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El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la habitación de Damian, pero la luz no traía calidez, solo una claridad hiriente que resaltaba el polvo suspendido en el aire. Damian permanecía inmóvil bajo las sábanas, sintiendo que su cuerpo pesaba toneladas. El dolor agudo en su zona posterior se había transformado en un malestar sordo, una pulsación constante que parecía marcar el ritmo de su propia decadencia. Sin embargo, había algo nuevo. Un sabor metálico, amargo, que se instalaba en la parte posterior de su garganta desde el momento en que abría los ojos. Se sentó lentamente, y el mundo dio un vuelco. Una oleada de náuseas lo golpeó con la fuerza de un mazo, obligándolo a cubrirse la boca con la mano. Se lanzó hacia el baño, cayendo de rodillas sobre los azulejos fríos. El sonido de sus arcadas resonó en el espacio cerrado, un eco violento que parecía desgarrar lo poco que quedaba de su dignidad. —Maldito seas —susurró, con la voz ronca, mientras se limpiaba la saliva con el dorso de la mano. El aroma del jabón, que antes le resultaba neutro, ahora le provocaba una repulsión visceral. Se miró al espejo. Sus ojeras eran surcos profundos y su piel tenía el color de la cera. Abajo, en el comedor, la familia ya estaba reunida. El tintineo de los cubiertos contra la porcelana y el murmullo de las conversaciones cotidianas se sentían como ruido blanco, irritantes y lejanos. Damian bajó las escaleras con una lentitud calculada, evitando cualquier movimiento brusco que pudiera activar el torbellino en su estómago. Bruce estaba a la cabeza de la mesa, leyendo informes en una tableta mientras bebía café negro. —Llegas tarde al desayuno, Damian —dijo Bruce sin levantar la vista. Damian se deslizó en su silla, evitando mirar a Dick, quien le dedicaba una sonrisa alentadora que resultaba asfixiante. —No tengo hambre —respondió Damian, empujando el plato de fruta hacia el centro de la mesa. —Es la falta de apetito asociada al estrés postraumático —intervino Tim, ajustándose las gafas—. Es una respuesta fisiológica común. El cortisol elevado suprime la señal de hambre en el hipotálamo. —No es el cortisol, Drake —masculló Damian, aunque el esfuerzo de hablar le provocó una nueva punzada de náuseas. —Solo intenta comer algo, pequeño —dijo Dick con suavidad—. Necesitas recuperar fuerzas para volver a las clases mañana. Bruce ya habló con el director sobre tu ausencia. Damian sintió un escalofrío. La idea de sentarse en un aula, rodeado de adolescentes ignorantes mientras sentía el eco de la risa del Joker en sus huesos, le resultaba insoportable. —No iré mañana —soltó Damian. Bruce finalmente levantó la vista. Sus ojos azules eran dos fragmentos de hielo, analizando cada microexpresión del rostro de su hijo. —¿Por qué no? —Me siento... mal. —Mal es una descripción imprecisa —replicó Bruce con su tono clínico—. ¿Tienes fiebre? ¿Dolor muscular? ¿Migrañas? —Me siento mal, padre. ¿No es suficiente? —La imprecisión es el enemigo de la solución, Damian —dijo Bruce, volviendo a su tableta—. Si hay un síntoma físico real, lo trataremos. Si es una manifestación de la ansiedad, el descanso en casa no es la cura, sino el refuerzo del trauma. Mañana irás a la escuela. Damian apretó los puños bajo la mesa. El metal de los cubiertos parecía vibrar. Miró a Jason, que lo observaba en silencio desde el otro extremo de la mesa. Jason no dijo nada, pero sus ojos reflejaban una chispa de comprensión, una rabia contenida que resonaba con la de Damian. —Déjalo en paz, Bruce —gruñó Jason—. El chico se ve como si estuviera a punto de desmayarse. ¿No ves que está pálido? —La palidez es consistente con el shock emocional que discutimos ayer —respondió Bruce con frialdad—. Damian, no permitas que la fragilidad mental dicte tu disciplina. Mañana, a las siete. Damian se levantó abruptamente, la silla chirrió contra el suelo. No dijo nada. No podía. El nudo en su garganta era ahora una masa sólida que le impedía respirar. Salió del comedor sintiendo las miradas de Dick y Stephanie llenas de una lástima que lo hacía querer gritar. Se encerró en su habitación y se dejó caer contra la puerta. El pánico empezó a subir por su garganta. No era solo el trauma. No era solo el asco. Había algo más, algo que su entrenamiento en la Liga de Asesinos no podía explicar, algo que el análisis de Bruce había ignorado por completo. Pasó el día fingiendo dormir, mientras su mente trazaba un plan. No podía ir a la enfermería de la mansión; Alfred era demasiado observador y Bruce analizaría cada resultado. Necesitaba un lugar donde no fuera el hijo de Bruce Wayne ni el heredero de un imperio de sombras. Al día siguiente, mientras la familia creía que estaba en la escuela, Damian salió por una ventana del segundo piso. Vestía ropa holgada, una sudadera gris que ocultaba su figura y una gorra que sombreaba sus ojos. En su bolsillo llevaba una billetera con una identidad falsa: "Julian Thorne", un adolescente huérfano de dieciséis años. Caminó por las calles de Gotham, sintiendo que la ciudad misma lo observaba con ojos maliciosos. Cada roce accidental de un peatón lo hacía saltar, cada risa lejana lo transportaba de vuelta al sótano húmedo. Llegó a una clínica pequeña y anodina en los suburbios, un lugar donde los registros eran laxos y la privacidad se compraba con efectivo. El olor a desinfectante y goma quemada lo recibió al entrar, provocándole un espasmo en el estómago. —Siguiente —llamó una enfermera de mediana edad con ojeras profundas. Damian se acercó al mostrador, manteniendo la voz baja y neutra. —Vengo por una consulta. Me he sentido mal últimamente. —¿Cuál es el motivo exacto, Julian? —preguntó la mujer, mirando la identificación falsa. —Náuseas. Fatiga extrema. Algunos dolores abdominales —respondió Damian, sintiendo que el corazón le golpeaba las costillas. La enfermera lo guio a una pequeña sala de examen. El papel de la camilla crujió bajo su peso, un sonido que le recordó el roce de la tela de su traje de Robin siendo desgarrado. —El doctor estará con usted en un momento —dijo la mujer antes de salir. Damian se quedó solo en el silencio clínico. Se abrazó a sí mismo, sintiendo que el aire de la habitación se volvía denso. "¿Qué estoy haciendo aquí?", se preguntó. "Soy un guerrero. Los guerreros no se enferman". Pero el recuerdo del semen espeso llenando su interior, la sensación de ser invadido hasta la raíz, volvió a él con una fuerza devastadora. El doctor entró. Era un hombre delgado, con gafas que reflejaban la luz fluorescente y una expresión de cansancio profesional. —Bien, Julian. Cuéntame más sobre estas náuseas. ¿Desde cuándo? —Hace unas semanas —mintió Damian, aunque el tiempo se había vuelto borroso desde el ataque. —¿Alguna otra anomalía? ¿Cambios en el apetito? ¿Mareos? —Sí. Todo eso. El doctor frunció el ceño y realizó una serie de exámenes rápidos. Cuando llegó el momento de la palpación abdominal, Damian se tensó violentamente, un gemido ahogado escapando de sus labios. —Tranquilo, muchacho. Solo estoy revisando la zona pélvica —dijo el doctor, su tono volviéndose curioso—. Tienes una sensibilidad inusual aquí. ¿Has sufrido algún trauma físico recientemente? Damian se quedó helado. El silencio se prolongó, cargado de una tensión eléctrica. —No —susurró Damian, desviando la mirada. El doctor suspiró y anotó algo en su tabla. —Para descartar cualquier problema hormonal o infeccioso, necesito que te hagas una prueba de sangre y una ecografía rápida. Hay algo en tu ritmo cardíaco y en la inflamación de tu zona abdominal que no me cuadra. El proceso fue una tortura de eficiencia fría. La aguja penetrando su piel, el gel frío y viscoso que el doctor extendió sobre su vientre. Damian cerró los ojos, imaginando que el gel era el fluido del Joker, sintiendo que la suciedad volvía a cubrirlo. El doctor movió el transductor sobre su piel. Al principio, no dijo nada. Luego, se detuvo. Su expresión cambió de la curiosidad al desconcierto absoluto. Movió el aparato nuevamente, acercándolo, ajustando la imagen en la pantalla. —Esto es... imposible —murmuró el doctor. Damian abrió los ojos. El miedo, un miedo primitivo y gélido, se instaló en su pecho. —¿Qué? ¿Qué pasa? —la voz de Damian sonó pequeña, despojada de cualquier rastro de arrogancia. El doctor se giró hacia él, mirando la pantalla y luego a Damian, como si estuviera viendo un milagro biológico o una aberración de la naturaleza. —No sé cómo explicar esto, Julian. No sé si es una anomalía genética o algo más... pero hay un saco gestacional. El mundo se detuvo. Damian sintió que el oxígeno desaparecía de la habitación. —¿Qué? —repitió, la palabra saliendo como un hilo. —Estás embarazado —dijo el doctor, su voz ahora cargada de una confusión profesional—. No sé cómo es anatómicamente posible en tu caso, pero ahí está. Hay un embrión. Un corazón latiendo. Aproximadamente de cuatro semanas. Damian se quedó mirando la pantalla. Vio una mancha blanca, un pequeño punto que parpadeaba rítmicamente. Un latido. La risa del Joker estalló en su mente, más fuerte que nunca, llenando la habitación, ahogando el sonido del aire acondicionado. —*Bienvenidos al club, pajarito* —susurró la voz del payaso en su memoria—. *Ahora siempre seremos parte del mismo secreto*. Damian se apartó bruscamente, el transductor cayó al suelo con un ruido seco. Se bajó de la camilla con movimientos torpes, casi tropezando con sus propios pies. —Julian, espera, necesitamos hacer más pruebas, tenemos que entender cómo... —empezó el doctor. —No —gritó Damian, su voz quebrándose—. No quiero nada más. Salió de la clínica corriendo, ignorando los llamados del médico. Corrió por las calles de Gotham, el viento golpeando su rostro, pero no sentía el frío. Sentía que su vientre era un nido de serpientes, que el monstruo que lo había roto ahora estaba creciendo dentro de él, alimentándose de su sangre, de su dolor, de su propia existencia. Se refugió en un callejón oscuro, colapsando contra una pared de ladrillos sucios. Se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, abrazando sus rodillas contra su pecho, tratando de comprimir ese espacio donde ahora habitaba la semilla del Joker. Y entonces, empezó a llorar. No fue un llanto silencioso ni digno. Fue un sollozo visceral, un aullido ahogado que nacía desde lo más profundo de su ser. Lloró por la violación, lloró por la ceguera de su padre, lloró por la traición de su propio cuerpo. —No... no puede ser... —sollozó, golpeando el suelo con el puño—. ¡Sáquenlo de mí! ¡Alguien sáquenlo de mí! Se imaginó a Bruce. Imaginó la cara de análisis clínico de su padre. Podía oírlo ahora mismo: *"Es una respuesta somática, Damian. Tu mente está proyectando el trauma en una fantasía de invasión biológica"*. La comprensión lo golpeó con una crueldad infinita. Nadie le creería. Incluso si se lo decía, Bruce buscaría una explicación lógica, una manipulación química del Joker, un truco psicológico. Para ellos, él era el guerrero, el fuerte, el inquebrantable. La idea de que Damian fuera una víctima capaz de quedar encinta de su agresor era algo que sus mentes rechazarían por puro instinto. Se quedó allí, temblando en la oscuridad del callejón, mientras el sol de Gotham se ocultaba, dejando que la noche lo envolviera. Cuando regresó a la mansión, ya era tarde. Entró sigilosamente, evitando los pasillos principales. En la cocina, encontró a Alfred preparando el té. El anciano lo miró, y por un segundo, Damian temió que el mayordomo pudiera leer la verdad en sus ojos. —Bienvenido a casa, Amo Damian —dijo Alfred con su habitual calma—. Espero que su "día de descanso" haya sido reparador. Damian no respondió. Pasó junto a él como un fantasma, con la mirada perdida. —Amo Damian —llamó Alfred suavemente—. El Amo Bruce desea verlo en el estudio antes de cenar. Dice que quiere discutir su plan de reintegración escolar para el miércoles. Damian se detuvo. Cerró los ojos y sintió el pequeño latido invisible en su interior. Un parásito. Una marca eterna. —Dile que no estoy disponible —susurró. Subió las escaleras y se encerró en su cuarto. Se acostó en la cama, mirando el techo oscuro, sintiéndose más solo de lo que jamás se había sentido en su vida. En el estudio, Bruce suspiró, dejando la carpeta sobre el escritorio. —Está siendo difícil —comentó Bruce, mirando hacia la puerta cerrada de la habitación de su hijo—. Su resistencia es admirable, pero su negación del proceso psicológico está retrasando su recuperación. —Quizás es que no necesita un "proceso", Bruce —dijo Jason, que estaba apoyado en el marco de la puerta—. Quizás solo necesita que alguien deje de tratarlo como un experimento y empiece a tratarlo como a un chico que fue destrozado. —Estoy haciendo lo que es mejor para él, Jason —respondió Bruce, su voz fría y convicta—. El entrenamiento y la disciplina son las únicas herramientas que Damian conoce para superar la adversidad. Si lo trato con demasiada fragilidad, solo validaré su sensación de vulnerabilidad. —A veces la fragilidad es la realidad, Bruce —replicó Jason con amargura. Bruce no respondió. Volvió a sus papeles, convencido de que tenía la situación bajo control, convencido de que el "daño" de Damian era una herida en el alma que el tiempo y la voluntad cerrarían. Mientras tanto, en la habitación de arriba, Damian se acurrucaba en posición fetal. Se llevó una mano al vientre, un gesto instintivo que inmediatamente odió. Retiró la mano con asco, como si se hubiera quemado. En el silencio de la mansión, el secreto crecía. El Joker había ganado. No solo había tomado su cuerpo una vez; había plantado una bandera de conquista en el centro mismo de su ser. Y lo más aterrador no era el embarazo, sino saber que, rodeado de los mejores detectives del mundo, Damian Wayne era la única persona que conocía la verdad. Cerró los ojos y, en la oscuridad, volvió a escuchar la risa. —*Nadie te cree, pajarito* —susurraba la voz—. *Ahora somos familia*. Ahora que damian quiere abortar porque siente rechazo hacia el bebé del Joker pero cuando llega a la clínica se pone a llorar y decide no hacerlo y la batifamilia ni nadie sabe nada y Damian sigue sintiendo rechazo hacia el bebé