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El Despertar de la Flor de Ébano: El Torneo de las Sombras y el Ocaso de Cáncer

La paz en la Isla Ganryu fue un suspiro que se desvaneció antes de que los pétalos de cerezo tocaran el suelo. El cielo, que antes albergaba una aurora boreal de esperanza, se rasgó como si una garra invisible lo hubiera destripado. De la herida del espacio no brotó luz dorada, sino una estática negra y roja, un ruido visual que hería los ojos. En medio de ese caos digital y orgánico, apareció ella.

Era una Shoko Komi, pero distorsionada. Su uniforme escolar era de un negro absoluto, sus ojos no tenían pupilas, sino que eran dos cuencas de un carmesí eléctrico que goteaba oscuridad. Flotaba sobre el ring, rodeada de un aura que devoraba la realidad.

—Yo soy el Silencio que no quiere compañía —la voz de Dark Komi.exe no era humana; era un millar de voces rotas superpuestas—. Soy el miedo que Shoko Komi enterró bajo su falsa amabilidad. He creado el Coliseo del Vacío. Si quieren salvar sus mundos, suban. Si no, observen cómo el Annihilargh borra cada átomo de su existencia.

Con un chasquido de sus dedos sombríos, un Palacio-Torre de cien pisos se erigió desde el océano, tragándose el estadio. Tadano, Najimi, los guerreros de Ishura y los reyes de Ozmargo se vieron arrastrados por una fuerza gravitatoria irresistible hacia la base de la estructura.

—¡Komi-san! —gritó Tadano, aferrándose a una columna mientras ascendían por un elevador dimensional—. ¡No dejes que esa sombra te controle!

Komi, la verdadera Shoko Komi, se puso de pie. Su mirada ya no era de terror. Había aceptado su pasado en el Kengan y su poder en Ishura. Miró a sus amigos: Alus preparaba sus cañones, Leonhart rugía desafiante y Lucnoca recuperaba su forma de dragón, sus escamas brillando con un frío azulado.

—No es una sombra —dijo Komi, su voz firme y clara, resonando gracias al eco de su voluntad—. Es un desafío. Y vamos a subir cada piso hasta llegar a ella.

El primer piso del Coliseo del Vacío no era una habitación, sino un paisaje desolador sembrado de cadáveres y rostros agonizantes tallados en las paredes. El aire olía a muerte y a incienso rancio. En el centro del salón, un hombre de armadura dorada, pero de aura púrpura y maligna, los esperaba con una sonrisa sádica.

—Bienvenidos al umbral de la muerte —dijo el Caballero de Cáncer, Máscara de Muerte, moviendo sus dedos como si manejara hilos invisibles—. Soy el guardián del primer piso. Aquí, sus almas serán solo un adorno más para mi colección.

—Un caballero de oro... —murmuró Alus, analizando la energía—. Pero su cosmos está podrido. No se parece en nada a Shaka.

—¡Ondas Infernales! —gritó Máscara de Muerte sin previo aviso.

Un torbellino de almas en pena surgió de su dedo índice, envolviendo al grupo. Komi sintió que su espíritu era arrancado de su cuerpo, pero antes de que el caballero pudiera cantar victoria, una barrera de hielo absoluto se interpuso. Lucnoca había exhalado un aliento que congelaba incluso lo incorpóreo.

—Tus trucos de cementerio no funcionan contra el Invierno de Escarcha —sentenció la dragona.

Komi se lanzó al ataque. Utilizó el *Destello de Fuego* para aparecer detrás de Máscara de Muerte. El caballero se giró, intentando golpearla, pero Komi aplicó la *Redirección* del Estilo Niko, desviando el puño dorado hacia una de las columnas de rostros.

—¡Maldita niña! —rugió Cáncer—. ¡Te enviaré al agujero de Praesepe!

—No lo harás —dijo Komi. En sus manos apareció la Guadaña de la Luna Silente, imbuida ahora con una energía que combinaba el éter de Ishura y su propio cosmos naciente—. Porque no estás luchando solo contra mí. Estás luchando contra todos mis amigos.

Con un tajo horizontal, Komi cortó las ondas de energía negativa. Leonhart aprovechó la apertura para embestir al caballero con la fuerza de una bestia divina, lanzándolo contra el techo del primer piso. Máscara de Muerte cayó de rodillas, su armadura agrietada.

—Imposible... una humana no puede...

Komi no lo remató. Simplemente lo miró con una compasión que enfureció al caballero.

—Sube —ordenó una voz desde el techo—. El siguiente piso te espera.

Máscara de Muerte se desintegró en partículas oscuras, dejando el camino libre hacia la escalera de caracol. El ascenso fue frenético. En el piso 10, Muzan Kibutsuji los esperaba con sus lunas superiores, pero la combinación de las técnicas de respiración que Komi había aprendido de Naruto (adaptadas a su propio estilo) y las espadas de Toroa redujeron a los demonios a cenizas en cuestión de minutos.

A medida que subían, los enemigos se volvían más personales y retorcidos. En el piso 50, se enfrentaron a Sephiroth. El ángel de una sola ala descendió desde un cielo simulado, blandiendo su Masamune.

—Solo eres un recuerdo —dijo Sephiroth, fijando sus ojos verdes en Komi—. Y yo soy quien borrará ese recuerdo.

El combate duró horas. Alus perdió uno de sus brazos mecánicos protegiendo a Najimi, y Leonhart quedó herido por un tajo de energía negativa. Fue Komi quien, entrando en un estado de trance guerrero, utilizó la técnica *Cero* de su propia creación: un golpe de palma que anulaba la energía del oponente mediante el silencio absoluto. Sephiroth se disolvió en plumas negras, reconociendo la superioridad de la voluntad de la joven.

Pero el verdadero horror comenzó en el piso 80.

Al abrirse las puertas dobles, Komi se quedó paralizada. Frente a ella no había un monstruo, sino una mesa de comedor perfectamente servida. Sentados allí estaban su madre, Shuuko; su padre, Masayoshi; y su hermano, Shousuke.

—Shoko, llegas tarde a cenar —dijo Shuuko con una sonrisa vacía. Sus ojos eran iguales a los de Dark Komi.exe—. ¿Por qué te juntas con estas personas tan extrañas?

—Hermana, eres una decepción —añadió Shousuke, su voz monótona pero cargada de un veneno que no era suyo—. Deberías haberte quedado en el silencio.

—¡No son ellos! —gritó Tadano, poniéndose frente a Komi—. ¡Son ilusiones creadas por esa cosa!

—No son ilusiones —dijo una voz desde las sombras. Dark Komi.exe se materializó detrás de la familia—. Son sus ecos. He extraído la parte de ellos que te juzga, la parte de ellos que te hace sentir insuficiente. Si quieres pasar, debes destruirlos.

Komi temblaba. Sus orejas de gato desaparecieron. El trauma de años de ansiedad social, de sentir que decepcionaba a su familia por no poder hablar, se materializó en una presión física que la hizo caer de rodillas.

—No puedo... —susurró Komi.

—¡Claro que puedes! —rugió Leonhart, apartando a uno de los guardias sombríos que intentaba acercarse—. ¡Ellos no son tu familia! ¡Tu familia es la que te acepta como eres, la que luchó contigo en Ishura y la que te celebra en Ozmargo!

—Komi-san —dijo Sariphi, arrodillándose a su lado y tomando sus manos—. Recuerda lo que me dijiste. Tu fuerza viene de proteger la paz de los demás. Incluida la tuya.

Komi levantó la cabeza. Miró a los simulacros de sus padres.

—Ustedes... —Komi se puso de pie lentamente—. Ustedes me dieron la vida. Y por eso, no permitiré que esta sombra use sus rostros para causar dolor.

Con un grito que no fue un sonido, sino una explosión de energía pura, Komi invocó un estallido de luz que disolvió el piso 80. No hubo necesidad de armas. Su amor por su verdadera familia fue el antídoto contra la corrupción de la sombra.

Siguieron subiendo. Piso 90, Muzan volvió a aparecer reforzado, pero fue barrido por un esfuerzo conjunto de Alus y Lucnoca. Finalmente, llegaron al piso 100.

Era un espacio infinito, una plataforma de cristal que flotaba en el centro de la nada. En el medio, un dispositivo metálico con forma de reloj de arena gigante palpitaba con una luz verde y negra. El Annihilargh.

—Llegaste —dijo Dark Komi.exe. Ya no se parecía a Shoko; se había convertido en una entidad de pura entropía—. El tiempo se ha acabado. El Annihilargh se activará y reiniciará el multiverso. No habrá más palabras, no habrá más ruidos. Solo el silencio eterno que siempre deseaste.

—Te equivocas —dijo Komi. Su uniforme escolar empezó a brillar con una intensidad blanca. Sus heridas se cerraron y su cabello fluyó como si estuviera bajo el agua—. Yo nunca quise el silencio del vacío. Quise el silencio de una habitación llena de amigos.

—¡Muere! —Dark Komi.exe se lanzó hacia ella, transformando sus brazos en cuchillas de oscuridad digital.

Komi no esquivó. Invocó el poder de todos los mundos que había visitado. Sintió la fuerza de Luffy, la determinación de Goku, la sabiduría de Shaka y el calor de Sariphi. Pero más allá de eso, sintió algo nuevo. Un vínculo con el dispositivo mismo.

En su realidad original, Komi había visto una vez un programa sobre un héroe que usaba un reloj para salvar el universo. Ese recuerdo, amplificado por su capacidad de invocación, se manifestó. En su muñeca izquierda apareció un símbolo verde: el Omnitrix en su forma definitiva.

—No voy a pelear contigo —dijo Komi, mientras su cuerpo se transformaba en una forma de luz pura, una versión definitiva de sí misma que trascendía las dimensiones—. Voy a absorberte.

Dark Komi.exe gritó mientras era atraída hacia Komi. La sombra intentó resistirse, pero Komi utilizó el Annihilargh no para destruir, sino para asimilar. Puso sus manos sobre el dispositivo.

—¡Detente! —chilló la sombra—. ¡Si lo haces, dejarás de ser humana!

—Ya soy mucho más que eso —respondió Komi.

Con un movimiento decidido, Komi desactivó el Annihilargh. La energía verde que debía borrar el universo fue absorbida por sus poros. Su forma definitiva brilló con la potencia de un sol recién nacido. Dark Komi.exe, privada de su fuente de poder, se desintegró, soltando un último suspiro de frustración antes de desaparecer en la nada.

El palacio empezó a derrumbarse.

—¡Tenemos que irnos! —gritó Alus, activando sus propulsores.

Komi, en su estado divino, envolvió a todos sus amigos en una esfera de luz. Con un solo pensamiento, los transportó de regreso a la Isla Ganryu, en su propio mundo.

El Coliseo del Vacío desapareció, dejando el cielo de Japón despejado y estrellado. La paz había vuelto, pero Komi seguía flotando en el aire, rodeada por el aura del Annihilargh.

—¿Komi-san? —Tadano la miraba con miedo. ¿Se había ido para siempre la chica que conocía?

Komi descendió lentamente. La luz se desvaneció, el Omnitrix desapareció de su muñeca y su uniforme volvió a ser el de la escuela Itan. Sus ojos recuperaron su brillo oscuro y profundo. Se tambaleó un poco, pero Tadano la sostuvo antes de que cayera.

Komi respiró hondo. Miró a su alrededor: Sariphi, Leonhart, Alus, Lucnoca, Toroa, Najimi... todos estaban a salvo.

Sacó su libreta, que había sobrevivido a la batalla final. Con manos temblorosas pero seguras, escribió un mensaje y se lo mostró a todos.

—Dark Komi se ha ido. El silencio ya no da miedo.

—¡Lo lograste, Komi-san! —Najimi saltó sobre ella, derribándola en un abrazo grupal al que se unieron todos, incluso el estoico Alus y la gélida Lucnoca.

En la distancia, la figura de Shaka de Virgo apareció por un breve segundo, asintiendo con aprobación antes de desvanecerse en el nirvana. Komi Shoko había pasado la prueba definitiva. No solo era la reina de un torneo o la salvadora de mundos; era una chica que, finalmente, podía estar en silencio sin sentirse sola.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Tadano mientras observaban el amanecer sobre el océano.

Komi lo miró con curiosidad, sus orejas de gato vibrando levemente.

—Que ahora —continuó Tadano—, tienes amigos en tantos mundos que vamos a necesitar una libreta mucho más grande.

Komi sonrió, tomó su bolígrafo y escribió una última nota antes de que el portal hacia Ishura y Ozmargo se abriera para que sus amigos regresaran a sus hogares.

—No necesito una libreta más grande. Necesito más tiempo para estar con todos ustedes.

Y mientras el sol iluminaba la Isla Ganryu, Shoko Komi se dio cuenta de que su viaje no había terminado. Solo había cambiado de escala. Con el poder del Annihilargh ahora dormido en su interior y el amor de sus amigos como escudo, la chica que no podía comunicarse se había convertido en la voz más poderosa del multiverso.

—Adiós, Komi —dijo Lucnoca, volviendo a su forma de dragón—. No olvides visitarnos. El invierno es muy aburrido sin tu té.

—¡Cuídate, Komi-san! —gritó Sariphi desde el lomo de Leonhart.

Komi se despidió con la mano hasta que los portales se cerraron. Luego, se giró hacia Tadano y Najimi.

—¿Vamos a clase? —preguntó ella con su voz real, esa que ahora usaba con la naturalidad de quien ha conquistado el cielo y el infierno.

—Sí —respondió Tadano, tomándole la mano—. Vamos a clase.

Caminaron hacia la ciudad, dejando atrás las leyendas y los dioses, listos para el desafío más simple y a la vez más complejo de todos: ser adolescentes normales en un mundo que, gracias a una chica silenciosa, seguía existiendo.