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Pura casualidad

Entre WODs y Pulsaciones Desbocadas

El olor a caucho, magnesio y sudor acumulado solía ser el refugio de Ana, el lugar donde sus frustraciones como enfermera se disipaban entre levantamientos de peso y saltos al cajón. Sin embargo, esa tarde, el aire en el box de crossfit se sentía diferente, más denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el entrenamiento del día.

Ana se ajustó las muñequeras por tercera vez, evitando mirar hacia la entrada. A sus treinta años, con la piel curtida por turnos interminables en la UCI y urgencias, se consideraba una mujer pragmática, pero su corazón de eterna soñadora, ese que alimentaba con novelas románticas y noches de Instagram, estaba martilleando contra sus costillas.

—¿Va a venir de verdad o es un mito urbano? —susurró Sara, inclinándose hacia ella mientras fingía estirar los cuádriceps.

—Dijo que vendría —respondió Ana, intentando que su voz no temblara—. Fue un comentario casual mientras le curaba la abrasión en la clínica. No pensé que se lo tomaría en serio.

—Por favor, Ana, un futbolista del Barça no viene a un box de barrio en Mallorca solo por el "entrenamiento" —añadió Laura con una sonrisa pícara—. Viene porque la enfermera que lo atendió tiene una sentadilla que quita el hipo y unos ojos que dicen "rescátame de mi rutina".

—¡Callaos ya! —pidió Ana, sintiendo cómo el calor le subía por las mejillas—. Solo es Ferran. Un paciente más.

Pero no era un paciente más. Era Ferran Torres. Y cuando la puerta metálica del box se deslizó con un estruendo, el silencio se apoderó del lugar por un segundo exacto.

Ferran entró con una sudadera gris y una mochila al hombro, moviéndose con esa confianza natural de quien está acostumbrado a los focos, pero con una humildad que Ana ya había notado en la clínica. En cuanto sus ojos se encontraron con los de ella, una sonrisa amplia y genuina iluminó su rostro.

—¡Hombre, el Tiburón! —gritó Tiago, el entrenador, corriendo hacia él con una emoción que casi lo hace tropezar. Tiago, el novio de Patri, era un fanático del fútbol y tener a Ferran allí era, para él, mejor que ganar la lotería.

—Hola, Tiago. Gracias por recibirme —dijo Ferran, estrechándole la mano antes de dirigirse directamente hacia el grupo de Ana.

Ana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Estaba rodeada de sus amigas, de Gerardo, y de toda la fauna habitual del box, pero cuando Ferran se detuvo frente a ella, el resto del mundo se volvió borroso.

—Has cumplido tu palabra —dijo ella, tratando de sonar profesional, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de su camiseta.

—Te dije que me picaba la curiosidad —respondió Ferran, bajando un poco el tono de voz, creando una burbuja de intimidad que no pasó desapercibida para las chicas—. Y además, necesitaba comprobar si eres tan dura entrenando como lo eres dando instrucciones médicas.

—Prepárate, Torres —intervino Patri, guiñándole un ojo a Ana—. Ana es la mejor de nosotras. Si quieres seguirle el ritmo, vas a tener que sudar.

—Me gustan los retos —afirmó él, sin dejar de mirar a Ana a los ojos.

El entrenamiento comenzó. Tiago, en su éxtasis, había preparado un WOD (Workout of the Day) especialmente exigente: burpees, clean & jerks y remo. A pesar de ser un atleta de élite, el crossfit utiliza músculos que incluso un futbolista profesional olvida a veces.

Ana intentaba concentrarse en su técnica, pero era consciente de cada movimiento de Ferran. Lo veía esforzarse, resoplar, y sonreír cada vez que fallaba un levantamiento y Tiago lo corregía con gritos de ánimo. En un momento dado, mientras ambos compartían la zona de pesas para los ejercicios de fuerza, Ferran se acercó a ella mientras recuperaba el aliento.

—Esto... esto es mucho más difícil que un rondo —dijo él, apoyando las manos en sus rodillas, sudando profusamente.

—Es una agonía bonita —respondió Ana, ofreciéndole su toalla—. ¿Te arrepientes?

—Ni un poco —aseguró él, irguiéndose y acortando la distancia entre ambos—. Hacía tiempo que no me sentía así.

—¿Cansado? —preguntó ella con una sonrisa tímida.

—No —dijo Ferran, bajando la voz para que solo ella pudiera oírlo—. Interesado. Retado. Hacía tiempo que no conocía a alguien que no se dejara impresionar por el nombre en mi espalda, sino que me mirara como tú me miras.

Ana sintió un vuelco en el estómago. Sus amigas, a unos metros, intercambiaban miradas de complicidad y cuchicheos que Ana intentaba ignorar. Gerardo, que siempre había tenido un pequeño "crush" por Ana, observaba la escena con una mezcla de envidia y admiración desde la barra de dominadas.

—Soy enfermera, Ferran —dijo ella finalmente, recuperando algo de su compostura—. He visto a mucha gente en sus peores momentos. Un futbolista en un box de crossfit no me asusta.

—¿Y un hombre que quiere invitarte a cenar después de esto? —preguntó él, directo, sin filtros.

Ana se quedó paralizada. Era la pregunta que había soñado escuchar durante años de soledad en Mallorca, después de mudarse desde su Almería natal buscando un futuro que a veces sentía que se le escapaba entre las manos. Deseaba sentirse elegida, respetada, y ahí estaba él, el hombre del momento, eligiéndola a ella entre una multitud.

—Ana, ¿estás bien? —preguntó Sara, acercándose con una botella de agua, notando el silencio prolongado.

—Sí, está perfecta —respondió Ferran por ella, con una seguridad que hizo que Ana se estremeciera—. Solo estamos planeando la recuperación post-entrenamiento.

—¡Eso es! —exclamó Tiago desde el otro lado—. ¡Proteína y carbohidratos para todos! Vamos a un sitio aquí cerca, Ferran, te va a encantar.

Ana sintió una punzada de decepción. La invitación grupal iba a diluir ese momento mágico. Sin embargo, Ferran no apartó la mirada de ella.

—Iré con ellos un rato —dijo él, casi en un susurro—, pero luego quiero que nos vayamos nosotros. A solas. ¿Te parece bien?

Ana asintió, incapaz de articular palabra, sintiendo cómo la timidez la invadía de nuevo bajo la mirada atenta de sus amigas.

El grupo se trasladó a una pequeña terraza cerca del box. La conversación fluía entre risas, anécdotas de fútbol y quejas sobre las agujetas que vendrían al día siguiente. Ferran se integró perfectamente, escuchando a Patri hablar sobre el hospital y a Gerardo sobre sus rutas en bicicleta. Pero, a pesar de estar rodeado de gente, su atención volvía constantemente a Ana.

Le preguntaba sobre Almería, sobre cómo era vivir lejos de su familia, sobre qué libros estaba leyendo. Ana, que solía ser la que escuchaba y cuidaba a los demás, se sintió por primera vez el centro del universo de alguien.

—A veces siento que mi vida es un bucle —confesó Ana en un momento en que los demás estaban enfrascados en una discusión sobre la liga—. De la UCI a urgencias, del hospital al box. Viajo, sí, pero siempre vuelvo al mismo punto de soledad.

Ferran dejó su vaso de agua y buscó la mano de Ana por debajo de la mesa. Sus dedos se entrelazaron, y el contacto envió una descarga eléctrica por todo el cuerpo de ella.

—El movimiento no siempre significa avance, Ana —dijo él con una madurez que la sorprendió—. Yo viajo por todo el mundo, juego en los mejores estadios, y a veces me siento igual de estancado que tú. La diferencia es con quién decides romper ese bucle.

—¿Y tú qué has decidido? —preguntó ella, atreviéndose por fin a ser valiente.

—He decidido que no quiero que esta sea la última vez que te veo sudar en un box —sonrió él—. Ni la última vez que me curas una herida. Ni, desde luego, la última vez que te tengo así de cerca.

El ambiente en la mesa cambió cuando Tiago pidió otra ronda de bebidas, pero Ferran se puso en pie, arrastrando a Ana suavemente con él.

—Chicos, ha sido un placer, de verdad —dijo Ferran, despidiéndose del grupo—. Tiago, mañana te mando un mensaje para que me pases esa rutina de fuerza. Pero ahora, Ana y yo tenemos cosas que hablar.

Las amigas de Ana estallaron en una mezcla de silbidos y vítores. Patri le guiñó un ojo, y Sara le hizo el gesto de "luego me lo cuentas todo". Ana, roja como un tomate pero con una sonrisa que no podía ocultar, se dejó guiar por Ferran hacia su coche.

Una vez lejos de las miradas curiosas, el aire de la noche mallorquina se sintió más fresco. Ferran la detuvo antes de llegar al vehículo, arrimándola suavemente contra una pared de piedra.

—¿Estás bien? —preguntó él—. He sido un poco directo delante de tus amigos.

—Ha sido... diferente —admitió Ana, apoyando las manos en el pecho de él, sintiendo el latido rítmico de su corazón—. Normalmente soy yo la que tiene que perseguir a la gente. La que tiene que esforzarse para que la vean.

—Pues deja de esforzarte —dijo Ferran, acortando la distancia hasta que sus alientos se mezclaron—. Porque yo te veo perfectamente, Ana. Veo a la mujer que salva vidas por el día y se machaca en el box por la tarde. Veo a la soñadora que tiene miedo de pedir lo que quiere.

—¿Y qué es lo que quiero? —susurró ella, casi sin aliento.

—Esto —respondió él.

El beso fue salvaje y dulce a la vez. Tenía el sabor del esfuerzo del entrenamiento, de la urgencia de dos almas que se habían encontrado en el momento menos esperado. Ferran la besaba con una intensidad que le decía que no era un capricho, que no era un romance casual de una noche. Sus manos se enredaron en el pelo de Ana, mientras ella se aferraba a sus hombros, sintiendo por fin esa sensación de ser elegida, de ser la prioridad de alguien.

Cuando se separaron, ambos estaban agitados. Ferran apoyó su frente contra la de ella.

—Ana, esto no va a ser fácil —advirtió él—. Mi vida es un caos, la prensa, los viajes... Pero si tú quieres, quiero que esto sea de verdad. No quiero esconderme.

Ana lo miró, y en ese momento, todas las frustraciones de sus siete años en la isla, todos los turnos dobles y las noches de soledad, parecieron valer la pena.

—Ferran —dijo ella, con una seguridad que no sabía que poseía—, trabajo en una UCI. Sé lo que es luchar por lo que importa. Un par de fotógrafos y unos kilómetros no me asustan.

Él sonrió, esa sonrisa que Ana ya sabía que sería su perdición y su salvación.

—Entonces, enfermera, prepárate. Porque creo que este va a ser el WOD más largo y bonito de tu vida.

Caminaron hacia el coche de la mano, mientras en el box, sus amigos seguían brindando por el Tiburón y la enfermera que le había enseñado que, a veces, para ganar el partido más importante, no hace falta un balón, sino el valor de dejarse llevar por un sentimiento salvaje y real.

Ana miró por la ventanilla mientras salían del aparcamiento, viendo las luces de Palma alejarse. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que su vida estaba estancada. Por primera vez, sentía que el viaje acababa de empezar. Y esta vez, no iba sola.

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