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Nya

Ecos de Sal y Ceniza

El amanecer aún estaba lejos, pero la atmósfera en la habitación de Masato había cambiado. El aire, antes saturado por el aroma dulzón y artificial de la poción afrodisíaca, ahora se sentía pesado, cargado con el olor metálico de la sangre y el ozono que dejaba tras de sí la magia de alto nivel. Los dos hombres yacían entrelazados, una masa de extremidades cansadas y respiraciones que poco a poco recuperaban su ritmo natural.

Kou sentía el latido del corazón de Masato contra su propio pecho, un ritmo constante que le recordaba la fragilidad del brujo, a pesar de la fuerza que acababa de demostrar. La sangre de Masato todavía dejaba un rastro de calor en su garganta, una sensación efervescente que ningún humano podría replicar jamás. Era como haber bebido luz de luna destilada, con un regusto a hierbas amargas y poder puro.

Masato, por su parte, sentía que sus músculos eran de gelatina. El corte en su clavícula ya no dolía; la saliva de Kou tenía propiedades analgésicas naturales, y la herida empezaba a cerrarse bajo una costra fina y rojiza. Se movió ligeramente, sintiendo la humedad de las sábanas arruinadas bajo su espalda.

—Has destrozado mi cama —murmuró Masato, su voz apenas un hilo ronco que rompió el silencio—. Estas sábanas eran de seda de araña tejida por las viudas del bosque negro. Me costaron una fortuna en ingredientes de intercambio.

Kou soltó un bufido que pretendía ser una risa, aunque sonó más como un ronroneo profundo. No abrió los ojos, disfrutando de la inusual calidez que recorría su cuerpo frío de no-muerto.

—Consideralo un pago por el espectáculo de esta noche —respondió Kou, su mano trazando perezosamente la línea de la columna vertebral de Masato—. Además, tú fuiste quien decidió usarme como laboratorio andante. No te quejes de los resultados experimentales.

Masato se apoyó en un codo, mirando al vampiro. Kou se veía extrañamente pacífico, con el cabello oscuro desordenado sobre la almohada y ese rastro de sangre en la comisura de sus labios que lo hacía parecer más una estatua renacentista que un depredador nocturno. El brujo suspiró, sintiendo cómo la irritación habitual que Kou le provocaba empezaba a filtrarse de nuevo a través de la neblina del placer.

—La poción no estaba diseñada para ser usada en esas cantidades, Kou —dijo Masato, su tono volviéndose más serio—. Podrías haber causado un colapso en mi sistema circulatorio. O peor, podrías haber quemado tus propios canales de percepción. Eres un imprudente.

—Pero funcionó, ¿no? —Kou abrió un ojo, el iris carmesí brillando con una chispa de arrogancia—. Nunca te había visto pedir nada con tanta... desesperación. "Muérdeme", dijiste. Fue casi una orden real.

Masato se sonrojó, un tinte carmín subiendo por su cuello hasta las orejas. Se sentó bruscamente, ignorando el mareo que le produjo el movimiento, y buscó a tientas su camisa blanca entre el desastre de la cama.

—Estaba bajo los efectos de mi propia creación, potenciada por tu falta de autocontrol —replicó el brujo, intentando recuperar su dignidad mientras se ponía la camisa, aunque los botones estaban desalineados—. Ahora, si ya has terminado de invadir mi hogar y mi cuerpo, podrías tener la decencia de ayudarme a limpiar esto antes de que los niños regresen del colegio. Si ven este desastre, tendré que inventar una explosión alquímica muy creativa para explicarlo.

Kou se incorporó con una elegancia fluida, sentándose en el borde de la cama sin una pizca de vergüenza por su desnudez. Observó a Masato con una mirada analítica, notando cómo las manos del brujo temblaban ligeramente mientras intentaba abrocharse el corsé negro.

—Deja eso —dijo Kou, extendiendo la mano para detenerlo—. Estás agotado. La magia y la pérdida de sangre te han dejado débil, aunque intentes ocultarlo.

—Puedo cuidarme solo, Arahara. Lo he hecho durante los últimos tres años —espetó Masato, aunque no retiró la mano de Kou.

—Lo sé —susurró el vampiro, su voz perdiendo parte de su sarcasmo—. Pero esta noche yo fui el que rompió el equilibrio. Déjame... compensarlo.

Sin esperar respuesta, Kou se levantó y caminó hacia el pequeño baño adjunto a la habitación. Regresó momentos después con una toalla húmeda y tibia. Con una delicadeza que contrastaba violentamente con la brutalidad de hacía una hora, comenzó a limpiar el abdomen y los muslos de Masato, eliminando los restos de la poción y el fluido compartido.

Masato se quedó inmóvil, sorprendido por el gesto. Kou siempre había sido un hombre de extremos: o era el caballero distante y perfecto, o el monstruo sarcástico que disfrutaba sacando a los demás de quicio. Estos momentos de ternura funcional eran raros, reliquias de un matrimonio que alguna vez fue sólido.

—¿Por qué viniste realmente, Kou? —preguntó Masato en voz baja, mientras el vampiro limpiaba la sangre seca de su clavícula—. No fue solo para vigilar la casa. Podrías haberlo hecho desde el árbol del jardín, como sueles hacer los martes.

Kou se detuvo un segundo. Sus ojos se fijaron en la marca de sus propios colmillos, ahora casi invisible.

—Los niños mencionaron que estabas trabajando en un nuevo catalizador —dijo Kou, sin mirarlo a los ojos—. Dijeron que no habías dormido en tres días. Sabes que cuando te obsesionas con una fórmula, te olvidas de comer, de dormir... y de que vives en una casa con cerraduras mediocres.

Masato soltó una risa seca.

—Así que viniste a hacer de niñera. Qué noble de tu parte.

—Vine a asegurarme de que no te volaras las manos con algún ingrediente inestable —corrigió Kou, recuperando su tono defensivo—. Pero encontré algo mucho más entretenido. Aunque, debo admitir, esa poción... tiene un matiz interesante. ¿Qué le pusiste? ¿Raíz de mandrágora fermentada en sangre de súcubo?

—Casi —respondió Masato, dejándose caer de espaldas contra el respaldo de la cama, observando cómo Kou terminaba de limpiar el desastre—. Es una base de néctar de orquídea de sombra con una pizca de esencia de deseo proyectado. Es peligrosa porque no solo afecta el cuerpo, sino que amplifica lo que ya está ahí, en el subconsciente. Por eso reaccionaste así.

Kou se quedó en silencio, procesando la información. Si la poción amplificaba lo que ya existía, entonces la intensidad de su deseo no había sido solo producto de la magia, sino un reflejo de algo que llevaba guardando bajo llave desde el divorcio.

—Es una poción terrible, entonces —sentenció Kou, poniéndose sus pantalones negros con movimientos rápidos—. Deberías quemar la receta.

—Tal vez lo haga —coincidió Masato, mirándolo con una sonrisa triste—. O tal vez la guarde para la próxima vez que decidas entrar sin avisar.

Kou terminó de vestirse y se acercó a la ventana. El cielo empezaba a teñirse de un azul grisáceo, anunciando el final de su dominio. Se giró hacia Masato, quien ahora estaba envuelto en una manta limpia, viéndose pequeño y cansado entre las sombras de la habitación.

—Me voy antes de que el sol decida que quiere cocinarme —dijo Kou, apoyando una mano en el marco de la ventana—. Los niños vuelven a las siete, ¿verdad?

—A las siete y cuarto —confirmó Masato—. Y Kou...

El vampiro se detuvo, con un pie ya en el alféizar.

—Dime, brujito.

—La próxima vez... —Masato dudó, buscando las palabras adecuadas—, si vas a quedarte, trae algo de comer. La sangre de brujo es nutritiva, pero me deja con un hambre atroz de comida real. Y no quiero tener que cocinar después de que intentes drenarme.

Kou sonrió, una sonrisa auténtica que mostró sus colmillos de una manera que no era amenazante, sino casi afectuosa.

—Traeré algo de ese restaurante francés que tanto te gusta. El que tiene los cruasanes que huelen a mantequilla y magia.

—Eso servirá.

Kou saltó por la ventana, desapareciendo en las sombras del jardín con una velocidad que desafiaba la vista humana. Masato se quedó solo en la habitación, escuchando el silencio que regresaba. Se tocó la clavícula, sintiendo el leve relieve de la piel curada.

—Maldito vampiro —susurró para sí mismo, aunque no había veneno en sus palabras.

Se levantó con esfuerzo y caminó hacia su mesa de trabajo, donde el frasco vacío de la poción todavía descansaba. Lo tomó con cuidado y lo guardó en un cajón cerrado con llave. No iba a quemar la receta. En el fondo, sabía que Kou volvería, y sabía que él mismo no haría nada para reforzar las cerraduras.

La magia y la sangre siempre encontraban la forma de mezclarse, y en esa casa, el caos era la única constante que mantenía sus corazones latiendo, ya fuera por el pulso de la vida o por el eco del deseo inmortal. Masato comenzó a recoger los restos de la seda de araña, pensando que, tal vez, el próximo experimento no necesitaría tantas gotas de afrodisíaco para obtener los mismos resultados. Al fin y al cabo, Kou Arahara siempre había sido su reacción química más peligrosa y favorita.

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