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Oscuridad y deseo

Un Demonio en el Espejo Retrovisor

El olor a café recién hecho y pan dulce era el único consuelo para Noruego esa mañana. La noche había sido un torbellino de sueños agitados, imágenes borrosas de Belcebú y un miedo latente que no lo abandonaba. Estaba sentado en la mesa de la cocina de su abuela, sorbiendo su café con leche, mientras ella, ajena a sus tormentos internos, canturreaba una canción ranchera mientras preparaba el desayuno.

—¿No te vas a comer el pan, mi hijito? –preguntó la abuela, con su voz cascada pero llena de cariño–. Lo hice con la receta de tu tía Chabelita, para que te sientas como en casa.

Noruego forzó una sonrisa.

—Sí, abuela, claro. Solo que… no tengo mucho apetito.

La abuela lo miró con esos ojos sabios que parecían ver a través de las almas.

—¿Qué te pasa, Norueguito? Te veo con la cara larga. ¿Será que la vida en la capital te puso así de flaco?

—No, abuela, no es eso –Noruego suspiró, sabiendo que no podía mentirle del todo–. Es… es que me encontré con alguien ayer.

La ceja de la abuela se alzó.

—¿Ah sí? ¿Con quién? ¿Alguna muchachita bonita que te tenga mal de amores?

Noruego casi se atraganta con su café.

—¡No, abuela! ¡Qué ocurrencias! Fue… fue Belcebú.

El nombre resonó en la cocina como un trueno. La abuela dejó caer la espátula con un estrépito. Su rostro, antes jovial, se contrajo en una mueca de sorpresa y preocupación.

—¡Belcebú! –exclamó, persignándose con premura–. ¡Ay, Dios mío! ¡Ese demonio! ¿Qué hacía por aquí? ¿Y por qué se te apareció a ti, mi pobre Norueguito?

—No se me apareció, abuela. Estaba en La Noria, en el bar. Y… me vio.

La abuela se llevó las manos a la boca.

—¡Virgen Santísima! ¡Ese hombre es la perdición! ¡Te lo dije! ¡Te lo advertí cuando andabas de novio con él! ¡Que no era bueno para ti! ¡Que era un alma en pena, un vividor, un…!

—¡Ya, abuela, por favor! –Noruego se levantó, frustrado–. No necesito que me lo recuerdes. Ya lo sé.

—¿Y qué te dijo? –preguntó la abuela, su voz ahora un susurro lleno de aprensión–. ¿Te volvió a engatusar con sus palabras bonitas?

—No, abuela. No me engatusó. Fui muy claro con él. Le dije que no quería saber nada.

La abuela lo miró con escepticismo.

—¿Estás seguro, mi hijito? Porque ese Belcebú… tiene un poder sobre ti que no es normal.

Noruego no respondió. Sabía que la abuela tenía razón, hasta cierto punto. Belcebú siempre había tenido una forma de meterse bajo su piel, de desarmarlo con una mirada, con una palabra. Por eso había huido, por eso había intentado borrarlo de su vida.

—Necesito salir, abuela –dijo, buscando una excusa para escapar de la conversación–. Voy a ver a Memo.

La abuela asintió, aún con la preocupación grabada en el rostro.

—Ve, mi hijito. Pero ten cuidado. El diablo anda suelto, y a veces se disfraza de viejos amores.

Noruego salió de la casa con un nudo en el estómago. El sol de la mañana no lograba disipar la sombra que Belcebú había proyectado sobre su día. Condujo hasta la casa de Memo, su mejor amigo desde la infancia, el único que conocía los detalles más oscuros de su pasado.

Memo, un hombre corpulento con una barba desaliñada y una eterna sonrisa en el rostro, lo recibió con un abrazo de oso.

—¡Norueguito! ¡Hasta que te dignas a aparecer! ¡Pensé que ya te habías olvidado de tus viejos amigos!

—Nunca, Memo –Noruego le devolvió el abrazo–. Necesitaba verte. Necesito contarte algo.

Se sentaron en el sofá de la sala de Memo, rodeados de pilas de cómics y figuritas de acción. Memo le ofreció una cerveza, Noruego aceptó agradecido.

—¿Qué pasa, chaparro? Te veo… diferente. ¿Problemas en la capital? ¿La jefa te volvió a regañar por algo?

—Peor, Memo –Noruego tomó un largo trago de cerveza–. Me encontré con Belcebú.

Memo, que estaba a punto de darle un sorbo a su cerveza, se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¡¿Belcebú?! ¡No me digas que el desgraciado volvió al barrio! ¡Creí que se lo había tragado la tierra!

—Yo también –Noruego suspiró, la cerveza le empezaba a soltar la lengua–. Estaba en La Noria. Y me vio. Y… me habló.

Memo dejó la cerveza en la mesa, su rostro ahora serio.

—¿Y qué te dijo el infeliz? ¿Te volvió a echar su rollo barato de que te extraña y que eres el amor de su vida?

—Exacto –Noruego se pasó la mano por el cabello rizado–. Las mismas palabras, los mismos gestos. Como si el tiempo no hubiera pasado.

—¡Ese tipo no tiene vergüenza! –Memo golpeó el sofá con el puño–. ¡Después de todo lo que te hizo! ¡Después de cómo te dejó!

—Lo sé, Memo, lo sé –Noruego cerró los ojos, recordando el dolor.

—Mira, chaparro, yo sé que no te gusta hablar de eso, pero… ¿quieres desahogarte? A lo mejor te hace bien.

Noruego dudó por un momento. Había enterrado esos recuerdos tan profundamente que casi le dolía desenterrarlos. Pero la presencia de Belcebú lo había desestabilizado. Necesitaba hablar, necesitaba que alguien entendiera.

—Sí, Memo. Necesito.

Memo asintió, comprensivo.

—Aquí estoy. Suelta todo.

Noruego tomó otro trago de cerveza, reuniendo el valor.

—¿Te acuerdas cuando lo conocí? Yo era un chavo, apenas saliendo de la adolescencia. Ingenuo, soñador… un tonto.

—Eras un buen chavo, Norueguito –corrigió Memo–. Con un corazón de oro.

—Belcebú era… fascinante. –Noruego continuó, como si no hubiera escuchado a Memo–. Tenía esa forma de hablar, de mirar, de hacerte sentir que eras el único en el mundo. Era carismático, divertido, siempre tenía una historia que contar. Y yo… yo caí redondito.

–Te entendía, chaparro –dijo Memo–. A todos nos sorprendió Belcebú. Era diferente a los demás del barrio. Tenía un aire… misterioso.

–Sí, misterioso –Noruego soltó una risa amarga–. Misterioso y manipulador. Al principio, todo era perfecto. Me llenaba de detalles, de atenciones. Me hacía creer que yo era su todo. Me decía que conmigo se sentía completo, que nunca había amado a nadie como a mí. Y yo, ingenuo, me lo creía. Me entregué por completo.

–Y tú, pobrecito, te lo creíste –Memo negó con la cabeza–. ¡Si te veía con esos ojos de borrego a medio morir!

–Estaba enamorado, Memo. O al menos, creía estarlo. Él me hizo sentir cosas que nunca antes había sentido. Me hizo creer que el mundo era un lugar mágico, lleno de posibilidades. Me prometió el cielo y las estrellas.

–¿Y qué te dio? –preguntó Memo, su voz llena de indignación–. ¡Un infierno!

–Exacto. Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Sus atenciones se volvieron exigencias. Sus celos, posesión. Empezó a controlarme. Con quién hablaba, a dónde iba, qué ropa me ponía. Si salía con mis amigos, me hacía un interrogatorio. Si le contestaba, se enojaba. Si no le contestaba, se enojaba más.

–¡Era un tirano! –exclamó Memo–. ¡Un monstruo!

–Me fue aislando de todos, Memo. De mi familia, de mis amigos. Me decía que nadie me entendía como él, que solo él me quería de verdad. Y yo, estúpido, le creí. Empecé a alejarme de todos, a justificar sus acciones. Me sentía atrapado, pero no sabía cómo salir.

Noruego hizo una pausa, las palabras le costaban.

–Lo peor era que, a pesar de todo, seguía habiendo momentos en los que era el Belcebú del principio. El que me hacía reír, el que me hacía sentir amado. Y eso me confundía más. Me hacía dudar de si yo estaba exagerando, de si era yo el que estaba mal.

–No, Norueguito, el que estaba mal era él –dijo Memo, con firmeza–. Él era el que te estaba envenenando el alma.

–Un día… un día lo descubrí con otra persona. –Noruego bajó la mirada, la vergüenza y el dolor aún frescos–. En nuestra cama.

Memo soltó una maldición.

–¡El muy descarado! ¡Te juro que si lo veo, le rompo la cara!

–No era la primera vez, Memo. –Noruego levantó la mirada, sus ojos llenos de lágrimas–. Después me enteré de que me había estado engañando desde hacía mucho tiempo. Con varias personas. Y él… él ni siquiera se inmutó. Me dijo que yo era el problema, que yo no era suficiente, que él necesitaba más.

–¡Qué poca madre! –Memo estaba furioso–. ¡Y tú, pobrecito, te lo tragaste todo!

–Me destrozó, Memo. Me dejó vacío. Sentí que no valía nada, que era un error. Me costó años recuperarme. Años de terapia, de intentar reconstruirme. Por eso me fui del barrio, por eso me alejé de todo. Necesitaba escapar de su sombra.

Noruego terminó su cerveza, el amargor en su boca era más fuerte que el de la bebida.

–Y ahora… ahora ha vuelto. Y me dice que me extraña, que quiere una oportunidad. Como si nada hubiera pasado. Como si no me hubiera destrozado el corazón y el alma.

Memo lo miró con compasión.

–Norueguito, no caigas de nuevo. Ese tipo es un veneno. Un demonio. Y no ha cambiado. La gente como él nunca cambia.

–Lo sé, Memo. Lo sé en mi cabeza. Pero… –Noruego se interrumpió, incapaz de articular el miedo que sentía–. Su presencia… me remueve cosas. Me hace dudar. Me hace recordar lo que sentía al principio.

–Es la manipulación, chaparro –dijo Memo–. Es su forma de volver a engancharte. Pero tú eres más fuerte que eso. Tú ya sabes quién es realmente. No te dejes engañar.

Noruego asintió, tratando de absorber las palabras de su amigo.

–Tienes razón, Memo. No puedo caer de nuevo. Pero el miedo… el miedo de tenerlo cerca otra vez, de que me vuelva a hacer daño… es real.

–Y es normal, Norueguito. Pero no estás solo. –Memo le dio una palmada en el hombro–. Aquí estamos tus amigos, tu familia. No vamos a dejar que ese desgraciado te vuelva a hacer daño. Y si se atreve a molestarte, ¡lo vamos a poner en su lugar!

Noruego esbozó una pequeña sonrisa. El apoyo de Memo era un bálsamo para su alma herida.

–Gracias, Memo. No sé qué haría sin ti.

–Para eso estamos los amigos, chaparro. Para espantar a los demonios. –Memo le guiñó un ojo–. Ahora, ¿qué te parece si pedimos unas pizzas y vemos una buena película? Para que te olvides un rato de ese infeliz.

Noruego asintió, sintiendo un ligero alivio. El camino por delante sería difícil, pero al menos no lo recorrería solo. Belcebú había regresado, pero esta vez, Noruego no era el adolescente ingenuo de antes. Esta vez, tenía a sus amigos, tenía su experiencia, y tenía la determinación de no permitir que ese demonio volviera a controlar su vida. El espejo retrovisor de su pasado había mostrado una imagen aterradora, pero Noruego estaba decidido a mirar hacia adelante.