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Pequeño

Fragmentos de una porcelana rota

El silencio que siguió al acto no fue de paz, sino de una desolación absoluta. Jungkook se dejó caer a un lado, su respiración aún agitada, pesada, cargada con el rastro de una adrenalina oscura que no le proporcionaba ninguna satisfacción. No había el calor habitual de los cuerpos entrelazados, ni el roce suave de las manos que buscaban consuelo. Solo había el sonido del reloj de pared, marcando los segundos como si fueran clavos hundiéndose en la madera.

Yoongi estaba allí, hecho un ovillo, con la mirada perdida en algún punto de la pared de seda oscura. Sus piernas temblaban de forma espasmódica, un reflejo físico del trauma que su mente aún no lograba procesar del todo. El dolor en su parte baja era un fuego constante, una punzada aguda que le recordaba con cada latido que su "Kook" lo había tratado como si no fuera más que un objeto para descargar su furia y demostrar su poder.

Jungkook se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda. Sus hombros, anchos y tatuados, se veían como una muralla infranqueable. Se pasó una mano por el cabello, frustrado, sintiendo el peso de la mirada invisible de su padre sobre él incluso en la privacidad de su alcoba. Había cumplido. Había sido cruel. Había quebrado la voluntad de la única persona que lo miraba sin miedo. Pero el vacío en su pecho era tan grande que sentía que se ahogaría en él.

—Vístete —ordenó Jungkook, sin girarse. Su voz seguía siendo esa piedra fría que golpeaba el espíritu de Yoongi.

Yoongi no respondió de inmediato. Sus labios estaban hinchados, con pequeñas heridas donde se había mordido para no gritar. Con un esfuerzo sobrehumano, apoyó las manos en el colchón para incorporarse. Un gemido de dolor escapó de su garganta antes de que pudiera evitarlo, un sonido pequeño, como el de un animal herido.

Jungkook cerró los ojos con fuerza al escucharlo, apretando los puños hasta que sus nudillos crujieron. Deseaba girarse, envolver a Yoongi en sus brazos, pedirle perdón mil veces y besar cada lágrima. Pero la voz de Junghyun resonaba en su cabeza: "La piedad es un veneno". Si flaqueaba ahora, su padre sabría que todo había sido una actuación. Tenía que mantener la máscara hasta el final, incluso si eso significaba destruir lo que más amaba.

—He dicho que te vistas —repitió, esta vez más alto, con una autoridad fingida que le quemaba la garganta.

Yoongi, temblando, alcanzó su suéter de lana que yacía en el suelo, ahora arrugado y manchado. Sus movimientos eran lentos, torpes. Se sentía sucio, no por el acto en sí, sino por la forma en que se había llevado a cabo. Para Yoongi, el sexo con Jungkook siempre había sido una extensión de sus mimos, un momento donde se sentía protegido y amado. Esta noche, sin embargo, se había sentido como una invasión.

—Kook... —susurró Yoongi, su voz apenas un soplido roto—. ¿Ya... ya eres feliz? ¿Ya hice lo que querías?

Jungkook se puso de pie bruscamente, el sonido de sus pies descalzos contra el suelo de madera resonando como disparos. Se puso los pantalones sin mirar al pequeño ser que lo observaba con ojos llenos de una tristeza infinita.

—No se trata de felicidad, Yoongi. Se trata de realidad —dijo Jungkook, finalmente girándose para mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de indiferencia fingida—. Este es el mundo en el que vivo. No hay espacio para juegos de niños ni para debilidades. Si vas a estar a mi lado, tienes que entender que no siempre seré el que te da dulces.

Yoongi lo miró, y por un momento, Jungkook creyó ver cómo la última chispa de esa inocencia infantil se apagaba. El pequeño Yoongi, el que pedía besos y se escondía bajo las sábanas para jugar a las escondidas, parecía haberse encogido todavía más.

—Pero yo te quiero... —insistió Yoongi, las lágrimas volviendo a desbordarse, trazando surcos húmedos sobre sus mejillas pálidas—. Yo pensaba que me cuidabas. Me duele, Kook. Me duele mucho aquí adentro.

Se señaló el pecho, justo sobre el corazón, con su manita temblorosa. Jungkook sintió que sus propias defensas se tambaleaban. Ver a Yoongi así, tan vulnerable, tan roto por su propia mano, era una tortura peor que cualquier castigo físico que su padre pudiera imponerle. Pero el miedo a perderlo de una forma definitiva, a que su padre decidiera que Yoongi era "prescindible", lo obligó a seguir con la farsa.

—Deja de llorar —espetó Jungkook, acercándose a él. Yoongi se encogió instintivamente, un gesto que dolió a Jungkook más que cualquier bala—. No me tengas miedo ahora. Tú decidiste quedarte conmigo sabiendo quién soy.

—No... —sollozó Yoongi, negando con la cabeza—. Yo no sabía que eras este hombre. Mi Kook es seco, pero es bueno. Tú... tú hoy no eres mi Kook.

Jungkook lo agarró por el mentón, obligándolo a mirarlo. La rudeza en su toque era deliberada, una forma de marcar territorio, de convencerse a sí mismo de que tenía el control.

—Este es el único Jungkook que existe, Yoongi. El otro... el otro es una fantasía que te inventaste porque eres un niño que no sabe nada del mundo —le soltó, las palabras saliendo como cuchillos—. Ahora, vas a bajar, vas a lavarte la cara y vas a actuar como si nada hubiera pasado. No quiero ver ni una sola lágrima más frente a los guardias o frente a mi padre si decide venir. ¿Entendido?

Yoongi asintió débilmente. Sus fuerzas se habían agotado. Ya no tenía energía para luchar, ni para pedir explicaciones, ni para buscar el amor en esos ojos que ahora solo reflejaban oscuridad. Se sentía como una marioneta a la que le habían cortado los hilos.

Jungkook lo soltó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo, con la mano en el pomo.

—Mañana vendrá un médico a revisarte. Dirás que te caíste si pregunta por los moretones. No me hagas repetirlo.

La puerta se cerró con un chasquido metálico, dejando a Yoongi solo en la penumbra de la habitación que antes consideraba su refugio. El pequeño se dejó caer de nuevo sobre la cama, enterrando el rostro en la almohada que aún olía al perfume de Jungkook, ese aroma a madera y peligro que tanto le gustaba. Ahora, ese olor le revolvía el estómago.

Se abrazó a sí mismo, intentando contener el temblor de su cuerpo. Se sentía pequeño, tan pequeño que pensó que podría desaparecer entre las sábanas. Se obligó a recordar los momentos buenos, las veces que Jungkook le acariciaba el cabello hasta que se dormía, o cuando le compraba esos pasteles de fresa que tanto le gustaban. Pero esas imágenes se veían empañadas por la frialdad de los ojos de Jungkook esta noche, por la fuerza de sus manos sobre sus muñecas, por la indiferencia ante su dolor.

—Soy un buen chico... —susurró Yoongi para sí mismo, buscando consuelo en sus propias palabras—. Soy un buen chico, Kook. Hice lo que querías... por favor, vuelve a quererme.

Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Jungkook estaba apoyado contra la pared del pasillo, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Sus manos temblaban violentamente. Quería entrar de nuevo, arrodillarse a los pies de Yoongi y suplicar perdón. Quería decirle que su padre lo estaba presionando, que la única forma de mantenerlo con vida en ese nido de víboras era demostrando que no tenía puntos débiles.

Pero sabía que Yoongi no lo entendería. La inocencia de Yoongi era su mayor tesoro, pero también su mayor tragedia. En el mundo de la mafia, la inocencia era una invitación al desastre.

Jungkook bajó las escaleras con paso firme, recuperando su máscara de frialdad absoluta antes de encontrarse con sus hombres en el salón principal. Su segundo al mando, Namjoon, lo observó con una ceja levantada, notando la tensión extrema en el cuerpo de su líder.

—¿Todo bien, jefe? —preguntó Namjoon en voz baja—. El señor Jeon llamó. Quiere saber si el "mensaje" fue entregado.

Jungkook apretó la mandíbula, sintiendo un sabor amargo en la boca.

—Dile a mi padre que no tiene de qué preocuparse —respondió Jungkook, su voz saliendo profunda y carente de emoción—. He dejado claro quién manda en esta casa. Yoongi ya sabe cuál es su lugar.

Namjoon asintió, aunque había una sombra de duda en sus ojos. Conocía a Jungkook desde hacía años y sabía cuánto significaba el pequeño pálido para él. Verlo actuar con tanta frialdad era una señal de que algo muy oscuro se estaba gestando en el corazón del heredero.

—Entendido. ¿Alguna otra orden?

—Vigila la habitación —dijo Jungkook, dándole la espalda para caminar hacia su despacho—. Que nadie entre. Y que nadie salga. Yoongi necesita... descansar.

Jungkook se encerró en su oficina y se sirvió un trago de whisky puro. El líquido le quemó la garganta, pero no pudo apagar el incendio que sentía en su conciencia. Se sentó frente a su escritorio, rodeado de informes de armas, rutas de contrabando y registros de muertes. Ese era su mundo. Un mundo de sangre y acero.

Y en medio de todo eso, estaba Yoongi. Un pequeño copo de nieve en medio de un incendio.

Jungkook sabía que, a partir de esa noche, nada volvería a ser igual. Había cruzado una línea que no tenía retorno. Había usado a la persona que juró proteger para salvar su propia posición de poder. El sexo rudo, la falta de afecto, las palabras hirientes... todo había sido una herramienta, pero el daño colateral era la confianza de Yoongi.

—Perdóname, pequeño —susurró Jungkook hacia la nada, apretando el vaso de cristal hasta que estuvo a punto de romperse—. Perdóname por ser el monstruo que necesitas que sea para que no te maten.

Arriba, en la habitación, Yoongi finalmente se había quedado dormido por el agotamiento, con las mejillas aún húmedas y el corazón hecho pedazos. En sus sueños, Jungkook todavía lo abrazaba y le decía que todo estaría bien, pero al despertar, la realidad de las marcas en su piel y el vacío en su cama le recordarían que su Kook se había ido, dejando en su lugar a un extraño que solo conocía el lenguaje de la crueldad.

La noche continuó, fría y silenciosa, mientras dos almas que solían ser una sola se alejaban más y más en la oscuridad de una mansión que, a pesar de su lujo, no era más que una jaula de oro manchada de lágrimas. La prueba de Jungkook ante su padre había sido un éxito, pero el precio había sido la luz en los ojos de Yoongi, y eso era algo que ningún imperio criminal podría devolverle jamás.