oc x todoroki
La casa en el mar más azul
La biblioteca de la U.A. se había convertido en el cuartel general no oficial de Daniela. Ya no era solo su refugio personal contra el ruido ensordecedor de los entrenamientos de Bakugo o las intensas sesiones de estudio de Iida; ahora era un espacio de intercambio. Sobre la mesa de madera pulida, varios libros descansaban con marcapáginas improvisados: trozos de papel con notas en español, envoltorios de dulces peruanos y algún que otro pétalo seco.
Shoto llegó puntual, como siempre. Se sentó frente a ella, dejando sobre la mesa el ejemplar de *Los Miserables*. Se veía cansado, pero sus ojos tenían esa chispa de claridad que Dani tanto apreciaba.
—He terminado con Valjean —dijo Shoto, su voz resonando suavemente entre los estantes—. Entiendo por qué dijiste que la justicia es gris. Al final, no fue la ley la que salvó a los personajes, sino la redención personal.
Dani cerró el cuaderno donde estaba dibujando un esquema del Quirk de Hawks y le dedicó una sonrisa amplia, de esas que hacían que sus ojos se achicaran.
—Es un viaje pesado, ¿verdad? —comentó ella—. Pero ahora que hemos pasado por las sombras de París y la melancolía de los ríos, creo que te debo algo diferente. Algo que no trate sobre el pasado, sino sobre el presente. Sobre lo que estamos construyendo aquí mismo, en los dormitorios, entre clases de matemáticas y simulacros de incendios.
Rebuscó en su mochila y extrajo un libro con una portada vibrante, llena de colores azules y una casa que parecía desafiar las leyes de la gravedad sobre un acantilado.
—*La casa en el mar más azul* —leyó Shoto, pasando los dedos por el relieve de las letras—. ¿De qué trata?
—Trata sobre un hombre gris que vive una vida gris siguiendo reglas grises —explicó Dani, apoyando la barbilla en su mano—. Hasta que lo envían a supervisar un orfanato para niños con Quirks... bueno, con habilidades que el mundo considera peligrosas o extrañas. Hay un niño que es el anticristo, una niña gnomo que ama su pala, un duende que se transforma en perro...
Shoto enarcó una ceja, intrigado.
—Suena a fantasía pura.
—Lo es —asintió ella—, pero cuando lo leí anoche, no pude dejar de pensar en nosotros. En la clase 1-A. Somos un grupo de inadaptados con poderes que podrían destruir ciudades, viviendo bajo la supervisión de un hombre que parece que no duerme nunca y que nos empuja a ser mejores. Este libro, Shoto, es el espejo de nuestra clase. Es sobre encontrar una familia en el lugar menos esperado.
Shoto tomó el libro, sopesándolo.
—¿Crees que somos así? ¿Una casa llena de niños peligrosos que solo necesitan un lugar donde pertenecer?
—Míranos —dijo Dani con una risita amable—. Tenemos a un chico que explota cosas cuando se enfada, a una chica que puede crear cualquier cosa pero duda de sí misma, a un delegado que corre como un motor fuera de borda y a ti... que eres un equilibrio perfecto entre dos extremos. Si eso no es un orfanato de maravillas, no sé qué lo sea.
—Aizawa-sensei no apreciaría que lo compararas con el director de un orfanato —comentó Shoto, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios.
—Oh, creo que le encantaría. En el fondo, él es el que más nos protege de ese mundo exterior que solo quiere clasificarnos como "armas" o "herramientas".
Caminaron juntos de regreso a los dormitorios bajo un cielo que empezaba a teñirse de violeta. El ambiente en la residencia Heights Alliance era, como de costumbre, un caos organizado. En la sala común, Denki y Mineta intentaban conectar una consola de videojuegos vieja mientras Jiro les daba instrucciones sarcásticas desde el sofá.
—¡Dani! ¡Todoroki! —exclamó Ashido, saltando desde detrás de una encimera—. ¡Estamos planeando una cena grupal! ¡Nada de comida de cafetería! Satō va a hacer el plato principal, pero necesitamos que alguien se encargue de la música y el ambiente.
Dani miró a Shoto y luego a sus compañeros. La imagen era vibrante, llena de una energía que a veces resultaba abrumadora, pero que siempre se sentía cálida.
—Yo me encargo de los postres —anunció Dani—. Haré algo que se llama suspiro a la limeña. Si el azúcar no los vuelve locos, nada lo hará.
—¡Sí! —celebró Kirishima, levantando un pulgar—. ¡La comida de la nueva siempre es de nivel Pro!
Shoto se quedó un momento observando la escena. Tenía el libro de la casa azul apretado contra el costado. Dani lo observó observar; era su actividad favorita. Vio cómo la tensión en los hombros de Shoto desaparecía gradualmente al ser arrastrado por Midoriya hacia una discusión sobre técnicas de defensa.
Horas más tarde, la cena fue un éxito ruidoso. El dulce peruano desapareció en cuestión de minutos, dejando a Kaminari en un estado de hiperactividad que obligó a Iida a perseguirlo por todo el salón para que no rompiera las lámparas.
Dani se retiró un momento al balcón para respirar el aire fresco de la noche. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta corredera se abriera y Shoto apareciera a su lado.
—He leído los primeros tres capítulos —dijo él, apoyándose en la barandilla—. El protagonista, Linus... se siente muy solo al principio. Cree que cumplir las leyes es lo único que le da valor.
—Es un sentimiento común cuando creces bajo mucha presión —respondió Dani, mirando las luces lejanas de la ciudad—. Crees que si sigues el manual al pie de la letra, nada malo puede pasarte. Pero la vida no es un manual, Shoto. Es una novela que se escribe mientras la lees.
—Me gusta la idea del archipiélago —continuó Shoto—. Un lugar donde ser diferente no es una carga, sino la norma. A veces olvido que, fuera de la U.A., la gente nos mira con miedo o con una expectativa que no podemos cumplir. Aquí... aquí solo somos nosotros.
—Por eso este libro es para la clase 1-A —dijo ella con suavidad—. Porque aunque el mundo exterior sea un mar tormentoso, aquí hemos construido nuestra propia casa en el mar más azul. No importa si uno es el hijo de un héroe número uno o una estudiante de intercambio que todavía se confunde con los honoríficos japoneses. Aquí pertenecemos.
Shoto guardó silencio durante un largo rato. El viento agitaba su cabello bicolor, y por un momento, Dani pensó en lo mucho que él había cambiado desde que ella llegó. Ya no parecía una estatua de hielo; parecía un chico que finalmente estaba aprendiendo a disfrutar del sol.
—Daniela —dijo él, usando su nombre con esa cadencia pausada que siempre hacía que el corazón de ella diera un vuelco—, gracias por no dejar que me quedara encerrado en los libros de historia y leyes.
—Los libros son puertas, Shoto. Pero tú eres el que tiene que decidir cruzarlas.
—A veces —admitió él, girándose para mirarla de frente—, es más fácil cruzar la puerta si alguien te está esperando al otro lado.
Dani sintió que sus mejillas se calentaban, y esta vez no era por el picante de la cena. Su ingenio de Lorelai Gilmore falló por un segundo, dejándola solo con la sensibilidad de Josefine.
—Bueno —respondió ella, tratando de recuperar su tono ligero—, siempre estaré ahí con una recomendación literaria y un postre excesivamente dulce. Es mi contrato no oficial como miembro de la clase.
Shoto soltó una risa auténtica, corta pero profunda. Era un sonido que Dani coleccionaba como si fuera una edición limitada de un libro raro.
—Me parece un buen trato.
De repente, un grito desde el interior de la sala interrumpió el momento.
—¡¡Todoroki!! ¡Bakugo dice que su fuego es más eficiente para calentar la pizza que el tuyo! ¡Ven a demostrarle que está equivocado! —gritó Sero desde el sofá.
Shoto suspiró, pero no era un suspiro de fastidio, sino de resignación cariñosa.
—Parece que los niños del orfanato me necesitan para una disputa territorial.
—Ve —dijo Dani, dándole un empujoncito juguetón en el brazo—. Yo iré en un momento. Tengo que anotar una frase que acabo de recordar.
Shoto asintió y entró de nuevo al bullicio, donde las chispas de Bakugo ya empezaban a saltar. Dani se quedó un momento más en el balcón, sacó su pequeña libreta y escribió con trazo firme:
"Capítulo 3: El archipiélago de los inadaptados. Hoy Shoto sonrió dos veces. La clase 1-A no es perfecta, es un borrador lleno de tachones y correcciones, pero es la historia más hermosa que he leído jamás. Y lo mejor de todo es que yo también soy un personaje en ella."
Cerró la libreta y entró al salón. La televisión estaba encendida, había risas, discusiones sobre tareas y el olor persistente del azúcar y la canela. Mientras veía a Shoto intentar calmar a un Bakugo furioso con una calma exasperante, Dani supo que no importaba cuántos desafíos trajera el futuro, ni cuántos villanos intentaran escribir un final trágico.
Mientras tuvieran su casa en el mar más azul, el resto del mundo podía esperar.
—¡Oye, Bakugo! —gritó Dani mientras se acercaba al grupo—. ¡Si usas tus explosiones para la pizza, solo sabrá a pólvora! ¡Deja que el profesional del fuego se encargue!
—¡CÁLLATE, CUATRO OJOS LITERARIA! —rugió Bakugo, aunque le hizo un espacio en el círculo.
Dani se sentó al lado de Shoto, quien le dirigió una mirada de complicidad. El resto de la noche transcurrió entre anécdotas y planes para el próximo entrenamiento, pero en el fondo de sus mentes, ambos sabían que algo fundamental había cambiado. Ya no eran solo compañeros de clase o de lecturas; eran parte de algo que ningún libro podía contener del todo, pero que todos los libros intentaban explicar: la sensación de haber llegado, finalmente, a casa.
Y mientras el resto de la Academia U.A. dormía bajo la vigilancia de los héroes profesionales, en la residencia de la clase 1-A, la luz de la sala común permaneció encendida un poco más de lo habitual, iluminando a un grupo de jóvenes que, sin saberlo, estaban escribiendo el capítulo más importante de sus vidas. Un capítulo donde la justicia no era solo un ideal, sino un gesto de cariño compartido en una noche cualquiera de un mar infinitamente azul.