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Ecos en el Pasillo de los Espejos Rotos
La mansión Wayne se había convertido en un mausoleo de expectativas fallidas. Para Damian, cada paso por las alfombras persas era un recordatorio de su propia profanación. No era solo el trauma; era la invasión. Sentía que su piel ya no le pertenecía, que bajo la superficie de sus músculos entrenados para la guerra, algo ajeno y monstruoso echaba raíces, alimentándose de su propia sangre.
Se miró en el espejo del baño, con las manos apoyadas en el mármol frío. Su vientre seguía plano a la vista de un extraño, pero él sentía una pesadez insoportable, un calor febril que emanaba de su centro. Odiaba esa vida. Odiaba la semilla del Joker que crecía en su interior como una broma macabra, una última carcajada que el payaso había dejado grabada en su biología. Pero, al mismo tiempo, un instinto primigenio y aterrador lo frenaba cada vez que intentaba hacerse daño. Quería quererlo porque era suyo, pero no podía porque era *él*.
—Es una anomalía —susurró Damian a su reflejo, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño—. Una aberración que debe ser extirpada.
Sin embargo, su mano tembló. No podía volver a esa clínica clandestina. El sonido de aquel latido, rítmico y persistente, lo perseguía en sus pesadillas.
En el piso de abajo, la Bat-familia intentaba mantener una fachada de normalidad que resultaba insultante. Bruce estaba sentado en el estudio, revisando informes médicos que él mismo había sesgado.
—Damian necesita estructura, Dick —decía Bruce, con esa voz monocorde que usaba cuando decidía que tenía la razón absoluta—. El Joker lo quebró psicológicamente. Esos síntomas físicos que describe, las náuseas, el dolor... son psicosomáticos. Su mente está manifestando el trauma de la violación como una carga física. Si lo tratamos como una herida real, solo reforzaremos su delirio.
Dick Grayson, apoyado contra la puerta, frunció el ceño.
—Bruce, se está desmoronando. No come, apenas habla. ¿Y si realmente hay algo mal? ¿Y si el Joker le hizo algo más que... eso?
—Ya le hice los escaneos básicos en la cueva tras el rescate —respondió Bruce sin levantar la vista—. No había hemorragias internas graves. Lo que Damian tiene es una crisis de identidad. Necesita terapia de choque y disciplina, no que alimentemos sus miedos.
En un rincón de la sala, Jason Todd escuchaba la conversación mientras limpiaba una de sus pistolas con una calma fingida. Sus ojos azules, agudos y cargados de un cinismo nacido de la experiencia, se desviaron hacia la escalera. Jason sabía cómo se sentía que Bruce te mirara y solo viera un problema que resolver con lógica. Sabía lo que era que te dijeran que lo que sentías no era real.
—Eres un idiota, Bruce —soltó Jason, rompiendo el silencio—. El chico está gritando en silencio y tú estás leyendo un manual de instrucciones.
—Jason, no es el momento —intervino Tim Drake, quien tecleaba furiosamente en su portátil, tratando de rastrear los movimientos del Joker antes de la captura de Damian—. Todos estamos preocupados, pero Bruce tiene los datos.
—Los datos mienten si no sabes qué buscar —gruñó Jason, poniéndose en pie—. Damian no es de los que inventan síntomas para llamar la atención. Si dice que siente algo dentro, es porque hay algo ahí.
Mientras la discusión subía de tono, Damian aprovechó el ruido. Se movió como una sombra, una habilidad que incluso el trauma no había podido arrebatarle. No llevaba su traje de Robin; vestía ropa civil holgada y una sudadera negra con capucha. En su mochila, solo llevaba algo de dinero, una daga y una dirección escrita en un trozo de papel arrugado.
No podía ir a un hospital normal. No podía ir a la Atalaya. Necesitaba un lugar donde la locura fuera la norma, donde nadie lo juzgara por llevar un monstruo en las entrañas.
Salió por la ventana de la biblioteca y se perdió en la espesura de los bosques que rodeaban la mansión. Evitó los sensores de movimiento que él mismo había ayudado a calibrar. Su destino era el Hospital Psiquiátrico de Saint Jude, una institución privada en las afueras de Gotham, lo suficientemente decadente para que el personal hiciera la vista gorda si se pagaba lo suficiente, pero lo suficientemente profesional para tener un ala de obstetricia de emergencia para pacientes con crisis mentales.
El viaje fue un borrón de dolor y paranoia. Sentía que el Joker caminaba a su lado, susurrándole al oído con esa voz chillona y desquiciada.
—*¿A dónde vas, pajarito? ¿A buscar un nido para nuestro pequeño huevo? No puedes huir de la sangre. Mi sangre corre por ti, y ahora corre por él. Es un círculo perfecto.*
—Cállate —gruñó Damian en voz alta, deteniéndose en medio de un callejón antes de llegar al hospital—. No eres real. Estás muerto.
—*Oh, Damian... nunca estaré muerto mientras ese corazoncito siga latiendo dentro de ti. Soy tu legado. Soy tu futuro.*
Damian se presionó las sienes hasta que sintió dolor. Cuando llegó a Saint Jude, se presentó en la recepción bajo un nombre falso. Su aspecto era deplorable: pálido, con ojeras profundas y un temblor constante en las manos.
—Necesito... una evaluación —dijo Damian, con la voz quebrada—. Creo que estoy perdiendo la cabeza. Siento algo... que no debería estar ahí.
La enfermera, una mujer cansada que había visto de todo en Gotham, lo miró con una mezcla de lástima y sospecha.
—Pasa a la sala de espera, muchacho. El doctor de guardia te atenderá en cuanto pueda.
Mientras tanto, en la Batcueva, la alarma de perímetro se activó. Duke Thomas fue el primero en notarlo.
—Bruce, Damian ha salido del recinto de la mansión. Su rastreador GPS está apagado, pero la cámara térmica del bosque lo captó hace diez minutos.
Bruce se puso en pie de inmediato, su rostro transformándose en la máscara de Batman incluso antes de ponerse el capuchuz.
—¿A dónde iría? —preguntó Stephanie Brown, que acababa de llegar de patrullar con Cassandra—. Está herido. Apenas puede mantenerse en pie.
Cassandra Cain, que había permanecido en silencio observando las grabaciones, señaló la pantalla. Su lenguaje corporal era de pura angustia.
—Dolor —dijo Cass, con su voz entrecortada—. No mental. Físico. Él... se protege el centro. Como si guardara un tesoro. O una bomba.
Jason no esperó a que Bruce diera una orden. Se dirigió a su motocicleta.
—Voy a buscarlo. Y si descubro que tenías razón y solo es un "delirio", te pediré disculpas. Pero si el chico tiene razón, Bruce... más vale que te prepares para lo que voy a hacerte.
En el hospital, Damian fue conducido a una pequeña sala de examen. El olor a antiséptico y enfermedad mental era asfixiante. Un médico de mediana edad entró, revisando una tabla.
—Bien, joven. Dices que sientes una "presencia física". Es común en casos de estrés postraumático severo. Se llama embarazo histérico o pseudociesis, aunque es extremadamente raro en hombres, se han dado casos de somatización extrema tras abusos...
—No soy un caso de estudio —siseó Damian, apretando los puños—. Solo... dígame si es real. No quiero que me hable de mi mente. Quiero que use esa máquina.
El médico suspiró y preparó el equipo de ultrasonido portátil. Era viejo y la pantalla tenía interferencias, pero funcionaba.
—Hagamos esto para que te quedes tranquilo. Súbete la sudadera.
Damian obedeció, sintiendo una oleada de náuseas y vergüenza. El gel frío sobre su abdomen lo hizo estremecerse. El médico movió el transductor con indiferencia al principio, pero luego su expresión cambió. Frunció el ceño. Ajustó los controles.
—¿Qué ocurre? —preguntó Damian, con el corazón martilleando contra sus costillas.
El médico no respondió de inmediato. Se acercó a la pantalla, limpiándose las gafas.
—Esto... esto no es posible. Debe ser un tumor de crecimiento rápido o un teratoma... pero tiene estructura. Hay... hay latido.
Damian cerró los ojos con fuerza. Una lágrima solitaria escapó y rodó por su mejilla.
—¿Es real? —preguntó en un susurro apenas audible.
—Es biológicamente imposible, muchacho, pero... sí. Hay un feto. Está alojado en una cavidad formada en el tejido retroperitoneal... No sé cómo estás vivo, ni cómo esto es posible sin un útero, pero está ahí. Y está creciendo a una velocidad alarmante.
Damian sintió que el mundo desaparecía. El Joker volvió a reír en su cabeza, una carcajada triunfal que ahogaba el ruido de la ciudad exterior.
—No lo quiero —dijo Damian, aunque su mano, de forma inconsciente, se cerró sobre la camilla, justo al lado de su vientre—. Pero no puedo matarlo. ¿Por qué no puedo matarlo?
—Necesitas una cirugía de emergencia —dijo el médico, ahora visiblemente nervioso—. Esto es un fenómeno médico. Tengo que llamar a la junta, tengo que...
—No llamará a nadie —una voz ronca y familiar interrumpió desde la puerta.
Jason Todd estaba allí, con el casco de Red Hood bajo el brazo y una expresión de horror puro en el rostro. Había escuchado lo suficiente desde el pasillo. Se acercó a la camilla, ignorando al médico que retrocedía asustado.
Jason miró a Damian, y por primera vez en mucho tiempo, no vio al Robin arrogante o al heredero de los Al Ghul. Vio a un niño de trece años que cargaba con el pecado más grande del mundo en su propio cuerpo.
—Damian... —susurró Jason, su voz quebrándose.
—Jason... —Damian lo miró con ojos suplicantes—. No se lo digas a Padre. Él dirá que no es real. Dirá que es una trampa.
Jason se sentó en el borde de la camilla y, con una ternura que rara vez mostraba, puso una mano sobre el hombro de su hermano menor.
—Bruce es un ciego, Damian. Pero yo estoy aquí. No estás solo en esto.
—Él se ríe —dijo Damian, señalando su cabeza—. El Joker se ríe cada vez que el corazón de esta cosa late. Dice que es su legado. Jason, tengo miedo de que, si nace, sea igual que él. Tengo miedo de que yo ya sea igual que él por permitir que esto exista.
Jason sintió una furia asesina arder en su pecho, no contra Damian, sino contra el Joker y contra la negligencia de Bruce.
—No eres él. Y ese... esa cosa... no tiene por qué serlo. Pero tenemos que salir de aquí. Si Bruce o los demás se enteran de esta forma, intentarán "solucionarlo" a su manera. Y tú no eres un experimento, Damian. Eres mi hermano.
En ese momento, el comunicador de Jason chirrió. Era la voz de Tim.
—Jason, hemos rastreado tu señal hasta Saint Jude. Bruce está en camino. Dice que saques a Damian de ahí, que el hospital no es seguro para su "estado mental".
Jason miró a Damian. El chico estaba temblando, al borde de un colapso nervioso.
—No dejes que me lleve —suplicó Damian—. Me encerrará en una celda de cristal y me analizará como a un espécimen. Me dirá que mi dolor es una mentira lógica.
Jason se puso el casco. El visor rojo brilló con una intensidad amenazadora.
—Nadie te va a tocar, enano. Ni Bruce, ni los médicos, ni la sombra de ese payaso infeliz.
Jason agarró al médico por la solapa y lo lanzó contra la pared, no para herirlo, sino para asustarlo.
—Borra los registros. Ahora. Si una sola palabra de lo que viste hoy sale de este hospital, volveré y no seré tan amable.
Tomó a Damian por el brazo, ayudándolo a levantarse. El joven Wayne se tambaleó, sintiendo un pinchazo agudo en su vientre, como si el feto protestara por el movimiento.
—¿A dónde iremos? —preguntó Damian mientras salían por la puerta trasera, justo cuando las luces del Batmóvil empezaban a iluminar la entrada principal del hospital.
—Lejos de la lógica de Bruce —respondió Jason—. Vamos a buscar a alguien que entienda de magia, de biología imposible y de cómo matar a un demonio sin destruir al portador. Pero primero, vamos a desaparecer.
Mientras la motocicleta de Jason rugía y se alejaba en la noche de Gotham, Bruce Wayne entraba en el hospital, con su capa ondeando tras él, buscando a un hijo que ya no confiaba en él. En la mente de Damian, la risa del Joker se desvanecía lentamente, reemplazada por un nuevo y aterrador pensamiento: el bebé no era solo un legado del payaso. Era una parte de él que ahora, a pesar de todo el odio y el asco, Jason estaba dispuesto a proteger.
La brecha en la Bat-familia se había convertido en un abismo. Y en el fondo de ese abismo, algo pequeño, antinatural y vivo, seguía latiendo con una fuerza imparable.