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Qhps Naruto era convertido en un angel de Dios

El Trono de Cristal y el Abrazo del Padre

La luz no era como la del sol de Konoha, que a veces quemaba o se ocultaba tras nubes de tormenta. Esta era una claridad viva, una esencia dorada y cristalina que no nacía de un punto fijo, sino que lo empapaba todo. Naruto Uzumaki, sostenido por la mano del Querubín, sintió que su cuerpo ya no pesaba. Sus ropas naranjas, sucias y rasgadas por la huida, parecían fuera de lugar en este reino de pureza, pero extrañamente, ya no sentía vergüenza. El miedo que lo había paralizado en la cueva se transformó en un asombro que le hacía brillar los ojos azules más que nunca.

— Bienvenido, pequeño —susurró el Querubín, cuyas cuatro alas se batían con un sonido de arpas celestiales—. Estás en el Reino de los Cielos.

Naruto miró hacia abajo y ahogó un grito de alegría. Caminaban, o más bien flotaban, sobre calles que parecían de oro puro, pero un oro tan fino que era transparente como el vidrio. A los lados, murallas de jaspe y piedras preciosas que Naruto no sabía nombrar emitían destellos de todos los colores del arcoíris. No había sombras. No había rincones oscuros donde esconderse del odio, porque allí el odio no existía.

— ¡Es... es increíble! —exclamó Naruto, girando sobre sí mismo—. ¡Mira ese río, de veras! ¡Es más claro que el agua de la montaña!

— Es el río del agua de vida —explicó el ángel con sus múltiples rostros serenos—. Y aquellos árboles que ves en las riberas son los árboles de la vida. Aquí nadie vuelve a tener sed, ni hambre, ni dolor.

A medida que avanzaban, Naruto comenzó a divisar una estructura que desafiaba cualquier lógica humana. No era un edificio, sino una manifestación de gloria. El Trono.

Frente a él se extendía un mar de vidrio, una superficie tan impecable que reflejaba la infinitud del firmamento. Alrededor del centro, Naruto vio a otros seres. Había veinticuatro ancianos con coronas de oro que se postraban en círculos, y millones de ángeles cuyas voces se unían en un canto que hacía vibrar el alma de Naruto con una felicidad que nunca creyó posible. Vio alas de seis puntas que ardían como brasas —los Serafines— y ruedas llenas de ojos que giraban dentro de otras ruedas, los Tronos, que custodiaban la justicia divina.

Y entonces, lo vio a Él.

Naruto se sintió como una hormiga frente a la inmensidad del sol. No era una figura humana común; era una presencia que llenaba todo el espacio. Sentado sobre un trono de zafiro azul profundo, la figura de Dios resplandecía con un brillo metálico, como bronce refulgente desde la cintura hacia arriba, y como un fuego purificador hacia abajo. Un arcoíris con el resplandor de la esmeralda rodeaba el trono, y de él emanaban relámpagos y truenos que, en lugar de asustar a Naruto, le daban una sensación de seguridad absoluta, como el latido del corazón de un padre.

— Naruto, hijo mío —la voz no era un sonido, era una vibración de amor puro que inundó cada fibra del niño—. Bienvenido a casa.

Naruto cayó de rodillas, con las lágrimas fluyendo libremente. Pero estas no eran las lágrimas amargas que había derramado en el bosque tras escuchar a Sakura y Kakashi. Estas eran lágrimas de alivio, de quien finalmente es encontrado después de estar perdido en la oscuridad.

— Señor... —susurró Naruto, bajando la cabeza—. ¿De verdad puedo quedarme? En la tierra dijeron que soy un demonio... que no tengo talento... que soy una basura.

— Lo que los hombres llaman basura, yo lo llamo tesoro —dijo el Altísimo, y Naruto sintió una mano cálida, invisible pero real, levantando su barbilla—. Ellos ven el recipiente, pero yo veo el corazón. Tú has llevado una carga que no te correspondía con una nobleza que pocos ángeles poseen. En este lugar, no habrá más humillaciones. Aquí eres mi hijo, y tus hermanos te reciben con gozo.

A un gesto de la voluntad divina, el entorno pareció volverse más íntimo, aunque no menos majestuoso. Dios, en su omnisciencia, comenzó a hablarle a Naruto, transmitiéndole verdades que ningún libro en la biblioteca de Konoha podría contener. Le mostró el origen de todo: cómo su palabra dio forma a los planetas, cómo la vida brotó del polvo y cómo la humanidad, en su libre albedrío, se había extraviado en el pecado y la ambición.

Naruto escuchó fascinado sobre la historia de la salvación, sobre Jesús y su sacrificio por amor, sobre los secretos de la tierra y las otras civilizaciones que habitaban el vasto universo creado por el Padre. El niño aprendió sobre la caída de Lucifer, el lucero de la mañana que permitió que el orgullo corrompiera su belleza, y sobre la existencia del infierno, ese lugar de separación total donde el odio que Naruto tanto conoció en la tierra era la única ley.

— El mundo ninja está sumido en un ciclo de odio, Naruto —explicó la voz divina—. Pero tú has sido sacado de ese ciclo.

De repente, la luz frente al trono se intensificó y dos figuras comenzaron a materializarse. Naruto sintió que su corazón daba un vuelco.

Un hombre de cabello rubio puntiagudo, muy parecido al suyo, y una mujer de largo cabello rojo como el fuego y ojos llenos de una ternura infinita aparecieron ante él. Vestían túnicas blancas y sus rostros irradiaban una paz absoluta.

— ¿Mamá? ¿Papá? —preguntó Naruto, con la voz temblorosa.

— ¡Naruto! —Kushina Uzumaki corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo que olía a flores y a hogar. Minato Namikaze se acercó, colocando una mano en el hombro de su hijo, con los ojos empañados por la emoción.

— Lo sentimos tanto, hijo —dijo Minato, su voz llena de orgullo y tristeza—. Nunca quisimos dejarte solo. El ataque del Kyūbi... aquel hombre de la máscara... tuvimos que sellar al zorro en ti para salvar la aldea, confiando en que te verían como un héroe.

Naruto, llorando en el regazo de su madre, les contó todo. Les habló del desprecio de los aldeanos, de cómo Kakashi lo había rechazado por Sasuke, de las palabras crueles de Sakura y de cómo incluso Hinata se había dejado influenciar.

Kushina se separó de él, sus ojos rojos centelleando con una chispa de la "Habanera Sangrienta", pero esta vez mezclada con la rectitud celestial.

— ¡Esos malagradecidos! —exclamó ella, mirando hacia el trono de Dios—. ¡Padre, exige justicia por lo que le hicieron a mi pequeño! ¡Minato dio su vida por ellos y así es como pagan!

Minato también apretó los puños, su rostro usualmente sereno mostrando una profunda indignación por el sufrimiento de su hijo.

— La aldea no merecía tu sacrificio, Naruto —dijo el Cuarto Hokage con firmeza.

— Calmaos, hijos míos —dijo la voz del Altísimo, y una paz inmediata descendió sobre Minato y Kushina—. La justicia no es algo que debáis pedir, pues ya está en marcha. Aquellos que desprecian al huérfano y al inocente caminan por senderos de ceniza. Su castigo no es de este reino, sino del lago de fuego si no se arrepienten. Pero Naruto ya no pertenece a su juicio. Él está conmigo.

Kushina suspiró, abrazando de nuevo a Naruto. El enojo se evaporó, reemplazado por la dicha de tener a su hijo a su lado, lejos del alcance de Danzō, de las intrigas ninja y de la soledad.

— Tienes razón, Padre —murmuró Minato, sonriendo a Naruto—. Aquí estamos a salvo. Aquí somos una familia de verdad.

— Naruto —dijo Dios, mientras los coros de ángeles elevaban una nueva alabanza—, tus padres vivirán aquí contigo. Podrás aprender de ellos, caminar con ellos y conocer la verdad de tu linaje, no como un ninja, sino como un habitante del cielo.

Naruto miró a su alrededor. Vio a los ángeles sonreírle, vio la belleza inmarcesible del Paraíso y sintió el amor de sus padres envolviéndolo. Por primera vez en doce años, la marca de los bigotes en sus mejillas no parecía una cicatriz de un monstruo, sino simplemente una marca de su historia, una que ya no dolía.

— Gracias... —dijo Naruto, mirando hacia el resplandor de Dios—. Gracias por salvarme. De veras... este es el mejor lugar del mundo.

— No es el mundo, Naruto —respondió el Padre con una calidez infinita—. Es la eternidad. Y apenas está comenzando.

Minato y Kushina tomaron las manos de Naruto, guiándolo hacia los jardines donde los frutos nunca se pudrían y el sol nunca se ponía. Naruto caminó con paso firme, dejando atrás para siempre la sombra de la Hoja, el rechazo de sus maestros y la traición de sus amigos. En el Reino de los Cielos, el niño que nadie quería se había convertido en el invitado de honor del Rey de Reyes.

Mientras se alejaban del trono, Naruto escuchó a lo lejos el sonido de las trompetas y las voces de los Serafines. Sabía que sus padres estarían con él siempre, y que Dios mismo velaría sus sueños. La oscuridad de Konoha era ahora solo un recuerdo borroso, una pesadilla de la que finalmente había despertado para encontrar que la luz, al final, siempre ganaba.