Poder nuevo
El Intruso de las Llamas Azules
El silencio que siguió a la batalla era más pesado que el estruendo de las explosiones. Anny entró en la casa arrastrando el cuerpo inconsciente de Damián por el cuello de su sudadera, como quien arrastra una bolsa de basura que desprende un olor desagradable. Sus familiares, amontonados en el pasillo, se pegaron a las paredes como si ella fuera una corriente de alta tensión que pudiera electrocutarlos con solo rozarlos.
—A la cocina. Todos —ordenó Anny sin mirarlos. Sus ojos ya no brillaban, pero la intensidad de su mirada oscura era suficiente para que nadie se atreviera a replicar.
Subió al chico a su habitación primero. Lo arrojó sobre una silla vieja y usó unas cuerdas de nylon que guardaba en el armario para asegurar sus manos a la espalda. No se fiaba de él, ni de sus llamas, ni de su sonrisa arrogante. Al bajar, encontró a su familia reunida alrededor de la mesa de la cocina, la misma que hace apenas una hora estaba llena de comida y que ahora parecía el escenario de un interrogatorio.
—Anny... —comenzó su abuela, con las manos temblorosas entrelazadas sobre el regazo—. ¿Qué fue eso? ¿Qué le hiciste a ese muchacho? ¿Y qué son esas luces que salen de ti?
Anny se apoyó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos. Los miró uno a uno, leyendo superficialmente sus mentes. *Miedo. Confusión. El deseo de que todo sea un sueño.* La hipocresía habitual había sido reemplazada por un terror primitivo hacia lo desconocido.
—Nací así —dijo ella con una frialdad que cortaba el aire—. No es un truco de magia ni algo que elegí. Puedo leer lo que piensan, por eso sé que ahora mismo me tienen miedo. Y puedo usar esa luz blanca para destrozar cosas, o personas, si me molestan lo suficiente.
—¿Leer la mente? —preguntó su tío, palideciendo—. ¿O sea que todo este tiempo...?
—Sí, tío. Sé lo que piensas de mí. Sé lo que todos piensan. Por eso prefiero estar sola —lo interrumpió ella con un gesto de asco—. Pero eso ahora no importa. Lo que importa es que ese idiota que está arriba no es el único. Mi poder es algo que mucha gente quiere, y si no lo mantenemos aquí, vendrán otros. Y la próxima vez, puede que no llegue a tiempo para evitar que quemen la casa con ustedes dentro.
—¡Pero es un delincuente! ¡Nos atacó! —exclamó una de sus tías, al borde de la histeria—. ¡Hay que llamar a la policía!
—La policía no puede hacer nada contra alguien que lanza fuego azul por las manos —respondió Anny, soltando una risa corta y amarga—. Solo serviría para que nos encierren a todos en un laboratorio. Se queda aquí hasta que yo decida qué hacer. Es mi problema, no el de ustedes.
Sin esperar respuesta, Anny dio media vuelta y subió las escaleras. Al entrar en su cuarto, Pelusa, su gato gris, estaba sentado sobre la cama, observando al prisionero con una indiferencia real. El chico ya había abierto los ojos.
—Vaya... —murmuró el joven, moviendo los hombros para probar la resistencia de las cuerdas—. Tienes un cuarto muy... gris. Combina con tu personalidad, supongo.
Anny se acercó a él y, sin previo aviso, le propinó un bofetón que le hizo girar la cara.
—Nombre —exigió ella. Sus ojos empezaron a emitir un leve fulgor blanquecino—. Y no me mientas, porque sabré si lo haces antes de que termines la frase.
El chico la miró de reojo, escupiendo un poco de sangre en el suelo. A pesar de la situación, su mirada era chispeante, casi divertida.
—¡Qué mano tan pesada tienes, preciosa! —exclamó él con una energía que descolocó a Anny—. Soy Damián. Y no hace falta que te pongas en modo "linterna humana", te lo diré todo. Me aburro fácil si no hablo.
Anny se sentó en su escritorio, frente a él, manteniendo una distancia prudencial.
—¿Quién te envió? —preguntó, ignorando sus comentarios.
—Nadie me envió, técnicamente —respondió Damián, balanceándose en la silla—. Soy un agente libre. Hay una red, ¿sabes? Un mercado negro de "talentos". Tu nombre ha estado circulando en los foros bajos desde hace meses. "La chica del silencio", la llaman. Dicen que tienes una pureza de poder que no se ha visto en décadas. Yo solo quería cobrar la recompensa y, de paso, ver si eras tan impresionante como decían.
—¿Y qué? ¿Te decepcioné? —Anny entornó los ojos.
—¡Para nada! —Damián soltó una carcajada limpia, ignorando el hecho de que estaba atado—. Me pateaste el trasero con una elegancia increíble. Me encanta. Oye, ¿podrías soltarme un poco? Estas cuerdas me están cortando la circulación y tengo una piel muy delicada.
Anny se levantó y le puso un cuchillo de cocina cerca del cuello.
—Si intentas encender una sola chispa, te aseguro que no necesitarás preocuparte por tu circulación nunca más.
—¡Tranquila, fiera! —Damián levantó las manos todo lo que las cuerdas le permitían—. Mis llamas están agotadas. Usar ese fuego azul me deja seco por unas horas. Además, me caes bien. Eres la primera persona que no se pone a llorar cuando le lanzo una bola de fuego.
Anny, con un suspiro de fastidio, cortó las cuerdas. Damián se frotó las muñecas y, de inmediato, se puso en pie. Era más alto de lo que parecía, y antes de que Anny pudiera reaccionar, él ya estaba invadiendo su espacio personal, observando las fotos de gatos que ella tenía pegadas en la pared.
—¡Oh, te gustan los gatos! —dijo él, tratando de acariciar a Pelusa. El gato, sorprendentemente, no huyó, sino que olfateó su mano—. Son criaturas fascinantes. Muy parecidos a ti: muerden si los tocas mucho y siempre parece que te están juzgando.
—No me toques y no toques mis cosas —gruñó Anny, empujándolo hacia atrás con un brazo envuelto en luz blanca.
—¡Uy, qué agresiva! —Damián rió, retrocediendo con las manos en alto—. Solo trato de ser amable. Mira, Anny, sé que me odias porque intenté... bueno, secuestrarte y robarte el alma, pero las cosas han cambiado. Si yo te encontré, otros lo harán. Y los que vienen después de mí no son tan guapos ni tan simpáticos. Son tipos con trajes, armas neutralizadoras y muy poco sentido del humor.
Anny se quedó en silencio, procesando la información. Podía sentir la mente de Damián; era un caos de colores, chistes internos y una extraña honestidad. No estaba mintiendo. Realmente creía que ella corría peligro.
—¿Por qué me estás diciendo esto ahora? —preguntó ella, desconfiada.
—Porque me venciste —dijo él, encogiéndose de hombros con una sonrisa radiante—. En mi mundo, eso significa que eres la jefa. Además, me gusta tu casa. Huele a ajo y a drama familiar. Es mucho mejor que el motel donde me estaba quedando. Me disculpo por lo de la ventana, de verdad. Si quieres, puedo intentar arreglarla... aunque lo más probable es que termine quemando el resto de la pared.
Durante los siguientes tres días, la casa de los Arispe se convirtió en un lugar surrealista. Damián, fiel a su palabra, se quedó allí. La familia de Anny estaba horrorizada al principio. Ver al "chico de las bombas" desayunando cereales en su cocina mientras contaba chistes malos era algo que sus mentes no lograban procesar.
—Anny, esto es una locura —susurró su abuela una mañana, mientras Damián intentaba enseñarle al tío cómo hacer un truco de cartas—. Ese chico es un peligro. Sus manos... a veces sueltan chispas cuando se ríe demasiado.
—Es más peligroso que esté fuera —respondió Anny, observando a Damián desde el rincón de siempre—. Mientras esté aquí, puedo vigilarlo. Si se va, avisará a los demás. Además... —Anny hizo una pausa, mirando cómo Damián se reía de un comentario del tío— les está sirviendo de escudo. Nadie atacará una casa donde ya hay otro "talento" reclamando el territorio.
Damián resultó ser una fuerza de la naturaleza imposible de ignorar. Era extrovertido hasta la médula, hablaba por los codos y tenía una necesidad patológica de contacto físico.
—¡Anny! ¡Mira esto! —exclamó Damián una tarde, acercándose a ella en el sofá y dejándose caer a su lado, pegando su hombro al de ella.
Anny se tensó de inmediato, sintiendo un escalofrío. El contacto con las personas siempre le había producido una mezcla de náuseas y rechazo, pero con Damián era diferente. Su energía era cálida, casi reconfortante, como estar cerca de una chimenea en invierno.
—Aléjate, Damián —dijo ella, aunque sin la agresividad habitual.
—No seas así —dijo él, pasando un brazo por encima de sus hombros de forma juguetona—. Somos un equipo ahora. El fuego y la luz. El ruido y el silencio. ¿No te parece poético?
—Me parece que te voy a romper el brazo si no lo quitas —replicó ella, aunque no se movió.
Damián soltó una carcajada y le dio un apretón amistoso antes de soltarla.
—Sabes, Anny —dijo él, volviéndose un poco más serio por un momento—, odias a la gente porque escuchas toda la basura que tienen en la cabeza. La hipocresía, los miedos, las mentiras que se dicen a sí mismos. Debe ser agotador. Pero no todos somos así. Algunos somos exactamente lo que ves.
Anny lo miró fijamente. Sus ojos se volvieron blancos por un instante, sumergiéndose en la mente de Damián. No encontró muros, ni rincones oscuros, ni dobles intenciones. Solo encontró una alegría genuina por estar vivo y una curiosidad infinita por ella.
—Eres un idiota, Damián —susurró ella, volviendo a mirar su celular.
—Pero soy tu idiota favorito, admítelo —respondió él, guiñándole un ojo.
Esa noche, mientras la familia dormía, Anny y Damián se quedaron en el porche, vigilando la calle. El aire estaba fresco y el silencio de la noche solo era interrumpido por el ronroneo de Pelusa, que se había acomodado en el regazo de Damián.
—¿Por qué me ayudaste a esconderlo de mi familia? —preguntó Anny de repente, refiriéndose al dispositivo que ella había destruido el primer día.
Damián miró hacia las estrellas, su rostro iluminado por la tenue luz de la luna.
—Porque ese rastreador no era mío —confesó él en voz baja—. Era de la Organización. Si no lo hubieras roto, ya estarían aquí. Yo solo soy un explorador, Anny. Los que vienen ahora son los recolectores.
Anny sintió un nudo en el estómago. Miró sus manos, donde la luz blanca vibraba bajo la piel, esperando ser liberada.
—No conozco mi poder completamente —admitió ella, su voz apenas un susurro—. A veces siento que hay algo más... algo que quiere salir y que no tiene nada que ver con la fuerza física.
Damián se estiró y le tomó la mano. Anny no se apartó.
—Entonces tendremos que descubrirlo juntos —dijo él con una sonrisa que, por primera vez, no tenía nada de arrogante y sí mucho de promesa—. Yo te enseñaré a pelear de verdad, y tú... bueno, tú podrías enseñarme a no quemar todo lo que toco.
Anny miró su mano entrelazada con la de él. Por primera vez en su vida, el contacto humano no le dio asco. Sintió que, quizás, el destino la había dotado de ese poder no para alejarse del mundo, sino para proteger lo poco que empezaba a importarle.
—Si me quemas la mano, te mato —advirtió ella.
—Lo sé —rio Damián, apretando su agarre—. Por eso me gustas tanto.
En la oscuridad de la calle, una sombra se movió entre los árboles. El dispositivo que Anny había destruido era solo uno de muchos. La paz en la casa de los Arispe era frágil, pero mientras Anny y Damián estuvieran juntos, el fuego y la luz estarían listos para recibir a cualquiera que se atreviera a cruzar el jardín.
Anny cerró los ojos y, por un momento, dejó de escuchar los pensamientos del mundo. Solo escuchó el latido rítmico del corazón de Damián y el suave ronroneo del gato. Era suficiente. Por ahora, era más que suficiente.