Nose
El Juego Final: El Círculo de la Traición
El amanecer se abría paso entre las rendijas del hangar, tiñendo el frío metal de un gris pálido. Ye-na se despertó con un sobresalto, el brazo de Sang-woo todavía rodeándola. La noche había sido corta, plagada de pesadillas fragmentadas, pero su presencia a su lado había sido un ancla en la tormenta. Se incorporó despacio, cuidando de no despertarlo, y se encontró con los ojos de Gi-hun, que ya estaba despierto, sentado en su cama, con la mirada perdida en la distancia. Sae-byeok, a diferencia de ellos, dormía profundamente, su rostro juvenil enmascarado por la dureza de su existencia.
–¿Dormiste algo? –preguntó Gi-hun, su voz apenas un susurro.
Ye-na negó con la cabeza.
–No mucho. ¿Y tú?
–No he pegado ojo. –Gi-hun suspiró, pasándose una mano por el rostro. –Esto... esto no se siente bien.
Ye-na asintió, compartiendo su aprensión. La promesa del último juego flotaba sobre ellos como una espada de Damocles. El silencio del hangar, ahora que la mayoría de los participantes habían sido eliminados, era ensordecedor. Solo quedaban ellos tres, y el jugador 067, a quien aún no habían visto.
Sang-woo se movió a su lado, abriendo los ojos. Su mirada, al principio nublada por el sueño, se centró en ella, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
–Buenos días –murmuró, su voz ronca.
–Buenos días –respondió Ye-na, devolviéndole la sonrisa.
Se levantaron y se unieron a Gi-hun. La atmósfera estaba cargada de una tensión palpable. Las interacciones entre ellos eran mínimas, cada uno sumido en sus propios pensamientos y miedos. El desayuno fue tan insípido como siempre, pero esta vez, la comida apenas pasó por sus gargantas.
Finalmente, la voz impersonal del presentador resonó en los altavoces:
–Participantes, prepárense para el juego final.
Un escalofrío recorrió la espalda de Ye-na. Se miraron los unos a los otros, sus ojos reflejando una mezcla de terror y determinación.
Fueron conducidos a un área diferente del complejo, un espacio abierto que parecía un patio de juegos infantil, pero con un aire ominoso. En el centro, un círculo gigante estaba dibujado en el suelo de arena, con formas geométricas entrelazadas.
–El juego final es el "Juego del Calamar" –anunció el presentador, su voz amplificada. –Las reglas son las mismas que el juego infantil. Los atacantes deben llegar a la cabeza del calamar, y los defensores deben detenerlos. El último jugador en pie será el ganador.
Ye-na sintió un nudo en el estómago. El Juego del Calamar. Un juego de niños que ahora se convertía en una lucha a muerte. Miró a Gi-hun, que parecía perplejo, y luego a Sang-woo, cuyo rostro estaba impasible.
–¿Quiénes son los atacantes y quiénes los defensores? –preguntó Gi-hun.
–Se elegirán al azar –respondió el presentador. –Cada jugador recibirá una tarjeta. Una tarjeta roja para los atacantes, una azul para los defensores.
Se distribuyeron las tarjetas. Ye-na desdobló la suya. Era azul. Defensora. Miró a Gi-hun, que también tenía una tarjeta azul. Luego miró a Sang-woo. Su tarjeta era roja. Atacante.
Una punzada de miedo y una extraña sensación de traición la golpearon. ¿Por qué el destino los había separado de esta manera?
Sae-byeok también tenía una tarjeta roja.
–Esto no está bien –murmuró Gi-hun, su voz teñida de desesperación. –No podemos luchar entre nosotros.
–Son las reglas del juego –dijo Sang-woo, su voz fría y sin emociones.
Ye-na lo miró, intentando descifrar la expresión en sus ojos. Había una barrera, una distancia que no había estado allí la noche anterior.
–Sang-woo, no podemos... –comenzó Ye-na, pero él la interrumpió.
–Este es el juego final, Ye-na. Solo puede haber un ganador.
Sus palabras la golpearon como un puñetazo. La realidad de la situación era brutal. El amor, la amistad, la lealtad... todo se desvanecía ante la promesa de los 45.6 billones de wones.
El juego comenzó. Gi-hun y Ye-na, como defensores, se posicionaron en el centro del calamar, intentando proteger la "cabeza". Sang-woo y Sae-byeok, como atacantes, debían abrirse paso.
Los primeros minutos fueron lentos, tensos. Nadie quería hacer el primer movimiento. La confrontación era demasiado íntima, demasiado personal.
–No podemos hacer esto –dijo Gi-hun, su voz temblorosa.
–Tenemos que hacerlo, Gi-hun –respondió Sae-byeok, su rostro resuelto. –Mi hermano me está esperando.
Ye-na sintió una profunda tristeza. Sae-byeok, con su estoicismo y su propósito inquebrantable, era un recordatorio de por qué estaban allí. Por sus seres queridos.
Sang-woo fue el primero en moverse. Con una agilidad sorprendente, intentó flanquear a Gi-hun. Gi-hun, a pesar de su renuencia, se vio obligado a reaccionar, bloqueando su camino.
Ye-na se quedó inmóvil por un momento, observando. Su corazón estaba desgarrado. ¿Cómo podía luchar contra el hombre al que había llegado a amar? ¿Cómo podía luchar contra la mujer que se había convertido en su amiga?
Sae-byeok, aprovechando la distracción, intentó pasar por el otro lado. Ye-na se interpuso en su camino, extendiendo los brazos.
–Sae-byeok, por favor –suplicó Ye-na.
Sae-byeok la miró, sus ojos llenos de una mezcla de dolor y determinación.
–Lo siento, unnie –dijo Sae-byeok, antes de intentar empujarla.
Ye-na era más baja y menos fuerte que Sae-byeok, pero la desesperación le dio una fuerza inusitada. Se aferró a ella, intentando inmovilizarla sin hacerle daño.
Mientras tanto, la lucha entre Gi-hun y Sang-woo era más intensa. Gi-hun, que siempre había sido un hombre de buen corazón, se negaba a herir a Sang-woo. Pero Sang-woo, con una fría lógica, no tenía tales escrúpulos.
En un momento de descuido de Gi-hun, Sang-woo lo empujó con fuerza, haciéndolo caer. El impacto fue brutal. Gi-hun se golpeó la cabeza con el suelo y quedó aturdido por un momento.
Ye-na soltó a Sae-byeok y corrió hacia Gi-hun.
–¡Gi-hun! ¿Estás bien? –preguntó, arrodillándose a su lado.
Sang-woo aprovechó la oportunidad. Con un movimiento rápido, intentó correr hacia la cabeza del calamar.
–¡No! –gritó Ye-na, levantándose y poniéndose en su camino.
Sang-woo la miró, y Ye-na vio un destello de conflicto en sus ojos, pero desapareció tan rápido como apareció.
–Apártate, Ye-na –dijo Sang-woo, su voz endurecida.
–No puedo –respondió Ye-na, sus ojos llenos de lágrimas. –No puedo dejar que hagas esto.
Sang-woo se lanzó hacia ella. Ye-na, con el corazón encogido, se vio obligada a defenderse. Intentó esquivar sus ataques, pero Sang-woo era más rápido, más fuerte y, sobre todo, más despiadado. La empujó con fuerza, y Ye-na cayó al suelo.
El dolor físico era insignificante comparado con el dolor de la traición. Lo había amado, lo había consolado, y ahora él la estaba tratando como un obstáculo más a superar.
Mientras Ye-na luchaba por levantarse, vio a Sang-woo acercarse a la cabeza del calamar. Estaba a solo unos pasos de la victoria.
Pero antes de que pudiera cruzar la línea, Sae-byeok, que había estado observando, se interpuso en su camino.
–¡No lo harás! –gritó Sae-byeok, su voz llena de ira.
Sang-woo la miró con furia.
–Apártate, Sae-byeok. No quiero hacerte daño.
–Demasiado tarde para eso –respondió Sae-byeok, sacando una navaja que había estado escondiendo.
Ye-na observó con horror cómo Sae-byeok y Sang-woo se enfrentaban. La navaja brillaba bajo la tenue luz. Sae-byeok era ágil, pero Sang-woo, con su tamaño y su fuerza, era un oponente formidable.
La lucha fue brutal. Sang-woo, en un momento de desesperación, la empujó contra el suelo y le clavó una navaja en el estómago.
Un grito ahogado escapó de la garganta de Ye-na. Sae-byeok cayó al suelo, gimiendo. La sangre comenzó a extenderse por su chándal verde.
Gi-hun, que se había recuperado, corrió hacia Sae-byeok.
–¡Sae-byeok! –gritó, arrodillándose a su lado, intentando contener la hemorragia.
Ye-na se levantó, temblorosa, y miró a Sang-woo. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de horror y desilusión.
–¿Cómo pudiste? –susurró Ye-na, las lágrimas corriendo por sus mejillas.
Sang-woo la miró, su rostro un máscara de angustia.
–No había otra opción, Ye-na.
–¡Siempre hay otra opción! –gritó Gi-hun, su voz llena de rabia.
Sang-woo ignoró a Gi-hun y se dirigió hacia la cabeza del calamar, a solo unos centímetros de la victoria.
Pero Ye-na, a pesar del dolor y la desesperación, no podía permitirlo. No podía dejar que la muerte de Sae-byeok fuera en vano. No podía dejar que Sang-woo ganara de esa manera.
Con una fuerza que no sabía que tenía, Ye-na se lanzó hacia Sang-woo, empujándolo con todas sus fuerzas. El impacto fue inesperado. Sang-woo tropezó y cayó al suelo, justo antes de cruzar la línea.
Gi-hun, viendo su oportunidad, se abalanzó sobre Sang-woo. La lucha fue feroz, desesperada. Gi-hun, impulsado por la rabia y el dolor por Sae-byeok, luchaba con una ferocidad que nunca antes había mostrado.
Ye-na, con el corazón roto, se arrastró hacia Sae-byeok. La joven estaba pálida, su respiración superficial.
–Resiste, Sae-byeok –suplicó Ye-na, con sus propias lágrimas cayendo sobre el rostro de Sae-byeok. –Por favor, resiste.
Sae-byeok la miró, una débil sonrisa en sus labios.
–Gracias, unnie –murmuró, su voz apenas audible. –Gracias por todo.
Y con un último suspiro, Sae-byeok cerró los ojos.
Un grito desgarrador escapó de la garganta de Gi-hun. Se levantó, sus ojos inyectados en sangre, y se abalanzó sobre Sang-woo con una furia incontrolable.
La lucha entre los dos hombres se convirtió en un torbellino de golpes y gritos. Sang-woo, a pesar de su ventaja inicial, estaba visiblemente agotado, y la furia de Gi-hun lo superaba.
En un momento, Gi-hun logró inmovilizar a Sang-woo, sujetándolo por el cuello. Sus ojos se encontraron, y Ye-na vio la desesperación en el rostro de Sang-woo.
–Gi-hun, ¡no! –gritó Ye-na, su voz rota. –¡No lo hagas!
Gi-hun dudó, su mano temblaba. El presentador, observando desde la distancia, permanecía inmóvil.
–¡Termina el juego, Gi-hun! –gritó Sang-woo, su voz ronca. –¡Gana el dinero! ¡Por tu hija! ¡Por tu madre!
Gi-hun miró a Ye-na, luego a Sae-byeok, y luego a Sang-woo. La lucha en su interior era palpable.
Finalmente, Gi-hun soltó a Sang-woo.
–No puedo –dijo Gi-hun, su voz cargada de dolor. –No puedo hacer esto.
Sang-woo lo miró con incredulidad.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó Sang-woo.
–No vale la pena –dijo Gi-hun. –Este dinero... no vale la pena si tenemos que matarnos unos a otros.
Gi-hun se acercó al presentador.
–Quiero terminar el juego –dijo Gi-hun. –No quiero jugar más.
El presentador permaneció en silencio por un momento, luego se volvió hacia Sang-woo.
–¿Y tú, participante 218? ¿Qué decides?
Sang-woo miró a Gi-hun, luego a Ye-na, que lo miraba con los ojos llenos de lágrimas. La máscara de frialdad en su rostro se desmoronó, revelando el dolor y la desesperación que había estado ocultando.
–No puedo vivir con esto –murmuró Sang-woo, sus ojos fijos en Ye-na. –No puedo vivir con lo que he hecho.
Sang-woo sacó la navaja de Sae-byeok del suelo.
–No, Sang-woo, ¡no! –gritó Ye-na, intentando correr hacia él.
Pero fue demasiado tarde. Con un movimiento rápido y decisivo, Sang-woo se apuñaló a sí mismo.
Ye-na cayó de rodillas, un grito de agonía escapando de su garganta. Gi-hun corrió hacia Sang-woo, intentando detener la hemorragia, pero era inútil.
Sang-woo la miró por última vez, sus ojos llenos de arrepentimiento y una extraña paz.
–Lo siento, Ye-na –murmuró, antes de caer inerte.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Solo quedaban Gi-hun y Ye-na, rodeados por los cuerpos de sus amigos.
El presentador se acercó a ellos.
–Participantes 456 y 101, ¿han terminado el juego?
Gi-hun y Ye-na se miraron, sus rostros empapados en lágrimas, sus almas rotas.
–Sí –dijo Gi-hun, su voz apenas un susurro. –Hemos terminado.
–Entonces, el ganador es el participante 456 –anunció el presentador. –El premio de 45.6 billones de wones le será entregado.
Ye-na negó con la cabeza.
–No queremos el dinero –dijo Ye-na, su voz temblorosa. –Queremos salir de aquí.
El presentador se detuvo por un momento, su voz ahora con un matiz de sorpresa.
–¿Está segura, participante 101? Ha llegado hasta el final.
–No lo quiero –respondió Ye-na, con firmeza. –No a este precio.
Gi-hun asintió.
–Ella tiene razón. No queremos este dinero.
El presentador, después de un momento de silencio, dio una orden. Un equipo de soldados enmascarados se acercó, cargando los cuerpos de Sae-byeok y Sang-woo.
Gi-hun y Ye-na fueron vendados y sacados del complejo. El viaje de regreso fue un borrón de dolor y desesperación.
Cuando finalmente les quitaron las vendas, se encontraron en la estación de metro donde todo había comenzado. El sol de la mañana los golpeó, cegándolos por un momento.
Gi-hun tenía el maletín con el dinero, pero lo miraba con horror. Ye-na se sentía vacía, rota. Había entrado en ese juego por su hermana, por la esperanza de un futuro mejor, pero lo había perdido todo. Había perdido a Sae-byeok, y había perdido a Sang-woo.
Gi-hun se volvió hacia ella, sus ojos llenos de una tristeza profunda.
–¿Qué vamos a hacer ahora? –preguntó Gi-hun.
Ye-na lo miró, y por primera vez, vio el reflejo de su propia desolación en sus ojos.
–No lo sé, Gi-hun –dijo Ye-na, su voz apenas un susurro. –No lo sé.
El mundo exterior parecía ajeno a la pesadilla que habían vivido. La gente pasaba a su lado, absorta en sus propias vidas, sin darse cuenta del infierno que se había desatado a pocos kilómetros de allí.
Ye-na sintió el peso de las decisiones que había tomado, el peso de las vidas que se habían perdido. El dinero no importaba. La promesa de una vida mejor se había convertido en cenizas.
Se levantó, su cuerpo dolorido, su alma más aún.
–Tenemos que contarle a la gente –dijo Ye-na, su voz cobrando fuerza. –Tenemos que exponer lo que está pasando aquí.
Gi-hun la miró, una chispa de determinación encendiéndose en sus ojos.
–Sí –dijo Gi-hun. –Tenemos que hacerlo. Por ellos. Por todos los que murieron.
Se miraron el uno al otro, dos supervivientes de un juego macabro, unidos por el trauma y un nuevo propósito. La venganza no era la palabra correcta. Era justicia. Era recordar. Era asegurarse de que nadie más tuviera que pasar por lo que ellos habían pasado.
El círculo de la traición se había cerrado, pero de sus cenizas, nacía una nueva determinación. El juego había terminado, pero la lucha de Ye-na y Gi-hun apenas había comenzado.