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Poder nuevo

El eco de las cenizas y el susurro del asfalto

La vieja furgoneta, un modelo destartalado que Damián había conseguido "negociar" en un desguace a las afueras, avanzaba pesadamente por la carretera secundaria. El motor emitía un ronroneo asmático, pero era lo suficientemente discreto como para no llamar la atención en la oscuridad de la madrugada. Dentro, el ambiente era una mezcla de olor a tapicería vieja, el aroma a pino de un ambientador barato y esa electricidad estática que siempre parecía rodear a Anny cuando estaba sumida en sus pensamientos más profundos.

Anny tenía la frente apoyada contra el cristal frío de la ventanilla. Sus ojos, normalmente oscuros y cargados de un desprecio silencioso, reflejaban las luces intermitentes de los pocos postes de luz que quedaban en pie en aquella ruta olvidada. A su lado, Damián conducía con una mano en el volante y la otra tamborileando rítmicamente sobre el cambio de marchas. Parecía demasiado relajado para alguien que estaba siendo cazado por una organización con recursos ilimitados.

—¿Sabes? —dijo Damián de repente, rompiendo el silencio que Anny tanto apreciaba—. Si sigues mirando por la ventana con esa cara de haber probado un limón podrido, el cristal va a terminar por agrietarse. Y no creo que sea por tu súper fuerza, sino por pura mala vibra.

Anny ni siquiera se movió. Solo suspiró, un sonido cargado de un fastidio que ya era habitual entre ellos desde que abandonaron los escombros de lo que solía ser su hogar.

—El silencio es un regalo, Damián —respondió ella con voz gélida—. Deberías aprender a desenvolverlo de vez en cuando en lugar de asfixiarme con tus palabras.

—Oh, lo entiendo, de verdad —replicó él con una sonrisa ladeada que iluminó su rostro en la penumbra del tablero—. Pero es que tu silencio es... ruidoso. Puedo sentirlo desde aquí. Es como una radio sintonizada en "odio a la humanidad" las veinticuatro horas. Relájate un poco, linternita. Ya estamos lejos de tu familia y de los tipos que lanzan bombas.

Anny se giró lentamente hacia él. Sus ojos destellaron con una pizca de ese blanco lechoso que indicaba que estaba rozando la superficie de la mente de Damián. No quería hacerlo, pero su poder era como una marea que subía sin permiso.

—No me llames así —dijo ella—. Y no estoy de "mala vibra". Simplemente estoy procesando el hecho de que mi vida anterior ha dejado de existir porque un puñado de psicópatas decidió que yo era una propiedad privada.

—Bueno, técnicamente eres una propiedad muy difícil de manejar —soltó Damián, lanzándole una mirada rápida—. Y con mucho carácter. Eso siempre es un plus en mi libro de estilo.

Anny frunció el ceño, sintiendo una extraña punzada de algo que no era odio, pero que se negaba a identificar como agrado.

—Eres insoportable. No entiendo cómo alguien puede tener tantas ganas de bromear cuando estamos a un paso de que nos disparen con algo peor que fuego.

—Es un mecanismo de defensa, preciosa —dijo él, suavizando el tono—. Algunos leen mentes, otros lanzamos llamas, y yo... bueno, yo uso el encanto natural para no volverme loco. Además, admítelo, desde que estoy contigo no te has aburrido ni un segundo.

—He sentido ganas de lanzarte por la puerta en marcha al menos tres veces en la última hora —replicó ella, aunque esta vez no había tanto veneno en sus palabras.

Damián soltó una carcajada limpia y sonora que llenó la cabina.

—¡Eso es progreso! La última vez eran diez veces por hora. En un par de días me estarás pidiendo que te cuente cuentos antes de dormir.

—Primero se congela el infierno —sentenció Anny, volviendo su vista a la carretera.

El coche avanzó unos kilómetros más hasta que Damián divisó un pequeño mirador natural a un lado de la carretera, oculto tras unos matorrales altos. Detuvo el vehículo y apagó el motor. El silencio cayó sobre ellos de golpe, solo interrumpido por el crujido del metal enfriándose y el suave movimiento de Pelusa, el gato de Anny, que se acomodaba en su transportador en el asiento trasero.

—¿Por qué paramos? —preguntó Anny, poniéndose en alerta de inmediato. Sus puños empezaron a emitir una tenue luz blanca bajo la piel.

—Descanso obligatorio —dijo Damián, estirando los brazos sobre su cabeza—. El motor necesita enfriarse y yo necesito estirar las piernas. Además, la vista es increíble desde aquí. Ven, baja un momento. No hay nadie en kilómetros a la redonda, te lo prometo. Mi radar de "gente molesta" está despejado.

Anny dudó, pero el espacio cerrado de la furgoneta empezaba a asfixiarla. Bajó del coche y caminó hacia el borde del mirador. Desde allí, se veía un valle sumergido en la niebla, con las estrellas brillando con una claridad que la ciudad nunca permitía. El aire era puro, cortante y olía a pino húmedo.

Damián se acercó a ella, pero no se detuvo a una distancia prudencial. Se colocó justo a su lado, invadiendo ese espacio personal que Anny solía defender como una fortaleza impenetrable. Ella sintió el calor que emanaba de él; era una presencia constante, como una estufa encendida en medio de un páramo helado.

—Mira eso —dijo Damián en voz baja, señalando el firmamento—. ¿Crees que allá arriba también habrá gente queriendo robarse los dones de otros? ¿O será que los alienígenas son más civilizados y solo se dedican a mirar las estrellas sin molestarse entre ellos?

Anny suspiró, dejando que el aire frío llenara sus pulmones y calmara la agitación de su poder.

—Si hay vida ahí fuera, espero que sean más inteligentes que nosotros. Los humanos son... decepcionantes. Siempre queriendo poseer lo que no entienden, siempre juzgando lo que les da miedo.

—No todos, Anny —dijo Damián. Ella sintió su mirada fija en su perfil, pero no se atrevió a devolverle la vista—. Algunos solo queremos sobrevivir. Y otros, como yo, tenemos la suerte de encontrarnos con una chica increíblemente poderosa y extrañamente fascinante en medio del desastre.

—Deja de hacer eso —murmuró ella, sintiendo que su corazón latía con una rítmica extraña que su telepatía no podía explicar.

—¿Hacer qué? ¿Decir la verdad? —Damián dio un paso más, quedando frente a ella. El resplandor de sus ojos azules era suave, casi hipnótico en la oscuridad—. Sabes, cuando te vi pelear contra ese tipo, no solo vi fuerza. Vi a alguien que ha pasado demasiado tiempo protegiéndose de todo el mundo. Y me pregunté qué pasaría si alguien intentara protegerla a ella por una vez.

Anny soltó una risa amarga, aunque sus ojos empezaron a brillar con ese blanco puro, producto de la emoción contenida que luchaba por salir.

—No necesito que nadie me proteja, Damián. Puedo reducir a cenizas a cualquiera que se me acerque demasiado. Lo has visto.

—Lo sé —dijo él, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente cálida—. Pero incluso las reinas de hielo necesitan que alguien les caliente las manos de vez en cuando.

Damián extendió la mano y, con una lentitud calculada, le apartó un mechón de pelo que el viento había puesto sobre su cara. Anny se quedó petrificada. Su instinto le decía que debía empujarlo, que debía insultarlo y volver al refugio del coche, pero su cuerpo no respondía. Había algo en la mente de Damián —que ella podía leer sin esfuerzo en ese momento— que era tan honesto, tan carente de la doblez que ella tanto detestaba en los demás, que la desarmaba por completo.

—Tienes unos ojos preciosos cuando brillan —continuó él, ignorando la tensión de ella—. Pero me gustan más cuando están así, normales. Me permiten ver a la Anny que se esconde detrás de toda esa luz blanca. La Anny que quiere a su gato y que, muy en el fondo, no odia tanto a la gente como le gusta decir a gritos.

—Te equivocas —susurró ella, aunque su voz tembló de una forma que la delató—. Odio a la gente. Son ruidosos, egoístas y...

—Y yo soy uno de ellos —la interrumpió él con una sonrisa juguetona—. Soy ruidoso, soy bastante egoísta con mi tiempo y, ahora mismo, estoy siendo muy egoísta porque no puedo dejar de mirarte.

Damián acortó la distancia final. Anny podía sentir el aliento de él contra su piel. La luz blanca de sus manos se desvaneció por completo, reemplazada por un hormigueo diferente, uno que nacía en el estómago y se extendía por todo su ser como un incendio controlado.

—Eres un idiota engreído —dijo ella, pero no había rastro de desprecio en su tono.

—Y tú eres la chica más difícil que he conocido en mi vida —replicó él, su rostro a escasos centímetros del suyo—. Pero me gustan los retos. Especialmente los que tienen poderes telepáticos y una mala actitud.

—¿Estás intentando coquetear conmigo en medio de una huida desesperada? —preguntó Anny, arqueando una ceja, aunque no se apartó ni un milímetro.

—Es el mejor momento, ¿no crees? —Damián soltó una risita suave—. Le da un toque dramático. Como en esas historias que tanto detestas. Solo que aquí el héroe es un poco pirómano y la protagonista tiene un genio del demonio.

—No soy una protagonista.

—Para mí lo eres.

Damián dejó que su mano bajara desde su mejilla hasta su nuca, inclinando ligeramente la cabeza. Sus ojos azules buscaron los de ella, pidiendo un permiso que Anny no sabía cómo dar con palabras, pero que su mente gritaba en silencio por primera vez en diecisiete años.

—Anny... —susurró él, y su nombre sonó como una caricia en medio de la tormenta—. Deja de leer mi mente por un segundo y siente lo que está pasando aquí fuera.

Anny cerró los ojos, desconectando su telepatía por voluntad propia. El ruido de los pensamientos ajenos desapareció, dejando solo el sonido de la respiración de Damián y el latido desbocado de su propio corazón. Por un instante, el mundo dejó de ser un lugar hostil y lleno de gente despreciable. Solo existía el calor de él y el frío de la noche.

Damián no esperó más. Se inclinó y unió sus labios con los de ella en un beso que empezó con una suavidad exploratoria, como si temiera que ella fuera a desvanecerse o a lanzarlo por los aires con un estallido de luz.

Anny se tensó durante el primer segundo, con las manos suspendidas en el aire, pero luego, algo dentro de ella se rompió. Esa barrera de desprecio y asco que había construido durante años se derrumbó ante la calidez de Damián. Respondió al beso con una urgencia que no sabía que poseía, agarrando la chaqueta de él con fuerza. No había luz blanca, no había mentes invadidas; solo había dos personas rotas tratando de encajar sus piezas en medio de la oscuridad.

Cuando finalmente se separaron para tomar aire, Damián mantenía su frente apoyada contra la de ella. Ambos estaban agitados, y el aire frío de la montaña formaba pequeñas nubes con sus respiraciones entremezcladas.

—Vaya —murmuró Damián con una sonrisa de suficiencia—. Eso ha sido... explosivo. Y eso que no he usado mis poderes.

Anny le dio un empujón suave, aunque no ocultó la pequeña sonrisa que asomaba por primera vez en sus labios.

—No te acostumbres, Damián. Sigo pensando que eres un idiota.

—Lo sé —dijo él, rodeándola con sus brazos para protegerla del viento—. Pero soy tu idiota. Y mientras estemos juntos, no dejaré que nadie vuelva a intentar convertirte en una herramienta.

Anny se apoyó en su pecho, escuchando el corazón de Damián. Por primera vez, no sentía el impulso de huir. El poder dentro de ella se sentía tranquilo, como un animal salvaje que finalmente había encontrado un compañero de manada.

—Tenemos que movernos —dijo ella después de un momento, recobrando su compostura—. Siento presencias... están lejos, pero se acercan. No son como el chico de las bombas. Estos son... más fríos.

—Lo sé —asintió Damián, volviéndose serio de inmediato—. El Dr. Vane no se rinde fácilmente. Ha enviado a los rastreadores. Pero esta vez, no nos encontrarán desprevenidos.

Caminaron de regreso a la furgoneta. Antes de subir, Anny miró una última vez hacia el valle. Sabía que el camino que les esperaba estaba lleno de violencia y sombras, pero ya no sentía ese asco paralizante por el futuro.

—Damián —dijo ella antes de cerrar la puerta.

—¿Dime, linternita?

—Si volvemos a salir de esta... quiero un gato nuevo. Pelusa necesita compañía.

Damián arrancó el motor y le guiñó un ojo mientras metía la primera marcha.

—Hecho. Te conseguiré el gato más gruñón del mundo. Para que combine contigo.

La furgoneta se alejó del mirador, perdiéndose en las curvas de la montaña. Anny volvió a apoyar la cabeza en el cristal, pero esta vez, su mano buscó la de Damián sobre el cambio de marchas. Él entrelazó sus dedos con los de ella, y por un momento, la luz blanca y el fuego azul fueron una sola cosa, un faro de esperanza en un mundo que todavía no sabía que Anny acababa de descubrir su verdadero poder: el de no estar sola.

La carretera seguía adelante, y con ella, la promesa de una batalla que cambiaría el destino de todos los que se atrevieran a subestimar a la chica que podía leer el alma del mundo. Pero mientras el motor rugía y el viento siseaba contra el metal, Anny supo que, pasara lo que pasara, el silencio ya no volvería a ser su único refugio. Tenía el fuego, tenía la luz y, sobre todo, tenía a alguien que no le temía a ninguna de las dos cosas.