que no pertenece a las calles, alguien que estudia, que se esfuerza. Y sobre todo, vi a alguien que está muy solo.
Daiki apretó los puños bajo la manta que Endo le había echado encima.
—No estoy solo. Tengo a Bofurin. Tengo a Sakura, a Nirei, a Sou...
—¿Ah, sí? —interrumpió Endo con una sonrisa burlona—. ¿Y dónde están ahora? ¿Quién está limpiando tu sangre y cosiendo tus heridas? ¿Ellos sabían que no tenías dinero para la renta? ¿Sabían que ese teléfono era tu posesión más preciada porque no tenías nada más?
Daiki guardó silencio. El peso de la realidad era sofocante. La orfandad, los años de acoso escolar, el hambre que a veces sentía para poder ahorrar unas monedas... eran cosas que no solía compartir. En Bofurin todos eran amables, pero Daiki siempre sentía que tenía que esforzarse el doble para encajar, para no ser una carga.
—No tienes que responder —dijo Endo, volviendo a su tono suave—. Me gusta que seas así. Un pequeño lobo que intenta esconder sus costillas marcadas bajo un uniforme de héroe.
Endo se levantó y caminó hacia un cajón de su escritorio. Sacó una caja pequeña y elegante y la lanzó sobre el regazo de Daiki. El chico la miró con confusión.
—Ábrelo.
Con dedos temblorosos, Daiki abrió la caja. Dentro había un teléfono de última generación, de un color negro obsidiana que parecía absorber la luz.
—No puedo aceptar esto —dijo Daiki de inmediato, intentando devolverlo—. No tengo cómo pagarlo. Ya debo dos meses de renta, y...
—No es una venta, es un reemplazo —cortó Endo, cruzándose de brazos—. El otro se rompió mientras me llamabas. Considera que es el precio por mi entretenimiento de esta noche. Además, ya tiene mi número guardado. Esta vez no tendrás que adivinar dónde pulsar.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Daiki, sintiendo una mezcla de gratitud y terror—. ¿Qué quieres de mí, Endo?
Endo se acercó de nuevo, esta vez sentándose en la alfombra junto al sofá, quedando a la altura de los ojos de Daiki. Su expresión se volvió extrañamente seria, casi melancólica.
—Quiero ver hasta dónde puedes llegar —confesó Endo—. Sakura es como un sol que ciega a todos a su alrededor. Pero tú... tú eres como la luna, Takahashi-kun. Reflejas la luz, pero tienes un lado oscuro que aún no has explorado. Quiero estar ahí cuando decidas dejar de ser el "amigo de Sakura" y te conviertas en el hombre que puede derrotarme.
Daiki lo miró fijamente. Por primera vez, no vio al monstruo que disfrutaba del caos en la azotea, sino a alguien que buscaba desesperadamente una conexión, aunque fuera a través de la violencia y la obsesión.
—Si me das esto... —Daiki levantó el teléfono—... no significa que me haya unido a ti. Sigo siendo de Bofurin.
—Lo sé —sonrió Endo, mostrando sus dientes—. Eso es lo que lo hace divertido. Ahora, duerme. Mañana te llevaré cerca de la escuela. No querrás que tus amigos piensen que pasaste la noche con el enemigo, ¿verdad? Aunque, técnicamente, eso es exactamente lo que hiciste.
Daiki se acomodó en el sofá, sintiendo que el cansancio volvía a reclamarlo. La medicina que Endo le había dado empezaba a hacer efecto, nublando sus sentidos.
—Endo... —murmuró antes de caer en el sueño.
—¿Dime?
—Gracias... supongo. Pero la próxima vez que nos veamos en una pelea... no me detendré solo para ganar tiempo.
Endo observó cómo el chico se sumergía en un sueño profundo. Pasó una mano por el cabello de Daiki, rozando las puntas celestes.
—Eso espero, Daiki. Eso espero.
Aquella noche, mientras la ciudad de Makochi seguía su curso habitual de peleas y luces de neón, en un apartamento lujoso, un equilibrio comenzaba a romperse. Endo Chika no era alguien que regalara cosas sin esperar nada a cambio, y Daiki Takahashi, el chico de los ojos dorados y las deudas acumuladas, acababa de aceptar un regalo que lo vinculaba al hombre que más debería temer.
Al amanecer, Daiki se despertó solo. El apartamento estaba sumido en un silencio sepulcral. Sobre la mesa, junto al teléfono nuevo, había un sobre con una cantidad de dinero que cubría exactamente tres meses de renta y una nota escrita con una caligrafía elegante:
"Paga tus deudas. No quiero que te distraigas con tonterías la próxima vez que peleemos. Nos vemos pronto, mi pequeño error de llamada".
Daiki apretó el sobre contra su pecho y miró por el ventanal. El sol empezaba a salir, iluminando la ciudad. Sabía que tenía que volver a Bofurin, que tenía que inventar una excusa para sus heridas y su nuevo teléfono. Pero también sabía que algo dentro de él había cambiado.
Ya no era solo un chico tratando de sobrevivir. Ahora era alguien que estaba siendo observado por un abismo, y por primera vez en su vida, Daiki no tenía ganas de apartar la mirada.
Caminó cojeando hacia la salida, con el nuevo celular en el bolsillo y el corazón latiendo con una determinación renovada. La guerra con Shishitoren había terminado, pero su propia batalla personal, una que involucraba a Endo Chika y su propia fuerza, apenas estaba comenzando.
—Espérame, Endo —susurró Daiki al aire fresco de la mañana—. La próxima vez, seré yo quien te haga llamar por ayuda.
Mientras se alejaba, no se dio cuenta de que, desde una ventana varios pisos más arriba, unos ojos oscuros seguían cada uno de sus movimientos con una mezcla de satisfacción y hambre. Endo Chika tenía mucha paciencia, y Daiki Takahashi era un plato que planeaba disfrutar lentamente.