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Proyecto C.U.T.E.: El Activo más Peligroso de SHIELD

El Susurro del Algoritmo y el Guante de Terciopelo

La mañana en la Torre Stark no comenzó con el sol, sino con el suave zumbido de los servidores de alta capacidad y el aroma a café de grano seleccionado que Antonia Stark insistía en preparar personalmente, alegando que ninguna IA podía replicar el "toque de genio". Raiden, sin embargo, no había pegado ojo. Sus ojos dorados estaban ligeramente enrojecidos, pero su mente vibraba con una intensidad eléctrica.

Había pasado la noche navegando por la Deep Web de este universo, confirmando sus peores temores: el Proyecto Insight estaba a menos de tres semanas de ser plenamente operativo. En este mundo, los helitransportes no solo tenían cañones de largo alcance, sino que estaban equipados con tecnología de repulsión Stark que Antonia había cedido "de buena fe" a SHIELD.

—Cariño, si sigues mirando esa pantalla, tus ojos se van a convertir en píxeles —la voz de Tony lo sacó de su trance. Ella entró en la habitación vistiendo una bata de seda carmesí, sosteniendo dos tazas—. He traído combustible. Y antes de que preguntes, sí, he añadido una capa extra de encriptación a tu terminal. No quiero que ningún curioso de SHIELD husmee en lo que sea que estés haciendo.

Raiden aceptó la taza, sus dedos rozando los de Antonia. Ella suspiró, conmovida por la delicadeza de sus manos.

—Gracias, Tony —dijo él, forzando una sonrisa pequeña y tímida que sabía que desarmaría cualquier sospecha—. Estaba revisando los protocolos de seguridad de la red urbana. Hay... anomalías.

Antonia se sentó en el borde del escritorio, observándolo con una mezcla de adoración y curiosidad intelectual.

—Eres un misterio, Raiden. Tienes la apariencia de alguien que debería estar en una portada de revista de moda masculina "soft", pero hablas como un analista de la CIA con treinta años de experiencia. ¿De dónde saliste realmente?

Raiden bajó la mirada, fingiendo vulnerabilidad.

—A veces, las personas que parecen más inofensivas son las que más han tenido que observar para sobrevivir. Solo quiero que estés a salvo. Tú y Natasha... son las únicas que me han dado un hogar.

El corazón de Antonia, ese que ella juraba que era de metal y circuitos, dio un vuelco. Se inclinó y dejó un beso casto en la frente de Raiden, aspirando el aroma a champú de coco que ella misma había elegido para él.

—Eres demasiado bueno para este mundo, pequeño. Por eso voy a construirte la jaula más bonita y segura que el dinero pueda comprar.

"Ese es el problema", pensó Raiden mientras ella salía de la habitación tarareando una melodía. "Vuestras jaulas son las que permiten que los lobos se acerquen".

Apenas la puerta se cerró, la pantalla de Raiden parpadeó. Un icono de una pantera estilizada en color neón apareció en el centro.

—¿Sigues ahí, Copo de Nieve? —La voz de Shuri, filtrada por un modulador para evitar que J.A.R.V.I.S. la identificara, sonó a través de los auriculares ocultos de Raiden.

—Estoy aquí —respondió él, tecleando rápidamente—. He analizado los nodos de comunicación de la base de Triskelion. Tenías razón. Hay una señal fantasma que se origina en una base abandonada en Nueva Jersey. Camp Lehigh.

—¿La antigua base del Capitán Rogers? —preguntó Shuri desde el otro lado del mundo—. Eso es arqueología militar. ¿Qué habría allí?

—Un fantasma digital —susurró Raiden—. Una conciencia cargada en cintas magnéticas que cree que el orden solo se logra a través del caos controlado. Shuri, necesito que satures los sensores de vigilancia de SHIELD en esa zona. Voy a enviar un virus de retroalimentación. Si logro sobrecargar el procesador de Zola, retrasaremos Insight lo suficiente como para que Natasha encuentre las pruebas físicas.

—Es arriesgado —advirtió la princesa de Wakanda—. Si Stark se entera de que estás usando su ancho de banda para un ciberataque contra el gobierno, te pondrá bajo arresto domiciliario perpetuo... bueno, más de lo que ya estás.

—Ella no se enterará. Cree que estoy jugando a un simulador de ciudades.

Raiden inició la secuencia. En la pantalla, miles de líneas de código dorado comenzaron a devorar los cortafuegos de Hydra. Era una danza de bits y bytes, una guerra invisible donde él era el general. Sin embargo, en la realidad física, Raiden se veía simplemente como un joven hermoso concentrado frente a un monitor, con un mechón de cabello blanco cayendo sobre sus ojos.

De repente, una alerta roja parpadeó.

—Alguien está intentando rastrearme —dijo Raiden, su pulso acelerándose—. No es Zola. Es... es interno.

—¡Corta la conexión! —gritó Shuri.

Raiden cerró la terminal de un golpe justo cuando la puerta de su habitación se deslizaba hacia un lado. No era Antonia. Era Natasha Romanoff, y esta vez no llevaba un vestido de gala. Vestía su traje táctico de SHIELD, ajustado y amenazante, con las viudas negras brillando en sus muñecas.

—¿Qué estás haciendo, Raiden? —preguntó ella, su voz era un témpano de hielo.

Raiden se giró en la silla, tratando de que su respiración pareciera agitada por el susto y no por la adrenalina del hackeo.

—¡Natasha! Me has asustado —dijo, poniendo una mano sobre su pecho—. Solo estaba... intentando aprender más sobre este mundo. Internet es... vasto.

Natasha caminó hacia él con pasos silenciosos. Se detuvo a centímetros de él, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarla. Sus ojos verdes buscaban cualquier rastro de mentira.

—He recibido una alerta de intrusión en los servidores de Nivel 8. El rastro moría en este piso. Stark jura que es un error de sistema, pero yo no creo en los errores.

—Quizás sea Hydra —sugirió Raiden con valentía—. Te dije que estaban en todas partes. Tal vez están intentando incriminarme porque saben que yo sé quiénes son.

Natasha entrecerró los ojos. Extendió una mano y, por un momento, Raiden pensó que lo arrestaría. En su lugar, ella le acarició la mejilla con el dorso de sus dedos enguantados. El contraste del cuero frío contra su piel cálida lo hizo estremecerse.

—Eres una criatura muy extraña, Raiden Makoto —murmuró ella—. Tienes el aroma de la inocencia, pero tus palabras siembran el caos. Si descubro que estás jugando con nosotras, no importará lo mucho que Tony quiera protegerte. Te llevaré a una celda donde la luz del sol será un recuerdo lejano.

—¿Es una amenaza, Directora? —preguntó él, manteniendo la mirada.

—Es una promesa de seguridad —respondió ella, suavizando el tono de forma casi imperceptible—. El mundo exterior es un nido de víboras. Aquí estás a salvo. Pero no intentes ser un héroe. Los héroes terminan muertos o rotos. Y sería una lástima romper algo tan... perfecto.

Natasha se retiró, pero Raiden sabía que la vigilancia se triplicaría a partir de ese momento. Se dejó caer en la silla, exhalando un suspiro de alivio. Había estado cerca.

—Eso fue intenso —la voz de Shuri regresó por el auricular—. Por un momento pensé que tendríamos que enviar a las Dora Milaje a rescatarte de la Viuda Negra.

—No será necesario —dijo Raiden, recuperando la compostura—. Pero he confirmado algo. Natasha tiene dudas. No sobre mí, sino sobre su propia organización. Solo necesita un empujón.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Shuri—. Estás encerrado en el ático más caro del mundo.

Raiden miró por el ventanal. Abajo, Nueva York bullía de vida, ajena a la purga que se avecinaba.

—Antonia tiene una fiesta esta noche. Una gala para inversores. Va a presentar la nueva red de satélites de defensa. Es el momento perfecto para que el "pequeño protegido" haga su debut social.

—¿Vas a ir? Stark dijo que era demasiado peligroso para ti.

Raiden sonrió, y en esa sonrisa no hubo rastro de la dulzura que Antonia tanto amaba. Era la sonrisa de un depredador que acababa de ver la trampa perfecta.

—Tony no puede decirme que no si uso la corbata adecuada y pongo esa mirada de "necesito que me guíes". Voy a conocer a Alexander Pierce en persona. Y voy a plantar la semilla de su propia destrucción mientras él cree que solo está saludando a la mascota de Stark.

***

La noche de la gala, la Torre Stark resplandecía como una joya. Mujeres de la alta sociedad, generales con uniformes impecables y magnates de la industria se paseaban por el salón principal, rodeadas de hologramas y champán de mil dólares la botella.

Antonia Stark era el centro de atención, luciendo un vestido de diseño que parecía hecho de metal líquido. A su lado, como una sombra elegante, Natasha Romanoff observaba a la multitud. Pero todas las conversaciones se detuvieron cuando él apareció.

Raiden vestía un traje de sastre en gris perla que resaltaba su cabello blanco y la palidez de su piel. No llevaba joyas, no las necesitaba; sus ojos dorados brillaban con una luz propia bajo las lámparas de cristal. Parecía una aparición, algo sacado de un cuento de hadas que no pertenecía al mundo cínico de la política y la guerra.

Antonia se acercó a él de inmediato, rodeando su cintura con un brazo posesivo.

—Te dije que podías quedarte en el ático, Raiden —susurró ella al oído, aunque sus ojos brillaban de orgullo al ver la envidia en las caras de las demás mujeres—. Pero debo admitir que limpias muy bien. Vas a causar tres infartos y al menos dos guerras civiles antes de que termine la noche.

—Quería estar a tu lado, Tony —mintió él con una voz suave—. Me siento más seguro si puedo verte.

Natasha se acercó por el otro lado, evaluando la reacción de la sala.

—Es como lanzar un cordero a una fosa de leonas, Stark —comentó la espía—. Mira a la Senadora Stern. Está a punto de ofrecerte un estado entero a cambio de una presentación.

—Que lo intente —gruñó Antonia—. Raiden no está en venta. Ni hoy, ni nunca.

En ese momento, un hombre de mediana edad, con el cabello canoso y una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos, se acercó al grupo. Era Alexander Pierce, el secretario del Consejo de Seguridad Mundial y, secretamente, la cabeza de Hydra.

—Antonia, Directora Romanoff —saludó Pierce con una inclinación de cabeza—. Una velada magnífica. Y veo que los rumores eran ciertos. Has encontrado una joya que eclipsa incluso a tu reactor arc.

Antonia tensó el brazo alrededor de Raiden.

—Secretario Pierce. Le presento a Raiden Makoto. Mi... consultor personal.

Pierce extendió una mano hacia Raiden. El joven la tomó, sintiendo la frialdad del hombre que planeaba asesinar a millones de personas.

—Es un placer, joven Raiden —dijo Pierce, estudiando su rostro—. Tienes unos ojos muy inteligentes. Es raro ver tanta profundidad en alguien tan... joven y delicado.

—Las apariencias engañan, Secretario —respondió Raiden, manteniendo la sonrisa inocente—. A veces, lo que parece sólido es solo una fachada, y lo que parece frágil es lo que sostiene todo el peso. Como el Proyecto Insight, ¿verdad? Un equilibrio muy delicado.

La mano de Pierce se apretó ligeramente sobre la de Raiden. Natasha, que estaba bebiendo de su copa, se detuvo a mitad del sorbo. El aire alrededor de ellos pareció enfriarse diez grados.

—¿Sabes sobre Insight? —preguntó Pierce, su voz bajando a un tono casi imperceptible.

—Tony me cuenta muchas cosas —dijo Raiden, mirando a Antonia con adoración fingida—. Me dice que es para atrapar a los malos antes de que hagan daño. Es fascinante. Aunque me pregunto... ¿qué pasa si el algoritmo se equivoca? ¿O si alguien le enseña a ver a los buenos como malos?

Antonia intervino, soltando una risita nerviosa.

—Es un teórico, Alexander. Le encanta jugar con la ética de la IA. No le hagas mucho caso, a veces se pierde en sus propios pensamientos.

Pierce relajó la expresión, pero Raiden vio el destello de sospecha en sus pupilas. El Secretario sabía que este chico no era solo un adorno.

—Un pensador, ya veo —dijo Pierce—. Bueno, espero que tus pensamientos sigan siendo... constructivos. Disfruten de la noche.

Cuando Pierce se alejó, Natasha agarró el brazo de Raiden y lo arrastró hacia un rincón más privado, lejos de los oídos curiosos. Antonia los siguió, confundida y molesta.

—¿Qué demonios fue eso? —siseó Natasha—. Te dije que no hablaras de temas clasificados.

—Él es el traidor —dijo Raiden, su voz ahora firme y desprovista de toda timidez—. En el momento en que mencioné el algoritmo, su ritmo cardíaco aumentó y sus pupilas se contrajeron. Está nervioso, Natasha. Sabe que alguien está mirando detrás de la cortina.

—Raiden, basta —ordenó Antonia, aunque su rostro mostraba una duda creciente—. Pierce es un amigo de la familia. Él ayudó a mi madre después de que mi padre...

—Él ayudó a matarlos —soltó Raiden, lanzando la bomba informativa que sabía que cambiaría todo—. O al menos, la organización que él dirige lo hizo. El Soldado de Invierno no es un mito urbano, Tony. Es el arma de Hydra. Y Pierce tiene el control.

El silencio que siguió fue absoluto. Antonia retrocedió un paso, su rostro palideciendo. Natasha, por su parte, llevó su mano instintivamente a su comunicador oculto.

—Si mientes sobre esto... —empezó Natasha.

—No miento. Revisen los archivos encriptados de la base Lehigh bajo el nombre clave "Zola". Si no encuentran lo que digo, pueden entregarme a Pierce ahora mismo.

Antes de que alguna de las dos pudiera responder, una explosión sacudió los ventanales de la torre. El cristal reforzado se hizo añicos y el pánico estalló en el salón.

—¡Protejan al chico! —gritó Antonia, mientras su reloj se transformaba en el guantelete de una armadura Mark.

Natasha derribó a Raiden al suelo, cubriéndolo con su propio cuerpo mientras varias figuras vestidas de negro descendían desde el techo con cables de alta tensión. No eran ladrones comunes. Eran fuerzas de asalto de Hydra, y no venían por la tecnología de Stark.

Venían por él.

—Parece que Pierce no quiere esperar a que termine la fiesta —dijo Raiden desde el suelo, viendo cómo Natasha sacaba sus pistolas.

—Cállate y quédate abajo —ordenó la espía, sus ojos brillando con una furia asesina—. Stark, ¡limpia el salón! Yo me llevo al tesoro a la habitación segura.

Raiden dejó que lo arrastraran, pero mientras corría por los pasillos de la torre, escoltado por la mujer más peligrosa del mundo, una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Hydra había mordido el anzuelo. Ahora, el mundo entero vería lo que pasaba cuando intentabas secuestrar al "juguete" favorito de Antonia Stark y Natasha Romanoff.

La guerra había comenzado, y él era el único que sabía cómo terminarla. Pero por ahora, dejaría que sus "protectoras" hicieran el trabajo sucio. Después de todo, ser adorable tenía sus ventajas estratégicas.