Only you
Melodías en el Camerino y un Beso Bajo la Lluvia
El final del concierto fue una explosión de júbilo. "The Wild Ones" cerraron la noche con su éxito más movido, una pieza cargada de sintetizadores y percusión que puso a todo el Zootopia Arena a saltar al unísono. Judy, contagiada por la energía frenética y la mirada constante de Nick hacia su sector, se descubrió a sí misma saltando más alto que nadie, con las orejas agitándose al ritmo de la batería. Ver a Nick bajo los focos era hipnótico; se movía con una fluidez casi sobrenatural, cada paso de baile parecía una extensión de su propia confianza. Brillaba, literalmente, por el sudor y las lentejuelas de su chaqueta, pero era el brillo en sus ojos lo que mantenía a Judy cautivada.
Cuando la última nota vibró en el aire y las luces se apagaron entre una lluvia de confeti, el ensordecedor rugido del público dejó a Judy en un estado de trance.
—¡Oh, por todos los cielos, Judy! —gritó Fru Fru, tratando de arreglarse el cabello desordenado—. ¡Eso ha sido lo más increíble de mi vida! ¡Te lo dije! ¡Nick Wilde es un dios!
—Fue... fue especial —logró decir Judy, sintiendo que sus mejillas todavía ardían.
La multitud comenzó a moverse hacia las salidas como una marea lenta y pesada. En medio del caos de mamíferos empujándose, Judy sintió que alguien la tocaba ligeramente en el hombro. Antes de que pudiera reaccionar o avisar a su amiga, una figura encapuchada se deslizó entre la gente. Una mano enguantada y firme la tomó de la muñeca con delicadeza pero con una determinación absoluta.
—¡Eh! ¡Fru Fru! —intentó gritar Judy, pero su voz se perdió en el griterío de los fans.
Fue arrastrada hacia un pasillo lateral, lejos del flujo principal. En un abrir y cerrar de ojos, se encontró dentro de una sala pequeña, débilmente iluminada, que olía a madera y a ese perfume de sándalo que ya conocía. La puerta se cerró con un clic metálico, dejando fuera el ruido del estadio.
Judy se giró, con el corazón martilleando contra sus costillas, lista para usar sus clases de defensa personal, pero se detuvo en seco. Frente a ella, quitándose la capucha de una sudadera negra, estaba Nick Wilde. Todavía llevaba el maquillaje ligero del escenario y el pelaje de su cuello estaba algo revuelto.
—Hola de nuevo, zanahorias —dijo él, con una voz que era poco más que un susurro ronco, pero cargada de una calidez que la desarmó.
—Tú... me has secuestrado —balbuceó Judy, retrocediendo un paso hasta chocar con una mesa de mezclas—. Nick Wilde, el cantante más famoso del mundo, acaba de sacarme de una multitud como si fuera un carterista.
Nick soltó una risa suave, una que no tenía nada de la arrogancia que mostraba en las entrevistas.
—Lo siento, de verdad. Pero si enviaba a seguridad a buscarte, mañana estaríamos en todas las portadas de los tabloides —dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. No podía dejar que te fueras. No después de lo de antes.
Judy bajó la mirada, jugueteando con el dobladillo de su camiseta.
—Yo... de verdad que lo siento por lo del baño —dijo con timidez—. Estaba perdida y... no sabía que era una zona restringida. Me puse muy nerviosa.
Nick se acercó un poco más. De cerca, era incluso más imponente. Sus facciones eran afiladas pero elegantes, y sus ojos verdes parecían leer cada uno de los pensamientos de Judy. Ella pensó que las cámaras no le hacían justicia; la realidad era mucho más abrumadora.
—No te disculpes —dijo él, extendiendo una pata como si quisiera tocarle una oreja, aunque se detuvo a medio camino—. Me diste el mejor susto de mi carrera. Llevaba meses sintiéndome como un robot, siguiendo un guion. Y de repente, apareces tú, chocas conmigo y me miras como si fuera un ciudadano cualquiera y no un producto de marketing. Fue... refrescante.
Judy levantó la vista, sorprendida por la honestidad en sus palabras.
—Solo soy una estudiante, Nick. No sé mucho de este mundo de luces y fama.
—Eso es precisamente lo que me gusta —admitió él con una sonrisa ladeada—. Escucha, sé que esto va a sonar una locura. Apenas nos conocemos, me acabas de ver sudar en un escenario durante dos horas y probablemente tienes a tu amiga buscándote como loca... pero me encantaría volver a verte. Sin cámaras, sin fans, sin música de fondo. ¿Saldrías a cenar conmigo?
Judy abrió mucho los ojos. Su mente lógica le gritaba que dijera que no, que esto era un error, que las conejas ordinarias no salían con zorros superestrellas. Pero su corazón, ese que todavía bailaba al ritmo de la balada que él le había dedicado, tenía una opinión distinta.
—¿Una cita? —preguntó ella, incrédula.
—Una cita —confirmó él, inclinándose un poco hacia ella.
El aire entre los dos se volvió denso, cargado de una electricidad que no venía de los cables de la sala. Nick acortó la distancia final, sus rostros estaban a escasos centímetros. Judy podía sentir su respiración, el calor que emanaba su cuerpo tras el esfuerzo del concierto. Por un segundo, el mundo exterior dejó de existir. Los labios de Nick se acercaron a los de ella, y Judy cerró los ojos, esperando el contacto...
*¡Pam-pam-pam!*
—¡Nick! ¡Cinco minutos para la rueda de prensa! —la voz de Finnick retumbó desde el otro lado de la puerta—. ¡Mueve tu cola peluda!
Ambos se separaron de golpe, como si hubieran recibido una descarga eléctrica. Nick soltó un gruñido de frustración y se pasó una pata por la cara.
—El destino tiene un sentido del humor muy retorcido —murmuró el zorro.
—Tengo que irme —dijo Judy, con el rostro completamente rojo—. Mi amiga debe estar llamando a la policía a estas alturas.
Nick asintió, sacó un pequeño trozo de papel de su bolsillo y escribió algo rápidamente antes de entregárselo.
—Es mi número personal. Solo lo tienen tres personas y una de ellas es mi madre —le guiñó un ojo—. Llámame, zanahorias. Por favor.
Judy tomó el papel, asintió con rapidez y salió de la sala por una puerta trasera que Nick le indicó. Cuando finalmente encontró a Fru Fru cerca de la salida principal, la musaraña estaba lívida.
—¡¿Dónde estabas?! ¡Te he buscado por todas partes! ¡Casi llamo a mi padre para que mandara a sus guardaespaldas! —exclamó Fru Fru, inspeccionándola de arriba abajo.
—Me... me perdí entre la gente, Fru. Había demasiados animales —mintió Judy, sintiendo que el papel en su bolsillo quemaba contra su muslo.
—Bueno, al menos estás bien. ¡Pero no te imaginas! ¡Nick Wilde ha desaparecido del escenario en cuanto terminó el show! Dicen que lo vieron correr hacia los camerinos con una cara de loco...
Judy solo pudo sonreír para sí misma mientras caminaban hacia el estacionamiento.
Los días siguientes fueron un torbellino para Judy. Intentar concentrarse en sus estudios de botánica era una tarea imposible cuando su teléfono vibraba con mensajes de texto que la hacían suspirar frente a los libros.
"¿Cómo va el estudio de las plantas? Espero que no seas tan dura con ellas como lo fuiste con mi pecho cuando chocaste conmigo."
"He visto un anuncio de café de zanahoria y he pensado en ti. ¿Sigue en pie lo de la cena?"
Finalmente, el día de la cita llegó. Nick, haciendo gala de una discreción asombrosa, la citó en un pequeño restaurante vegetariano en las afueras de Distrito Forestal, un lugar tan escondido que ni siquiera los paparazzi más experimentados lo conocían.
Judy llegó nerviosa, vistiendo un sencillo vestido azul que resaltaba el color de sus ojos. Cuando entró, vio que el lugar estaba casi vacío, a excepción de un zorro sentado en una mesa al fondo, usando unas gafas de pasta y una camisa de cuadros que lo hacía parecer un intelectual más que una estrella del pop.
—Te ves... increíble —dijo Nick, poniéndose de pie para recibirla.
—Tú te ves... muy normal —respondió Judy con una risita—. Me gusta.
La cena fue sorprendentemente tranquila. Hablaron durante horas, pero no de giras ni de discos de platino. Nick le contó sobre su infancia en los suburbios de Zootopia, sobre sus sueños de ser algo más que un estereotipo, y Judy le habló de su familia en Bunnyburrow y de su deseo de hacer del mundo un lugar mejor a través de la ciencia.
—A veces siento que soy un fraude —confesó Nick, jugueteando con su copa de jugo de uva—. La gente ama la imagen de Nick Wilde, el zorro astuto y seguro de sí mismo. Pero a veces, solo quiero ser Nick, el que se queda en casa viendo documentales y no tiene que sonreír si no quiere.
Judy estiró su pata por encima de la mesa y la puso sobre la de él.
—A mí me gusta más este Nick —dijo ella con sinceridad.
Sin embargo, a medida que la noche avanzaba, Judy sintió que una sombra de duda la asaltaba. Lo miró, tan perfecto y tan fuera de su alcance, y suspiró.
—Nick... esto es maravilloso, pero no estoy segura de si esto puede funcionar. Tú eres... bueno, eres tú. Mañana te irás de gira a otra ciudad, estarás rodeado de modelos y de gente importante. Yo solo soy una coneja normal. Mi vida es predecible y tranquila.
Nick la miró con una intensidad que la hizo estremecer. Se levantó, rodeó la mesa y se arrodilló ligeramente para quedar a su altura.
—Zanahorias, mírame —pidió él, tomando sus dos patas entre las suyas—. He recorrido el mundo entero. He conocido a miles de personas. Y en todo ese tiempo, nunca me había sentido tan "en casa" como cuando estoy hablando contigo en este restaurante barato. No me importa el éxito si no tengo a alguien real con quien compartirlo. No busco a una modelo, te busco a ti.
Judy sintió que el corazón se le derretía. La devoción en la voz de Nick era palpable, una sinceridad que no podía fingirse. Él no la veía como una fan, ni como una distracción; la veía como su ancla.
Salieron del restaurante y se dieron cuenta de que había empezado a caer una lluvia fina y refrescante, típica del Distrito Forestal. El aire olía a tierra mojada y a flores nocturnas. Se detuvieron bajo el pequeño alero de la entrada.
—Supongo que esto es un "hasta luego" —dijo Nick, con una pizca de tristeza en su voz—. Mi vuelo sale en unas horas.
Judy lo miró. La lluvia goteaba por el pelaje de sus orejas, el ambiente era perfecto, y todas sus dudas se evaporaron ante la calidez que emanaba el zorro frente a ella. Ya no importaba quién era él para el resto del mundo. Para ella, era simplemente Nick.
Sin decir una palabra, Judy se puso de puntillas, rodeó el cuello de Nick con sus brazos y lo atrajo hacia ella. Nick, sorprendido pero encantado, no tardó ni un segundo en reaccionar. Sus brazos rodearon la cintura de la coneja, alzándola ligeramente del suelo mientras sus labios finalmente se encontraban.
Fue un beso suave al principio, un reconocimiento de todo lo que habían sentido desde aquel choque en el pasillo. Pero pronto se volvió más profundo, cargado de la promesa de que la distancia no sería un obstáculo. El sabor a lluvia y a esperanza los envolvió mientras el mundo seguía girando a su alrededor, ajeno a que la estrella más grande de Zootopia acababa de encontrar su norte en una pequeña coneja decidida.
Cuando se separaron, ambos estaban un poco sin aliento. Nick apoyó su frente contra la de ella, sonriendo como si acabara de ganar el premio más importante de su vida.
—Definitivamente —susurró Nick—, esta ha sido la mejor actuación de mi vida. Y ni siquiera había cámaras grabando.
Judy rió, escondiendo el rostro en su pecho.
—Vuelve pronto, zorro torpe.
—Cuenta con ello, zanahorias. Cuenta con ello.