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El reflejo en el cristal roto

El frío de los Pirineos no era nada comparado con el hielo que se extendía por las venas de Damian. Habían pasado tres semanas desde su huida del centro en los Alpes, tres semanas de saltar de refugio en refugio, de utilizar identidades falsas que Ra's al Ghul le había enseñado a crear antes de que supiera siquiera multiplicar. Cada día era una batalla contra el agotamiento, pero sobre todo, contra la evidencia física que crecía entre sus brazos.

Damian se encontraba en una cabaña abandonada en los límites de un bosque espeso en el norte de España. El lugar olía a moho y a madera vieja, pero era invisible para los satélites de Wayne Enterprises. Había instalado inhibidores de señal caseros, rudimentarios pero efectivos contra los algoritmos de rastreo de Tim.

En el centro de la habitación, sobre una pila de mantas sucias, el bebé comenzó a agitarse.

Damian se acercó con pasos lentos, como si se aproximara a una bomba de relojería. El niño ya no era el recién nacido arrugado de los Alpes. Estaba creciendo, y con cada centímetro de piel que ganaba, la pesadilla se volvía más nítida. El cabello del pequeño, aunque todavía escaso, tenía una textura extraña, y bajo ciertas luces, Damian juraría que veía un matiz verdoso que lo hacía vomitar bilis. Pero eran los ojos y la boca lo que lo mantenían despierto por las noches.

—Deja de mirarme así —susurró Damian, su voz apenas un hilo ronco—. Por favor, deja de hacerlo.

El bebé soltó una carcajada. No fue el balbuceo inocente de un lactante; fue un sonido agudo, una nota discordante que resonó en las paredes de madera como un eco de Arkham. La comisura de sus labios se elevó en una curva antinatural, demasiado amplia, demasiado familiar.

Damian retrocedió hasta chocar con la pared, deslizándose hacia el suelo. Se cubrió el rostro con las manos, apretando los ojos hasta que vio estrellas.

—No eres él. No eres él. Eres un Wayne. Eres un Al Ghul —repetía, como un mantra religioso que había perdido todo su poder.

Pero la genética era una traidora. El niño tenía la piel de una palidez casi traslúcida, y cuando sonreía, Damian no veía la luz de la inocencia, sino el abismo que lo había devorado en aquella celda oscura meses atrás.

Mientras tanto, en la Batcueva, el ambiente era de una desesperación silenciosa. Bruce no había dormido más de dos horas seguidas en un mes. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras que parecían hematomas. En la pantalla principal, un mapa del mundo estaba plagado de puntos rojos: pistas falsas, rastros borrados, ecos de un hijo que no quería ser encontrado.

—Nada en la frontera francesa —dijo Dick, entrando en la cueva con los hombros caídos—. Jason revisó los puertos de Marsella y yo estuve en contacto con las células de la Liga en Italia. Nadie sabe nada. Es como si se hubiera desvanecido en el aire, Bruce.

Bruce no respondió. Sus dedos volaban sobre el teclado, intentando descifrar un patrón que sabía que Damian estaba ocultando a propósito.

—Él sabe cómo pensamos —dijo Bruce, su voz tan baja que Dick tuvo que inclinarse para oírlo—. Sabe que buscaremos centros médicos. Sabe que buscaremos suministros de bebé. Está operando fuera de cualquier red conocida. Está usando tácticas de supervivencia de nivel Omega.

—Bruce, Jason está... preocupado —añadió Dick, dudando antes de continuar—. Dice que si Damian está en un estado psicótico y tiene a ese niño con él... bueno, teme que Damian haga algo drástico.

Bruce se puso en pie bruscamente, derribando la silla.

—¡Damian no le hará daño! —rugió, aunque el temblor en sus manos lo contradecía—. Es su hijo. Por mucho que odie el origen, es su sangre.

—Es la sangre del Joker, Bruce —intervino Jason desde la pasarela superior, su voz cargada de una amargura que no podía ocultar—. Y todos sabemos lo que ese veneno le hace a la gente. Damian está solo, traumatizado y criando a un mini-monstruo que le recuerda cada segundo el peor momento de su vida. Si no lo encontramos pronto, no vamos a recuperar a Robin. Vamos a encontrar dos cadáveres o algo mucho peor.

El silencio que siguió fue asfixiante. Todos sabían que Jason tenía razón. Damian siempre había luchado contra su propia oscuridad, contra la herencia de los asesinos. Añadir la carga del Joker a esa mezcla era como arrojar una cerilla a un barril de pólvora.

—Tim ha detectado una anomalía en el consumo eléctrico de una zona rural en España —dijo Barbara a través del comunicador, rompiendo la tensión—. Es mínima, apenas un pico en una red vieja, pero coincide con el tipo de encriptación que Damian usaba para sus proyectos personales.

Bruce ya se estaba poniendo la capucha.

—Envíame las coordenadas. Avisen a Clark. Si Damian nos ve llegar, huirá de nuevo. Necesitamos un perímetro absoluto.

A miles de kilómetros, Damian alimentaba al bebé con una mano temblorosa. El niño lo agarró del dedo índice. La fuerza del agarre era sorprendente. Damian observó la mano del pequeño, las uñas finas, la forma de los nudillos.

—¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó en voz baja—. Si te llevo con ellos, te encerrarán. Te estudiarán. Buscarán en tu cerebro el gen de la locura. Y si te quedas conmigo... te convertiré en un arma. Es lo único que sé hacer.

El bebé volvió a sonreír, y esta vez, soltó un pequeño grito de alegría que terminó en una tos seca. Damian sintió un ramalazo de pánico. El niño estaba caliente. Demasiado caliente.

—No, no ahora. Por favor, ahora no.

Buscó desesperadamente en su mochila. Se le estaban acabando los antibióticos y los antipiréticos. Había estado evitando las ciudades, pero la fiebre del niño no cedía. La vulnerabilidad de la criatura lo golpeó con la fuerza de un mazo. A pesar de la cara, a pesar de la sonrisa que le helaba la sangre, este ser dependía totalmente de él para no morir.

—Eres un monstruo —susurró Damian, pegando la frente del bebé a la suya mientras las lágrimas caían sin control—. Eres su monstruo. Pero eres mi hijo.

Esa noche, la fiebre empeoró. El llanto del bebé se volvió un gemido constante que taladraba los nervios ya destrozados de Damian. Sabía que no podía quedarse allí. Si el niño moría, él moriría con él. No por amor, quizá, sino porque el fracaso sería absoluto. Sería la victoria final del Joker: arrebatarle hasta la capacidad de proteger lo que más odiaba.

Salió de la cabaña bajo una lluvia torrencial, envolviendo al niño en su propia capa de Robin, la única prenda que no había sido capaz de quemar. Caminó durante horas por el barro, evitando las carreteras principales, hasta que divisó las luces de un pequeño pueblo.

Entró en una farmacia local justo antes del cierre. El farmacéutico, un hombre mayor con gafas gruesas, lo miró con sospecha. Damian estaba cubierto de barro, con los ojos salvajes y un bebé envuelto en una tela roja y negra.

—Necesito algo para la fiebre. Rápido —dijo Damian en un español perfecto, aunque su tono era una orden, no una petición.

—Muchacho, pareces necesitar un hospital más que una farmacia —dijo el hombre, acercándose al mostrador—. Y el niño... déjame verlo.

Damian retrocedió un paso, apretando al bebé contra su pecho.

—Solo deme la medicina.

—Tengo que ver si es una infección o solo un resfriado, hijo. No puedo darte antibióticos así como así.

A regañadientes, Damian aflojó la manta. La luz fluorescente de la farmacia cayó directamente sobre el rostro del bebé. El farmacéutico se quedó helado. No fue por la palidez, ni por el color del pelo. Fue la expresión del niño, incluso en medio de la fiebre. El bebé abrió los ojos y miró al hombre, y por un segundo, el farmacéutico sintió un escalofrío que le recorrió la columna.

—Sus ojos... —murmuró el hombre—. Qué niño tan... peculiar.

—¡La medicina! —gritó Damian, sacando un fajo de billetes arrugados y tirándolos sobre el mostrador.

El hombre, asustado por la violencia en la voz del joven, le entregó un frasco de jarabe y una caja de comprimidos. Damian los arrebató y salió corriendo hacia la oscuridad de la lluvia antes de que el hombre pudiera decir una palabra más.

Lo que Damian no sabía era que, al usar los billetes que había sacado de un cajero hackeado hace días, había activado una alerta silenciosa.

A diez kilómetros de allí, en el Batplano, una señal roja parpadeó en la consola de Tim.

—¡Lo tengo! —exclamó Tim—. Acaba de usar efectivo marcado en una farmacia en un pueblo llamado Biescas. Bruce, está cerca.

—No se acerquen demasiado —ordenó Bruce, su voz era puro acero—. Si se siente acorralado, saltará al vacío. Dick, ve por el norte. Jason, quédate en la retaguardia por si intenta volver al bosque. Yo entraré a pie.

Damian regresó a la cabaña, pero su instinto, ese sexto sentido afinado por Ra's y perfeccionado por Batman, le gritaba que el aire había cambiado. El olor a ozono del Batplano, casi imperceptible para un humano normal, flotaba en la atmósfera húmeda.

—Nos han encontrado —dijo Damian, mirando al bebé, que finalmente se había dormido tras la primera dosis de medicina—. Nos han encontrado, pequeño payaso.

Se sentó en el suelo, apoyado contra la puerta, con una daga en una mano y el bebé en el otro brazo. No tenía fuerzas para correr más. Sus piernas temblaban y su mente estaba fragmentada en mil pedazos de espejos rotos.

—¿Qué vas a hacer, Padre? —preguntó a la oscuridad—. ¿Vas a ponerme una celda al lado de la suya? ¿Vas a mirar a este niño y ver a tu mayor enemigo cada mañana en el desayuno?

La puerta de la cabaña no se abrió con una explosión. No hubo gases lacrimógenos ni gritos de justicia. Solo hubo un suave golpe, casi tímido.

—Damian —la voz de Bruce era apenas un susurro al otro lado de la madera—. Damian, estoy solo. Por favor. Déjame entrar.

—Vete, Bruce —respondió Damian, su voz quebrándose—. Si entras, no podré evitar odiarte. Y ya odio demasiadas cosas.

—No me importa que me odies —dijo Bruce, y se escuchó cómo se sentaba al otro lado de la puerta, imitando la posición de su hijo—. Solo quiero ayudarte. A ti y al niño.

—¿Al niño? —Damian soltó una risa histérica que se pareció demasiado a la del bebé—. ¿Sabes lo que es, Padre? ¿Sabes lo que lleva dentro? ¡Cada día se parece más a él! ¡Cada vez que sonríe, siento que el Joker me está violando otra vez!

El silencio que siguió fue tan pesado que Damian pensó que Bruce se había ido. Pero luego escuchó un sollozo ahogado, un sonido que nunca había asociado con el Caballero Oscuro.

—Lo sé —dijo Bruce—. Sé lo que estás pasando. Sé que cada vez que lo miras, ves el trauma. Pero Damian... él no es el Joker. Él es una página en blanco. Y tú eres su padre. Tú decides qué se escribe en esa página.

—¡Yo no puedo ser padre! —gritó Damian, poniéndose en pie, con el bebé despertando y empezando a llorar—. ¡Mírame! ¡Estoy roto! ¡Soy un asesino que fue destruido por un loco! ¡No tengo nada que darle a este niño excepto mi dolor!

—Nos tienes a nosotros —dijo una segunda voz. Era Dick, que se había acercado sin que Damian lo notara—. Tienes a tus hermanos. Tienes a Alfred. No tienes que hacer esto solo, Damian. Nunca debiste haberte ido.

Damian miró hacia la pequeña ventana. Vio las sombras de su familia rodeando la cabaña. No para capturarlo, sino para protegerlo. Por un momento, la imagen del Joker en el rostro del bebé se desvaneció, reemplazada por la imagen de un niño indefenso que necesitaba calor.

Pero entonces, el bebé abrió los ojos y soltó una carcajada estridente, una risa que cortó la tensión del momento como un cuchillo. Damian miró al niño y vio, con absoluta claridad, la sombra del payaso bailando en sus pupilas.

—No —susurró Damian, retrocediendo hacia el rincón más oscuro de la cabaña—. No pueden entrar. Si entran, verán la verdad. Verán que el Joker ganó.

—Nadie ha ganado todavía, enano —la voz de Jason era áspera, proveniente de algún lugar cerca del techo—. Pero si te quedas ahí encerrado, vas a dejar que ese payaso muerto gane la partida desde la tumba. Sal de ahí. Danos al niño y déjanos ayudarte a ser tú otra vez.

Damian miró la daga en su mano. Miró el cuello del bebé. Por un segundo aterrador, la lógica de la Liga de Asesinos le sugirió que la única forma de purificar la mancha era eliminarla. Pero luego, el bebé agarró su dedo otra vez, con esa fuerza obstinada de quien quiere vivir a toda costa.

—No sé quién soy —dijo Damian, dejando caer la daga al suelo con un tintineo metálico—. Ya no sé quién soy, Padre.

—Eres mi hijo —dijo Bruce, abriendo la puerta lentamente—. Y eso es suficiente.

Cuando la luz de las linternas inundó la cabaña, Damian se cubrió los ojos. Bruce entró, con el traje de Batman cubierto de lluvia, pero sin la máscara. Su rostro era el de un hombre que había envejecido diez años en un mes. Se acercó a Damian y, sin decir palabra, lo envolvió en un abrazo, incluyendo al bebé entre ambos.

Damian se derrumbó. Lloró como el niño que nunca le permitieron ser, soltando meses de terror, asco y soledad. El bebé, atrapado entre los dos hombres, dejó de llorar y miró a Bruce.

Bruce bajó la vista hacia el pequeño. Vio la piel pálida. Vio la estructura ósea que gritaba "Joker". Vio la sonrisa que no pertenecía a un bebé. Pero también vio los dedos de Damian entrelazados en la manta.

—Es... —empezó Dick, acercándose y deteniéndose en seco al ver el rostro del niño.

—Es un Wayne —sentenció Bruce, mirando a sus otros hijos con una advertencia en los ojos—. Y a partir de hoy, este niño no tiene pasado. Solo tiene futuro.

Jason se acercó y miró al bebé con una mezcla de horror y fascinación.

—Va a ser un camino largo, Bruce —dijo Jason, apretando los puños—. Ese chico... tiene el diablo en los genes.

—Entonces le enseñaremos a ser un ángel —dijo Bruce, aunque su propia voz temblaba.

Damian se dejó llevar, demasiado agotado para luchar más. Mientras lo subían al Batplano, observó cómo Dick intentaba hacerle una mueca al bebé, y cómo el niño respondía con esa risa que helaba la sangre. Damian cerró los ojos, sabiendo que la huida había terminado, pero que la verdadera pesadilla apenas comenzaba. En la mansión, en los pasillos oscuros, el eco de esa risa se convertiría en su nueva sombra.

Y mientras el avión se elevaba hacia las nubes, Damian se hizo una promesa: si algún día veía que el Joker asomaba demasiado en esos ojos, haría lo que su padre nunca pudo hacer con el original. Pero por ahora, dejaría que la calidez del abrazo de Bruce le hiciera creer, aunque fuera por un minuto, que todavía había esperanza para los monstruos.

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